Zoe
Estoy temblando…
Una sensación fría me recorre todo el cuerpo y me nubla un poco la razón. No sé qué hacer. Solo no quiero tener problemas, mucho menos con nuestro invitado.
Aunque él está loquito y quizás sea un poco peligroso, no puedo permitir que Joel le haga daño, y sé que él es capaz de hacerlo.
El crac de la puerta se siente demasiado pesado y me hace despabilarme un poco.
—Siéntate en el sofá —le digo a Joel.
Él lo hace. Yo me mantengo de pie, puesto que no quiero acercarme a él.
—Bien, Joel, ¿qué es lo que quieres decirme? —le pregunto, irritada, deseosa de que hable y se vaya.
Me cruzo de brazos y lo espero. El tobillo me duele muchísimo, pero no quiero estar más vulnerable de lo que ya estoy frente a ese hombre, así que disimulo el sufrimiento.
—¿Quién es él? Dime, ¿por qué ese sujeto está semidesnudo en tu casa? ¿Es tu amante? ¿Por eso me abandonaste?
—No empieces otra vez —respondo, hastiada—. No tienes nada que reclamarme. Ya no somos nada, Joel. ¿Por qué no puedes entender eso? Si vienes a hablar de Zebastiel, no pierdas tu tiempo. Vete ahora, porque no estoy dispuesta a contarte nada. Él es simplemente mi invitado, y cómo esté vestido no es de tu incumbencia.
—¿Te estás escuchando? ¿De verdad estás hablando así? Vives con un hombre. ¿Qué es eso? ¿Por qué no me dijiste la verdad? ¿Que me terminaste porque tenías a un amante? ¿Que te enamoraste de otro? Por lo menos deberías ser sincera. ¿Qué va a decir tu madre de todo esto?
Siento como si mil agujas se me clavaran en el pecho.
Mi madre.
Estoy segura de que Joel irá con el chisme, no solo a ella, sino a todos nuestros amigos, para que se pongan de su lado… para quedar como la víctima y yo como la villana, como siempre.
Pero está bien. No importa. Si piensa que va a manipularme con eso, está equivocado.
—Joel, ni mi madre, ni tú, ni nadie tienen derecho a decirme cómo vivir mi vida, con quién estar o no. Ya yo te dije que no es mi amante. Si quieres pensar otra cosa, ese es tu problema. De todas formas, ¿en qué te afecta? No estamos juntos, no somos pareja. ¡Déjame en paz!
—¿Por qué no me dices la verdad? Me estás cambiando por ese orangután que parece un playboy mantenido. ¿De dónde sacaste al modelito? ¡O quizás es un gigoló o stripper! ¿Le estás pagando por compañía? Pues dudo mucho que un hombre como él se fije en ti.
El corazón me late fuerte con dolor y rabia. Ante los ojos de Joel soy tan insignificante que no asimila la posibilidad de que yo tenga a un hombre como Zebastiel.
Lo peor es que no está lejos de la verdad…
—No. Estás equivocado —replico con la voz quebrada.
De repente me invade una sensación de ahogo.
Joel se pone de pie y camina hacia mí. Reculo por instinto.
—No te acerques —le advierto—. No empieces.
—Tú no me cambiarás por ese hombre.
—Por favor, déjame en paz. Tú no me quieres… tú quieres a Mónica. ¿Por qué no te quedas con ella y eres feliz? Y a mí me dejas seguir con mi vida.
Empiezo a llorar, de pura frustración e impotencia.
—Ya te dije que Mónica es como una hermana para mí. ¿Por qué insistes en eso? —Se pasa la mano por el rostro, luego suelta un largo suspiro—. Estoy dispuesto a perdonarte tu infidelidad con ese hombre —me dice, en un tono “comprensivo” y rendido.
—¿Qué? —suelto, y lo miro, incrédula.
¿Qué acabo de escuchar? ¿Perdonarme a mí? Cuando quien fue infiel —y lo sigue siendo— es él.
—Joel, por favor, déjame en paz. Ya veo que no vamos a llegar a ningún acuerdo. Por favor, vete.
—No. ¿Sabes lo mucho que me duele la espalda? ¿Entiendes lo mal que me siento? Voy al médico, hago un reporte y la policía se lo lleva. Y tú serás su cómplice.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—Voy a ponerle una denuncia, pues él me golpeó.
—Ya es suficiente, Joel. No tienes por qué denunciarlo, pues cumplí mi parte y te dejé pasar. Además, él solo me estaba defendiendo… porque tú me maltrataste primero.
A este punto, el terror se ha adueñado de mí.
Él abre los ojos con indignación.
—¿Qué? ¿Por qué inventas cosas? Solo te daba abrazos. Eres mi pareja, así que es normal que nos abracemos —se justifica.
Me quedo en shock, incrédula de todo esto.
Bueno… no del todo.
Porque él siempre es así. Tergiversa todo. Cambia el discurso para quedar bien y hacerme ver como la estúpida.
Pero ya basta.
—Sí, me estabas abrazando en contra de mi voluntad y me estabas haciendo daño. Entonces no vengas a cambiar el tema ni a restarle importancia a tus acciones abusivas. Ya estoy cansada de que me hagas quedar como una loca, como una mentirosa, como la mala de la historia. Vete de mi casa.
—No me iré. Tú me perteneces. Y saca a ese hombre de aquí. No me gusta que viva contigo —me reclama, como si tuviera derecho a hacerlo.
Esto es increíble.
—No lo sacaré de mi casa.
Él trata de acercarse, pero lo empujo fuerte.
—Vete, Joel, y no vuelvas.
—No me iré. Ese hombre se va de aquí hoy mismo. Tú eres mi novia.
—No soy nada tuyo, terminamos. ¿Es que no lo entiendes?
Mi voz se quiebra y las lágrimas salen sin control.
Esto es frustrante, me siento demasiado impotente.
¿Cómo le hago entender que ya no quiero nada con él? Que lo aborrezco, que no soporto siquiera verlo. Que no tiene derecho a mandar en mi vida, que yo soy quien decide qué hacer con ella, con mi casa, con lo que es mío.
—Vete… —susurro, ya sin fuerzas. Me siento agotada. No puedo evitar recordar todas las veces que me sentí así tras una discusión con Joel.
Yo siempre terminaba cediendo debido al cansancio emocional.
No quería volver a lo mismo…
—Hablemos, Zoe, aclaremos todo, por favor —me ruega, más calmado, y pone esa cara de afligido que me irrita.
—No es momento, Joel, no estamos en condiciones para conversar. Además, me siento mal, quiero acostarme. Mírame el tobillo.
Sus ojos se fijan allí. Se cruza de brazos, como si evaluara la situación.
—¿Fue él? ¿Te hizo daño? Dime.
—Por favor, Joel, el único que me hace daño eres tú. Deja de inventar cosas y lárgate.
—No te hago daño.
—¡LÁRGATE!
Él se aprieta el cabello con frustración. Suelta el aire por la boca de forma brusca y golpea el sofá con el pie.
—Esto no se va a quedar así, Zoe, me la vas a pagar, ¿me entiendes? No te vas a salir con la tuya. Ese hombre tampoco —me amenaza, y sale despavorido y lleno de furia.
Escucho el sonido brusco de la puerta al cerrarse, porque él la estrelló, como si esta casa fuera suya.
—¡Estúpido! —digo, y suelto el aire que tenía retenido.
Entonces el alivio me invade. Por fin se fue y puedo estar en paz.
Con dificultad me siento en el sofá, pues el tobillo me está doliendo demasiado debido a todo el forcejeo que tuve con Joel. Lo reviso, pero no hay nada más que la venda. Voy a tener que ir al médico a vérmelo si me sigue doliendo.
Suspiro…
Pero el corazón me salta cuando la puerta se abre. Miro de repente, mas es Zebastiel quien ha entrado. Otra vez me relajo. Por un momento creí que Joel había regresado.
—Tengo que apagar la estufa. Espero que la comida no se haya dañado —dice con tono seco, de una forma que se percibe a una explicación con resentimiento—. Pero, de todas formas, ya él se fue, así que no los estoy interrumpiendo.
No sé por qué su tono me suena a reproche; sin embargo, lo ignoro y me encojo de hombros, porque ¿qué me va a reprochar este loco desconocido?
Zebastiel sirve la comida y me ayuda a llegar a la mesa. Eso me hace sentir una calidez que no había sentido antes. Bueno, sí, algo parecido a cuando mi padre me cuidaba, pero con una connotación diferente. No sabría explicarlo.
Pruebo el caldo y tengo que cerrar los ojos por lo deliciosa que está esta comida.
—¡Guau! ¡Qué sabroso! —exclamo, fascinada.
Él sonríe un poco, aunque noto algo de tensión en su mirada; es como si estuviera molesto. ¿Pero por qué?
—Me alegra que te guste —dice y empieza a comer también.
Le echo caldo al arroz porque me gusta mojado. Y vaya, qué delicia. Este hombre cocina mejor que yo, y tan modesto diciendo que solo se defendía. ¡Quién lo viera!
Bueno, Zoe… Tienes a un hombre atractivo, grandote, que golpea duro porque dejó a Joel hecho un estropajo. O sea, un perro guardián, un cocinero y un modelo que te deleita con la vista. ¿Qué más puedes pedirle a la vida? Quizás todo te ha salido mal, pero por lo menos tienes a Zebastiel, aunque está un poco loco, ¿no?
—Nada es perfecto —pienso.
Zebastiel me mira confundido.
—¿A qué te refieres? ¿Le falta algo al caldo?
Casi boto el contenido de mi boca, pues creí que lo había pensado. Pero al parecer fue en voz alta.
Tonta…
—No, no, no, no me refería a eso.
—Entonces, ¿a qué?
—A la vida, ¿sabes? La vida no es perfecta.
—Ah, sí, tienes razón. A veces es demasiado imperfecta, ¿no crees?
—Sí, bastante —concuerdo mientras hago movimientos bruscos de cabeza de arriba hacia abajo.
Él me mira como si yo estuviera loca. ¡Qué ironía!
—A veces, las imperfecciones hacen que algo sea único también. ¿No lo has pensado? —suelta de repente, y la manera en la que me observa me provoca un punzón en el estómago.
Esta vez sonríe y yo le correspondo.
No sé a qué se refiere, pero suena bonito. Quizás un poco profundo… o tal vez solo sean disparates lo que dijo y yo estoy loca.
En fin.
Ventajas de ser bonito: todo se ve y suena mejor que en una persona poco agraciada o regular, así como yo.
Terminamos de comer y yo me dispongo a lavar los platos, pero él no quiere, porque dice que debo cuidarme, que debo descansar el tobillo. Entonces empezamos a discutir.
—No, estoy bien —le digo, pero él insiste.
—Lo haré yo, descansa.
—Oye, eres mi invitado. ¿Cómo puedes cocinar y también lavar los platos? ¿Qué haré yo? —le reclamo, pero se niega.
—Tú me estás dando hospedaje. Debo pagarte de alguna forma. Te dije que te cuidaría. Solo quiero que tu tobillo mejore —insiste.
Yo me encojo de hombros. No solamente está bueno y me deleita con la vista. Cocina bien y me protege. Ahora también hace los quehaceres que me tocan. La vida es buena a veces.
—Bien, como digas.
Intento irme, pero piso muy fuerte y me sostengo de él porque no soporto el dolor.
—¡Auch! —me quejo.
—¿Estás bien? —inquiere, preocupado.
—Sí, solo se me… —intento decir, pero no logro apoyarme bien.
—Yo te llevaré.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
No logro terminar la frase cuando él me carga. No puedo evitar gritar.
—¿Por qué me agarras de sorpresa? ¿Qué estás haciendo? ¿De verdad me estás cargando? Otra vez.
Siento que el corazón se me va a salir de la boca. Es como si me hubiese bebido una droga mala. ¿Estaré imaginando todo esto o tal vez estoy soñando? ¿O me morí y estoy en el cielo? No sé… pero esto no parece real.
Siento que estoy metida en una novela romántica o algo por el estilo.
Me acomoda en la cama con cuidado, mas no se aparta. Se queda mirándome con una curiosidad que me pone nerviosa.
—¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —pregunto mientras me reviso con las manos.
Él empieza a reírse.
—Eres graciosa, ¿sabes? —me dice.
No sé, pero me da la sensación de que me está coqueteando.
—¿De verdad? ¿Será? —intento poner mi pose más seductora.
—¿Y ahora por qué pones esa cara tan rara? —inquiere, divertido.
Vaya, soy pésima en esto. Creí que estaba poniendo una expresión sexy. Al parecer fue todo lo contrario. Ni modo, me rindo. No sirvo para estas cosas.
—Ya deja de mirarme así. Me pones nerviosa —me quejo.
Se acerca un poco más.
—¿Te pones nerviosa porque…? —pregunta, como si ya supiera, pero solo quisiera molestarme.
Ay, no. Este hombre, además de loco, es un poco arrogante.
—Porque no estoy acostumbrada a tener a un hombre en la casa, solo eso. Además, mírate. Estás semidesnudo, casi encima de mí y en mi cama. ¿Cómo crees que me voy a sentir?
—¿Y eso te tienta? —pregunta de repente.
Vaya, me salió atrevido el loquito.
Me muerdo el labio inferior al sentirme acorralada. Su mirada se va justo allí.
—¿A ti qué te parece? ¿Te tienta? —le respondo con malicia, refiriéndome a mis labios, pues no aparta lo ojos de ellos.
Él vuelve a reír.
—Quizás… ¿quién sabe? —dice.
Se levanta y se va, dejándome con el corazón agitado.
Trato de regular el ritmo de mi respiración, pues es un caos, al igual que mi corazón.
¿Por qué me atrae tanto si apenas lo conozco? Tiene un no sé qué que me encanta.
Bueno, aparte de lo obvio.
Pero es algo más que su físico o su anaconda…
¡Ay, qué estoy pensando!
Sacudo la cabeza y me termino de recostar en la cama.
Zebastiel tiene una vibra que me hace sentir como si lo conociera de toda la vida. Como si significara mucho para mí.
Es una locura, lo sé.
Si embargo, no puedo quitarme esa sensación.
He escuchado que pasa… cuando alguien es tu alma gemela o algo así.
Ay, no sé en qué estoy pensando. Qué vergüenza.
—Bueno, mejor no pienso tonterías —decido y miro al techo—. Necesito que este tobillo se arregle pronto, puesto que debo continuar con las entrevistas de trabajo. Si no, me moriré de hambre. Ya no me queda dinero para casi nada… y, para colmo, tengo otra boca que alimentar hasta que él encuentre su casa, el manicomio o donde sea que tenga que ir.
Ay, soy un caso.
Siempre metiéndome en problemas.
Nunca aprendo. Tengo el presentimiento de que el caos apenas empieza.

