El alfa del río y la omega: Capítulo 12

Lyra se quedó atónita, observando al alfa como si esperara a que dijera otra cosa que le dejara en claro que había escuchado mal; sin embargo, él no se retractó en ningún momento.

El corazón le empezó a palpitar con vehemencia mientras se preguntaba por qué el alfa la ayudaría. Era más fácil deshacerse de alguien inservible.

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Lyra tuvo ganas de llorar. Él y Emilia la habían tratado como nadie antes. La habían hecho sentir que valía como cualquier otra persona.

«No te ilusiones, tonta», se reclamó a sí misma.

Por más que intentaba, no podía evitar tener la esperanza de que quizás ella no le era indiferente a él.

«¡Qué cosas pienso!», se regañó a sí misma. Aun así, sentía un punzón en el estómago de la emoción.

—Me iré de viaje por dos días —Kael rompió el silencio—. Cuando regrese, empezaremos nuestras lecciones.

Lyra asintió.

—Muchas gracias, alfa, pero de verdad no tiene que molestarse. Estudiaré por mi cuenta…

—Basta —la interrumpió él—. Has tenido muchos años para hacerlo. ¿Acaso lo hiciste?

Eso la confrontó. Entonces, no tuvo cómo refutarlo.

—Bien, puedes regresar a tus labores… —Él arrastró la última palabra porque no sabía su nombre.

Era irónico que se hubiera sentido tan familiarizado con aquella sirvienta, pero ni siquiera sabía cómo se llamaba.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Soy Lyra, alfa.

Él asintió.

«Lyra…», saboreó en sus pensamientos.

Ella se retiró, pero su aroma dulce e hipnotizante se quedó en el comedor.

Su lobo estaba inquieto y eso lo tenía desconcertado.

Peor aún, se sentía culpable. ¿Por qué el aroma de esa omega despertaba emociones que prometió no tendría por otra mujer?

No, solo estaba confundido.

—¡Aquí estás! —lo abordó Larius y le dio varias palmadas en el hombro.

Ni siquiera había notado su presencia.

—¿Te irás de nuevo? —preguntó mientras se sentaba en la mesa—. ¡Que alguien venga a servirme! —exclamó, al no ver a ninguna sirvienta allí. De inmediato, entró una a atenderlo.

—¿Tienes que ser tan escandaloso? —se quejó Kael mientras se masajeaba las sienes.

—Estás insoportable últimamente, deberías dejar tu estúpido celibato y descargar todo ese estrés que has acumulado por tantos años.

—Deja de hablar estupideces —lo regañó Kael, molesto.

—Para ti todo es una estupidez… —se quejó Larius e hizo una mueca—. Sabes bien que tengo razón. Soportar el celo por tantos años es dañino para tu salud, en especial para un lobo alfa. Ustedes son más… cachondos que el resto de nosotros —dijo lo último con una sonrisa de burla.

Kael apretó los puños.

Por supuesto que entendía el riesgo de estar sin el calor de una hembra que lo balanceara, pero ese era el castigo que se había impuesto por no haber protegido a su pareja.

No obstante, ya tuvo un episodio de locura debido al celo y eso lo tenía preocupado.

Había copulado con una desconocida a quien ni siquiera le recordaba el rostro, todo porque su lobo dominó su sano juicio y actuó como un salvaje.

Kael soltó un largo suspiro. Si le contaba lo sucedido a su amigo, este no lo dejaría en paz con el tema. Mejor dejaba su pecado en secreto.

—¿Por qué tu taza está ahí? —señaló Larius, al notar que el objeto estaba lejos de Kael, lo cual no tenía ningún sentido.

El alfa observó la taza, pero no respondió. En su lugar, se levantó de la silla y miró al beta con advertencia.

—Te dejo a cargo en estos dos días, pero no quiero sorpresas —le dijo.

Larius le dio un sorbo a su café.

—Tú vete tranquilo a ver a nuestra futura luna. Sabes que nunca te he defraudado.

—No sigas con esa estupidez —le reclamó.

—Vamos, esa mujer está loca por ti. ¿Por qué no terminas de aceptar la oferta de unión de alfa Arthur? Vivían es hermosa y capaz, no podría pensar en alguien mejor que ella para ser nuestra luna.

—No necesitamos una luna —replicó Kael entre dientes, visiblemente incómodo.

—«No necesitamos una luna» —se burló Larius, poniendo la voz ronca para imitarlo.

Kael entornó los ojos. No discutiría el mismo tema de nuevo, así que prefirió ignorarlo.

—Por cierto, encontré una nueva razón para pasar más tiempo en casa —comentó Larius.

Kael siguió caminando, indiferente.

—La nueva sirvienta, creo que se llama Lyra —Kael se detuvo al escuchar su nombre—. Esa mujer está como quiere y, además, es ingenua. Será fácil comerme ese bizcochito.

Otra vez Larius le contaba sobre sus tontas aventuras que para nada le importaban a Kael; sin embargo, en esta ocasión sintió una ira que no entendía.

¿Por qué le importaba lo que él hiciera con esa mujer?

No tenía ningún sentido.

—¿Qué dijiste? —inquirió Kael con los puños apretados.

Larius lo miró divertido, pues por fin su amigo se interesaba en dichas conversaciones. A veces se sentía ignorado por él porque este se había convertido en un hombre frío y sin emociones.

—¡Vaya! Por fin quieres hablar conmigo sobre algo que no tenga que ver con trabajo. ¡Ya extrañaba a mi amigo! Al parecer, tu duelo eterno está llegando a su fin.

Kael soltó un suspiro de hastío. ¿Acaso le había dado luz verde a Larius para que le contara sus relaciones vanas? ¿De verdad él creía que no le interesaba el tema por su duelo?

«¡Qué estupidez!», pensó, enojado.

—No me interesa tu vida sexual, pero no creo que debas jugar con esa chiquilla. Ella no es como tus conquistas —le respondió, tratando de sonar apático.

Larius entrecerró los ojos, curioso por su repentino interés en una sirvienta.

—¿Y a ti por qué te molesta? Justo ella es lo que quiero ahora: una mujer fácil de manipular y que no me exija nada. Me divierto por un tiempo y luego la dejo. Listo.

Kael sintió que la sangre se le subía a la cabeza. Su lobo empezó a gruñir en sus adentros. El simple hecho de imaginarse aquello lo sacaba de sus casillas; no obstante, mantuvo la compostura y disimuló su incomodidad.

—No voy a tolerar ese tipo de comportamiento en mi casa, Larius. Quedas advertido.

Kael salió del comedor sin añadir más ni darle tiempo al beta para responderle.

Larius se quedó perplejo por unos segundos.

—¿Qué le molesta a Kael? ¿Mi comportamiento o que sea Lyra mi nueva presa? —se preguntó confundido, pues era la primera vez que lo veía tan enojado por causa de una mujer.

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El alfa del río y la omega

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