Sam se acostó en la cama de su padre y se abrazó a la almohada que le pertenecía a él. ¡Lo extrañaba tanto! Aunque habían pasado cuatro meses de su muerte aún no lo superaba. Estaba sola y sin nadie quien la consolara, debido a que ellos no tenían familia. Su padre fue un huérfano que llegó a dónde estaba con el trabajo duro y por la misericordia de un doctor, quien lo preparó en el área de la medicina.
En ese tiempo no se exigía tanto de los médicos y algunas personas ejercían con libertad, lo que resultaba en una causa de muerte para muchos pacientes, quienes creían en médicos sin preparación previa. Sin embargo, su padre era uno de los mejores médicos y no solo le enseñó cómo funcionaba el cuerpo humano, también la instruyó acerca del poder medicinal de las plantas.
Ella se dio muy buena y hasta tomó clases con profesionales, pero paró sus estudios cuando se comprometió, con la promesa de retomarlos después de cumplir un año de casada, para así poder brindarle tiempo de calidad a su esposo. Su corazón dolía, pues no sabía si a su relación se le podía llamar matrimonio. Daniel no era el mismo hombre que ella había conocido años atrás y de quién se enamoró. Él cambió mucho con la muerte de su padre, si antes era frío, ahora era un hielo. No dormían en la misma habitación y no había sido tocada por él aún. Era de esperar que no lo hiciera al principio, pues la muerte de su padre la había afectado demasiado, pero ya tenían cuatro meses de casados y ni un beso le había dado.
Todo ese tiempo se había sentido sola, pues con el único familiar que debiera contar era con su «prima», que en realidad no era su familia de sangre. Bárbara era hija de quien fue el mejor amigo del señor Fraga. Ella quedó huérfana cuando sus padres fueron asesinados en un asalto y el señor Fraga la terminó de criar; sin embargo, Bárbara no era una buena persona y siempre humilló a Sam.
Una semana después…
Sam se dirigió al despacho de su esposo y se sentó frente a él, quien la miró con molestia, como si ella le repugnara.
—Daniel, ya ha pasado mucho tiempo desde que nos casamos y… —Su voz salía temblorosa mientras jugaba con sus manos—. Y todavía no me has tomado… —Sus mejillas se ruborizaron.
—Tú siempre de puta —espetó su esposo con sorna—. Te me has lanzado desde que te propuse matrimonio; no tienes vergüenza ni pudor. Las mujeres no piden esas cosas, si me apetece voy y te tomo y ya; pero, Samay, tú no me das ganas ni de besarte. Entiende esto para que llevemos la fiesta en paz: no me gustas, no te deseo y simplemente te hice el favor de casarte conmigo para que no te quedes soltera, por lo menos agradece que tienes un marido que te represente y trabaje por ti; lo siento, pero no te puedo dar más.
Sam no daba crédito a lo que acababa de escuchar, no podía ser cierto. Él le había dicho que la amaba, ¿por qué ahora la torturaba con aquellas palabras tan dolorosas? Salió corriendo de allí, dado que no le daría el gusto de verla llorar. Su mundo se había acabado, estaba sola y sin amor.
Sam sacudió la cabeza para alejar esos recuerdos dolorosos, debía superar su pasado y salir adelante. Una de las cosas que haría para empezar, era poner su propia tienda de droguería y continuar con sus estudios. Decidió aprovechar el ofrecimiento de Arthur de pagárselos y costear los gastos del negocio. Al principio estaba negada, pero él insistió tanto que ella terminó accediendo, eso sí, le pagaría cada centavo sin importarle si se ofendiera o no.
Había pensado mucho sobre la boda de él con aquella señorita que los visitaría al día siguiente, le dolía demasiado y no soportaría verlo casado con otra mujer; por eso había decidido permanecer en la hacienda hasta la boda, luego se iría a vivir al pueblo. Ella ya le había comentado su decisión de dejar la hacienda a Arthur y a él le pareció buena idea; se sintió aliviada porque él no la cuestionó, a veces sospechaba que él conocía sus sentimientos.
***
—Agárrala así, mira al blanco… —Un disparo se escuchó y Sam saltó de la alegría.
—¡Lo logré! ¡Le di! —celebraba con euforia. Arthur se quedó observándola con una sonrisa; le encantaba verla tan feliz y animada.
—Estoy orgulloso de ti —halagó mientras tomaba el arma y la ponía sobre la mesita, donde yacían otras más con sus provisiones. Después de lo ocurrido con Anabela, Arthur ordenó a las mujeres aprender a disparar y todas debían portar un arma con ellas; quizás no era una manera pacífica de actuar, pero ya estaba cansado de los constantes abusos por los alrededores, donde mujeres eran violadas, robadas y golpeadas a diario. En realidad, la violencia había incrementado en esos últimos meses con la llegada de los nuevos vecinos ricos, amigos de los Jones.
—Sam, me gustaría que comiéramos cerca del río, ya que no hemos pasado mucho tiempo juntos en estos días y me temo que en los próximos tampoco… —Bajó la mirada.
—Sí, me imagino que estará ocupado atendiendo a su novia —corroboró. Sintió un amargor en el paladar al mencionar esas palabras. Sabía que no debía reclamarle nada, pero no podía evitar enojarse.
—Si prefieres, almorzamos con todos en la hacienda —se retractó, sintiéndose culpable.
—¡No! —Sam gritó de repente espantando a Arthur—. Es decir, almorcemos cerca del río, es una forma de cerrar nuestra amistad cercana, puesto que después de que su novia lo visite y todos la conozcan como a su futura esposa, debe haber una distancia prudente entre nosotros por respeto a ella y para evitar los chismes… Con esto no quiero decir que tengamos algo fuera de una amistad… —Empezó a tartamudear y a jugar con sus manos—. Es que no creo que sea prudente continuar con esta amistad, no es que dejemos de ser amigos…, este, bueno, somos muy cercanos y hasta me ha acompañado en las noches hasta que me duerma cuando tengo pesadillas y… cenamos juntos… Y…
—¡Entiendo a qué te refieres! —la interrumpió con el corazón acelerado—. No será prudente nuestra cercanía, lo sé, entonces que sea nuestro último día de esa amistad especial que tenemos.
Ella asintió al tiempo que trataba de recuperar la compostura. El almuerzo fue agradable bajo las sombras de un frondoso árbol, donde ambos reían mientras recordaban las ocurrencias y travesuras de Raúl y otros niños de la hacienda.
Después de comer y conversar por un largo rato, Arthur se quedó dormido sobre la colcha que se desplazaba debajo de ellos; esos días no había descansado bien, puesto que se acostaba muy tarde y se levantaba temprano debido a todo el trabajo que había acumulado, así también, por la celebración de su compromiso que sería dentro de una semana. Sam decidió dar un paseo para dejarlo descansar y, cuando regresó a donde él dormía la pequeña siesta, se quedó observándolo embobada.
Se sentó a su lado y acarició su negra cabellera. Se veía tan lindo dormido; sus pestañas gruesas y oscuras sobresalían al tener los ojos cerrados y ella no resistió la tentación de tocarlas, luego le pasó el dedo sobre las mejillas y alrededor de los lindos labios de su amigo. Cerró los ojos rememorando aquel beso que se dieron casi un año atrás y varios escalofríos le recorrieron el cuerpo, como respuesta a ese gesto que se le quedó plasmado en el corazón. ¿Por qué la había besado? Ni siquiera conocía su rostro, no podría decir que era atracción, o, ¿se puede sentir atracción hacia una persona sin conocerle el físico? ¿Cómo reaccionaría él si viera lo que hay debajo de aquel velo? ¿Se arrepentiría de haberla besado?
Sam limpió las lágrimas que se le escaparon y lo miró con tristeza. Era un alivio que él no sintiera lo mismo que ella, puesto que no sabría cómo negarle dejarle ver su cara si fuesen pareja. ¡Qué tonta! Un hombre como él nunca sería para ella, ni siquiera su esposo la quiso. Ahora Arthur pertenecía a otra mujer. ¡Cómo la envidiaba! Desearía tanto estar en su lugar; poder estar en los brazos de Arthur debía ser maravilloso; besar esos labios, dormir sobre su pecho. Esto último ya lo había probado y estaba segura de que nunca se cansaría de él, de su atención, de su amor.
—¿Qué se sentiría ser amada por un hombre? —susurró mientras acariciaba los bordes de la boca de él, cuyo labio superior le encantaba porque formaba un corazón; Arthur era un hombre muy atractivo y a ella le gustaba todo de él—. ¿Cómo sería hacer el amor con caricias y besos? ¿Qué tan bueno es el placer? ¿De verdad existe?
No se molestó en limpiar las lágrimas que mojaban su fino velo, más bien se quedó embelesada, deleitándose con el rostro dormido de Arthur.
—¿Qué pasaría si te beso por última vez? —Acercó su rostro y lo besó en los labios.
Sam le lamió la boca con delicadeza y con temor a que él despertara. Cerró los ojos y recordó aquel beso lleno de deseo; ella nunca había sido besada de esa manera. Se perdió en el recuerdo y movió los labios sobre los de Arthur, quien abrió los ojos, espantado; quedándose pasmado sin entender qué sucedía. Sin embargo, volvió a cerrarlos al caer en cuenta de lo que ocurría: ¡Sam lo estaba besando! ¿Se encontraba él aun soñando?
Arthur se hizo el dormido para no asustarla, aparte de que estaba disfrutando aquello. Sabía que estaba mal, ya que pronto sería un hombre comprometido y su futura esposa lo visitaría al día siguiente; pero por lo menos quería sentir sus dulces labios por última vez. Se propuso dejarla hacer con su boca le que a ella le pareciera, por lo tanto, se haría el dormido y fingiría despertar minutos después de ella dejarle; no obstante, el calor y humedad de ella le causó tanto goce, que no se pudo contener, por tal razón, movió sus labios contra los de Sam.
Ella agrandó los ojos al saberse descubierta y trató de romper el contacto, pero Arthur la sostuvo por la nuca y se aferró a su boca. Como resultado a su arranque, ambos se besaban con desesperación, como si su vida dependiera de ese intenso beso. Sus respiraciones mezcladas, los latidos agitados de sus corazones y el nerviosismo reflejado en los temblores de sus manos; todas esas sensaciones habían creado una burbuja a su alrededor, donde solo ellos importaban; pero la burbuja pronto sería rota…
—Señor, oh… ¡Lo siento! —Raúl se disculpó sonrojado y luego esbozó una sonrisa burlona. Sam y Arthur se incorporaron de un salto y bajaron la mirada abochornados.
—Espérame en la hacienda —ordenó Arthur, quien lucía sofocado y sonrojado. Sus labios estaban rojos e hinchados, su cabello desarreglado y su respiración entrecortada.
Raúl asintió y se marchó, no sin antes darle una miradita de ‘te lo dije’ a Sam, quien jugaba con sus manos en ese momento.
—Sam… —Arthur balbuceó sin saber qué más decir, una vez volvieron a estar solos.
—Perdón, fui una atrevida —dijo hipando sin mirarlo a la cara; simplemente no tenía valor para hacerlo—. Tú estás comprometido y yo te falté el respeto, lo siento mucho, fui muy imprudente; perdón. —Se tapó los ojos con las dos manos y lloró.
—No te preocupes, yo también soy culpable. —La envolvió con su brazo y la besó en la coronilla de la cabeza.
