35. Loba solitaria: El sabor de un amor sencillo

Clara

Me relamo los labios, emocionada. Soy demasiado feliz. Lo miro… Estoy segura de que mis ojos brillan, pues siento las lágrimas que se acumulan alrededor.

—Pero mira, logré tomarlo —le digo, mostrándoselo, victoriosa.

Él sonríe y me da un beso en la mejilla. Su aroma es tan delicioso que me hipnotiza y quiero más de él. Entonces busco sus labios y los rozo. Le doy un beso corto porque me da vergüenza ir más lejos, pero él los atrapa y me da lo que tanto añoro.

El beso es lento y suave, sin prisa ni posesión, muy distinto al primero. Pero me derrite por dentro, me consume, me pone débil, se lleva toda mi voluntad y me hace desear una sola cosa: quedarme así con él para siempre.

Este contacto de labios me hace percibirlo tan mío, y eso me emociona porque es la primera vez que me siento tan amada.

Le correspondo con dulzura y disfruto cada segundo en que nuestros labios se unen.

Él roza su nariz con la mía y me da un beso en la frente.

—Debes ser más cuidadosa la próxima vez. No quiero que te hagas daño, lobita —me regaña, pero su voz es tierna y cargada de preocupación.

¿Ahora ese es mi apodo: lobita?

—No me haré daño. Puedo caer sin problema de un árbol. No soy tan débil como parezco. Además, si me sucede algo, simplemente se cura solo —me defiendo.

—Deja de decir tonterías. No quiero que te hagas daño de ninguna forma, no quiero que sufras —responde con una firmeza que denota angustia, y me aprieta contra su pecho; todavía estoy encima de él y eso me hace sentir mimada.

Sin embargo, sus palabras calan profundo.

Es como si tuvieran un significado más delicado que simplemente hacerme daño por una caída. Pero lo ignoro; quizás es solo mi imaginación, el miedo de perder lo que estamos construyendo.

Nos vamos a la cabaña y él me ayuda con el pastel. Le voy enseñando paso a paso.

Y así, entre risas, horneamos su postre favorito en un ambiente cálido.

La cena la comemos en el patio, con la luna y las estrellas de testigos, el sonido de los animalitos del campo y el crujir de las hojas cuando el viento las acaricia.

Se siente tan bien; hay tanta paz.

—Todo lo que cocinas es delicioso. Nunca me canso de decirlo —me halaga él mientras come con gusto.

Tiene su plato en la mano, yo el mío, así de sencillo, sin una mesa preparada y sin muchos cubiertos. Solo nosotros dos, sentados en sillas de madera, comiendo en completa tranquilidad.

—No sé si creerte —le contesto con una risita—. Estás acostumbrado a degustar platos finos, preparados por expertos en la cocina.

Y sí…

Él es un hombre noble, de élite, acostumbrado a cenar en comedores enormes, cargados de lujos y mucha comida. ¿Quién diría que estaría aquí a mi lado, cenando bajo estas circunstancias?

—A veces, en la sencillez está el toque —dice, y sus ojos brillan emotivos—. Lo que muchos llaman simple suele ser, en realidad, lo más hermoso, lo más acogedor, lo que tiene calor de hogar, sabor a intimidad y un encanto que brilla por su esencia sin necesidad de lujos o adornos.

Hace una pausa, como si necesitara recuperar el aliento.

—En cambio, lo que se ve muy glamoroso a veces es solo eso: una apariencia, pero vacía —añade, inspirado, con un tono que expresa muchos sentimientos—. Quizás muy bonito por fuera, pero hueco por dentro. Sin esa sustancia que lo haga sentir peculiar, único, sin esa chispa que le da sentido a todo.

Lo contemplo en silencio mientras esas palabras se me clavan en el pecho con tanta intensidad que remueven todo en mi interior, pues sospecho que no se trata de la comida.

Trago con dificultad y presiono los labios para contener la sonrisa que lucha por escapar.

¿Se refiere a mí? ¿Me compara con las mujeres de su mundo, con las nobles, con las que siempre lo rodean?

La emoción arde dentro de mí.

Cierro los puños y desvío la mirada porque me da un poco de vergüenza.

Este momento se siente muy bien.

Me gusta que Garthor se ve feliz y tranquilo, y su sonrisa es genuina.

Y me pregunto: ¿cómo enfrentará lo nuestro ante las personas que conoce? ¿Cómo les dirá que su pareja es alguien sencilla como yo? Que viene a pasar varios días a una cabaña, que come con el plato en la mano, en una silla rústica, al aire libre.

Supongo que lo entiendo un poco. Para él debe ser difícil todo esto, pero lo esperaré, seré paciente, le daré el tiempo que necesite y le demostraré que puede escogerme sin miedo, que seré la mejor pareja del mundo. Me voy a esmerar. Cada momento que venga a visitarme lo haré inolvidable, para que me escoja, para disipar toda duda que tenga en cuanto a mí, porque simplemente lo amo. Y en el fondo, sé que él también me ama a mí.

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