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Pasado
Ella llora sobre la cama, sintiéndose sucia, adolorida y avergonzada. Nunca había sido humillada de esa manera, tampoco había deseado la muerte como en ese momento.
—Vete a bañar y cambia esa sábana. —Escucha de parte de su verdugo.
Tiene tantas ganas de golpearlo y escapar de allí, pero ¿a dónde iría? Aquel señor se veía poderoso, y pronto la encontrarían y la meterían a la cárcel.
Katerina se levanta con dificultad, debido a que siente que se le desgarran las entrañas. Con quejidos bajitos y tambaleos, quita la sábana ensangrentada y la pone en un canasto.
—Mañana la lavas, porque no está bien que las empleadas laven tu sangre —dice él de manera brusca y despectiva.
Ella asiente mientras trata de no llorar.
Su esposo se acuesta y ella aprovecha para ir a bañarse. Debajo de la ducha, se lava con furia mientras llora desconsolada. La sangre mezclada con semen es arrastrada por el agua que cae sobre su cuerpo y se mezcla con las lágrimas que brotan de sus ojos cerrados.
Desea dejar de sentir, de pensar, de recordar...
—Mamá, papá, regresen por mí. No quiero que ese señor vuelva a tocarme. Por favor, vengan a buscarme... ¿por qué me enviaron a este infierno? ¿Acaso ustedes no me quieren?
***
Presente
Las gotas de agua le masajean la piel y la relajan. Esta vez, estar debajo de la ducha no significa escape; ahora es ir en dirección a aquello a lo que antes le huía. Esta vez es diferente, porque ella de verdad lo desea.
—¿No te bañaste ya? —cuestiona Gio con nerviosismo.
Verla desnuda, excitada y con esa mirada decidida e intimidante lo altera sobremanera.
No entiende la razón de sentirse inexperto delante de ella o de perder el control. Para él, tomar las riendas y hacer como deseaba con sus clientas siempre fue pan comido. Cada movimiento, palabra y gesto estaban fríamente calculados y practicados; por tal razón, se iba a lo seguro.
La hipocresía y la mentira definían su actuación, donde la mujer que pagaba por su servicio se sentía deseada por él y creía ser la única capaz de darle el mejor sexo de su vida; sin embargo, aquello estaba alejado de la realidad.
Todo era parte de un teatro donde él se convertía en el mejor actor. En tantas ocasiones fingió el orgasmo que, a veces, se sorprendía cuando de verdad llegaba al clímax; por eso corría al baño a botar el preservativo, para que su clienta no descubriera que no había fluidos en este.
Pero ahora es diferente en todos los sentidos.
A esa mujer frente a él la desea como no lo había hecho con nadie, mas es consciente de que se trata de algo más que un simple deseo.
Ese es su temor.
¿De verdad está enamorado de ella o se trata de un simple apego y dependencia? Quizás es una mezcla de todo.
—No vine a bañarme —susurra ella con voz ronca.
Gio entreabre los labios y la mira expectante. Verla tan sensual y deseosa lo excita, por lo que las ganas de tomarla por la cintura y comérsela a besos se tornan insoportables.
—Ah, sí... —balbucea con nerviosismo.
—Quiero aprender... —Ella baja el rostro, sonrojada—. Enséñame a darte placer de la misma manera que lo hiciste conmigo.
Gio se pone pálido ante su pedido. ¿Ella quiere darle placer a él? La mira sonriente y le aprieta el cabello, luego la atrae hacia él y la besa.
—Muñequita, ¿qué quieres hacerme?
Katerina se lame los labios con timidez y toma distancia, entonces detalla ese torso tan firme y fuerte que se encuentra mojado y a su entera disposición. Pasa las manos sobre la piel tersa, lo que provoca que los vellos se le ericen a él.
Verla tan inexperta, pero dispuesta; experimentando con él, es el mejor afrodisíaco para Gio, quien decide dejarla hacer lo que ella desee. Él le acaricia el mentón con ternura y le sonríe para animarla.
Katerina, por su parte, recorre el torso de él con la yema de su dedo, maravillada al verlo respirar con dificultad gracias a su toque.
Esa sensación de poder que le da su respuesta la motiva a ir por más; asimismo, se lo imagina a él gimiendo como lo hacía ella. Esa fantasía le hace la boca agua y la incita a ser atrevida y valiente.
Pasan varios segundos de lucha mental, pero después de debatirse si debe cruzar esa línea o no, decide hacerlo. Por tal razón, ella se arrodilla frente a él y observa la erección por un largo rato, como si no supiera qué hacer en ese momento.
Cierra los ojos y se imagina que la ducha es la lluvia y que lo que está frente a ella es un delicioso helado de menta y vainilla; entonces abre los ojos y lo sostiene.
Gio se estremece al deducir su intención y, de momento, las ansias de que ella se atreva le provocan temblores, pero dado que él no quiere presionarla, se aguanta las ganas de clavarse en la boca de ella.
Katerina acaricia con delicadeza, temerosa de hacerle daño y, cuando el deseo de probarlo la hace salivar de más, lo hunde en su boca. La textura dura, pero suave al paladar, le parece exquisita; razón para succionar y lamer de arriba hacia abajo.
—¡Puta mierda! —espeta Giovanni al sentir tanto placer—. Ah... —gime como desquiciado y se recuesta en la pared para poder mantener el equilibrio—. Carajo... Carajo...
Él le recoge casi todo el cabello en un puño y jala de este para llevar el ritmo que desea. Cuando siente que ya no puede retenerlo más, se libera de ella; luego inhala y exhala para recuperar la compostura.
Por su parte, Katerina se queda quieta desde su posición sumisa mientras lo observa con confusión. ¿Acaso no le está gustando? ¿Por qué la detiene?
—Por poco me vengo. —Él ríe juguetón.
En un santiamén y, sin darle chance a ella para asimilar su intención, Gio la jala por el cabello y la levanta con urgencia; luego la carga por las caderas, logrando que ella le envuelva las piernas alrededor de la cintura. Entonces la embiste con fuerza contra la pared.

