Anabela frunció el ceño cuando vislumbró al grandote venir en dirección a ella con una canasta llena de manzanas en mano, cuyos ojos pardos desviaban la mirada con expresión de vergüenza y su labio inferior estaba atrapado entre sus dientes.
Pudo notar un leve sonrojo en la piel mestiza que le provocó mucha ternura. Pero no entendía su interés en ella y eso la hacía sentir incómoda. Samuel, como muchos de los trabajadores de la hacienda, era solo un conocido, una persona con la que ni siquiera podría imaginarse tener una relación cercana.
—Hola, Anabela —la saludó con timidez.
—Hola, Samuel —respondió solo por cortesía; sin embargo, no pudo disimular su desinterés en entablar una conversación con él, por lo tanto, su tono denotaba frialdad. No quería malos entendidos ni ilusionarlo, así que era mejor poner la distancia desde el principio.
—Los muchachos y yo estábamos recogiendo manzanas y pensé que querrías estas; son las más rojas y jugosas de todas.
—Gracias, Samuel. —Desvió la mirada—. Puedes llevárselas a mi abuela porque voy de salida —dicho esto, retomó su camino, dejando al grandulón con una gran tristeza y con la decepción en la mirada.
***
—Me rindo, Anabela nunca se fijará en mí, Sam. —Samuel caminaba de un lugar a otro mientras apretaba su oscura cabellera. Por su parte, Sam lo observaba con culpabilidad, ya que ella le había aconsejado que intentara cortejar a Anabela.
—Lo siento tanto. No debí meter mis narices, aunque creo que te estás rindiendo demasiado rápido.
—¿Tú crees? He intentado acercarme en varias ocasiones y hasta flores le he regalado; lo último que me dijo fue que solo me ve como un amigo y que le era incómodo que yo le regalara cosas.
—Es que eres un pendejo. —Raúl se mofó divertido—. A las mujeres les gusta el drama y los chicos rudos. Tú tienes un rostro que les gusta a las mujeres y ese cuerpazo de luchador, pero con una actitud de mariposa; a mi parecer deberías saber utilizar tus encantos y ser más atrevido.
—¡Qué vas a saber tú, mocoso! —Samuel negó con ironía, mas Raúl lo confrontó con una sonrisa maliciosa.
—Sé más de lo que tú o Sam podrían. Ambos pierden la oportunidad de ligarse a sus amores platónicos por querer ser más santos de la cuenta. Mira a Sam, se dejó quitar al jefe por aquella rubia que para colmo viene de otra región.
»Si ella se quita ese ridículo velo, se maquilla y usa ropas de mujeres jóvenes; luego se le pone al frente al jefe y le da una miradita sensual, para luego pasarle por el lado moviendo las caderas… ¡Adiós, Jacqueline Ben!
Sam bajó el rostro, apenada. Para nadie era un secreto lo enamorada que estaba de Arthur. ¿Será que es eso lo que ella debería hacer? Ser más coqueta y atrevida. ¿La hubiese querido Daniel si ella se hubiese comportado así?
—¡Deja de decir tonterías, criatura del averno! —Samuel le pegó un manotazo en la cabeza.
—¡Me pegas por decir la verdad! Ya verás que vendrá un hombre todo pícaro y se llevará a Anabela. ¡Buen pendejo! —Raúl corrió antes de que Samuel le pegara de nuevo.
—¡Mocoso, mal educado! —refunfuñó el grandulón, mientras que Sam estalló en carcajadas.
***
Sam estaba recogiendo algunas plantas para hacer una infusión para Jacqueline, quien tenía varios días enferma. Una vez tomó lo que necesitaría, se dirigió a la cocina con su canasta de hierbas.
—¡Perdón! —se disculpó al chocar con Arthur. De inmediato, sus miradas se conectaron, provocando que ella mordiera sus labios por el nerviosismo. Habían pasado dos semanas de aquel compromiso y, desde esa vez, ellos no habían conversado; todo lo contrario, se evitaban lo más que podían.
—No, el distraído fui yo —replicó él con voz trémula.
Ambos se quedaron en silencio, mas no dejaron de comunicarse; puesto que sus miradas expresaban lo que las palabras no debían, por lo tanto, necesitaban por lo menos ese pequeño contacto, así que ninguno se atrevía a moverse de su lugar.
—¡Arthur, la fiebre no le baja! —Nidia apareció de repente y se quedó mirándolos apenada, temiendo haber interrumpido algo importante entre ellos.
—Iré a verla. Manda un mensaje al doctor, ya que nada ha dado resultado. Esa maldita fiebre no la deja —expresó con frustración.
—Se debe combatir la infección que es lo que le está causando la fiebre. —Sam musitó bajito, aun así, él logró escucharla.
—¿Una infección? —inquirió sorprendido.
—Sí. Ella se había quejado de sentir molestia al orinar. Le haré una infusión antipirética y que también será antibiótica.
Arthur asintió y subió las escaleras, mientras que Nidia observaba a Sam hacer lo suyo con incredulidad.
Una media hora después, Sam entró a la habitación con una bandeja que puso sobre una mesita de noche. Ella tomó un paño y lo mojó con agua, luego lo pasó por el rostro de Jacqueline. Agarró la infusión y le dio a beber, minutos después, la rubia se quedó dormida.
—Estará bien. —Sam animó a Arthur con una sonrisa, antes de marcharse.
Él, por su parte, se sentó al lado de Jacqueline y sostuvo su mano. Su amiga era hermosa y muy fuerte; una mujer admirable con quien, un hombre que sepa valorar lo bueno, se sentiría muy afortunado. ¿Por qué no se enamoraba de ella?
—Sam… —Cerró los ojos y trajo a memoria aquel beso que ella le había dado. Tan dulce y atrevido a la vez—. ¿Debería desobedecer la última voluntad de mi padre y no casarme con Jacqueline? O debo cumplir su última voluntad. Sam, ¿quién eres y de qué te ocultas?
»¡Soy un tonto! ¿Quién se enamora de una extraña? Casi un año de conocerte y siento que aún no lo hago, no te conozco. ¿Debería confiar en ti? ¿Eres la víctima o la criminal? ¿Eres Samay Fraga, sospechosa de la muerte de su propio padre? ¿Huyes de la justicia?
—Demasiadas preguntas sin respuestas. —Jacqueline se incorporó con dificultad, pues aún se sentía débil. Arthur miró el reloj, el cual indicaba que ya había pasado una hora. Se había sumido en sus pensamientos y no había reparado en que se quedó en la habitación de su amiga.
—¿Cómo te sientes? —preguntó desviando la conversación, causando que ella sonriera con malicia.
—Estoy sudando, eso significa que la fiebre está bajando. —Pasó su mano sobre su frente —. Te gusta, ¿cierto? —Lo miró con picardía y él se sonrojó.
—Imaginas cosas.
—Sí, claro. Solo mírate, te ves tan lindo sonrojado. Todavía no me lo creo, en realidad nunca imaginé verte enamorado, así que esto es un gran acontecimiento. Siempre tan enfocado en la política y en la lucha por la justicia, pero pareces un cachorrito todo tierno, hasta me dan ganas de achucharte.
—No la conozco, solo estoy deslumbrado por el misterio que la envuelve, eso es todo —refutó más sonrojado y Jacqueline estalló en carcajadas.
—Claro que la conoces. Tal vez no sepas acerca de su pasado y sus traumas, pero conoces su esencia.
—¿De qué hablas? —Se peinó el cabello con la mano, mientras que ella le sonrió airosa.
—¿Cuál es la comida favorita de Sam?
—¿Es en serio?
—Solo responde.
Arthur suspiró.
—Le encanta el pollo, en especial, asado. Aunque Sam disfruta comer lo que sea, puesto que tiene un buen apetito, en especial cuando se trata de caldos. También es buena cocinera, disfruto su comida más que la de Nidia, pero eso es un secreto entre nosotros, ni se te ocurra decirle a Nidia o empezarías una guerra.
Ambos rieron.
—Cuéntame un poco sobre Sam.
—Sam es una mujer fuerte e independiente, es experta en crear medicamentos y conocer las enfermedades y cómo curarlas. Ella es sensible y muy noble; es tan generosa que se atrevió a cargar a un hombre herido a su choza. No sabía si era un criminal o si al despertar le haría daño; sin embargo, curó mi herida y cuidó de mí.
Jacqueline lo observaba sonriente, le llamaba la atención como los ojos de Arthur brillaban mientras hablaba de Sam.
—Ella es divertida y fácil de tratar —prosiguió—. Con ella puedo ser yo mismo y disfruto mucho de su compañía. Podemos conversar de cualquier tema y hasta el silencio es cómodo. Somos capaces de comunicarnos sin palabras y entender cómo se siente cada quien.
»Creo que hemos aprendido a conocernos más allá de la apariencia. Tienes razón, conozco su esencia. Sam no es retraída como muchos creen, ella es osada y pícara. Puede ser tímida ante los demás, pero conmigo no lo es. Ella es sincera y sin maldad, se preocupa por los demás y sus ojos sonríen con pureza. No conozco la sonrisa de sus labios, pero sí la de su mirada.
—¡Vaya! Estás más enamorado de lo que creí. —Jacqueline sonrió, pero Arthur la miró con pesar.
—Eso no será obstáculo para nuestro plan, te prometo que no lo voy a arruinar.
—Arthur, entendería si no quieres casarte conmigo. Ustedes se aman y sería muy triste que renunciaran a ese amor por un objetivo que es incierto.
—Fue el plan y l última voluntad de mi padre, por lo tanto, no dejaría su trabajo tirado por egoísmo. Pero tampoco te voy a presionar para que hagas esto, no tienes que hundirte conmigo.
—Sabes que yo no tengo ningún problema porque esos sentimientos asociados al romanticismo no son para mí. Eres un buen hombre y por suerte te ves muy bien, así que satisfacer mis necesidades sexuales contigo sería un placer. Es todo lo que necesito: Compañerismo y buen sexo.
—Compartía ese criterio antes de conocer a Sam, ahora pienso diferente, te puede pasar a ti también. ¿Y si conoces a un hombre que logre enamorarte?
—¿Y quién va a cortejar a una mujer casada? No creo que tal cosa llegue a suceder; sin embargo, tú ya caíste en las redes del amor, razón por la que temo que tú nunca puedas estar conmigo como se debe.
Arthur se quedó pensativo. No podría si quiera imaginarse intimando con Jacqueline, más bien, sus deseos eran provocados por otra persona. Todo aquello le parecía irónico, puesto que él podía apreciar el rostro de Jacqueline y sus curvas, pero a Sam, solo podía ver la hermosa persona que era envuelta en esos trapos.
»Por más que él intentó que vistiera como las jovencitas de su edad, ella optó por usar esos anchos y raros vestidos, junto a ese velo que no le permitía apreciar su rostro. Aunque sí tuvo la oportunidad de ver más allá de esa ropa, ya que apreció su delgado cuerpo con cicatrices mientras ella se bañaba en el estanque.
Tuvo que respirar varias veces para deshacerse de esa imagen, que despertaba todos esos deseos que trataba de inhibir y que, aunque, no logró verla de frente, pudo apreciar que por detrás estaba bien dotada.
Dos semanas después…
—¡Veintisiete años! —exclamó Anabela eufórica.
Las mujeres se habían reunido en la cocina para planear una sorpresa para Arthur, quien cumplía años dentro de una semana.
—Entonces él es tres años mayor que yo —comentó Sam, entonces todas ellas la miraron sorprendidas.
—¿Tienes veinticuatro años? —preguntó Jacqueline con los ojos agrandados, puesto que le era difícil de creer que ella fuera tan joven, dado que Sam, envuelta en esa ropa rara, parecía tener más edad.
—¡Vaya! ¡Creí que eras mayor que Arthur! —Anabela espetó impresionada—. Es que hablas como una persona madura, no me mal interpretes —corrigió apenada.
—Sé que luzco mayor y tal vez me comporte de esa manera, porque me ha tocado madurar a la mala. —Sam se lamentó. Todas se miraron con remordimiento, pero Jacqueline decidió desviar la conversación.
—¿Qué creen que sería mejor? ¿Una fiesta o un almuerzo?
Todas pensaban y daban sus opiniones, mientras que Sam estuvo en silencio.
—¿Cuál es tu opinión, Sam? —Anabela la sacó de su ensoñación.
—Pues… Un almuerzo sería mejor. Arthur estaría más feliz con una buena comida y una conversación amena. Podríamos poner una gran mesa en el patio, donde todos sus trabajadores puedan acompañarlo.
—¡Eso suena genial! —celebró Jacqueline con entusiasmo.
—Bueno, si vamos a invitar a todos los trabajadores, saben que ese almuerzo se convertirá en una gran fiesta. Estoy segura de que ellos terminarán bailando hasta la madrugada. —Nidia advirtió.
Dado que lo que estaban planeando era una sorpresa, las tres chicas decidieron dar un paseo para planear la celebración, quedándose Nidia haciendo sus labores. Cabalgaron hasta las afueras de la hacienda y se sentaron en la orilla de un río.
—Bien, debe ser algo muy especial pues es el cumpleaños después del compromiso. Se dice en esta región que un hombre está completo cuando decide formar una familia —dijo Anabela.
—Una pregunta —Jacqueline abordó a Sam de repente—: ¿Cuándo es tu cumpleaños? Dijiste que Arthur era mayor que tú por tres años, pero él aún no cumple lo veintisiete.
—Sería tres años menos un mes.
Ambas la miraron indignadas.
—Sí, el día del compromiso fue mi cumpleaños… —Sam confesó con tristeza.
Anabela y Jacqueline la observaban con pesar y lástima.
—¿Por qué no nos dijiste? —le reclamó Anabela, frunciendo el ceño.
—No era importante…
—¡Cómo te atreves a decir eso! —Anabela la regañó—. No es justo, ese fue el mismo día que Arthur se comprometió con otra mujer. —Anabela se tapó la boca al percatarse de que habló de más y miró a Jacqueline avergonzada. La tensión llenó el lugar y hubo un silencio incómodo.
—Yo me encargaré de las bebidas. —Jacqueline rompió con el momento tenso. De repente unos pasos se escucharon alrededor de ellas, quienes se pusieron de pies por instinto.
—¡Pero miren a quien tenemos por aquí! —Anabela se ocultó detrás de Sam, al ver a Henry Jones venir a ella—. Hola, cariño. ¿Me extrañaste?
—Henry Jones. —Jacqueline lo confrontó—. ¿Qué haces en los terrenos de Arthur?
—¡Eres una maldita, Jacqueline Ben! Me rechazaste para casarte con el imbécil de Arthur. —Jacqueline agrandó los ojos—. ¿Creyeron que no me enteraría?
—No es un secreto nuestro compromiso —respondió desafiante.
—Nunca lo anunciaron, por lo que se supo cuando ya estaban comprometidos. Ni siquiera invitaron a mi familia ni a los Delton; eso fue una ofensa, Jacqueline, ya que somos personas poderosas por estos lados y ustedes nos trataron peor que a una basura.
—Solo invitamos a las personas cercanas a nosotros porque fue una celebración privada —contestó hastiada de la presencia de ese hombre, que la miraba amenazante.
—No le darán ese poder a Arthur, Ben, yo no lo permitiré. Si no hay novia, pues no hay boda. —Él esbozó una sonrisa retorcida y sus matones se acercaron cuando este hizo gesticulaciones con sus dedos.
Ellas, en cambio, retrocedieron por instinto al sentirse amenazadas. Por su parte, Anabela empezó a temblar.
«No viviré ese infierno de nuevo, no; primero muerta antes de ser tocada por ese cerdo otra vez», pensó aterrada mientras maquinaba la manera de escapar de allí.
—Primero nos las gozaremos y luego las mataremos. Será una dulce venganza en contra del maldito de Arthur. —Rio con maldad—. ¡Chicos, acérquense! ¡Vamos a divertirnos con las putas de Connovan!
