El alfa del río y la omega: Capítulo 5

Los portones eran de hierro pesado, de color negro y con detalles dorados que le daban belleza y elegancia.

El botón estaba a la vista, en un pequeño cuadro que tenía la imagen de un lobo.

Lyra suspiró y, con manos temblorosas, apretó el botón. La espera fue tortuosa, pero el chillido de los portones la despabiló cuando se sumió en sus pensamientos.

Exhaló.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó una sirvienta.

Lyra estaba impactada con lo poco que lograba ver desde donde estaba, así que no respondió al instante. En su lugar, se permitió admirar la gran entrada de ladrillos blancos y lisos, los jardines y una enorme fuente.

Nunca había visto una en persona, solo en libros.

—¿Señorita? —la llamó la sirvienta, impaciente.

Lyra la miró avergonzada.

—¿Qué? —inquirió, perdida.

La mujer se cruzó de brazos.

—El beta mandó un mensaje de que había enviado a una persona. ¿Es usted?

Lyra asintió con la cabeza y le pasó el papel de la agencia.

Tras leerlo, la sirvienta le indicó que entrara.

Lyra arrastró la maleta vieja por todo el camino empedrado, lo que provocaba un traqueteo. Mientras caminaba detrás de la sirvienta, observaba su alrededor, maravillada.

«¡Qué belleza de lugar!», pensó emocionada. Ni siquiera habían entrado al interior y ya el lujo la tenía impresionada.

Le parecía fascinante la mezcla de arquitectura con la naturaleza. Se sentía como en el campo, pero al mismo tiempo en la ciudad. Como un híbrido, ya que había muchos árboles alrededor de ellos, algunas montañas que resaltaban por encima de la casa gigante y un largo camino que le recordó la carretera.

—Yo sirvo en esta área, así que no te acompañaré al interior de la mansión —le dijo la sirvienta—. El ama de llaves te recibirá y te dirá qué hacer.

En ese instante, un guardia trajo un caballo y le indicó que se subiera.

Lyra, quien había montado desde niña en el orfanato, no dudó al hacerlo. Aunque se sentía rara por montar uno tan fino y bonito. Los del orfanato eran sucios y se veían muy cansados, pues los utilizaban para cargar pesadas cargas.

Lyra cabalgó por varios minutos, pues el camino de la entrada a la verdadera mansión era un poco largo. Ella creía que el edificio que había visto era la casa principal, pero resultó ser otra cosa que no le explicaron.

Después preguntaría.

A medida que avanzaba, el verde tomaba protagonismo. De verdad parecía un lugar rural mezclado con lo moderno.

«¿Acaso el alfa se trajo todo un campo para sí?», se preguntó. Luego rio ante su lógica.

Antes de llegar a una fuente mucho más grande que la que vio en la entrada, fue recibida por el perfume y los colores diversos de un gran jardín.

Lyra no podía creer lo que veía.

—¡Cuántas flores! ¿Cómo pueden estar tan organizadas y combinadas? —dijo maravillada.

Ella cerró los ojos para concentrarse en el olor. Su loba saltó de alegría porque podía olfatear naturaleza. Ella estaba un poco abrumada por la frialdad de la ciudad, pero este pedacito de campo —o así lo llamó— la relajaba.

Entonces llegó al frente de la mansión. Había un camino de concreto que dividía el jardín que la rodeaba. También había dos guardias allí parados, uno en cada extremo.

Lyra detuvo el caballo y se bajó. Entonces, un sirviente corrió hacia ella.

—¿Eres la nueva sirvienta? —le preguntó con amabilidad, lo que dejó sorprendida a la omega.

—Sí… —respondió con timidez.

En ese momento, una mujer vestida de negro, con un moño bien estilizado, salió a recibirla.

—Me imagino que es la sirvienta que se perdió en la ciudad —se dirigió a Lyra con tono despectivo mientras la observaba de arriba abajo sin disimulo.

—Sí, señora —contestó la omega—. Soy Lyra…

—Sé su nombre —la interrumpió—. Lo que no entiendo es por qué la enviaron a usted. —Su expresión mostraba mucho desprecio.

Eso le provocó un nudo en el estómago a Lyra, así que se limitó a asentir.

—Venga conmigo. Lo primero que hará es darse un baño y peinarse ese cabello rebelde. ¿Acaso no sabe lo que es un peine? —soltó con disgusto.

Lyra se limitó a bajar la mirada y jugar con sus manos.

—Soy Elena, ama de llaves y responsable de la administración de la mansión —se presentó al fin—. Soy exigente y me fastidian las personas perezosas y lentas. Odio perder el tiempo, que puede ser demasiado valioso. Si estás aquí es porque sabes lo que vas a hacer, así que no quiero repetirte ninguna instrucción.

Lyra asintió, nerviosa. Mentiría si dijera que no estaba intimidada; sin embargo, sabía para lo que había sido contratada y ya tenía experiencia, por lo que se sentía capacitada para realizar sus labores sin ser un estorbo, aunque nunca había trabajado para una mansión tan amplia.

Pero aprendería rápido los protocolos de allí.

Desde que entraron al interior de la mansión, los ojos de Lyra se abrieron en asombro.

No podía creer que existiera un lugar así. La temperatura allí era agradable, ni fría ni caliente, sino en su punto.

Y el lujo era de otro nivel. Había cuadros, jarrones finos y la madera en los ajuares era distinta a la que había visto en las casas para las que trabajó en el pasado.

Se preguntaba cuántas sirvientas se necesitarían para limpiar una casa tan grande. Ni siquiera la agencia que la contrató podría compararse a esa mansión.

Y solo estaban en el pasillo de recepción.

—Emilia —se dirigió el ama de llaves a una de las sirvientas que estaban alrededor—, llévala a su habitación. Que se dé un baño y se ponga el uniforme. Más tarde te enviaré su itinerario. Tú te encargarás de orientarla.

—Sí, señora —respondió la sirvienta—. Ven conmigo —se dirigió a Lyra, que la siguió al instante.

Cuando entraron a la sala, Lyra se detuvo para admirar su belleza y amplitud. Era demasiado grande y tenía unas escaleras amplias y doradas que llevaban a otro piso.

La decoración era exquisita, con un estilo oscuro, semisalvaje, mezclado con elegancia.

Había cuadros de paisajes, lobos y dos personas con un niño pequeño.

Ella se quedó observando al cachorro. Se le hacía un poco familiar.

Admiró sus ojos avellanados por unos minutos y se preguntó dónde había visto unos similares.

Lyra suspiró.

—¿El hombre de la fotografía es el alfa? —le preguntó a Emilia—. No sabía que el alfa tenía pareja e hijo.

La sirvienta negó con una sonrisa divertida.

—Ese es el padre del alfa. Es un retrato familiar de cuando los padres del alfa Kael estaban vivos —le explicó.

Lyra observó la fotografía con más curiosidad aún.

—Entonces el cachorrito es el alfa Kael… —dedujo.

La sirvienta asintió.

—¿Por qué no hay fotografías del alfa adulto? —inquirió curiosa.

La sirvienta se cruzó de brazos.

—Había algunas con su difunta pareja, pero él las mandó a quitar todas… —Emilia hizo una pausa—. Bueno, avancemos, no vaya a ser que Elena nos regañe.

Ambas mujeres caminaron por un pasillo que las llevó a los aposentos del personal.

Lyra se quedó pensando.

«El alfa debe ser muy feo de adulto. O quizás le pasó algo en el rostro al crecer», dedujo para sí.

—Este será tu dormitorio —le anunció la sirvienta y abrió una de las puertas que cubrían toda una fila de extremo a extremo.

Cuando entraron, Lyra se quedó sin palabras.

—¿Esta será mi habitación? —inquirió con ojos cristalizados y tono incrédulo.

La sirvienta la miró con extrañeza, luego asintió.

—Es un gran contraste con la mansión, ¿cierto? Pero somos empleadas, tampoco esperes tener algo parecido al alfa y sus invitados.

Lyra no entendió sus palabras.

Se limitó a asentir, pero todavía estaba presa del asombro. Nunca había imaginado dormir en un lugar tan amplio y bonito.

Se acercó a la cama y la tocó con cuidado, como si temiera arruinarla con su toque.

Era grande y se veía muy cómoda. Miró a su alrededor y notó que también tenía un clóset y un gavetero con espejo.

Todo era para ella.

En su choza ni siquiera tenía una cama, mucho menos un clóset. Había comprado un colchón viejo cuando hizo su primer trabajo y ya se le estaban saliendo las varillas.

Recordó que en el orfanato dormían varias niñas en la misma habitación, con camarotes incómodos. Y en las casas donde llegó a trabajar con dormida tenía un cuarto diminuto, con una cama delgada y ya.

Pero aquí tenía bastante espacio.

Quiso llorar de la felicidad.

—Date un baño y ponte el uniforme. Volveré en unos minutos para enseñarte tus tareas. Hay ropa interior en las gavetas y productos de uso personal. Los uniformes están en el armario —le indicó Emilia.

—¿Dónde queda el aseo? —preguntó Lyra.

—En esa puerta. —Apuntó al final de la habitación.

Lyra no pudo disimular su asombro.

—¿Tengo baño propio? —Alzó la voz, lo que hizo reír a Emilia.

—Ese es uno de los beneficios de trabajar en la mansión del alfa. Tenemos nuestro propio baño y buenos beneficios. Además del pago. Es una fortuna comparada con el sueldo mínimo de muchos trabajadores. Por eso muchos intentan aplicar, pero es muy difícil ser elegido. Somos afortunadas.

Lyra asintió feliz. Ahora más que nunca estaba convencida de que la agencia había cometido un error. Solo esperaba que no se dieran cuenta, porque sería triste perder aquella oportunidad.

En el baño, ella jugó un rato con el grifo de la ducha. No paraba de impresionarse con todo lo que sus ojos veían.

El agua no solo se llevó la suciedad de todo el día, también la relajó.

Tomó una de las toallas que olían delicioso y se secó. Iba a salir desnuda para cambiarse, pero escuchar personas la hizo ponerse la toalla y salir del baño deprisa.

—¿Qué hacen? —inquirió al ver a dos sirvientas desconocidas en su habitación, hurgando dentro de su maleta.

—Solo seguimos órdenes —le contestó una de ellas con rudeza.

—¿Órdenes? —reclamó mientras corría hacia ellas—. Esas son mis cosas.

—Esta porquería solo traerá bichos a la mansión —le contestó la sirvienta con desprecio y asco—. ¿Acaso eres una mendiga o qué?

Lyra sintió que la ira la consumía.

—Están violando mi privacidad. No tienen derecho a tocar mis cosas.

Las dos sirvientas tomaron la maleta y soltaron una risa burlona.

—¿Privacidad? Solo tienes trapos aquí.

—No importa lo que tenga, es mi derecho pedir que se respete lo que me pertenece —las confrontó.

—Solo eres una omega pulgosa. No tienes derecho a nada. Mejor agradece que estás aquí, porque perteneces a la calle, cucaracha apestosa.

Ellas salieron de la habitación arrastrando la maleta mientras murmuraban insultos contra Lyra y decían que iban a quemar sus pertenencias como si de basura se tratara.

Lyra apretó los puños. Se sentía ultrajada, pero incapaz de defenderse, pues no quería ser echada en su primer día de trabajo.

Solo se limitó a llorar. Ella ya había sido maltratada por ser una omega sin educación y ya se había acostumbrado al rechazo. No obstante, en ese momento se sintió tan frágil que no pudo evitar estallar.

Y lloró.

Cayó de rodillas y dejó salir todo ese sufrimiento que tenía atrapado en el pecho.

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El alfa del río y la omega

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