Zoe
Tuntún, tuntún, tuntún…
Así suena mi corazón en este momento.
No puedo apartar la vista de sus ojos azules, que tienen un brillo peculiar, llamativo, que me hipnotiza.
Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y mis vellos se erizan. Entonces, la corriente que corre por mis músculos se siente demasiado bien, demasiado placentera.
De momento me falta el aire y todo a mi alrededor se ha detenido. Nunca me había sentido así con nadie. Es la primera vez que estoy tan conectada con un desconocido, tan atraída, en un trance que parece una fantasía.
Esto es peligroso, es erróneo, es imprudente. Sin embargo, el cuerpo desea quedarse así; el alma también.
Tengo las emociones distorsionadas.
Mi pecho experimenta una sensación que nunca había sentido, como si acariciara la esencia de este extraño. Suena loco, lo sé, pero es lo que siento.
De repente, la boca se me llena de saliva y trago pesado. Entonces parpadeo varias veces y lo empujo.
—¡¿Qué haces?! ¡Auch!
Grito porque, al soltarme de su agarre y ejercer presión en mi tobillo, el dolor me desgarra como el demonio.
—¿Estás bien? —me pregunta él y me vuelve a sostener.
—Me duele mucho el pie, el tobillo, la pierna, no sé, me duele —le digo, un poco exasperada.
Su mirada irradia preocupación. Entonces él se arrodilla delante de mí y empieza a revisarme el tobillo.
—¡Ah, me duele! —le digo cuando hunde su dedo sobre él.
—Está dislocado —me dice—. Vamos, te llevaré de regreso a casa y te curaré.
Con un movimiento rápido me carga como si yo fuera un bebé.
¡Lo que me faltaba!
—Oye, ¿qué haces? —interpelo, un poco sorprendida y emocionada a la vez.
No sabría explicar lo contradictorias que son mis emociones ahora mismo. Él me ignora y sigue caminando.
Su aroma es algo que no podría describir con palabras. Normalmente, los hombres huelen a eso, a hombre.
Algunas veces a sudor o a cuerpo sucio, o no sé, ese aroma raro que a Joel le salía a veces. Pero este extraño tiene un aroma peculiar, agradable. Es como una mezcla de madera, como si tuviera perfume puesto y, al mismo tiempo… ¿no?
¿Cómo alguien puede oler así?
—¿Estás bien, Zoe? —me pregunta cuando me coloca con delicadeza sobre el sofá.
Yo solo asiento con la cabeza porque soy incapaz de responder.
Escuchar mi nombre en su boca me hace sentir unas cosquillas extrañas en todo el cuerpo. No puedo evitar relamerme los labios y, cuando él se aleja de mí, suelto todo el aire que había retenido.
—Oh, Dios. ¿Qué me está pasando con este extraño? —susurro para mí.
—¿Dijiste algo? —me pregunta él.
Niego repetidamente con la cabeza, nerviosa.
—No.
¿Qué tan afilados pueden estar sus oídos que puede percibir un susurro que dije tan bajo, si él está ya casi en la habitación? En fin, este hombre es tan raro que a veces dudo de mi cordura.
¿Y si dice la verdad? ¿Y si no es humano? Ay, Zoe, por favor, ¿qué cosas estás pensando? Eso es imposible. ¿Te vas a dejar influenciar por un loco? ¿Te volverás loca tú también? No.
Vuelvo a negar con movimientos bruscos.
—Eres muy rara —dice él de repente y me espanto.
¿En qué momento regresó? Y tan rápido.
Tiene mi botiquín en las manos. Se agacha frente a mí y empieza a sacar todo con tanta confianza.
Vaya.
Este hombre es muy confianzudo. Ya anda por mi casa como si fuera suya y hasta sabe dónde encontrar mis cosas. De seguro tuvo mucho tiempo en la noche de husmear. Eso me hace sentir un poco incómoda y expuesta.
En fin, yo misma me metí en este lío. Ahora me toca aguantármelo.
Con mucho tacto, él atiende el disloque de mi tobillo, como si fuera un experto, y lo venda. Luego recoge todo y vuelve a mirarme a los ojos. Eso hace que mi corazón salte con ímpetu.
¿Por qué reacciono así ante su mirada?
«¿Te vas a hacer la tonta? Porque es atractivo, ¿por qué más?», me digo a mí misma.
Quiero reír ante eso, pero entonces él creería que estoy loca. Vaya, me preocupa que un loco crea que yo lo estoy.
—Tendrás que reposar unos días. No podrás hacer trabajo pesado —me advierte.
Él mira a su alrededor y suelta un largo suspiro.
—¿No tienes algún familiar que te cuide?
¿Qué le digo? ¿Que no? ¿Y si de verdad es un hombre peligroso y se aprovecha de eso? Tal vez, si le digo que sí, se vaya.
—Bueno, aunque es obvio… solo está tu ropa aquí —añade, como si justo lo recordara.
—¿Qué? ¿Acaso seguiste revisando mis cosas? ¿Cómo sabes eso? —interpelo, al borde del colapso.
—Disculpa, pero cuando estaba limpiando el desorden, el armario estaba abierto y tu bate estaba sucio con mi sangre. También lo limpié y lo guardé allí. Fue cuando noté que solo había ropa tuya —me explica—. Además, estaba buscando otras habitaciones donde pudiera tirarme a dormir, pero la única, aparte de la tuya, que vi está llena de cosas viejas y no tiene cama, así que tuve que ir al sofá. Ahí pasé la noche.
Asiento. No sé si estoy aliviada o asustada. En fin, lo que sea.
—Bueno… sí, estoy sola aquí, pero eso no significa que sea frágil. Como ves, puedo matarte en cuestión de minutos. —Chasqueo los dedos.
Él suelta una risa divertida. Se ve tan lindo así que, de momento, no me parece peligroso.
«No te dejes engañar por eso, Zoe. No te dejes confundir», me digo a mí misma, en la mente, por supuesto.
—Oye, te voy a proponer algo —salta de repente, captando mi atención.
Lo miro con desconfianza.
—Tú necesitas a alguien que te ayude aquí. Veo que hay muchas cosas que requieren arreglo y mantenimiento, que al parecer no has sabido hacer o no has podido. Aparte de alguien que te cuide porque tienes el pie delicado. Yo necesito alojamiento por un tiempo hasta que encuentre cómo llegar a casa. Entonces, podríamos ayudarnos mutuamente.
—¿Qué propones? ¿Que te dé alojamiento? ¿Acaso crees que esto es un hotel? —profiero, impulsiva, pues estoy muy nerviosa.
Él vuelve a reír y, vaya, esa risa hace que me den cosquillitas en lugares que no debería.
—Vamos, sé que no es un hotel, pero míralo de esa manera: tú ganarás, yo ganaré y luego no sabrás más de mí.
—¿Me juras que no me harás daño? ¿Que te irás en cuanto me recupere?
—Te lo prometo. Me iré en cuanto te recuperes. Es más, ni siquiera notarás mucho que estoy aquí. Haré lo que tenga que hacer para ayudarte, te dejaré siempre todo listo y saldré a buscar información de cómo regresar a casa. Sé que no me crees nada sobre de dónde vengo, pero lo que debería importar es que no te haré daño; por el contrario, conmigo aquí estarás protegida.
Me muerdo el labio y me quedo pensativa por un rato. Luego extiendo mi mano en su dirección.
—Trato —digo.
Él sonríe, me toma la mano y sella el trato al apretármela.
Siento un escalofrío recorrerme todo el cuerpo, una corriente que empieza desde el área que toca y que se me clava en el corazón. No sé si es por el magnetismo que él emana, por su belleza, por lo atractivo que me parece su forma peculiar de ser… o por el miedo terrible de lo que estoy haciendo.
¿De verdad dejaré que un desconocido, que además parece psicópata, se quede aquí conmigo? ¿Acaso he perdido el juicio?



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