13. Lobo guía: Un lazo prohibido – Celos, posesión y una humana en peligro

Zebastiel

Estoy aquí parado, dentro de la habitación de esta humana, observando la pequeña bermuda que ella me ha confeccionado. Me quedará un poco ajustada, pero no me incomodará.

Aun así, me sentiré desnudo, porque es lo único que tengo para ponerme. Suelto un largo suspiro.

—¿Desde cuándo mi vida se ha vuelto tan miserable y caótica? —digo a la nada.

Me siento como un imbécil.

—¿Por qué no tuve más cuidado mientras estuve en el mar de cristal? —me quejo, pues es lo único que se me ocurre ahora mismo: lamentarme de mi desgracia y mala suerte.

Estoy aquí atrapado, sin dinero, sin un lugar donde pueda estar tranquilo, lejos de esta molestosa humana tan rara. Y, para colmo, sin ropa.

Ahora tengo que estarle modelando mi torso desnudo.

Me incomoda que me mire como si yo fuera un trozo de carne…

Siento un punzón en el estómago al recordar la manera en que sus ojos me contemplan, cómo su boca se entreabre cada vez que me ve.

—Es obvio que le causo algún tipo de emoción —razono, irónico—. ¿Será el lazo o simplemente es golosita?

No debería emocionarme, pues eso es otro problema que no sé cómo diablos voy a resolver.

Pero mi cuerpo se sacude al instante. La posibilidad de que yo no le sea indiferente, de que ella también sienta esta atracción, me llena de una emoción que nunca había tenido y que me asusta.

—No, esto es un error, no puedo sentirme así —me reclamo.

Percibo la presencia de alguien más, un olor diferente que se mezcla con el de ella. También percibo una conversación lejana que, aunque no logro captar exactamente las palabras, puedo percibir por el timbre de voz.

—La humana no está sola —me digo a mí mismo.

Entonces decido ponerme la bermuda y quedarme un rato aquí, pues no estoy seguro de si ella desea que los demás sepan de mi presencia.

No quiero molestar más de lo debido.

Sin embargo, hay algo que dentro de mí me incita a espiar, a ver con quién habla mi hembra.

¿Qué he pensado?

—No, no, no, no… ella no es mi hembra —niego, exaltado por el rumbo de mis pensamientos—. ¿Qué diablos me está pasando? No puedo seguir así.

Pero me da mucha curiosidad saber con quién habla la humana. Es un hombre, estoy seguro, puedo percibir su esencia.

—¿Será su pareja? ¿Ella está con alguien? Pero me dijo que vivía sola. ¿Quién será? ¿Algún familiar o algún amigo? —me pregunto a mí mismo, inquieto.

—¿Qué me importa? —digo en voz alta.

Me tenso, pues temo que me hayan escuchado.

Suelto un largo suspiro.

No puedo seguir así. Esto me está afectando más de lo que debería.

¿Así es el lazo… tan profundo e irresistible?

Siempre me había preguntado qué se sentía encontrar una pareja destinada y qué era eso tan fuerte que ataba a los de mi especie.

Anhelaba poder tener algo así yo también, aunque por mucho tiempo me encerré y creí que no lo merecía.

Bueno, todavía no sé si lo merezco.

Y, al parecer, es así, porque el destino se burla de mí al darme una compañera humana que ni siquiera sabe lo que soy.

—¿Qué diablos voy a hacer ahora?

Necesito regresar a casa y olvidarme de este asunto. Somos tan distintos… ella y yo…

Mi lobo me regaña dentro de mí. Estamos en desacuerdo. Como casi siempre, mi parte racional choca con la irracional, aunque a veces no sé cuál de las dos es la primitiva: la parte humana o la parte lobuna.

Me levanto, doy vueltas alrededor de la habitación, cada vez más ansioso, pues empiezo a sentir una incomodidad que no puedo soportar. Hay algo que me llama hacia la humana, como si ella me necesitara…

Como si debiera salvarla. Pero ¿de qué?

Voy a abrir la puerta, mas me detengo antes de tocar la manija.

—No puedo hacer esto. No está bien —me auto reclamo.

Me siento en la cama y suelto un largo suspiro. Necesito calmarme. No puedo dejarme controlar por mi lobo.

Me tomo unos minutos para meditar en lo acontecido, a ver si se me ocurre una idea para regresar a casa; sin embargo, los gritos de la humana me ponen en modo alerta.

Comienzo a alterarme, mi cuerpo tiembla y se me eriza la piel.

Siento un cosquilleo en los ojos, lo que me indica que deben estar brillando.

—Algo le pasa a ella —digo, inquieto.

Me levanto de inmediato, abro la puerta de forma brusca y camino hacia donde se escucha el forcejeo. No tengo que avanzar demasiado para darme cuenta de que hay un hombre agarrándola.

Entonces camino hacia ellos.

La imagen que veo me hierve la sangre y me insta a salir y a lanzarme contra ese imbécil que le está haciendo daño a mi mate.

—Suéltala —profiero con la respiración alterada—. Ella te dijo que la dejaras en paz. ¿Por qué la sigues molestando? —le reclamo, pues llegué a escuchar lo que ella le rogaba.

Y que él ignore sus súplicas me da unas ganas enormes de clavarle mis garras en el cuello.

¿Quién se cree esa basura para tratarla así?

Percibo que sus ojos me recorren de arriba abajo, con un desdén que me da ganas de reír. Él me mira como si yo fuera inferior, cuando en realidad yo soy muy superior.

Me acerco, lo agarro por el cuello de su camisa de imbécil y lo levanto de forma brusca. Sus pies quedan en el aire.

Es tan patético…

—¿Por qué tienes que molestarla en su casa? —interpelo—. ¿Por qué no la obedeces cuando ella te dice que no quiere verte? Lárgate de aquí y no vuelvas a aparecerte, gusano.

—Por favor, para, esto no es necesario —me pide ella entre llantos, lo cual me incomoda más.

¿Por qué lo defiende? ¿Acaso le interesa ese insecto?

Aprieto más la tela de la camisa del hombre, que intenta mostrarse valiente, pero en su mirada puedo ver el terror.

—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en la casa de mi novia? —me pregunta él, y esa palabra se me clava en el pecho de forma brusca.

¿Novia?

Todo a mi alrededor se torna borroso y pierdo el equilibrio. Una sensación fría me recorre por completo.

Lo suelto y él cae desparramado en el suelo terroso. Escucho su queja de dolor cuando su asqueroso trasero golpea la superficie.

—Vete de aquí —le ordeno, reteniendo la ira de mi lobo, pero a punto de perder el control.

Él se levanta, se sacude la ropa y me mira con una furia que podría quemar bosques, sin saber con quién se está metiendo.

—¿Irme yo? ¡Esta es la casa de mi mujer! ¿Qué haces aquí? ¡Y sin ropa! —me dice, y sus ojos brillan con odio.

Luego mira a la humana con reproche.

—¿No me dijiste que no tenías a nadie? ¿Me estás poniendo los cuernos con este…? —Hace una pausa, al no encontrar una palabra que me describa—. ¿Es por él que quieres abandonarme? ¿Es tu amante? ¿Desde cuándo? ¡Dímelo!

Él empieza a sacudirla con violencia, y ese es el detonante.

Mi puño lo atraviesa de manera nítida, sin que ella resulte alcanzada. Luego lo agarro por el cuello y lo levanto. Parece un estropajo colgando de mi mano. Aprieto con furia, dispuesto a acabar con su existencia, pero los gritos de la humana causan un revuelo en mí.

—No, por favor, Zebastiel, suéltalo, déjalo ir —ruega ella, alterada.

Los ojos de la humana están rojizos e hinchados, y el terror brilla en ellos. Sus manos tiemblan. No quiero ser el causante de su miedo, pero me da mucha furia que lo defienda, que se ponga así por él, como si le importara.

Tengo ganas de arrancarle la cabeza de un solo apretón, de destrozarlo, de derramar su sangre, porque no soporto que ella se preocupe por él, que lo proteja.

Sin embargo, hago lo contrario: lo lanzo contra el suelo. Lo hago de forma brusca para que le duela, pues por lo menos quiero darme ese pequeño gusto.

El gusano ese se queja del dolor y se le hace difícil levantarse.

Ella corre hacia él y lo ayuda, y eso hace que yo apriete los puños y que mi lobo quiera salir y terminar de matar a ese imbécil.

—¿Estás bien? —le pregunta ella.

Él niega.

—No, no estoy bien. Tu amante acaba de lastimarme. Esto no se va a quedar así, lo voy a denunciar —me amenaza ese imbécil.

—No, no es mi amante. Ya deja de inventar cosas y no vas a denunciar a nadie. Te vas a ir y no vas a regresar.

—No, vamos a hablar —le insiste él.

—Por favor, Joel, no tengo nada que hablar contigo.

—O hablamos o llamo a la policía, mira… —Se pone la mano en la espalda—. Él va a tener que responder por todo esto. Mi espalda me duele muchísimo —se queja como si fuera un cachorrito.

¿Este es un hombre?, con esa actitud de mierda.

—No le hagas caso, yo puedo defenderme —le digo a ella, para que no se deje manipular por este idiota.

—Zoe, vamos a hablar. O esto va a terminar muy mal —la amenaza.

—Basta —dice ella, un poco perdida—. Hablaré contigo. Vamos.

Ella me mira con pesar y agrega:

—Estaré en la sala con Joel, así que danos un poco de privacidad. Puedes ir a la habitación o quedarte aquí —me indica, como si yo fuera un cachorro y no quien la libró de los ataques de ese gusano.

Y los dos entran, él apoyándose en ella, porque se le dificulta caminar debido al golpe que recibió cuando lo lancé.

La puerta se cierra tras ellos y siento un vacío doloroso en el pecho y en el estómago, y un fuego que empieza a quemarme por dentro. Mis músculos se tensan y mi lobo quiere salir y hacer de las suyas.

Hay una ira que nunca había sentido, una que podría hacerme perder la cordura, pero, más que eso, una tristeza, una decepción, una sensación de desamparo.

Ella lo escoge a él, al hombre que la está maltratando, por encima de mí… quien la defendió.

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Lobo guía: Un lazo prohibido

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