Zoe
Me quedo paralizada con los ojos bien abiertos y la respiración desbocada. Ya no sé si es por la emoción de lo que estaba haciendo con Zebastiel o si es por el terror que me presiona el pecho.
Vaya, qué oportuna mi madre.
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Trago pesado y me levanto de golpe. Empiezo a arreglarme la ropa, el cabello y hasta me froto la cara varias veces, a ver si salgo de este trance raro en el que estaba con Zebastiel.
Respiro hondo.
Entonces, la mirada de Zebastiel me recorre de arriba abajo, con completa confusión.
—¿Todo bien? —pregunta.
Niego varias veces, de forma efusiva, y me relamo los labios.
—Es mi madre. Está aquí… Debo ir a abrir.
Zebastiel se levanta y me acuna el rostro entre sus dos manos. Luego, me besa la nariz.
—Vamos. Quiero conocer a la suegra.
Quiero reír, pero no me hace gracia su comentario. Por el contrario, me da terror que mi madre descubra que tengo un hombre aquí en la casa.
Entonces, mi mano se pone en su pecho para detenerlo.
—No, quédate aquí, por favor. No salgas.
La insistencia en la puerta aumenta y la voz de mi madre empieza a fastidiarme.
—¿Qué? ¿Quieres que me oculte? ¿Por qué?
Puedo notar incomodidad en su tono y ni siquiera sé qué responderle.
¿Por qué ocultaría a Zebastiel?
No lo sé, pero me da terror que mi madre sepa que está acá.
Con mano temblorosa, trato de explicarle, pero solo tartamudeo, porque no encuentro las palabras que puedan justificar que yo lo esconda.
—Hace poco terminé con Joel. Que te vea aquí puede malinterpretar las cosas.
—¿Hace poco? Vamos, Zoe, hace varios meses ya que terminaste con él. Además, como dijiste, terminaste. No tienes por qué ocultar lo que tenemos o lo que somos.
Sus palabras me agarran de improviso y hacen que mi corazón salte, emocionado.
—¿Lo que somos? —inquiero, y lo miro—. ¿Qué somos, Zebastiel? Porque hasta este momento no hemos definido nuestra relación. Y tú me dijiste que tienes que regresar a tu dimensión. Imagínate, ¿cómo voy a explicar que tengo una relación contigo y que luego desapareciste?
Mis palabras se quedan en el aire, sin ninguna respuesta, pues la voz de mi madre se alza más y nos deja a los dos rígidos.
Zebastiel suelta un suspiro y se cruza de brazos.
—No me ocultaré. No tienes nada de qué avergonzarte. Y yo te dije que iba a protegerte y que daría la cara por ti —rompe el silencio.
Niego varias veces y suelto una risa amarga.
—Vamos, Zebastiel. Tú y yo no tenemos futuro. De nada sirve que me protejas o enfrentes a mi madre. ¿Para qué? Si te irás…
La voz se me quiebra y los ojos se me cristalizan.
Zebastiel se frota la cabeza y niega varias veces. Luego, se muerde el labio inferior y sus ojos me observan, abrumados.
—Te prometo que buscaré la forma de estar contigo. No voy a renunciar a ti.
Se acerca y me abraza.
No me atrevo a responderle porque no le creo. ¿Cómo hará para que estemos juntos? Si él no se puede quedar aquí ni yo me puedo ir a su dimensión. Entonces, ¿para qué me hace promesas que no cumplirá?
Aprieto los puños y lo alejo de mí. Acto seguido, salgo de la habitación.
Respiro varias veces antes de abrir la puerta. Cuando lo hago, mi madre empieza a contemplarme, furiosa.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así? —me pregunta.
—Estaba dormida, mamá —miento.
Ella entorna los ojos y entra a la casa sin que yo la invite. Empieza a buscar algo.
—¿Por qué hay un olor a hombre aquí? —inquiere.
Me pongo nerviosa y suelto una risa que para nada inspira gracia.
—¿De qué hablas? Yo estoy aquí sola —digo como si lo contrario fuera una locura.
—No lo creo. Hace poco visité a Joel porque me dijeron que tuvo que tomar una licencia larga en su trabajo debido a un accidente que tuvo, solo para descubrir que ese accidente fue provocado por tu amante —me reclama con el mismo desprecio que siempre me ha mostrado.
Ella exhala con profundidad y agrega, apuntándome con el dedo:
—¿Por eso lo dejaste? Ahora entiendo todo. Eres una cualquiera. Una zorra que no sirve para nada más que engañar y hacer daño. Si Joel levanta cargos en tu contra y en tu amante, no lo detendré, pues no voy a apoyar lo que estás haciendo.
Suelto una risa amarga.
—¿Apoyarme? ¿Cuándo me has apoyado, mamá? Lo sé, nunca me apoyarás en nada. ¿Algo más que añadir? —la encaro.
Los ojos se le agrandan y ella suelta un jadeo de sorpresa. No se esperaba que yo le respondiera. Nunca lo hacía. Siempre soportaba que me humillara, pero ya estoy cansada.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Qué te pasa? Fue ese tipo, ¿verdad? ¿Quién es él? ¿Quién es ese que te ha lavado el cerebro?
Trago pesado. No quería que involucrara a Zebastiel en esto. Él es lo único puro y bueno que me ha sucedido, y arrastrarlo a toda esta mierda me parece horrible.
—Mamá, vete de mi casa. Si tu visita es para degradarme e insultarme, no estoy dispuesta a soportarlo. Por favor, vete.
—¿Me estás echando? Esta también es mi casa. Recuerda que este lugar es el patrimonio de tu padre.
—No, mamá. El testamento de papá fue muy claro. Es mía y tengo todo el derecho de sacarte. Además, eres dueña de la casa principal y de los ahorros que él tenía.
—¿Te vas a poner en mi contra por la culpa de un amante? —ignora lo que dije y empieza con su manipulación—. ¡Pero qué irrespetuosa y malagradecida eres! ¿Así es como me pagas que te haya dado la vida, que te haya cuidado?
—¿Cuidarme? —la interrumpo—. ¿Cuándo me cuidaste, mamá? Porque lo que yo recuerdo es completamente diferente. Nunca te importé. Siempre fui una carga para ti y ni siquiera te molestaste en disimular lo mucho que me odiabas. Siempre fuiste muy sincera en cuanto a eso.
—¿De qué estás hablando, Zoe? ¿Cómo te voy a odiar si eres mi única hija? Lo que pasa es que tú siempre has sido una niña rebelde, malhablada y desagradecida. Y la que no te importo soy yo. Yo creo que eres tú la que me odia, porque siempre haces lo que te da la gana y te vas en mi contra.
Suelto un largo suspiro.
No puedo creer que me esté diciendo esas cosas. Estoy harta de su manipulación y de que siempre tergiverse la verdad.
Yo lo recuerdo claro. Siempre me maltrató, me humilló, me comparaba con otros, me golpeaba y me hablaba horrible. Me decía cosas que una madre nunca le diría a su hija. Es más, ni siquiera a alguien que no le importara.
Pero yo sé que me odiaba. Yo era una carga en su vida, una molestia de la cual debía encargarse por obligación, porque no le quedaba de otra.
Me trago toda la rabia y, en mi deseo de estallar, aprieto los puños y la miro con firmeza.
—Mamá, si tan mala hija soy, ¿qué haces aquí? ¿Qué es lo que quieres? ¿A qué viniste? Porque todavía no lo entiendo.
—Vine a hacerte entrar en razón. Vine porque no puedo creer que te hayas buscado a otro hombre y que juntos atentaran contra la vida del pobre de Joel. Deberían estar en la cárcel los dos. No puedo creer que yo haya dado a luz a una persona tan horrible como tú.
Los ojos me arden. Quiero llorar, quiero gritar, quiero golpear algo, pero me contengo.
En ese momento, percibo un aroma y unos pasos, y me quedo petrificada. Una sensación fría me recorre el cuerpo, al punto de erizarme los vellos, y ni siquiera me atrevo a mirar hacia atrás porque sé de qué se trata.
—¿Ese es tu amante? —pregunta ella, desorbitada.
Entonces, eso confirma lo que ya presentía. Zebastiel salió de la habitación y está aquí, en la sala.
—Saludo, señora. ¿O debería llamarla suegra? —dice él, todo sarcástico. Y yo siento que mi corazón se me va a salir del pecho y que me puedo desmayar en cualquier instante.
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Con esa mamá quien necesita enemiga
Sí. Jajajaja
Zebastiel bombón
Espero que ponga a la suegrita en su lugar