Clara
Mientras le quito la armadura y le rompo la camiseta, mis ojos derraman lƔgrimas de terror.
Tiemblo, y las sacudidas de mis manos son un obstĆ”culo para terminar de desvestirlo. No solo eso: tambiĆ©n la inhibición que hay en mĆ, pues nunca he tocado ni estado tan cerca de un hombre desnudo, en especial de este, que es desconocido y que significa tanto para mĆ ahora.
Cuando logro quitarle todo y dejarlo solo con la ropa interior, le limpio las heridas, pero no sé qué mÔs hacer. El acónito sigue en su cuerpo y, hasta que no salga, su habilidad licÔntropa no podrÔ sanarlo.
AdemĆ”s, ese veneno podrĆa matarlo.
Lloro desesperada porque de verdad no sé qué hacer, no sé cómo ayudarlo. Soy buena perfumera, capaz de crear esencias deliciosas con las plantas; sin embargo, no sé usarlas para la medicina. Nunca lo he hecho.
Doy vueltas por la habitación mientras trato de pensar en una solución, y lo Ćŗnico que se me ocurre es ir a la manada mĆ”s cercana y buscar ayuda o comprar algĆŗn antĆdoto que neutralice el veneno.
Sin embargo, me da miedo dejarlo aquĆ solo y que su estado empeore o, peor aĆŗn, no llegar a tiempo.
Sacudo esos pensamientos negativos de mi mente y, decidida, voy por el dinero que me queda, que no es mucho, ya que tenĆa que hacer perfumes y venderlos para poder abastecerme.
Agarro mi pequeña bolsa y, antes de irme, le doy una última mirada al gamma, que yace moribundo sobre mi cama.
Me limpio las lƔgrimas y suelto un largo suspiro.
āRegresarĆ©, te lo prometo āle digo.
Salgo deprisa. Llegar a la manada mÔs cercana me tomarÔ demasiadas horas si voy en mi forma humana, asà que cierro los ojos y me transformo en loba. Entonces tomo mi bolsita con la boca y corro lejos de la cabaña.
A medida que avanzo, la angustia en mi pecho aumenta, y esa ansiedad me hace temblar.
Estoy demasiado inquieta, demasiado preocupada.
La desesperación trae escenarios horribles a mi mente, a los que trato de no darles importancia, de hacerlos desaparecer. Sin embargo, es difĆcil no perderme en esas imĆ”genes aterradoras en las que realmente lo pierdo, aunque no sea mĆo.
Corro, rĆ”pido, agitada, ansiosa por llegar. No sĆ© cuĆ”nto tiempo pasa, pero ver una carretera me llena de alegrĆa. Entonces aumento la velocidad, deseosa de llegar a algĆŗn lugar donde pueda conseguir un antĆdoto.
Mis patas impactan contra el suelo pavimentado mientras corro desesperada en medio de la carretera.
No sĆ© cuĆ”nto tiempo me toma, pero la alegrĆa y la esperanza florecen en mĆ cuando veo la entrada de la manada. Entonces recupero mi forma humana y, de inmediato, la ropa sale de la cadenilla en mi cuello y me cubre el cuerpo.
Corro, desesperada. Los guardias me dejan pasar, pues ya me conocen, debido a que suelo vender en el mercado de esta manada y tambiĆ©n hacer mis compras aquĆ.
Mis pasos son veloces sobre la calle de piedra y cemento de la plaza de la manada. Las personas van y vienen, ajenas a mi situación, a mi terror.
Trato de mantener la compostura, pero estoy tan sofocada y alterada que mi corazón palpita desbocado y la respiración se me ha vuelto caótica. Asimismo, el cuerpo me tiembla e incluso estoy sudando.
Me imagino lo rojas que deben estar mis mejillas y mis ojos, que me arden. Trato de no llorar, de no llamar la atención, pero tampoco creo que a nadie le importe mi estado, pues todos me ignoran.
āĀæDónde quedan las tiendas de sanación? āle pregunto a una persona al azar que me observa con intriga, y noto lĆ”stima en su semblante al ver mi estado.
āA una cuadra hacia allĆ”, en un edificio verde aceituno āme explica mientras extiende su mano en dirección al norte.
Le agradezco y me voy corriendo, sin importarme que me crean loca o escandalosa. Lo Ćŗnico que anhelo es llegar pronto, comprar el antĆdoto y salvar a mi mate, a ese que intentó rechazarme y me dejó abandonada, sin saber quĆ© esperar de Ć©l, ya que ni me rechaza ni me acepta.
Me limpio las lƔgrimas que salen sin permiso y sigo avanzando.
Cuando ya he corrido por varios minutos y creo que he cruzado una cuadra completa, observo los edificios. Entonces uno capta mi atención. EstĆ” en el centro de otros y tiene la misma descripción que recibĆ; luce exactamente como lo que me dijo la persona que me ayudó.
Me apresuro a ir allĆ y entro. El frĆo del lugar choca con mi piel caliente y, de alguna forma, me trae un poco de alivio. Las miradas se posan sobre mĆ, curiosas, intrigadas y hasta un poco preocupadas por el estado en el que vengo.
āNecesito un antĆdoto para acónito ādigo, tajante, directa y sin rodeos. Solo quiero comprarlo e irme.
Una persona de los presentes asiente sin decirme nada mƔs y saca varios frascos. Entonces empieza a darme el precio. Miro lo que tengo en mi bolsita, pero me temo que no me alcanza.
La impotencia me provoca un frĆo desolador en el pecho y me congela por unos segundos, en los que maquino mis opciones: ninguna, pues no poseo el dinero para cubrir siquiera el frasco mĆ”s diminuto.
Frustrada, me pongo a llorar.
āVivo cerca de esta manada y suelo vender en el mercado mi perfume ādigo con la voz quebrada por el llantoā. Si me vende por lo menos ese frasco pequeƱo, le prometo que le traerĆ© el dinero completo.
Le muestro lo que tengo. La persona se mira con otra, como si buscara la respuesta en ella.
āPor favor, ayĆŗdenme āles suplicoā. Si no llevo el antĆdoto, mi pareja morirĆ”. ĀæSaben lo doloroso que es perder a un compaƱero destinado? āles digo, aunque estĆ© mintiendo.
Ćl no es mi pareja. SĆ es mi destino, el alma que la naturaleza me concedió. Sin embargo, no hay unión entre nosotros.
Ellos me observan con duda; luego ponen la mirada en los frascos, despuĆ©s en mĆ y, finalmente, se miran entre ellos. Tiemblo de los nervios. Nunca me habĆa visto en una situación como esta.
āPor favor, tengan piedad. HarĆ© lo que me pidan āles digo, desesperada.
Uno de ellos saca unos papeles, parecen un formulario, y me dice:
āFirma. Deja tu nombre completo. ĀæTienes algo de valor contigo?
Entonces recuerdo mis aretes. Me los regaló mi papĆ” cuando cumplĆ los dieciocho aƱos, porque ese dĆa me transformaba. Son valiosos para mĆ. Nunca me los he quitado. Los toco por instinto y mĆ”s lĆ”grimas caen.
āSĆ āle digo, decidida.
āEntonces firma y rellena este formulario. Guardaremos lo que tengas de valor. Cuando pagues todo lo que te falta, te lo devolveremos.
Tomo el lapicero y firmo. Tiembla en mis manos, pero aun asà relleno la información. Mis letras salen atropelladas, debido a mi mal estado. Luego me quito los aretes y se los doy. Veo cómo los guarda y siento que el corazón se me rompe.
Eso era lo mĆ”s cercano que tenĆa a mi familia, la que dejĆ© y a la que no he vuelto a visitar.



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