Zoe
El silencio se instala entre nosotros de una forma tan pesada que podría jurar que puedo escuchar los rápidos latidos de mi corazón.
Porque sí, late muy rápido, pero de indignación, de ofensa, de tristeza y decepción, porque no es posible que Zebastiel esté inventando una estupidez como esta y espere que yo le crea.
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¿Acaso me cree tonta o qué?
—No juegues con mi inteligencia —le digo indignada.
Noto cómo su rostro se contorsiona. Sus ojos azules brillan con desesperación.
—¿Ves? No me crees nada. ¿Cómo te explico lo que soy? No soy un humano, soy un licántropo. Caí a esta dimensión por accidente. Debía hacerlo en el Triángulo de las Bermudas, pero de alguna forma el vínculo me trajo a ti.
—¿Qué? ¿De qué rayos hablas? ¿Qué vínculo?
Él traga pesado.
—No puedo explicarte eso ahora. Solo quiero que sepas que no soy humano. No soy como tú. ¿Me entiendes?
Niego varias veces.
¿Cómo lo voy a entender? ¿Acaso hay una manera de entender la locura de un psicótico?
—Necesitas ayuda, Zebastiel. ¿Te escapaste de un loquero o qué? ¿De qué rayos hablas?
Sí, eso debe ser.
Ha escapado de un psiquiátrico. De seguro mató a alguien tratando de escapar y terminó en mi patio.
Empiezo a temblar toda y a moverme de un lado a otro.
Él se va hacia la cocina y yo corro detrás de él.
No vaya a ser que cometa una locura.
Pero me detengo en seco cuando lo veo sacar un cuchillo afilado.
Entonces siento que el corazón se me detiene y la respiración también. Incluso quiero salir corriendo, pero no puedo. Me he quedado pasmada aquí.
Ay, Dios mío, ¿qué he hecho?
He despertado al loco que duerme en su interior.
¿Y si me mata?
—Suelta ese cuchillo —susurro.
Mi voz tiembla.
—Te voy a demostrar que no soy un simple humano.
—Por favor, Zebastiel, yo te creo, te creo, pero por favor, no…
—No me crees en absoluto. Tienes miedo, ¿no?
Levanta el cuchillo.
—¡No me mates!
Él se queda mirándome y veo tristeza en su expresión.
—¿De verdad crees que yo sería capaz de hacerte daño? —me confronta.
Sus palabras son como agujas que se me clavan en el pecho.
Pero ¿qué más puedo pensar? Tiene un cuchillo en la mano y me dice que va a demostrar que no es humano.
¿Cómo no voy a pensar que me va a matar?
De seguro me hace picadillo y me tira por ahí.
—Vamos, Zebastiel, suelta ese cuchillo —le pido.
Pero él no me hace caso.
Lo levanta y…
—¡AHHH! —grito cuando se lo clava en el brazo.
Vuelve a hacerlo.
Aprieta el rostro por el dolor y se muerde los labios, pero luego levanta el brazo y me muestra la herida que se acaba de hacer.
Ay, Dios mío.
Sí recogí a un loco.
Tan lindo y tan bien que se ha portado conmigo.
¿Por qué no puede ser un hombre normal?
Claro… solo un loco se fijaría en mí, ¿no?
—¿Qué has hecho? —le increpo entre llantos—. Ven… ven a curarte.
Me acerco a él.
Creo que la que ha perdido el juicio soy yo, al no salir corriendo y buscarme la muerte por estar tan cerca de alguien que ha salido de un manicomio.
Zebastiel se queda quieto al verme asustada y me muestra el brazo.
Está cubierto de sangre; sin embargo, noto algo peculiar: las dos largas heridas que tiene empiezan a cerrarse solas.
Entonces lo miro con los ojos y la boca bien abiertos, incrédula de lo que estoy contemplando.
Esto no puede ser real, de seguro estoy soñando.
Miro el brazo de nuevo, pero ya está intacto. Lo único que tiene es la sangre, como evidencia de que, segundos antes, hubo una herida allí.
Ahora está cerrada, normal… como si nunca se hubiese existido.
—No… eso no puede ser —susurro.
Le agarro el brazo y lo reviso varias veces, pero no hay nada.
Solo las manchas en tono carmesí.
—No… no… no… no… no —niego mientras muevo la cabeza y me alejo de él—. ¿Qué fue esto? ¿Acaso eres un robot o algo?
—¿Qué? —pregunta él, todavía estupefacto de que me sea tan difícil creer lo que me dice.
Pero es que es una locura.
—Eres un robot, ¿cierto? Fuiste hecho con IA… sí, eres una IA. Una IA que parece un humano —razono. Ahora mismo, eso suena más lógico que lo que él me contó—. Eres un muñeco sexual de esos que están haciendo, un invento tecnológico para que las mujeres no se sientan solas.
Sí, eso es… eso es.
De momento me tambaleo y siento que todo a mi alrededor se torna borroso.
Entonces pierdo la fuerza y la oscuridad me arropa hasta que no se nada mí.
***
Me muevo varias veces en la cama. La debilidad es tan fuerte que, aunque intento levantarme, no puedo. Así que me quedo un rato más ahí, hasta que poco a poco voy recuperando las fuerzas.
Parpadeo varias veces antes de abrir los ojos y miro a mi alrededor.
Oscuridad completa.
—¿Anocheció? —digo de repente y me levanto de forma brusca.
Noto que tengo mi ropa normal, la misma que estaba usando en la mañana.
—¿Qué…?
Me tiro de la cama y salgo corriendo por la habitación.
—¡Zebastiel! —lo llamo.
Lo primero que hago es ir a la cocina, donde encuentro una olla tapada. Abro el microondas y ahí está una comida servida. Seguro la guardó para que yo la caliente.
—¿A dónde fue? —susurro y cierro el microondas.
Trato de recordar qué pasó, pero me duele la cabeza, así que no hago mucho intento.
Voy a la sala y me siento un rato a tratar de entender qué ha sucedido.
Lo último que recuerdo es que estaba tomando café en el patio esta mañana.
Pero… ¿en qué momento me quedé dormida? ¿Cómo es eso de que dormí todo el día?
Suelto un largo suspiro y miro a mi alrededor.
—¿Dónde se habrá ido Zebastiel?
Me levanto. El estómago me duele de hambre, así que voy a la cocina otra vez.
Le doy un minuto a la comida en el microondas y me siento a esperar.
Me quedo en blanco, sin pensar en nada en específico, simplemente en silencio, disociada.
El pitido del microondas me espanta, doy un respingo, me levanto de la silla y saco la comida.
Es un arroz con vegetales y carne frita.
Se ve delicioso.
Zebastiel es muy bueno en la cocina. Él es quien hace casi todos los alimentos aquí porque le queda mejor que a mí.
Empiezo a comer con desesperación, dado que no he comido en todo el día y mi estómago se siente vacío, incluso me tiemblan las manos.
Cuando voy a la mitad del plato, empiezo a recordar.
Me veo hablando con Zebstiel, dándole explicaciones sobre mi evasión…
Las mejillas me arden al rememorar la razón de evitarlo.
Pero entonces, todo empieza a encajar y la cuchara se me cae de la mano.
Me veo yendo a la sala, él siguiéndome, discutiendo sobre quién es, por qué no me decía de dónde venía… y luego el cuchillo, la herida que después se cerró al instante.
Me pongo las dos manos en la boca y mis ojos se abren de par en par.
Me levanto, camino de un lado a otro y vuelvo a sentarme.
Ya se me quitó el apetito y siento cómo un frío me recorre por completo.
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