15. Lobo guía: Un lazo prohibido – El filo de la necesidad

Zoe

Ha pasado una semana y ya mi tobillo se siente bien. He tenido que pedir medicinas y comida a casa, lo cual ha sido difícil debido al lugar remoto donde vivo, pero hemos sobrevivido.

Ahora, sin dinero —más que unos cuantos centavos en mi cuenta de ahorro—, sin comida y sin ropa para Zebastiel, solamente con un par de bermudas que le he podido hacer fusionando la tela de la ropa que tenía guardada de mi padre, es hora de salir al mundo real y enfrentar la situación.

Por ende, estoy frente al espejo, vestida con el traje ejecutivo más elegante que tengo, una coleta bien estilizada y un poco de maquillaje. Suelto un largo suspiro y me animo a mí misma, convenciéndome de que todo saldrá bien.

Tomo mi bolso y abro la puerta. Lo primero que veo es a Zebastiel en la cocina.

Voy hacia allí a tomar mi café, y él está mojando un pedazo de pan en la bebida cafeinada. Es lo único que nos queda de comida.

—Ya estás caminando mejor —nota él y busca mi mirada.

Uno de mis momentos favoritos es cuando puedo observarlo a los ojos. A veces me quedo lela, como idiota, siendo demasiado obvia. Por eso, esos momentos en los que puedo girarme y mirarlo son importantes para mí, porque es la excusa perfecta para perderme en su mirada celeste. Este hombre tiene unos ojos tan bellos.

—¿Todo bien? —me pregunta al no recibir mi respuesta.

De seguro me he quedado con mi cara de idiota y acosadora.

Ay, no, Zoe, no aprendes.

—Sí, estoy bien, solo pensando en las entrevistas de trabajo que tengo hoy. Si tengo suerte y me contratan en una, dejaremos de desayunar pan con café.

Él baja la cabeza, un poco avergonzado, y asiente.

—Me gustaría ayudarte en algo. No sé, si quieres puedo salir contigo y buscar algún trabajo que hacer para ganar dinero.

—Ay, por favor, ¿vas a salir en bermudas? Lo único que puedes pescar así es un trabajo de stripper o gigoló. Pero no creo que seas el tipo que venda su cuerpo por dinero… ¿o sí?

Él se atraganta con el café y empieza a toser, y yo no puedo evitar reírme.

—Ay, solo bromeaba, tampoco lo tomes tan en serio —digo, y agarro una taza para servirme.

Desde que sorbo, siento cómo mi cuerpo reacciona al delicioso sabor. Siempre me ha gustado el café y he creído que hago uno de los mejores; sin embargo, el de Zebastiel está muy por encima del mío… o no sé si es porque me gusta todo lo que hace ese hombre que me lo encuentro más bueno.

En fin, aquí estoy yo, babeando por el loquito.

Nunca me imaginé que podría tener una atracción tan fuerte por alguien que apenas conocía. Yo siempre tuve ojo para Joel, pero ahora… no sé. Todo lo que pienso es en el hombre que he hospedado en mi casa, que está medio tutú y que parece caído del cielo.

Aunque, si me pongo a pensar, literalmente cayó del cielo.

¿Y si él tiene razón? ¿Y si de verdad no es un loco? Porque qué extraño que haya aparecido en mi patio justo cuando hubo una explosión y él estuviera todo herido y con las ropas rotas.

—¿Qué piensas? —me pregunta, sacándome de mi imaginación loca.

—Nada, aquí. Haciendo una lista mental de lo que debo comprar. Usaré mis últimos ahorros para ir al supermercado. También te traeré ropa. Ya te he tomado las medidas, así que tengo una idea de qué te puede servir.

—Lamento mucho ser una carga para ti. Me gustaría pagarte de alguna manera.

Se me ocurren varias, pero al instante me deshago de esos pensamientos intrusivos y pervertidos.

Ay, no…

—Ya estás haciendo mucho —le respondo—. Mientras mi tobillo estuvo mal, te encargaste de todo y me cuidaste. No te preocupes. Ahora somos amigos que conviven, ¿no?

Le sonrío. Él me devuelve el gesto.

Ay, Dios, qué bella sonrisa.

Este hombre es tan comestible. Está para besarlo hasta que se me vaya el aliento. Yo creo que nunca me cansaría de él.

—Otra vez te has quedado mirándome de esa forma tan rara —recalca.

Y no puedo aguantar la vergüenza.

—Me voy. Estoy tarde.

Salgo corriendo como la gran cobarde que soy.

La mañana se va rápido entre hacer turno para que me entrevisten y luego vivir el infierno de que me estén preguntando lo mismo, pero con diferentes estilos y personalidades.

En fin, solo recibo un “te llamaremos” frío, como las otras veces, lo cual me preocupa. Debería existir un trabajo que te diga ese mismo día si estás contratado o no. Esperar a que me llamen es una tortura… ¿cuándo lo harán? Necesito dinero ya.

Observo un restaurante y me dan ganas de maldecir. Tengo mucho tiempo sin ir a uno. Por lo menos debo darle el crédito a Joel de que me llevó a unos muy elegantes y de comida exquisita. Pero bueno, tampoco es que eso sucedía mucho.

—Ya deja de pensar en ese idiota —me reclamo.

Y otra vez me encuentro hablando sola en la calle y las personas me miran raro.

No puede ser.

Me paro en una cafetería, me compro un café y un croissant, pues eso es lo único que me puedo permitir para no descompletar el pasaje de regreso. Por eso también mi camioneta sigue en el mismo taller, ya que no he podido ni siquiera ir a verla.

Aunque tampoco tiene sentido que lo haga si no tengo dinero para pagar el arreglo.

—¡Ay, Zoe, has caído tan bajo! ¿Por qué tuviste que abandonar todo para convertirte en ama de casa? Mira ahora. Nadie te contrata porque no tienes experiencia. Estudiaste algo que tiene mucha competitividad, estuviste siete años fuera del mercado y nunca has trabajado en eso. Estoy al final de la lista de todos los candidatos que aplican a la misma posición que yo. A este punto tendré que coger cualquier trabajo que aparezca, hasta de limpieza.

Hablo en voz baja mientras reviso mi celular a ver si alguien me ha dejado un correo electrónico diciéndome que me contrataron. Es tan frustrante que me dan ganas de gritar a todo pulmón.

Tras la penúltima entrevista, voy directo al banco, pues cuando salga de la última sé que no tendré tiempo de hacerlo, pues habrá cerrado. Necesito comprarle ropa a Zebastiel y alimentos.

Saco lo último que me queda de mis ahorros. No me dará para mucho, pero bueno… es lo que hay.

Me voy a mi próxima entrevista. Allí espero unos veinte minutos y mde la oficina sale un hombre de estatura media, calvo, con unos lentes y una barba bien definida… y bueno, un poquito llenito. Pero ¿quién soy yo para juzgar si no estoy en forma tampoco?

Un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies cuando me llama. Es mi turno.

Vamos, Zoe, es esta o ninguna. Debo dar una buena impresión.

Entro y me siento como toda una dama, cuidando mi posición, con la frente en alto y manteniendo la mirada segura. Él se sienta en el escritorio y me sonríe. Empieza a hacerme preguntas sobre mi currículum, sobre mi experiencia y pone una cara rara cuando le digo que nunca me dediqué a eso.

Entonces la desesperación habla por mí.

—Pero no tiene que darme un puesto sobre mi carrera —le explico—. Puedo hacer cualquier otra cosa. Estoy dispuesta a empezar desde abajo.

—Al parecer necesita mucho este trabajo —me dice.

Asiento.

—No se imagina cuánto. He hecho tantas entrevistas y todos dicen que me van a llamar, pero nunca lo hacen. Supongo que es por mi falta de experiencia. No sé… si me dieran una oportunidad, no importa si es llevando café, recogiendo papeles e incluso limpiando, no se van a arrepentir de contratarme.

—¿Tan desesperada está? —me pregunta, un poco interesado.

Eso me da esperanzas.

Vuelvo a asentir.

Me siento muy avergonzada por ser tan sincera acerca de mi situación; no obstante, la vergüenza no me va a llenar el estómago.

Él sonríe, casi victorioso. Se levanta de su silla y se acerca a mí, lo cual me parece muy extraño y me pone en modo alerta.

—Veo que usted tiene una buena preparación. Lástima que hayamos recibido bastantes candidatos, tanto o más preparados que usted y con experiencia en el área. Entonces estaba pensando en algún otro puesto que darle, pero ahora mismo no tenemos muchas vacantes. Sin embargo, hay un trabajito que le puedo dar aquí en la empresa, pero tendría que poner de su parte.

—Claro que sí, señor. Pondré de mi parte y le juro que no los defraudaré —le digo emocionada. Por fin se me va a dar.

—Bien, entonces ya sabe que debe ser amable…

No sé, pero empiezo a sentir una tensión extraña y mi cuerpo comienza a alterarse. El hombre se acerca aún más y pone su mano sobre mi hombro, empezando a masajearme. Eso me parece bastante imprudente e ilícito, y me hace sentir muy incómoda.

—Sí, señor, voy a colaborar en todo y seré muy buena trabajadora.

Trato de apartarme de forma disimulada, pero él mantiene su agarre sobre mí y continúa masajeándome. Tengo ganas de salir corriendo, pues percibo que su comportamiento es una invasión a mi espacio.

—Espero que sea muy colaborativa, señorita Zoe. ¿Me entiende? Complacer al jefe, mantenerlo contento… y quién sabe, de acuerdo con su desempeño, podría obtener un puesto mejor.

A este punto tengo ganas de llorar y el corazón me late muy fuerte, puesto que estoy entendiendo exactamente a lo que se refiere.

Y yo ya me había ilusionado.

Y sé que estoy mal, juro que soy consciente de ello; sin embargo, la desesperación me hace debatírmelo. Por un leve momento me pasa por la mente aceptar el trabajo y soportar el acoso, porque en verdad estoy necesitada y mi situación es desesperante.

Todo es tan injusto que la rabia y la impotencia me ganan. Entonces no puedo evitarlo: las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas.

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