
Kael se quedó absorto en sus pensamientos. No se atrevía a dar una respuesta porque cualquier opción le era problemática.
Por supuesto, no dejaría morir a la chica, eso no estaba en discusión, pero tampoco se sentía capaz de enfrentarse a las consecuencias de aquel acto bondadoso.
Porque eso era, una acción de generosidad, o de eso quería convencerse.
El alfa soltó un largo suspiro, tragó pesado y dio un leve asentimiento.
—Proceda con el tratamiento —le indicó al doctor.
Lyra fue llevada a una tina especial, con aguas curativas y hierbas de desintoxicación. Mientras ella era bañada con aquel líquido purificador, el doctor le inyectaba varios antídotos.
Kael estaba observando todo desde una esquina en el baño especial, destinado a este tipo de procedimientos.
Su mirada afilada perforaba a las personas encargadas del tratamiento, con un silencio que evidenciaba el enfoque del alfa, pues permanecía pendiente de todo lo que ellos hacían.
Por más que intentaba disimular, era muy evidente que su interés por Lyra iba más allá de una mera compasión.
A ese punto, era lo que menos le importaba.
—¿Por cuánto tiempo la van a estar sumergiendo en esa agua fría? —gruñó él, un poco impaciente.
Las ayudantes se pusieron nerviosas, pero el doctor mantuvo la compostura, pues ya estaba acostumbrado a la desesperación de los seres queridos cuando trataba a un paciente. Justo por eso no permitía a nadie presenciar los tratamientos, pero se trataba del alfa, y su orden era ley incluso cuando no debía serlo.
—Falta poco —le respondió, calmado—. Ya la suciedad se ha ido y eso ayudará a la parte infectada a recibir el tratamiento. Asimismo, la purificación la está limpiando del veneno del acónito, mientras el antídoto se activa en su sangre.
Kael no entendió nada, solo que tenía que seguir esperando. Eso lo hizo apretar los puños.
En la batalla, había visto a sus guerreros padecer heridas tan profundas que sus lobos eran incapaces de sanar, pero nunca ninguno había pasado por un tratamiento tan delicado y largo.
«¿Qué te hicieron esos malditos?», pensó, airado.
Verla tan débil y maltratada le daba ganas de ir a buscar los cadáveres que dejó tirados en el bosque y despedazarlos con sus garras. Deseaba con todas sus fuerzas que esos desgraciados sufrieran en el infierno por toda la eternidad.
—Alfa, debe ir a descansar, su aspecto no se ve bien —le recomendó el doctor—. O por lo menos comer algo.
Kael negó con la cabeza.
—No me iré hasta que terminen —sentenció con firmeza.
Le era difícil reconocerlo, pero, en el fondo, temía que ellos hicieran algo mal o que, al no estar siendo observados por el alfa, no se esmeraran en su labor, puesto que, al fin y al cabo, para ellos Lyra solo era una sirvienta.
No confiaba en ellos ni en nadie. Esta vez, no permitiría que la vida de otra mujer se perdiera sin que él pudiera evitarlo.
Después de varias horas, los músculos se le habían entumecido y los párpados le pesaban; sin embargo, Kael daba algunos pasos o se estrujaba los ojos para no dormitar.
—Listo —avisó el doctor.
Kael se acercó a él a toda prisa.
—La llevaremos a una recámara fresca y cálida, donde la nutriremos con un suero intravenoso.
Kael asintió, en acuerdo.
—¿Está ella fuera de peligro? ¿Cuándo despertará? —preguntó, ansioso.
El doctor soltó un largo suspiro.
—Todavía no puedo decirle nada concreto. Ahora hay que esperar a que el tratamiento dé sus frutos. Esperemos que su cuerpo lo asimile bien y se recupere. Por ahora, necesitamos mantenerla estable.
Las palabras del doctor no trajeron mucho alivio a Kael, pero, por lo menos, ya habían terminado la parte difícil.
Lyra fue llevada a una recámara en el mismo piso donde dormía el alfa, pero no directamente a su habitación, pues no quería armar un escándalo.
Después de ducharse y comer algo, él fue a ver a la omega, quien yacía inconsciente sobre una cama grande y cómoda, con el suero intravenoso puesto y con ropa limpia y cómoda.
Él la observó por un largo rato y no pudo evitar sentirse culpable. Recordó aquella mañana cuando la chica lloró delante de él porque no podía leer correctamente.
Kael resopló y se pasó la mano por el cabello.
—Todo esto es mi culpa —dijo al fin y con la voz quebrada—. ¿Me llamo un alfa y no tengo control de estas cosas? ¿Cómo es que te convertiste en una víctima debajo de mi propio techo?
Varios toques en la puerta lo espantaron.
—Alfa, soy yo —se anunció el doctor.
Kael le dio permiso para que entrara.
Después de revisar el suero y los signos vitales de Lyra, el doctor se preparó para marcharse y darle las últimas indicaciones.
—Alfa, mañana volveré para ver su mejoría. Por lo menos, ella ya no está pálida y su pulso ha mejorado. Esta misma noche necesitará calor, también en la tarde. Si lo hace convertido en lobo, los resultados serán más rápidos.
Kael se tensó. No pudo evitar observar a la chica por un largo rato.
¿De verdad haría aquello? Nunca había tenido dicha intimidad con otra mujer además de su difunta pareja, por lo que el simple hecho de imaginarlo lo ponía nervioso.
Entonces pensó en los chismes que se armarían en torno a eso.
Kael se aclaró la garganta y asintió, avergonzado.
—Gracias por su servicio, doctor. Recibirá una buena recompensa por su buena labor.
—No se preocupe, alfa, este es mi llamado.
Después de despedirse, el médico salió de la habitación, dejando a Kael con un enigma en su mente.
Entonces, él encontró una solución intermedia que evitaría especulaciones erradas en la mansión.
—Lleven a Lyra a la casa que tengo en medio del bosque. El doctor me dijo que allí se recuperará mejor —mintió.
Él le mandó un mensaje al médico para que mantuviera el tratamiento del calor confidencial. Luego fue a ver a Larius a su oficina privada de la mansión.
—Haré un viaje por unos días, necesito que te ocupes de todo en la manada —le pidió, dejando a su amigo intrigado.
—¿A dónde irás?
—Es un asunto personal —respondió cortante.
Larius no indagó, pues sabía que sería en vano.
—Por cierto, escuché que le sucedió algo malo a la sirvienta nueva, el bombón. ¿Ella está bien?
Kael apretó los puños, disgustado. ¿Ese era el gran interés que tenía Larius por la chica? Ya sabía él que solo quería jugar con ella.
—Se está recuperando —se limitó a decir.
—Qué bien —respondió el beta, indiferente—. Sería una lástima que ese cuerpecito lindo se pierda. Cuando se recupere, aprovecharé para invitarla a algún lado.
Kael sintió que le hervía la sangre. ¿Eso era todo? Ni siquiera se molestó en saber lo que sucedió con ella. Para su amigo, Lyra solo era un pedazo de carne apetitoso, nada más.
Tuvo unas ganas inmensas de golpearlo hasta sacar toda la rabia que tenía contenida en el pecho; sin embargo, soltó un suspiro y salió del estudio en silencio.
Ni siquiera se sentía de humor para responderle.
—Larius es un maldito cerdo —murmuró mientras iba por el pasillo.
Kael entró a su habitación e hizo una pequeña maleta él mismo. Acto seguido, se sentó en la cama. Ya casi iba a anochecer, así que era momento de irse.
Sentía que el corazón se le salía del pecho y, por alguna razón, como si lo estuvieran observando y juzgando.
Había inventado todo un plan ridículo para poder estar a solas con la omega y darle el calor que necesitaba.
—¿Qué diablos me pasa con esa mujer? ¿De verdad haré eso? —se cuestionó—. Solo es una obra de caridad, ¿por qué le doy tanta importancia?
Tras pensarlo un rato, decidió que era hora de irse. Aunque no se atrevía a admitirlo, su lobo estaba ansioso y deseoso de ese momento. En su mente se mantenía la imagen de su cuerpo pegado al de la chica, solos y en completa intimidad de una forma tan intensa que era en lo único que podía pensar.
Y su cuerpo estaba reaccionando de forma anticipada a su «obra de caridad».


