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Cuento de Navidad

Érase una vez, en aquella humilde, pequeña y hermosa isla tropical: la República Dominicana. Donde el invierno había hecho presencia —aunque con mucha modestia—, las luces habían inundado la ciudad, y los villancicos tales como “Llegó Navidad, vamos a beber”, “Llegó Juanita”, entre otros, traían un espíritu de armonía y felicidad con sus mágicas melodías.

Las manzanas, las uvas, los dulces, las nueces y las peras adornaban las calles con sus variados colores; los Santa Clos entretenían a los niños en las tiendas… Y, en fin, todos los eventos y brillantes diseños de esta época se hacían presentes y anunciaban el tiempo de amor, alegría y paz.

En medio de tanta algarabía y abundancia, había una casita localizada en uno de los tantos barrios marginales, donde el milagro de la Navidad no había llegado. Ni siquiera un adorno para presumir; tampoco la alegría y la paz que mencionan en esa época. Nada… Ni siquiera sabían si comerían ese día.

El padre de familia llegaba afanado con unos chelitos que decepcionaban a su mujer, quien, rompiéndose la cabeza, se las ingeniaba para poder comprar algo con que allantar el estómago.

Así pasaban los días esta humilde familia. Pero, como se tenían los unos a los otros, vivían felices y agradecidos con la vida, porque a pesar de su paupérrima situación, saldrían adelante como lo que eran: una familia unida.

Es por esto por lo que, en la habitación marital, la esposa animaba a su amado de la siguiente manera:

—¡Yo no sé qué he hecho yo para merecer tal miseria! To’a la casa tienen su arbolito ‘e Navidás con sus bombillitos y aquí lo único que alumbra je un cabo ‘e vela y el único adolno e jese palo mal tramao, pintao con cal. Yo no sé qué tú va’ sel, pero amí dende chiquininga me enseñaron que to’ lo venticuatro de dicembre se hace la cena con puelco en pulla y comida gulmés. Jete año no va a sel la eselción.

—¡Pero, mujel! Tú sabe que yo no tengo mucho trabajando, así que a mí no me toca doble sueldo —decía el hombre con tono calmado a su esposa.

—¡Pue mira ve lo que tú va’ se! Porque aquí tenemo que hace la cena, comprá ropa pa’ entrená y lo reye ‘e lo muchacho —le reclamó con gritos frustrados.

—¡Y qué tú quiere! ¡¿Que me vaya a robá?! —le respondió el esposo, y se tapó la cara con la almohada, impotente.

Días iban y venían, y la pobre familia sufría calamidades, desesperanzada de que la Navidad llegara a su desdichado hogar.

Esa tarde, los niños escribían cartitas a Santa Claus cuando llegó el padre de familia, saltando de alegría, y se dirigió a su esposa.

—¡Mira, mujel! ¡Me dieron regalía!

—¡A ve, pue! —le arrebató el dinero de las manos—. ¡Esa miseria! —gritó, espantada—. ¿Y tú cre’ que con eso yo voy a podé hace algo? ¡Pobre de mí! Soy la mujel ma’ dedichás de to’ el mundo —profería, llorando—. ¡E que yo siempre tengo que sel la sarrapatosa, la miseriosa, la pasa hambre, la arratrá! Mira a la vecina, ya tiene la ropa del veinticinco y el día primero; lo reye ‘e su sijo son carísimo y no te imagina el banquete que se va a dal con su familia el venticuatro. ¡Y yo! Yo con ete trapo ‘e dinero, ¿qué voy a hacel?

—¡Mira, mujel! Tú me tiene azarao. Tú cree que el dinero se recoge en la calle como en Nueba Yol —reclamó el marido, hastiado.

—¡Muy bien me lo dijo mi mai! ¡No te ajunte con jese pela gato que te va a poné a pasá trabajo! Pero ¡claro! Cuando una se emperra no se lleva ‘e consejo. ¡Ahora toy aquí! Pasando penuria.

—¡Ta bien! Yo gua ve si mi compai me preta jalgo; total, yo siempre lo je ayudao cuando tiene el deo metio. Pero cállate el jocico, que me tiene mariao.

Y fue así como aquel pobre hombre emprendió el camino hacia la casa de su viejo amigo, quien lo recibió con un caluroso abrazo.

—¡Compai! Siénteseme por aquí, venga. Dígame, ¿cómo me lo tratan?

—¡Ay, mi compai! No me quejo ‘e la vida. E jesa mujel que me tiene a cojé el monte con la cantaleta ‘e la Navidás; uté sabe cómo ‘e jella —se lamentó avergonzado.

—¿Que acaso tiene problema jeconómico?

—Como to’ lo deldichao de jeta ila, que solo viven bien lo que je pegan a la polística. Y uté sabe que yo no silbo pa eso —contestó con amargura.

—Uté sabe que nojotro somo uña y carne. Dígame, que yo le preto jalgo.

—No se ponga a jeso, compai, que uté también tiene su necelsidá —respondió apenado.

—¡Qué va, compai! De cinco pane comién cinco mil.

—Gracia, compai. Yo se lo pagaré to’.

Y de esa manera, haciendo líos y cogiendo fiados, resolvieron la Navidad de ese año. Lo que tanto había preocupado a los miembros de tan humilde familia ahora era motivo de gozo, lujo y derroche de comida y bebida. Los padres apreciaron con orgullo la ropa nueva de sus hijos y los caros juguetes; en fin, todo era paz, alegría y amor.

Después de tanta abundancia y felicidad, empezó el nuevo año y, con este, las deudas. Lo peor fue que no guardaron ni un chele para afrontar los nuevos aumentos en los impuestos.

Al finalizar el tiempo de alegría y derroche, llegaron las consecuencias de todos los gastos hechos. Con las manos sobre la cabeza y sin un centavo en el bolsillo, el padre de familia se sentó en una silla de madera, cabizbajo, y exclamó:

—¡Ahora sí que tamo jodío!

Fin

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2 comentarios en “Cuento de Navidad”

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    Guadalupe Pomares

    Jajajajaja pareciera broma pero a muchas familias les pasa eso, a como dice un dicho por aquí donde vivo después de un gustazo un trancado. Muy bonito relato Angie.

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