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Toda la furia que lo había arropado al punto de nublar su raciocinio fue reemplazada por algo peor: horror.
¿Quién querría hacerle daño a Lyra de una forma tan calculada y por qué?
No lo entendía.
—¡Habla, con un demonio! —demandó, perdiendo la paciencia. El guardia apenas podía encontrar las fuerzas para llorar, pues sentía que moriría en cualquier instante si el alfa no le creía.
En ese momento, los olores de otras personas invadieron el lugar, lo que provocó un poco más de irritación en Kael, quien todavía estaba a la espera de saber qué rayos estaba sucediendo en realidad.
—¡Ah! ¡¿Qué sucedió aquí?! —gritó Elena, espantada con el desastre, pues había sangre por doquier y uno de los guardias yacía muerto, con el cuello desgarrado.
Y no pudo evitar verse a sí misma en su lugar si Kael se enteraba de lo que había ocurrido.
No lo permitiría.
El guardia, al ver a Elena, la miró con súplica, pero ella alzó el mentón con indiferencia y empezó a acusarlo.
—¿Qué fue lo que sucedió con la sirvienta? ¿Acaso estos desvergonzados se aprovecharon de su miedo para asaltarla? —pretendió especular. Sus palabras provocaron que Kael apretara los puños con ira.
El guardia, al ver la traición en sus palabras, entendió que ella no lo ayudaría.
—¡Maldita zorra! —exclamó él, indignado. Su dedo tembloroso la apuntó con acusación—. Ahora te harás...
Él no terminó de hablar porque un disparo con una bala de plata mezclada con acónito se le clavó en el corazón, callándolo.
Ahora no era solo la agonía de la herida en su estómago, sino que sabía que su vida se estaba apagando de forma dolorosa.
El acónito mezclado con plata empezó a quemarlo desde adentro. Él sentía que se desgarraba y el dolor era insoportable; aun así, no tenía las fuerzas siquiera para gritar.
Él le dio una última mirada a Elena. Esa mujer era la maldad encarnada.
El guardia murió sin poder delatarla.
—¡¿Por qué lo mataron?! —les reclamó Kael.
—¿No lo vio, alfa? Él lo estaba entreteniendo para asesinarlo —le explicó Elena.
Kael se quedó desconcertado por unos segundos, incapaz de asimilar lo que ella le decía. Él era un guerrero experimentado; por supuesto, se daría cuenta si fuese atacado. Entonces, ¿por qué no lo notó ahora?
Sin darle tiempo al alfa de analizar aquello, varios guardias rodearon los dos cadáveres que yacían en su propia sangre, y uno de ellos sacó un instrumento de plata afilado, manchado con el líquido rojo del que había sido disparado. Acto seguido, se lo mostró a Kael.
Él observó el objeto con confusión y asombro. De repente, se sintió atolondrado, incapaz de entender lo que sucedía.
«¿Cómo fue que no me di cuenta de lo que pretendía ese guardia?», pensó el alfa, desorientado.
Kael miró a su alrededor, perdido y en estado de estupor.
Quizás estaba tan sumido en la ira que perdió sus reflejos.
Sin embargo, todavía no estaba muy convencido del todo. ¿De verdad el guardia había mentido para ganar tiempo o decía la verdad?
De repente, le dolió la cabeza.
«Luego investigo ese asunto», decidió y miró directo donde Lyra yacía sin vida.
Entonces, las piernas se le debilitaron cuando volvió a la trágica realidad: ella estaba muerta.
Los ojos le ardieron, una punzada de dolor le atravesó el pecho y otra vez tuvo ganas de derramar sangre.
Su instinto lo llevó hacia ella.
Kael se tiró de rodillas frente al cuerpo pálido, hediondo y maltratado de la omega y los ojos se le tornaron dorados otra vez.
No podía aceptarlo.
—Es mi culpa —susurró y golpeó el suelo. Entonces algo captó su atención. Fue leve, pero suficiente para revisarla: su lobo descubrió un poco de la esencia de la loba de Lyra.
«¿Y si está viva?», pensó, esperanzado.
Él le tomó el pulso, mas no percibió nada. Aun así, no se rendiría.
—¡¡Llamen a mi doctor personal ahora!! —ordenó—. ¡Que venga enseguida a mi habitación!
—Pero, alfa, la omega está muerta. No tiene caso —replicó Elena, aterrorizada. De verdad esperaba que Lyra muriera o todo su teatro podía caerse.
Kael, quien ya se había levantado del suelo con Lyra cargada entre sus brazos, le dedicó una mirada asesina y amenazante.
—He dado una maldita orden. Más les vale a todos que el doctor esté en mi habitación lo antes posible —sentenció, y salió corriendo con Lyra en brazos.
Él usó su habilidad de lobo para trasladarse a gran velocidad, por lo que llegó rápido a la mansión.
Lo primero que hizo fue acostar a Lyra en su cama y ponerse un pantalón. En ese mismo instante, el médico entró a toda prisa, pero se detuvo a medio camino cuando el olor desagradable que emanaba la omega le inundó las fosas nasales.
El doctor hizo un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y le salió bien, pues, como todo el profesional que era, se acercó a la omega y se aseguró de que de verdad no respirara para no dar un diagnóstico errado.
—Ella está viva, alfa... —susurró, sorprendido.
Kael se acercó a él de un salto y lo miró con ruego.
—Sálvela y le daré una gran recompensa.
El doctor se quedó estupefacto. No sabía que el alfa tuviera interés en una loba, mucho menos una omega de la que nadie conocía su existencia. ¿Acaso era un romance oculto? ¿Por qué el alfa Kael nunca la hizo pública como a su primera pareja?
«Puede que se deba a su estatus», pensó él mientras examinaba la condición de Lyra.
Él, con la ayuda de Kael, la giró de espaldas y le rompió la tela sucia. Ambos hombres agrandaron los ojos al descubrir las heridas en la piel de la joven.
—Malditos... —masculló Kael y apretó los dientes y puños. Tuvo ganas de que ellos estuvieran vivos, solo para volver a darse el gusto de matarlos.
—Pobre chica... —murmuró el doctor, afectado por lo que estaba viendo—. Lo que le hicieron fue muy cruel.
—¿Puede salvarla? —preguntó Kael, desesperado.
—Lo intentaré —respondió con pesar—. Su cuerpo está lleno de acónito, así que su loba no ayudará en la sanación. La chica también está deshidratada y las heridas tomaron infección. Lo primero que haremos será purificarla en un baño de desintoxicación. Luego le inyectaré un antídoto y también la nutriremos vía venosa.
El doctor soltó un largo suspiro y miró a Kael, un poco amedrentado.
—Hay algo más que será crucial para su recuperación —agregó, apenado.
—¿Qué? —inquirió Kael, impaciente.
—Ella necesitará el calor de un alfa todas las noches y parte del día hasta que su loba despierte. Ya sabe... —No se atrevió a terminar, aunque tampoco era necesario que lo hiciera, pues Kael lo entendió perfectamente. Él era el único alfa allí; por ende, solo él podía darle calor. En su mano estaba si la omega se salvaba o no.

