
El calor era sofocante y el deseo de poseer a una hembra le había nublado la razón.
Había sufrido anteriormente debido al celo, pero esta vez no solo eran esos efectos desquiciantes ni la libido sofocante. Era el control total de su lobo. Por más que intentó tomar las riendas de sí mismo, no pudo.
Su raciocinio se desvaneció y solo actuaba por medio del instinto salvaje de su naturaleza.
La imagen de su yo descontrolado se tornó borrosa y se mezcló con sonidos distintos que lo confundieron.
Kael se removió en la cama, inquieto. Esta era la segunda noche que dormía junto a Lyra y, aunque la primera vez durmió plácidamente, en esta ocasión no podía dejar de soñar con la mujer misteriosa del río a la que no podía darle un rostro.
Se vio allí, desnudo, con el frío del agua contrastando con el ardor de su piel y la belleza de una loba desconocida. En ese momento le pareció un ser divino, con una pureza que no debía corromper; sin embargo, su lobo no pensaba igual: él la quería.
Kael trató de calmarse, pero el deseo lo dominó. Y ella, que lucía tan inocente, se entregó sin dudas. ¿Por qué? Ni siquiera intercambiaron palabras.
¿Cómo era que sus cuerpos se complementaron tan bien y sus lobos conectaron de inmediato?
Kael abrió los ojos, exaltado y con el aroma de aquel sueño impregnado en sus fosas nasales. Se sintió tan real que más bien le pareció un recuerdo. Él soltó un largo suspiro y recorrió la habitación con la mirada; luego se pasó la mano por el cabello desordenado.
—¿Por qué huele tanto a ella? —susurró.
Luego miró a Lyra, quien seguía inconsciente a su lado, pero cuyas heridas ya se habían cicatrizado y cuyo semblante lucía mejor.
—¿Por qué me pareces tan familiar? ¿Y si…? —Se quedó con esa idea colgando en su mente. ¿Podría ser ella?
Kael negó con la cabeza y soltó una risita.
—Imposible. Si hubiese sido ella, me habría reconocido.
«Tú no la recuerdas», razonó su lobo.
Kael se quedó pensativo. ¿Y si ella estaba bajo la misma locura que él y por eso no lo reconoció?
—¿Cuáles son las probabilidades de que el celibato la hubiera enloquecido como a mí? Además, si ella estuviese en celo…
Kael se tensó.
¿Y si la loba a quien tomó estuvo en celo?
—No, no es posible —dijo para sí mismo, pero no podía estar seguro. No recordaba mucho, solo que su aroma era delicioso, mas no que estuviera en esos días en los que las lobas quedaban embarazadas.
—Maldición… Debo ser más precavido en mis tiempos de celo. No vaya a ser que me pase algo similar y esté dejando herederos por doquier.
Quiso reír de lo exagerado de sus palabras, pero no lo logró. Estaba aterrado. El peligro al que se había expuesto por su estúpida cohibición no era algo de lo que pudiera reírse. ¿De verdad cumpliría esa promesa de no tocar a otra mujer que hizo cuando perdió a su pareja?
Miró a Lyra y tragó pesado. De momento, la encontró muy atractiva, tanto como para hacer una excepción…
—¡Qué diablos! —gruñó, nervioso y con las mejillas sonrojadas—. Mejor me duermo…
Él se recostó y soltó un largo suspiro al recordar su trabajo en esa cama. Con temblores en todo el cuerpo y el corazón latiéndole muy rápido, se giró hacia ella y la acurrucó contra su cuerpo.
Odiaba que se sintiera tan bien y que su lobo reaccionara a su cercanía. Era tan placentero que le parecía una ridiculez. Solo la estaba abrazando, ¿por qué su cuerpo tenía que exagerarlo todo?
Él soltó un suspiro brusco. Debía calmarse y simplemente dormirse; no obstante, su pulso estaba tan acelerado que le era imposible conciliar el sueño. Maldijo por lo bajo y absorbió el dulce aroma de Lyra. Eso, de alguna manera loca, lo relajó y poco a poco cedió al cansancio de su cuerpo.
Los rayos del sol le acariciaron el rostro y le fastidió el sueño que intentaba mantener. Él refunfuñó con quejidos débiles por no haberle puesto las cortinas a la ventana y así evitar ser despertado por esa luz molesta.
De momento, se sintió observado. Le fue difícil terminar de despertarse, pero, cuando medio abrió los ojos, el susto terminó el trabajo que los rayos del sol habían empezado.
La respiración se le agitó y el corazón le dio un salto al encontrarse con los ojos azules de Lyra, bien abiertos y observándolo con confusión.
Hubo un silencio raro en el que los dos conectaron miradas en completo estupor. Ambos perdidos en un limbo de desconcierto.
—¿Alfa? ¿Por qué estamos en la misma cama? —inquirió ella, completamente desorientada.
Kael no supo qué contestar. Todavía estaba procesando el hecho de que ella estuviera despierta, pues el doctor le había asegurado que permanecería inconsciente por más tiempo.
Entretanto, Lyra continuaba observándolo como si él fuera irreal. Estaba perdida en un trance en el que todo parecía un sueño. Pero, al mismo tiempo, sentía miedo de hacer algo tonto, lo que le indicaba que quizás no estaba soñando.
—¿Cómo te sientes? —fue lo primero que salió de la boca de Kael, ignorando por completo la pregunta de Lyra.
Ella todavía lo miraba con sorpresa, incapaz de asimilar lo que sucedía.
En vez de responderle, Lyra recorrió la habitación con la mirada. Todo le era desconocido. Se sintió abrumada al no entender lo que sucedía. ¿Por qué estaba allí… y en la misma cama que el alfa?
Eso solo podía ser una de sus más locas fantasías.
Ella volvió la vista hacia él, quien ya estaba más incorporado en la cama. Entonces lo notó: el torso desnudo, tan varonil y atractivo, ese mismo que la había seducido aquella noche en el río. Por alguna razón, empezó a salivar y el corazón le latió más rápido.
—¿No me vas a responder? —cuestionó Kael al sentirse expuesto por la mirada lujuriosa de la omega. Odiaba que le ardieran las mejillas y que su respiración se agitara al notar el deseo descarado en la mujer que lo descomponía con su sola presencia.
Y ambos estaban allí, conscientes, solos y en una cama, con sus lobos conectados y un anhelo oculto que poco a poco dejaba de reprimirse. «Maldición…», pensó él, pues todo estaba en contra de esa fachada de desinterés que trataba de mantener ante ella y los demás.


