
En esos días, Lyra rara vez veía al alfa Kael y, cuando lo hacía, evitaba a toda costa mantener el contacto visual por dos razones: el ama de llaves se lo prohibía y ella se sentía demasiado avergonzada como para encararlo, en especial porque tenía sueños sensuales casi todas las noches con él.
—¿Por qué el ama de llaves no quiere que miremos al alfa? —le preguntó a Emilia cuando la curiosidad la venció.
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Emilia soltó una risita mientras doblaba la ropa y la guardaba en el cajón.
Lyra ya había cumplido con sus tareas del día, así que estaba libre.
—¿No has visto lo atractivo que es? —le dijo divertida.
Lyra se exaltó. Por supuesto que sabía lo apuesto que era, incluso lo disfrutó.
—La combinación de ser hermoso, alfa y muy rico es lo que cualquier mujer desea —continuó Emilia—. Después de que la pareja del alfa falleció, muchas mujeres fueron puestas en prisión por tratar de seducir al alfa, incluyendo sirvientas de acá. Por eso Elena exagera todo, pues no quiere tener que lidiar con esos problemas.
Lyra soltó una risita divertida al escucharla. Le parecía un poco ridículo, pero así de exagerada era Elena.
—Por cierto, mañana nos vamos de compras temprano. Debemos aprovechar cada segundo de nuestra salida, por lo que saldremos justo después de desayunar —añadió Emilia, a lo que Lyra asintió.
Ella tenía mucha curiosidad por conocer la ciudad sin el estrés de estar perdida, como la primera vez que anduvo por sus calles.
Estaba emocionada por esa salida, incluso apartó el dinero que gastaría y ahorró el resto, pues se había puesto como meta comprarse una casa a las afueras de la ciudad y, con el tiempo, empezar su propio negocio.
No sabía cuántos años le tomaría aquello, pero le hacía mucha ilusión.
***
Lyra suspiró mientras observaba su reflejo en el espejo y se abrazó a sí misma.
Dado que no tenía que trabajar, se dejó el cabello rizado suelto, pero se había puesto el uniforme porque no tenía otra cosa, a menos que saliera con la ropa de dormir.
—¡Qué rayos, Lyra! —le reclamó Emilia desde que la vio—. Esto debe ser una broma —agregó mientras la recorría con la mirada.
—¿Una broma? ¿De qué hablas? —inquirió Lyra con inocencia real, lo que dejó a su amiga perpleja.
—¿De verdad piensas salir con ese uniforme? ¡Tú no eres normal! De ninguna manera irás así. Te doy cinco minutos para que te cambies.
Lyra empezó a jugar con sus dedos, avergonzada.
—No tengo otra cosa que ponerme… —dijo en voz baja.
Emilia la miró incrédula.
—¿Hablas en serio? —indagó sorprendida.
—Sí… —masculló—. Te dije que me quemaron mis cosas…
Emilia se sintió culpable y muy triste.
—Oh, lo siento por enojarme… No sabía que ellas te dejaron sin ropa. ¡Esas víboras se pasaron!
—Mis cosas eran mi ropa y algunos recuerdos —respondió Lyra y se mordió el labio inferior.
—¡Qué pena contigo, Lyra! Había olvidado eso. Ven conmigo, te prestaré un vestido que te va a quedar fabuloso.
Emilia la arrastró a su habitación y le buscó un vestido rosado de tela fresca y suave. Cuando Lyra se lo puso, ella empezó a celebrar, airosa.
—¡Qué hermosa te ves! ¿Sabes qué? Te queda mejor que a mí —rio—. Te lo voy a regalar, me encanta cómo se te ve.
—No tienes que dármelo —replicó Lyra, nerviosa—. No puedo aceptar un regalo tan bueno.
—¿De qué hablas? Es solo un vestido. Tengo mucha ropa, puedo regalarte todas las que te gusten.
—¡Estás loca! Ya es demasiado con el vestido —contestó Lyra, sonrojada.
—Claro que no, tonta. Te voy a regalar unas blusas que te quedarán hermosas, pero cuando regresemos. Ya tenemos que irnos. Mírate, te ves genial. Bueno, te falta algo…
Antes de que Lyra se parara frente al espejo, Emilia empezó a hurgar en sus gavetas.
—Ven… —La sentó en una silla y empezó a ponerle un labial rosa en los labios. Luego agarró unos aretes en forma de perla y los colocó en sus orejas.
—¡Ahora sí! ¡Mírate! —comandó emocionada.
Lyra caminó hacia el espejo y, desde que vio su figura reflejada, se quedó atónita.
Casi no se reconocía. ¿Cómo podía una ropa y un poco de labial cambiar tanto su apariencia?
Ella acarició la tela del vestido como si fuera la gran maravilla. Era la primera vez que se ponía algo tan bonito. Incluso tuvo ganas de llorar.
Se preguntaba por qué Emilia era tan buena con ella, si todos la rechazaban.
Lyra se sintió muy feliz.
Ella y Emilia salieron de la mansión bajo la mirada de todos los guardias y sirvientes, que no podían apartar la vista de las dos chicas, que lucían muy lindas sin el aburrido uniforme de sirvienta.
Lyra caminaba emocionada por las calles de Nervan. Ahora podía apreciar su belleza sin temor, pues, a diferencia de la primera vez, no estaba perdida.
—Esos chicos nos están mirando —le susurró Emilia mientras le apuntaba de forma disimulada a un grupo de jóvenes que estaban en una esquina.
Lyra se sonrojó.
Era la primera vez que se sentía admirada, pues en el pasado su belleza era motivo de acoso, lo que la llevó a tener problemas en las casas donde trabajaba.
Ahora era diferente.
—Vamos a entrar a esta tienda —la jaló Emilia por el brazo, despabilándola—. Aquí venden unas ropas bellísimas.
Lyra intentó seguirle el ritmo, pero su amiga tenía demasiada energía, así que se quedó atrás.
Los ojos celestes de la omega brillaron de entusiasmo al ver tantas prendas bonitas y coloridas.
Ella seguía a Emilia mientras escogía todo lo que encontraba. A ese punto, gastaría todo lo que había apartado para la salida en una sola compra.
Después de visitar varios centros comerciales, las dos chicas almorzaron en una cafetería que tenía mesas afuera.
A Lyra le encantó aquel lugar. Había flores y plantas alrededor, música ambiente y olores deliciosos que se mezclaban con el perfume natural de las flores.
Allí conversaron por un largo rato y luego visitaron algunas otras tiendas hasta que se puso el sol.
Lyra y Emilia entraron a la mansión cargadas de bolsas y risitas cómplices.
—Creo que compré demasiado —razonó Lyra mientras observaba las bolsas.
Emilia negó.
—¡Para nada! ¡Sí que nos quedamos cortas! La próxima vez compraremos más.
Lyra la miró como si estuviera loca.
—No creo que necesite comprar más cosas. ¿Qué haces con todo lo que compras? Es imposible que lo uses todo, en especial si la mayoría del tiempo te la pasas con el uniforme puesto. Deja de estar malgastando el dinero —la regañó.
Emilia entornó los ojos.
—El dinero es para gastarse —le contestó Emilia—. Deja de sermonearme, pareces mi mamá.
Lyra no pudo evitar reírse.
Las chicas no avanzaron mucho porque en ese momento se escucharon pasos por la escalera. Ambas se quedaron en silencio al percatarse de la presencia del alfa Kael.
A Lyra se le olvidó cómo respirar.
Después de bajar, él se detuvo frente a ellas. Su mirada fiera viajó de las bolsas a Emilia y se detuvo en Lyra.
Hubo un brillo peculiar en su mirada y para nada disimuló el recorrido que le hizo con los ojos.
Lyra sentía que se moría cuando el escrutinio penetrante del alfa duró más de lo que debía.
«¿Por qué me mira así?», pensó, nerviosa.
Kael tragó pesado al percatarse de lo que estaba haciendo. Sin decir nada, apartó la mirada de la omega y salió de la casa, dejando una extraña tensión tras de sí.
—Lyra… ¿viste eso? —le susurró Emilia, temerosa de que el alfa todavía pudiera escucharla.
La aludida parpadeó y la miró confundida.
—Ah… ¿Qué? —masculló atolondrada.
Emilia la revolvió.
—Podría apostar que el alfa te acaba de comer con la mirada —dijo, y se llevó una mano a la boca, en estado de shock.
—¡Qué dices! —soltó Lyra, nerviosa.
—¡De verdad! ¿No te fijaste? Hasta sentí que se me paró el corazón cuando lo vi. Y luego te miró de esa forma tan… peculiar… Ay, Lyra, todavía estoy temblando.
—Deja de alucinar, el alfa nunca me miraría de forma inadecuada —increpó Lyra y caminó rápido hacia su habitación.
La verdad era que ella se estaba muriendo por dentro porque se sintió invadida por la mirada penetrante del alfa.
¿Cómo era posible que se alterara por esa simple acción?
Mientras tanto, Kael caminaba hacia el exterior con el ceño fruncido.
No podía quitarse de la cabeza la imagen de aquella mujer con el vestido rosado.
Había algo en ella que lo irritaba. Algo que no lograba comprender.
Se detuvo por un instante y cerró los ojos. Su aroma todavía permanecía en el aire. —Maldita sea… —murmuró antes de continuar su camino.
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