Zoe
Estoy congelada en mi lugar, con un enigma en mi cabeza. Me siento acorralada, entre la espada y la pared.
Ay, Zoe, ¿desde cuándo no tienes dignidad?
Entonces recuerdo los siete años que viví junto a Joel. Vaya… creo que nunca la he tenido. Pero ya esto es demasiado.
Me dan ganas de llorar, de golpear a alguien, de coger esa mesa y tumbarla, de patearle los testículos a ese desgraciado. Pero me contengo; aprieto los puños y los dientes… y me levanto de golpe.
Él se echa para atrás, espantado.
Entonces lo miro.
—¿Acaso me cree puta o qué? —le hablo fuerte. Sus ojos se abren en demasía y se pone pálido.
—¿Qué se cree usted para venir a hacerme propuestas indecentes, señor? —continúo. No puedo controlar mi boca; esta se mueve sola y sin pausa—. ¿O me cree idiota? ¿Cree que no sé a lo que se está refiriendo? Tal vez yo no sea rica ni experimentada en el área, pero eso no significa que voy a dejar que un cerdo asqueroso como usted me falte al respeto y quiera pisotearme y aprovecharse de mi situación. Dígame, ¿tengo un letrero en la cara que dice “puta” o qué? ¿Acaso quiere que hable con recursos humanos o llame a la prensa? ¡Yo estoy loca!
—Oiga, señorita, cálmese —dice él, tembloroso.
—Ah, ¿que me calme? Ahora quiere que me calme. Desgraciado, asqueroso, inmundo, cerdo, atrevido, pervertido. ¿Qué se está creyendo usted, viejo verde?
Lo empiezo a golpear con mi bolso, que es grande y está lleno de disparates, porque de dinero no, así que esos golpes deben doler bastante.
—Oiga, no, no se pase —pide él mientras se cubre la cabeza de globo con los brazos cruzados.
La piel se le pone roja y se altera.
—¿Quiere que llame a seguridad? —me amenaza.
Lo empujo.
—No hace falta. Yo me iré —le contesto con la cabeza en alto—. Nunca trabajaría en un lugar donde esté un señor como usted. ¿Qué se cree, viejo verde? ¡Feo, calvo, barrigón!
Salgo y cierro de un portazo, exaltando a las demás personas que esperan ahí.
Estoy tan alterada que mi pecho sube y baja muy rápido, y se me dificulta respirar. Todavía no puedo creer que haya hecho esto.
Camino deprisa fuera de ahí, avergonzada, con la mano temblorosa y la garganta seca.
—Oh, Dios mío… ¿qué acabo de hacer? ¿Acaso estoy loca? —me reprendo entre dientes mientras huyo de esa empresa.
Solo espero que ellos no me pongan una mancha en mi currículum, que me afecte en otras entrevistas.
Cuando salgo, logro recuperar el aliento… o eso intento, porque tengo que abrir la boca para que el aire entre en mis pulmones. Me llevo la mano al pecho y noto lo rápido que late mi corazón.
—Zoe, ¿qué has hecho? ¿Has perdido el juicio? —me vuelvo a reprender.
Cuando me calmo, decido ir al parque y me siento en una banqueta. Observo a todos a mi alrededor. La vida sigue; todo toma su rumbo y cada quien logra sus metas.
Gente pasando por ahí, trabajando; niños jugando en el parque; parejas tomadas de la mano… y yo.
Yo aquí, estancada, arrepentida de mis errores del pasado, de mis estúpidas decisiones.
¿Por qué no hice nada con mi vida? ¿Por qué me dejé llevar por Joel y fui ama de casa por siete años? Siete años perdidos. Siete años en los que no me dediqué a esa carrera que tanto amaba, que estudié con ilusión.
¿Qué rayos me pasó? ¿Por qué perdí mi norte? ¿Por qué me dejé manipular de esa manera? Él solo quería tenerme controlada… ahora lo entiendo.
En ese entonces pensé que era amor. Creí que me cuidaba, que estaba bien que fuéramos un equipo y que, si él crecía, yo también lo haría.
Qué equivocada estaba…
Ahora estoy aquí. Nadie me contrata y solo me ofrecen trabajos de puta.
—¿Qué es esta mierda? ¿En qué mundo estoy? ¿Por qué no me dan una oportunidad? Si tan solo me dejaran demostrar lo buena que puedo ser… Yo amo mi carrera.
Qué tonta soy. No debí descuidarme así. Podía incluso trabajar medio tiempo… no sé.
—Ah, Zoe… —mascullo—. ¿Sabes qué necesitas? —digo en voz alta. Porque ya estoy loca, ¿no? ¿Qué importa que hable sola?—. Necesitas un helado, algo bien dulce que te ayude con este estrés.
Esa es mi excusa para seguir consumiendo calorías. Una que solo me hace sentir culpable después de comérmelo.
Y bueno… me como mi helado y luego miro las rueditas en mi estómago y me siento culpable.
Suelto un suspiro.
—Oh, ¿por qué me comí ese helado? —me lamento.
Me relamo los labios y observo a las mujeres que están con sus parejas. Se ven tan bonitas, tan arregladitas: las uñas perfectas, el cabello encantador, un cuerpo envidiable, ropa moderna… y sus novios las miran con devoción. Quizás sus esposos, quién sabe.
Pero yo estoy aquí: sola, amargada, desempleada… y fea.
¿Por qué, por lo menos, no fui bonita? ¿Tenía que ser fea también?
Ay…
Suelto otro suspiro y me levanto. Es hora de regresar a casa, porque el sol empieza a ponerse. Pero antes, voy a la tienda a gastar lo último que me queda.
Lo primero que hago es ir a la sección de hombres, a ver qué encuentro para el modelo que tengo en casa. Es más alto que un palo de luz.
Y bueno… me toma un buen rato encontrarle ropa, pero al final doy con unos pantalones perfectos para él y camisetas que me hacen imaginar cómo se verían pegadas a su cuerpo musculoso.
Me dan cosquillitas en lugares que no deberían… pero bueno, soy una mujer sola y sin acción.
Es normal que me emocione por ese tipo de cosas, ¿no?
Hago un gran esfuerzo por no gastarme todo el dinero en comprarle ropa a Zebastiel, pero es que, al ver tantas camisas bonitas, pantalones largos y cortos, zapatos, camisetas… me emociono. Es que me imagino cómo se vería él con todo eso.
Él es tan apuesto que todo le quedaría bien.
Pero bueno, opto por varios pantalones cortos, algunos pares largos, camisetas y también prendas de dormir frescas. Y, por supuesto, ropa interior.
Eso me hace sonrojar, ya que trato de buscar una que le quede cómoda… porque, aparte de que él en sí es grande, también lo otro lo tiene muy grandote.
—Eh, Zoe… deja de pensar esas cosas —susurro, y suelto una risita.
Menos mal que las personas no pueden escuchar mis pensamientos o se escandalizarían.
—Ah, ¿por qué es que tengo la mente tan sucia?
Compro algunas cositas para la casa y luego me dirijo al supermercado. Entro, busco comida y, una vez termino, llamo a un taxi. Subo todas mis fundas en el baúl.
En el trayecto voy emocionada, a pesar del mal día que tuve, debido a que quiero ver la cara de Zebastiel cuando le enseñe la ropa que le compré.
Pero, al mismo tiempo, me siento devastada y derrotada porque no logré nada… y ese era el último dinero que tenía.
Esa es la última comida que puedo comprar.
Después de ahí… pasaremos hambre o nos moriremos. No sé qué haré, pues no tengo otra manera de ganar dinero.
Varias lagrimitas se me escapan y me las limpio disimuladamente. Espero que el taxista no me esté viendo, pero, por suerte, ese hombre no está pendiente de mí, sino de la carretera, como debe ser.
Reviso mi celular y no hay nada nuevo, más que mensajes de Joel. No sé por qué todavía no lo he bloqueado… sí, debería bloquearlo.
Eso hago.
Lo bloqueo a él… y bloqueo a mi madre.
También me salgo de los grupos de amigos; se me había olvidado hacerlo. Y bloqueo a algunas personas que todavía lo defienden.
Eso, de alguna forma, me hace sentir que tomo el control de mi vida… o al menos de una parte, porque la otra es caótica y sin rumbo.
Bueno, toca disfrutar lo poco que tengo hasta el momento en que me quede sin comida y solo sea esperar la muerte.
¡Qué dramática soy a veces!
Lo peor es que tengo un invitado en casa y voy a pasar vergüenza con él cuando todo esto se termine.
Por fin llego.
Y el taxista ni siquiera se molesta en ayudarme a bajar las fundas. Ni es tan caballeroso como para acompañarme hasta la entrada de mi casa. Como estoy en una zona rural, la entrada conecta con la carretera, pero tengo que caminar bastante para llegar a casa.
Así que tengo que poner las bolsas sobre el pavimento y luego llevarlas por grupos hasta la entrada de la casa.
Termino exhausta.
Abro la puerta, entro las cosas y las llevo a la cocina. Dejo las bolsas de ropa sobre el sofá.
Entonces lo noto.
Hay un olor exquisito a comida… y eso hace que mi estómago gruña, puesto que solo me comí un croissant y un café hoy… bueno, y el helado ese. Pero no he comido comida de verdad.
—Huele delicioso… como a carne, una que es distinta… —mascullo, deseosa de lanzarme sobre lo que sea que Zebastiel cocinó—. No sé de dónde salió porque no recuerdo haber dejado nada de eso.
Busco a Zebastiel, mas no está dentro de la casa. Así que salgo al patio por la puerta trasera… y empiezo a escuchar un sonido, como si alguien estuviera martillando.
Miro a mi alrededor.
Entonces lo veo.
Está allí, arreglando algo.
Me acerco y lo observo. Su cuerpo musculoso se tensa cada vez que el martillo golpea la madera, y hay un ligero brillo de sudor sobre su piel.
Me relamo los labios… y no puedo evitar verlo con estrellitas. Sus movimientos me parecen más lentos de lo normal, como si me estuviera modelando o algo por el estilo.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Entonces salgo de ese trance extraño.
—Ah… sí, sí.
—Arreglé esta mesa que estaba tirada en aquel taller. Hay muchas cosas ahí que necesitan arreglo y, bueno… arreglé unas cuantas sillas. Ahora estoy con esta mesa; estaba aburrido —me dice.
Hace una pausa y añade:
—También preparé comida. Allá dentro, en el bosque, hay muchas aves que se pueden comer, así que cacé unas cuantas. Algunas están en la nevera y otras ya están hechas, con el arroz que quedaba.
Me quedo en shock, incrédula de lo que escucho.
¿Él cazó? O sea… ¿cómo hizo eso? ¿Y está arreglando mis muebles?
Estoy perpleja. No me esperaba esto, de verdad.
Había llegado llena de preocupaciones, de un día difícil, derrotada…
Y ahora entro a casa y me encuentro con comida lista para comer. No voy a tener que cocinar ni hacer nada. Podré descansar.
No solo eso… esos muebles que di por perdidos, esas sillas y mesas… ahora las podré utilizar.
Las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas.
Todo lo que me pesaba… se vacía.
Él se alarma, se levanta y suelta el martillo de golpe. Se acerca rápidamente.
—¿Estás bien? ¿Hice algo que te incomodó? ¿Te sucedió algo? Dime —me pregunta, preocupado.
Él cree que lloro porque me siento mal.
Sin embargo, estas lágrimas… son de felicidad.
Es la primera vez en mucho tiempo que siento que estoy en un hogar. Que experimento la calidez de la verdadera compañía… una que, en vez de restar, te suma.


