Zoe
Han pasado varios días desde que Zebastiel y yo nos besamos, pero no hemos hablado del tema. Todo se siente un poco raro entre nosotros y yo intento evadirlo lo más que puedo.
No sé por qué me siento así, pero cada vez que lo tengo cerca, el cuerpo me arde y algo dentro de mí me dice que lo busque, que esté con él. Es una locura.
Apenas nos conocemos y no veo bien tener relaciones con un hombre sin ningún tipo de compromiso. En especial porque hace varios meses terminé una relación larga y complicada, y no quiero meterme en más líos amorosos.
Tomo un sorbo de mi café y suelto un suspiro mientras observo el horizonte.
—Ay, Zoe, nadie te llama. ¿Por qué? ¿Acaso tengo una maldición encima? ¿Me hicieron brujería o qué? Es que no lo entiendo… ni una sola empresa está interesada en mí como empleada.
Vuelvo a suspirar.
—Ay, no, no, no… qué mala suerte.
De repente, percibo unos pasos y me congelo al instante. El corazón me empieza a latir más rápido.
Ay, ya sé quién es.
—Buenos días.
Su voz rompe el silencio de este lugar.
—Buenos días —le respondo, pero no lo miro.
Soy una cobarde.
Así que me giro para regresar a la casa lo antes posible. Pero no llego a caminar mucho porque la mano de Zebastiel me atrapa el brazo. Y podría jurar que me dio un corrientazo cuando me tocó.
—¿Hasta cuándo me vas a evadir, Zoe? —me pregunta muy directo.
No me atrevo a mirarlo ni a encararlo. Mantengo la mirada baja y me muerdo el interior de los labios.
—No te estoy evadiendo. ¿Qué cosas dices?
Intento sonar normal, pero la voz me tiembla.
Oh, no, qué tonta.
Zebastiel me levanta el mentón y sus ojos azules me confrontan de una manera que me debilita. Juraría que me pierdo en el océano de sus iris.
Ah, qué poética estoy.
—Ajá. No me estás evadiendo. Cada vez que llego a la cocina, te vas a la sala. Si voy a la sala, te encierras en la habitación. Me respondes con monosílabos y no soportas estar mucho tiempo conmigo. Dime, ¿no estás evadiéndome? ¿Así es como vamos a fingir que somos pareja?
—Oh, bueno… —me encojo de hombros—. Fingiremos delante de los demás; por ende, no tenemos que actuar como tal mientras estamos solos. Eso es ridículo.
Tomo un sorbo de mi café.
Zebastiel continúa agarrándome el brazo libre y su mirada sigue clavada en mí, como si me reclamara algo.
¿Por qué tiene que ser tan hermoso? Sus rasgos están tan bien alineados que podría jurar que es la perfección encarnada.
¿Por qué un hombre tan atractivo como él se fijaría en mí? No tiene ningún sentido.
Recuerdo que Joel me decía que solo él podía amarme, puesto que yo no tenía la belleza estándar que a los hombres les gustaba.
Entonces, ¿por qué Zebastiel se fijaría en mí? ¿Por qué quiere estar conmigo?
Bueno, es lo que deduzco. Si le importa que lo evada, es porque le intereso…
Ay, ya no sé.
—Zebastiel, necesito entrar. Tengo cosas que hacer.
—¿Cómo qué? —me confronta.
¿Y este ahora cree que tengo que darle explicaciones de lo que hago o qué?
—¿Qué te importa? Solo déjame tranquila.
—Dime qué te pasa y si es algo que hice y te ofendió. ¿Por qué estás enojada?
—No estoy enojada.
—Pero te comportas como si lo estuvieras.
—Solo suéltame, por favor.
Hay una guerra de miradas entre los dos y el silencio se instala de tal forma que puedo escuchar nuestras respiraciones agitadas.
Lo observo y noto que su pecho sube y baja, sus ojos tienen un brillo peculiar y sus labios están entreabiertos. Puedo notar la confusión y la desesperación en él.
Entonces me confundo.
¿Por qué le importa tanto lo que yo haga? ¿Por qué está tan interesado en saber si estoy enojada?
Creí que a los hombres no les importaba mucho lo que a nosotras, las mujeres, nos ocurriera.
¿O es que me acostumbré demasiado a la indiferencia de Joel?
No lo entiendo.
Me relamo los labios y noto que los ojos de Zebastiel se desvían hacia ellos y se quedan allí clavados. Eso me pone nerviosa.
—Por favor, déjame entrar —le pido.
Otra vez mi voz sale débil y en forma de ruego.
Zebastiel suelta un largo suspiro y me libera. Luego se cruza de brazos.
—¿Así serán las cosas entonces?
No puedo evitar morderme el labio inferior y no tengo una respuesta para eso.
¿Así cómo?
No entiendo lo que quiere decir.
—Zebastiel, no te estoy evadiendo, solo que…
No puedo seguir porque no encuentro qué inventarme.
¿Hasta cuándo voy a mentirle?
—Bueno, sí, te estoy evadiendo, pero es que no sé cómo enfrentarme a todo lo que sucede entre nosotros —le confieso, harta de esta situación ridícula.
Él me levanta el mentón y su mirada cambia a una mucho más tierna. Puedo ver el anhelo en ella.
—¿No te gustó? —me pregunta.
Niego desesperadamente.
—No, no es eso. ¿Cómo no me va a gustar? Es solo que…
Bajo la mirada. Las mejillas me arden.
—¿Qué?
—No sé… Hace poco terminé una relación complicada y apenas te conozco. No sé, esto no es correcto.
—¿Qué no es correcto? ¿Que nos besemos?
—Sí, exactamente —lo encaro.
Él asiente.
—Entendido. Solo deja de evadirme, ¿sí? Podías simplemente hablarme de cómo te sentías. Podemos conversarlo, ¿no? Somos un equipo.
Somos un equipo…
Esas palabras resuenan en mi mente.
¿De verdad lo somos?
—Hablas muchas cosas raras —le digo.
Él suelta una risa divertida.
—¿Yo soy el que habla cosas raras? Tú eres la persona más rara que he conocido en toda mi existencia.
No puedo evitar sentir un punzón en el pecho.
—Soy rara, lo sé.
—Pero no en el mal sentido —se corrige al notar mi reacción—. Zoe, eres muy peculiar. Eso me gusta.
—¿Te gusta que sea rara?
—Sí. A veces lo raro es hermoso e interesante.
Su pulgar me acaricia la mejilla y juro que mi cara arde.
Es que, ¿cómo puede ser que un simple toque me provoque tanto? Con Zebastiel experimento emociones que jamás en mi vida había sentido.
¿Qué es eso que tiene este hombre que ni Joel ni nadie más tuvo?
¿Por qué me gusta tanto?
¿Por qué su presencia me atrae de una manera que no puedo controlar?
—¿Qué tanto piensas? —Él me saca de mi trance.
Lo miro y aprieto los puños.
—Nada, solo que todavía hay un muro entre nosotros —le digo, pero él no responde—. La verdad es que, por más que hemos convivido estas semanas, no sé quién eres ni de dónde vienes, ni por qué eres distinto a todas las personas que he conocido.
Hago una pausa y continúo:
—¿Por qué no me dices la verdad? ¿Cómo fue que apareciste en mi patio ese día? ¿Por qué estabas hablando tantas tonterías absurdas sobre el Triángulo de las Bermudas? ¿Quién eres, Zebastiel?
No responde nada.
Su expresión se endurece. Frunce el ceño y aprieta los labios. Sus ojos toman una oscuridad que me alarma.
Asiento, entendiendo que no me dirá nada.
Entonces decido entrar, pero percibo que me sigue.
Cuando estoy en el interior de la casa, me detengo en medio de la sala y me giro para encararlo.
—¿De verdad estás loco o simplemente todo es una actuación? ¿Qué es lo que buscas? ¿Dónde está tu familia? ¿Quién eres? —lo confronto, desesperada.
Necesito saberlo antes de involucrarme más sentimentalmente, porque siento que estoy cayendo en un abismo y que el golpe será fuerte cuando choque con la realidad.
Zebastiel se queda paralizado por un rato. Me mira medio ido, como si tratara de entender todo lo que le he preguntado y buscar la respuesta para cada una de ellas.
No obstante, no sale nada de su boca. Simplemente no responde.
Él se pasa la mano por la cara y da un paso hacia mí.
Yo lo contemplo rígida, firme, a la espera de una respuesta que me convenza.
—Es complicado —dice al fin. Mira hacia arriba antes de volver a mirarme—. Por más que intente explicártelo, no me creerás.
—¿Por qué no te voy a creer?
—Porque para ti eso sería una locura.
—¿El qué?
—Lo que soy y de dónde vengo.
—Me estás asustando, Zebastiel. ¿Seguirás jugando conmigo? ¿Por qué escondes tu identidad?
—No estoy escondiendo nada —refuta con leves movimientos de cabeza—. Solo que es difícil explicar algo que para el otro parecería una estupidez o una mera fantasía. Es como que yo trate de explicarles a los de mi especie sobre ustedes, los humanos.
Sobre nosotros, los humanos…
Me tenso. Siento un frío recorrerme.
Ya no sé si asustarme o enojarme, porque o está loco o está jugando conmigo. Y yo no estoy para bromas, no con algo tan serio.
—Zebastiel, ¿me estás tomando el pelo?
—¿Ves? A eso me refiero. No me creerías.
Suelto el aire que había retenido. Camino en círculos varias veces y luego me detengo. Lo miro.
Entonces camino hacia él con el dedo apuntándolo. Le pico el pecho varias veces, pero él se queda quieto mientras observa mi reacción.
—¿Por qué juegas conmigo así? ¿Por qué no me dices la verdad? ¿Qué tan difícil es contarme quién eres? ¿Es en serio que eres un asesino? —estallo, colérica—. Ese día estabas lleno de sangre. Creí que era por la caída, pero tu piel estaba intacta. Entonces esa sangre era de alguien más, ¿cierto?
Él niega, lo cual me hace mirarlo con incredulidad y un poco ofendida.
—¿Acaso me quieres hacer pasar por tonta o qué?
—No era la sangre de alguien más. Era la mía —dice como si nada. ¿De verdad espera que le crea?
—¿Qué?
—Lo que pasa es que, cuando me hiero, mi cuerpo tiene la capacidad de sanarse fácilmente.
—¿De qué estás hablando?
—De lo que estás escuchando. Querías que te dijera la verdad, ¿no? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Lo estoy haciendo.
Hace una pausa.
—No soy un humano, Zoe. Soy un licántropo.
Lo dice de la nada, dejándome estupefacta y con la mente en blanco, con una seriedad que, por un leve instante, me hace dudar de mi sano juicio.




Este hombre sexi la va a volver loca