Habían pasado tres meses desde que Arthur llevó a Sam a la hacienda. Ella ya había recuperado su peso, asimismo, su piel ya tenía color. Cada día se veía más enérgica y saludable y ya no se percibía con tanta timidez como la primera vez que llegó allí. Por su parte, Raúl se la pasaba detrás de ella haciéndole preguntas imprudentes y tratando de descubrir la razón de cubrir su rostro; al principio Sam se sentía incómoda, pero después de un tiempo empezó a ignorarlo y solo reía ante sus ocurrencias.
—Yo le debo mucho al jefe. —El chico se sentó sobre la grama y llevó una ramita a la boca—. Mis padres murieron en un tiroteo cuando yo tenía diez y duré tres años viviendo en las calles y robando en los mercados para poder comer. Un día, un señor que vendía manzanas me descubrió robándole y me persiguió con un rifle. Choqué con el señor Connovan cuando escapaba; él le aseguró al hombre que se encargaría de castigarme y así lo hizo. Me puso a limpiar el establo y luego me jaló de las orejas porque no me quise bañar. Cuando me dio de comer, me compró ropa y me encargó a uno de sus trabajadores, me dijo que la mejor manera de conseguir comida y suplir mis necesidades era trabajando, por eso me puso a limpiar los establos. Desde ese día vivo en la hacienda y ayudo en los trabajos, han pasado dos años ya.
—Entonces tienes quince años —dedujo Sam—. Eres un mocoso, todavía.
—¡Ja! Yo soy un hombre —replicó, frunciendo el entrecejo—. Hasta novia tengo.
Sam estalló de la risa.
—¡Ni siquiera sabes bañarte! Que novia vas a tener.
—Claro que tengo. —El chico alardeó—. Y no solo aquí en la hacienda. —Se acercó a ella para susurrar lo último.
—¡Tan pinino y ya eres un pica flor! —Ella se carcajeó y él la imitó.
—Por cierto, el jefe como que está enamorado, ¿no te has fijado? —cambió el tema, mirando por los lados para cerciorarse de que nadie había escuchado.
—Sí, es muy obvio que él y Anabela tienen sentimientos mutuos —respondió ella cabizbaja. A pesar de que se la pasaba bien en la hacienda y, de que contaba con ciertos lujos y beneficios, no soportaba ver a Arthur junto a la chica. Ella era muy melosa con él y era obvio que estos algo se traían.
—¡Qué cosas dices! —El chico negó divertido—. Esos dos son como hermanos. Según he escuchado, se criaron juntos y siempre se han tratado como familia. No, ellos no tienen ese tipo de relación. Incluso Anabela se iba a casar… —Raúl dejó de hablar, puesto que, recordar lo que Henry Jones le hizo a la chica, todavía le daba rabia—. Bueno, ya sabes lo que sucedió. Pero, en cuanto al jefe, los rumores dicen lo que me sospecho.
—¿Rumores? —inquirió con curiosidad.
—Los rumores del enamoramiento del señor Connovan… —El chico la miró con picardía—. Dicen que está enamorado de ti y que tú lo estás de él.
Sam tosió de la impresión.
—¡Mocoso atrevido! —profirió con nerviosismo—. ¡Deja de inventar disparates! —Un remolino de emociones tomó el control de su cuerpo, al sopesar esa posibilidad.
—No me invento nada. El jefe nunca había traído a una invitada a su casa por tiempo indefinido, como tampoco trata a ninguna mujer como lo hace contigo; si vieras la manera tan fiera defenderte y de preocuparse por ti; eres su protegida y todos están claros de eso.
—No es por lo que piensas que lo hace, sabes lo generoso que es Arthur, aparte de que también está agradecido porque le salvé la vida.
—Sí, pero te trata diferente. Te mira con esos ojitos brillosos, te lleva a pasear en su tiempo libre, te llena de regalos y te espera para cenar. Si vieras cómo habla de ti; él es muy obvio y tú también lo eres. Lo que no entiendo es por qué no dan el paso, pero supongo que es porque nuestro jefe es muy santurrón y cohibido, así que te tocará a ti seducirlo.
—Ya basta, Raúl. —Sam era un manojo de nervios y mariposas revoleteaban en su estómago—. Deja de decir esas cosas, por favor.
Después de que ella tuvo la extraña conversación con el chico, caminaba de un lado a otro en la habitación, sus manos temblaban y su respiración estaba entrecortada. Si bien ellos se habían besado y él era lindo con ella, Arthur la trataba como a una amiga; además, nunca más tocaron el tema de aquel beso apasionado que se dieron. No, ese chiquillo se estaba inventando cosas, por lo tanto, no se iba a ilusionar por las suposiciones de un muchacho.
***
—Muchas gracias, Arthur —musitó Sam sonrojada. Ambos estaban sentados en un mueble que se mecía como si fuese un columpio. Era de noche y la media luna con el cielo estrellado les recordaba aquel beso que se dieron nueve meses atrás.
—No tienes que agradecerme, eres muy buena en lo que haces, es justo que tengas un lugar donde elaborar tus remedios.
—Te lo pagaré cuando empiece a hacer dinero —afirmó mientras jugaba con sus manos. Trataba de disimular su nerviosismo, puesto que, estar tan cerca de él y a solas en la oscuridad de la noche, despertaba ciertas emociones que luchaba por ocultar.
—No tienes que pagarme nada, con que seas mi médico personal me es suficiente. —Sonrió de una forma tan linda que Sam tragó pesado—. Por cierto… —Arthur la miró a los ojos con nerviosismo, alterando los nervios de ella—. Hay algo que no sabes y quiero decirte…
Sam trataba de no alterarse. ¿Acaso iba a declararse? Escalofríos recorrían su piel y tuvo que entrelazar las manos entre sí para detener los temblores de estas.
—¿P-Pasa algo? —tartamudeó.
—Tú y yo nos hemos vuelto buenos amigos y hemos compartido muchas cosas…
Sam sintió una emoción extraña que recorría su piel. Lo miró atenta y no pudo evitar sonreír.
—Dado que somos amigos, quiero que seas la primera en saberlo, yo… —prosiguió mientras la miraba con pesar—. Yo me voy a casar con la hija mayor de los Ben, quienes me visitarán en unos días para conocer la hacienda.
Sam se quedó sin habla. No, eso no podía ser cierto. Luchó con las lágrimas y se puso las manos sobre su pecho, al sentir aquel dolor intenso en el corazón. Le esquivó la mirada cristalizada que él mostraba y frotó sus propios ojos para aliviar el escozor que las lágrimas acumuladas le produjeron. No podía ser verdad. ¿Casarse? ¿Con otra mujer?
—Es bueno que lo sepas de mi boca y que no te lleves la sorpresa… —Le dolía continuar, se sentía el hombre más malvado del mundo, pero si ella estaba empezando a tener sentimientos por él, era mejor arrancarlos de raíz, además debía prepararla para aquella visita.
Solo esperaba que su intuición estuviera equivocada y Sam no tuviera esos sentimientos por él, puesto que debía casarse; ya el compromiso estaba arreglado y no les podía hacer ese desaire a los Ben ni desobedecer la última voluntad de su padre. Además, esa alianza lo ayudaría a lograr sus objetivos en aquella región y los pueblos vecinos. Debía hacer lo que estuviera en sus manos, para buscar la manera de quitarle el poder a los Delton y a los Jones; ya estaba cansado de la corrupción que maltrataba a los más desprotegidos, por lo que quería con todas sus fuerzas acabar con esa mafia que estaba destruyendo muchas vidas inocentes.
—G-Gracias por confiar en mí. —Por más que luchó para no tartamudear, sus palabras salieron entrecortadas—. Me alegra que me consideres tan cercana. Felicidades… —Respiró para no llorar—. Ella será muy afortunada… Con tu permiso me voy a dormir, estoy cansada. —Se levantó con brusquedad y se marchó a toda prisa; requería escapar y liberar esas lágrimas que no podía retener un segundo más. Fue muy tonta y presuntuosa al creer que un hombre como él podría tener esos sentimientos por ella, cuando era obvio que buscaría a alguien de su círculo.
Sam se encerró en su habitación y se tiró en la cama. Su rostro estaba mojado y sus ojos rojizos por el llanto. Fue una tonta en creer que era de ella de quién él estaba enamorado, fue muy fantasiosa en pensar que él le confesaría sus sentimientos. Lloró toda la noche; otra vez su corazón era destrozado en pedazos, otra vez se sentía tan poca cosa como para ser amada.
—Papá…, te extraño. Papá, te necesito conmigo… —Ella se durmió cuando su cuerpo se cansó de tanto llorar.
***
Arthur tenía una jarra de cerveza en las manos. No solía beber, pero esa noche necesitaba hacer algo fuera de sus principios y cohibiciones. Su consuelo era aquel bello recuerdo: la media luna y las estrellas en ese hermoso cielo azul marino; su suave mentón y sus deliciosos labios. En ese tiempo no sabía acerca del arreglo de su padre, tampoco que era la condición para que la alianza le ayudara.
Una lágrima rodó por su mejilla y él la limpió con rapidez; tenía que ser fuerte y no pensar solo en él, aunque la idea de casarse con una mujer a la que no amaba lo aterraba. ¿Cómo sería su futuro? ¿Qué haría con Sam? ¿Sería sano que ella viviera en la hacienda junto a su esposa? ¿Estaría bien estar bajo el mismo techo con la mujer a quien deseaba con locura? ¿Cómo decirle a Sam que no podía vivir allí cuando este se casara?
Por supuesto le regalaría una casa; tal vez le daría una vivienda en sus terrenos, cerca de la hacienda… No, eso no sería conveniente para ningunos; mejor le compraba un terreno en el pueblo y le construiría una casa hermosa, conforme a su gusto. Pero ¿cuál sería su excusa? ¿Tendría que confesarle que se había enamorado de ella?
Dio un sorbo de la bebida de cebada y se pasó la mano por la nariz; debía actuar de la manera correcta. Pero mientras no estuviera casado podría disfrutar de su compañía, tratar de conocerla más y descubrir su pasado y la razón de ocultar su rostro. A veces su comportamiento le era sospechoso y pareciera que huyese de algo o alguien; y, aunque sabía que ella sería incapaz de hacer daño, no debía confiarse del todo.
***
La celebración fue exuberante y medio pueblo asistió a la boda. Ella bailó casi toda la noche con su padre, puesto que Daniel no quiso hacerlo. Cada vez que recordaba sus labios rozando los de ella cuando el ministro pidió que el novio besara a la novia, su corazón palpitaba con agitación. Fue un beso fugaz que consistió en un roce de labios, pero era el gesto más íntimo que había recibido de él. Sus mejillas se tornaron rojas cuando recordó que esa noche se entregaría a su amado y que por fin podría besar esos labios con libertad y sin cohibiciones.
La música era alegre, las personas danzaban, comían, reían, conversaban y bebían. Ella dejó de bailar con su progenitor y buscó una bebida para saciar su sed, luego se dirigió hacia donde estaba su esposo y se sentó a su lado. Sam se recostó de su hombro, mas Daniel la quitó con brusquedad.
—¡Deja de ser exhibicionista! —la reprendió—. Estamos delante de la gente; no comas ansias, esposa, hoy te hago el favor.
Sam se apartó de él llena de vergüenza. Ella solo se recostó de este, no estaba haciendo nada malo. Sus palabras fueron como una estocada dolorosa directo a su inocente corazón y se repetían una y otra vez en sus pensamientos. ¿Hacerle el favor? ¿Acaso no se amaban y deseaban estar juntos los dos? Luchó para retener las lágrimas que insistían en derramarse y decantó por ir a buscar una bebida, esta vez sería una con alcohol. Cuando dio el primer sorbo sus lágrimas hicieron presencia, respiró profundo y trató de sonreír para no llamar la atención de los presentes; no obstante, los gritos y murmullos la sacaron de su ensoñación, así que corrió hasta donde se habían reunido todas las personas de la fiesta.
En el momento en que descubrió la razón de la histeria colectiva y la cara de horror de sus invitados, el terror la abordó y un escalofrío desolador le recorrió todo el cuerpo; al mismo tiempo, el corazón se le arrugó y el pecho se le apretó tanto, que sentía que se ahogaba al ver a su padre tirado en el suelo, con espuma en la boca y en estado de convulsión. Corrió hacia él y lo sacudió con fuerza.
—¡No me dejes! —gritó con gran llanto. Su padre le acarició la mejilla y trató de decirle alguna cosa con desesperación, pero ella no entendió, así que el misterio quedó oculto, debido a que el moribundo no tuvo fuerzas para seguir hablando y sus ojos se cerraron para siempre.
Sam se despertó exaltada y con un grito que espantó a Arthur. Él tocó su puerta con preocupación y, al no recibir respuesta, buscó la llave maestra y la abrió. Corrió en dirección a Sam quien aún yacía en la cama y trató de traerla en sí. Ella se retorcía sobre el colchón con fuerte llanto y violencia. El gran escándalo despertó a las criadas que dormían en la mansión y todas subieron asustadas. Algunas simplemente murmuraban lo incómodo de la situación y se quejaban de estar hartas de los ataques de la invitada del jefe.
Nidia, en cambio, se levantó y se puso una manta sobre el cuerpo, hecho esto, se apresuró a preparar un té de manzanilla. Hacía mucho que Sam no tenía esos ataques en la madrugada y hasta creía que se había curado de lo que sea que la ponía así. Subió las escaleras con la taza y espantó a las curiosas para que les dieran privacidad.
—Solo al jefe se le ocurre traer a una loca a la casa. —Una de las sirvientas se quejó con otra mientras se regresaban a sus recamaras.
—Sí, debería llevarla a un loquero e internarla de por vida. Ni siquiera es su familiar para que se haga cargo de ella. ¡Tan rara que es! Debe ser muy fea para que se cubra el rostro.
Las criadas rieron con malicia y se encerraron en sus dormitorios.
—Sam, respira. —Arthur trataba de calmarla—. Por favor, preciosa.
Ella lo observó avergonzada, puesto que estaba cansada de ser una carga para él. Miró a Nidia y no pudo evitar las lágrimas, esa pobre señora debería estar descansando y no trasnochándose por su culpa.
Arthur la abrazó y ella lloró en su pecho. Después de que Sam se tranquilizara, Nidia se fue a dormir y Arthur la observaba con tristeza. Le acarició el cabello y tuvo la tentación de quitarle ese velo. Ni siquiera para dormir se deshacía de él. Recordó que, cuando tuvo su primer ataque de pánico en la hacienda, Nidia trató de quitárselo para ayudarla a calmarse, pero solo logró que su crisis empeorara. ¿Por qué era tan importante? Suspiró. Tal vez era una situación psicológica, una forma de protegerse del exterior.
—¿Qué fue lo que te hicieron que te marcó tanto? ¿Quién te hizo tanto daño, mi amada Sam?
Besó su frente y se acostó a su lado. Sabía que era incorrecto, pero temía que pasara de nuevo. Volvió a besarle la frente y la abrazó, acomodándola sobre su regazo.
«Solo serán unas horas», pensó, «Me levantaré más temprano para que nadie me vea salir de aquí».
Por su parte, Sam se aferró a él y dejó salir un suspiro.
—Te amo, Arthur… —Él agrandó los ojos, que se cristalizaron por el efecto de aquella confesión. Sabía que habló dormida, así que él le guardaría el secreto en su corazón.
—Yo también te amo —respondió con tristeza en la mirada—. Pero el amor no es solo tener una relación romántica, puedo amarte desde lejos mientras velo por tu bienestar; te prometo que no permitiré que nadie más te dañe.
—Gracias… —Ella siguió con su balbuceo—. No es el tipo de amor que esperaba tener de ti, pero me siento feliz de contar con ello. Perdón por causarte tantos problemas…
Sam no dijo más, en su lugar, se rindió al sueño. En cambio, Arthur le volvió a besar la mejilla y la apretó más a su cuerpo. «El amor se manifiesta de diferentes maneras, pero en este, siempre se querrá el bienestar del ser amado».
