Sudores molestosos le recorrían la piel y, debido a la agitación y el miedo, el pecho le subía y le bajaba con fuerza. Le dolía tanto.
—¡Ya basta! —exclamó con desesperación.
Un golpe seco, seguido por la sangre y un grito que se desvaneció en el lugar, fue el resultado de una defensa, que terminó con un cuerpo desparramado y sin conciencia.
Huyó. Por fin sería libre. Corrió y corrió sin importar la incomodidad o el dolor. Su destino era incierto, asimismo, adentrarse al bosque representaba un peligro para una jovencita inexperta en la vida; para una mujer que nunca se valió por sí misma. Lágrimas de desconcierto y temor se desbordaban de sus ojos enrojecidos, ya que todavía no se creía que estaba escapando.
El bosque oscuro se lo hacía más difícil; sin embargo, una luz fue la señal que le indicó que ya estaba afuera, pero…
Sam despertó de golpe. Inhaló y exhaló para no tener otra crisis; se levantó de la cama y se dirigió a la cocina con sacudidas en el cuerpo.
—Un té de manzanilla me calmará —musitó para sí. Con manos temblorosas, puso a calentar la tetera y dio vueltas en la cocina mientras esperaba. Cuando su té estuvo listo, se sentó y dio un sorbo.
Era difícil mantener la taza quieta, dado que todo su ser temblaba y las lágrimas le cubrían el rostro. Trató de no llorar, pues cuando lo hacía, el llanto se volvía violento y sonoro, mas ella no quería importunar a nadie, mucho menos que Arthur pasara vergüenza delante de su invitada; además, verse tan frágil ante una mujer tan fuerte la hacía sentir insignificante.
Por lo menos deseaba que Arthur no la viera tan débil, como a alguien que necesitase siempre de su cuidado. Quería valerse por ella misma, de todas formas, pronto retomaría su camino.
—¿Sam? —Casi da un salto del espanto al escuchar a Arthur—. ¿Estás bien? —Él se acercó deprisa, se agachó para quedar a su nivel y la escudriñó con desconcierto en la mirada.
—S-Sí… —tartamudeó.
Arthur acarició el velo que lo separaba de su rostro. Imaginaba tantas razones diferentes para que ella lo llevara siempre.
—Sam, nunca me has dicho tu apellido…
—¡No tengo! —No dejó que terminara. Arthur la miró con sospecha. ¿Por qué tanto misterio en torno a su identidad?
—Todos tenemos uno, Sam —replicó inconforme.
—Yo soy huérfana… —Las lágrimas le mojaron el velo. Arthur la abrazó y ella lloró sobre su pecho.
***
—¡Esta hacienda me encanta! —expresó Jacqueline mientras endulzaba su café. Sam, por su parte, la admiraba en silencio, puesto que había algo en la rubia que le gustaba y captaba su atención. Tal vez era lo que representaba o quizás porque Jacqueline era lo que ella tanto deseaba ser.
—¡Aquí tiene su desayuno! —Nidia le sirvió y los ojos de la rubia brillaron como niña pequeña.
—¡Esto está delicioso! —celebró emotiva.
Sam jugaba con el contenido de su plato y no había probado bocado.
—¿Estás bien? —Jacqueline inquirió con preocupación—. No has probado tu desayuno, debes estar enferma para no comer esta delicia.
—No tengo apetito —masculló con la mirada perdida en el contenido de su plato.
—¡Buenos días! —Arthur saludó y se sentó al lado de Jacqueline, quien besó su mejilla al instante; como respuesta, él le sonrió.
Sam los observaba con ojos llorosos y la presión en el pecho le dificultaba el habla, así que no devolvió el saludo. Solo quería huir de allí. ¡Si tan solo aquellos hombres no hubieran descubierto su escondite! Aún estaría en su pequeña choza, sola con sus demonios.
Pero una segunda vez, le tocaba presenciar cómo el hombre que amaba pertenecía a otra mujer. Bajó el rostro para disimular las lágrimas que se escaparon sin su permiso. Se sentía tan tonta.
—Arthur me dijo que estás enterada de nuestra relación. —Jacqueline la sacó de sus pensamientos.
Sam carraspeó y miró a la pareja con tristeza.
—Sí, estoy enterada. —Tuvo que respirar para soportar la presión en el pecho, sus manos temblaban y sus ojos ardían. Debía buscar una excusa y salir de allí antes de que tuviese otra crisis; en esos días el ataque de pánico era muy común, al parecer, Arthur era un detonador de sus traumas.
—¿Estás bien? —inquirió él con preocupación.
—No… Pero solo necesito ir al baño. Creo que… —Jugó con sus dedos y lo miró con angustia.
—¡Nidia! —Arthur llamó a la señora entendiendo lo que estaba a punto de suceder. La aludida corrió ante su llamado y posó su mirada sobre Sam, quien empezó a temblar de repente. Por su parte, él corrió en dirección a ella y la tomó entre sus brazos como si esta fuese una bebé.
—Voy a buscarle agua con azúcar. —Nidia corrió a la cocina. Al ver lo que ocurría, Jacqueline se levantó de la mesa desconcertada, puesto que no entendía qué estaba sucediendo.
—Respira… —animaba Arthur mientras la removía con delicadeza—. Inhala y exhala, Sam…
—¿Cómo ayudo? —Jacqueline se dirigió a Arthur angustiada.
—Ve y dale una mano a Nidia, yo la llevaré a la habitación.
Ella asintió y corrió hacia la cocina. Entretanto, Arthur subió las escaleras a toda prisa, y entró a la habitación de Sam.
—Sam, preciosa… —Acarició sus brazos—. Debes calmarte, amor. —Se espantó con su propia palabra. ¿Por qué la llamó ‘amor’?
—L-Lo siento… —susurró hipando y el llanto fue incontrolable—. ¡Déjame sola! —gritó con alteración—. ¡¡Necesito estar sola!! ¡¡Déjenme sola!! —Se halaba los cabellos con violencia mientras su cuerpo se sacudía con brusquedad.
—¡Cálmate, Sam! —Arthur la sostuvo por los brazos y no pudo evitar las lágrimas. Le dolía verla así. Quería ayudarla, pero no sabía cómo hacerlo si ella se encerraba en sí misma.
Nidia le pasó el vaso con agua y Arthur lo acercó a Sam, quien se negaba a tomarlo.
—Déjennos solos, por favor —pidió él, y las dos mujeres salieron de allí.
—Tú también debes salir —dijo Sam con rabia en la mirada.
—No, me quedaré contigo hasta que te calmes —negó, agarrando sus manos temblorosas.
—Debes atender a tu novia; no deberías estar encerrado conmigo aquí; esto no está bien.
—Entonces pon de tu parte y trata de calmarte. Toma, bebe un poco, por favor —insistió.
Sam agarró el vaso, levantó un poco su velo y bebió. Él, por su parte, se quedó observándola en silencio. Había tantos misterios sin aclarar. A Arthur le parecía injusto que ella conocía todo de él, pero él no sabía nada acerca de ella.
Después de un rato, Sam ya estaba calmada y muy avergonzada. Había evitado tanto esa crisis que le fue imposible no estallar en el momento menos indicado. Que haya sucedido aquello, la hacía sentir muy insignificante delante de la prometida de Arthur; como siempre, una debilucha.
—Perdón, yo… —Las lágrimas emanaron de sus ojos—. Créeme que lo evité, pero no pude, yo…
Arthur la abrazó de repente, pero ella se distanció y negó entre sollozos.
—Deja de abrazarme, no es correcto. —Lo confrontó con la mirada y él se la esquivó sonrojado, puesto que había actuado por impulso.
—Lo siento, es mi instinto de querer protegerte. Sam, debes abrirte con alguien, si no es conmigo, entonces busquemos un doctor. Necesitas ayuda; lo que te sucede no es normal y no soporto verte sufrir.
—¿Cómo no voy a sufrir si te vas a casar con otra mujer? Fui una tonta que se enamoró de ti. ¿Qué hago con este dolor en mi pecho? ¿Cómo controlo estos celos que me atormentan?
Arthur se quedó sin palabras. Se sintió el hombre más cruel y tonto del universo. ¿Cómo pudo dañar a quien más amaba? Pero… ¿debía amarla?
—Soy un desastre, Sam —se lamentó mientras se rascaba la nariz—. Te estoy lastimando. No es mi intención hacerte daño, yo solo quiero que estés bien; perdóname, por favor.
Sam se estremeció al sentir el rostro de Arthur sobre sus piernas y que sus lágrimas empezaron a mojar su vestido. El llanto de él le destrozaba el corazón.
—Perdóname, Sam; perdón…
Ella le acarició la negra cabellera mientras él se derramaba en llantos sobre su regazo. Todo el estrés, el sufrimiento de esos días, la incertidumbre y la culpa acumulada estaban siendo vomitados con grandes sollozos.
***
—Esa mujer está loca. No sé por cuánto tiempo debemos soportarla; a veces no entiendo al jefe, recogiendo gente rara como si esto fuera un albergue. —Una de las sirvientas cuchicheaba con otra en la cocina.
—¿Creen que está bien hablar mal de los demás a sus espaldas? —Jacqueline las sorprendió y ellas se pusieron pálidas—. ¿Cómo creen que reaccionaría Arthur si las escucha? ¿Acaso no tienen trabajo por hacer que están perdiendo el tiempo?
—Discúlpenos, señorita Ben —dijo una de ellas avergonzada—. No le diga al señor Connovan, por favor.
—No le diré, pero no quiero volver a escucharlas destilar veneno por los rincones; no está bien burlarse del mal ajeno.
—¡Lo sentimos! —dijeron al unísono y se pusieron a trabajar con expresión de vergüenza.
Los días volaron y el compromiso de Arthur sería al día siguiente, por lo que él reunió a sus hombres en el patio de la hacienda junto a todas las criadas.
—Sé que todos se han estado preguntando sobre la presencia de Jacqueline Ben en la hacienda, y sobre la gran fiesta que se llevará a cabo mañana. He tenido que mantener mi relación con la señorita Ben en secreto porque nuestra unión no le conviene a los Delton y Jones. Estoy seguro que si les llagaba el chisme, estos tramarían algún plan para impedirlo, puesto que los Jones han insistido en comprometer a Henry con Jacqueline, y de esa manera poder fortalecer sus influencias.
—¿Eso significa que ustedes se van a casar? —Uno de sus contables preguntó sorprendido.
—Así es. La fiesta de mañana es la celebración de mi compromiso con Jacqueline Ben. —Arthur anunció; como resultado a su respuesta, murmullos opuestos llenaron el lugar.
Aunque, no todos se veían de acuerdo, algunos sí celebraron la gran victoria de Connovan; puesto que esa unión le daría más poder e influencia, y su lucha contra la corrupción del Norte sería más efectiva. Pero, por otro lado, algunos trabajadores cercanos esperaban que él contrajera matrimonio con Sam, aparte de que no creían que unirse a esas alianzas de poderosos le ayudaría, más bien tendría un efecto contrario.
Sam, en cambio, observaba de lejos cómo todos felicitaban a la pareja.
Respiró profundo y sonrió. Después de que Arthur llorara en su regazo se sintió culpable de causarle tantos problemas y decidió poner de su parte, asimismo, ser fuerte. Él nunca le ofreció más que una amistad; sí tuvieron sus roces románticos, pero él siempre fue sincero y no le vendió sueños. Se encogió de hombros al percatarse de que ella no había sido sincera con él, ya que todo lo que vivió y sufrió lo ocultaba en su interior y temía que este descubriese su pasado.
***
La fiesta de compromiso fue un éxito y los hombres más poderosos e influyentes de Terrus se reunieron en la hacienda Connovan. El tratado de alianza entre ellos se firmaría con el matrimonio, y el poder de Connovan se expandiría por todas las regiones Norteñas y del Oeste, puesto que los Ben eran los gobernadores más poderosos de Terrus.
Sam se quedó en su habitación fingiendo malestar estomacal, cosa que Arthur agradeció, pues no tenía el valor de comprometerse delante de la mujer que amaba.
—Disculpa por importunarte —dijo Nidia mientras daba vueltas en toda la habitación. Anabela, en cambio, se sentó al lado de Sam cruzada de brazos.
—En realidad, me agrada que estén a mi lado —respondió Sam con tristeza.
—¡Arthur es un idiota! —espetó Anabela con descontento—. ¿Cómo se va a casar con otra mujer si es obvio que ustedes se aman? ¡Tonto! Espero que abra los ojos a tiempo.
—No digas esas cosas, Anabela —replicó Sam—. Nosotros solo somos amigos y Arthur es libre de casarse con quien quiera.
—Yo lo conozco desde que era un bebé. —Nidia dejó su caminata nerviosa y también se sentó—. Yo sé que te ama. Ese muchacho solo hace la voluntad de su padre, quien estoy segura le arregló el matrimonio por razones políticas, antes de morir.
»Él siempre tuvo la ambición de poder, no porque fuera mala persona, más bien quería tener la influencia suficiente para ser gobernador. Le parecía injusto que un lugar con tantos recursos fuese despilfarrado por corruptos. Creo que por eso lo mataron. Todos concordamos con que su muerte no fue un accidente. Así como sabemos que Arthur fue atacado por esos mismos desgraciados.
—Entonces deberían apoyarlo. —Sam se cruzó de brazos—. Alguien debe detener a esos rufianes y, si Arthur cree que esa es la manera, pues deberían confiar en él.
—Es que no creo que casándose con esa señorita logre sus objetivos —refutó Anabela—. La corrupción siempre va a estar ahí, pero encontrar el amor de tu vida no es algo que se repita, así que no creo que deba sacrificarse de esa manera; de todas formas, somos todos los habitantes de Terrus quienes deberíamos luchar contra esos desgraciados, pero cada quien busca su propio interés.
Sam se quedó pensativa. ¿Será verdad que Arthur la amaba como todos proclamaban?
***
Jacqueline decidió quedarse unos días más en la hacienda, puesto que se sentía muy a gusto allí. Por su parte, Sam tomó distancia de Arthur y trataba de manejar sus crisis por su cuenta, como siempre hizo cuando vivió sola.
Arthur viajaba con más frecuencia y ya no buscaba la cercanía con Sam, por lo que solo se limitaba a observarla de lejos. Esa acción, en específico, le causaba escalofríos a ella, debido a que su mirada era suspicaz y la hacía sentir expuesta ante él.
—Quiero saber más sobre la tal Samay Fraga —le dijo Arthur a Samuel, en una de las tantas conversaciones que estos sostenían en su estudio.
—Estoy investigando, señor. Pero no entiendo su interés en el tema.
—Yo tampoco, mas tengo la necesidad de saber. Además, es un caso incierto con un posible asesinato sin resolver.
—Entiendo. Buscaré más información.
—Por cierto, Samuel —captó su atención antes de que este saliera de su pequeña oficina—. Quiero información acerca del marido de la joven Fraga y lo sucedido con las propiedades que ellos heredaron.
Samuel asintió y salió del estudio, mientras que Arthur suspiró y acarició sus sienes.
—Todo apunta a ti, Sam. Quiero saber si tú y Samay Fraga son las mismas personas, y qué tan inocente o culpable eres. ¿De qué te escondías en esa choza? Será que huyes de la justicia o es algo más. ¿Ocultas tu identidad bajo ese velo o tienes otros secretos?
Sus manos temblaban y el pecho le dolía. La amaba, pero ya no confiaba en ella; no hasta saber qué ocultaba y de qué o quién se escondía.
