El gigoló y la viuda – Capítulo 20

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El corazón de Katerina salta con vehemencia mientras un escalofrío le recorre todo el cuerpo.

Sus ojos, agrandados, observan a su empleado con asombro, incredulidad y desconcierto.

Simplemente no puede asimilar que él se haya atrevido a decir tal disparate.

—Gio... —balbucea ella, desorbitada.

Todavía se le dificulta procesar lo que sucede y se encuentra en estado de shock.

—Mi amor, sé que lo quieres mantener en secreto, pero no tiene sentido si nos vamos a casar y a formar una familia. —Él le vuelve a besar las manos y la mira a los ojos con cariño.

Katerina le devuelve la mirada alelada.

Si no lo conociera, se creería su sabrosura, ya que desempeña bien su papel. Eso la lleva a preguntarse: ¿cuántas veces tuvo que actuar para poder cumplir su papel de amante con esas mujeres que le pagaban por placer?

—¡Esto debe ser una broma de mal gusto! ¡¿De buenas a primeras se van a casar?! —profiere Tom, casi alterado.

—¿Eso en qué te afecta a ti, amorcito? —cuestiona Aurora, ofendida por su reacción cínica.

—Me afecta en que yo soy parte de la comunidad de agricultores; por lo tanto, no quiero que me tomen el pelo.

—Creí que te dedicarías a la arquitectura. ¿Ahora eres agricultor? —lo confronta Katerina, indignada por su actitud egoísta.

—Mi Tom está comprando un terreno para poner una hacienda. Él sabe que me crie de esa manera y lo hará para complacerme. La utilizaremos para nuestra luna de miel y para nuestras escapadas; pero conoces a Tom, él no invierte en pasivos, así que cultivará la tierra —responde Aurora con orgullo.

Katerina lo mira con tristeza, ya que él le había prometido lo mismo para que ella pudiera poner su cultivo de flores. El hecho de que cumpla esa promesa con otra mujer la hace sentir insignificante.

—Me alegro por ustedes. —Finge una sonrisa y le aprieta la mano a Gio, como una manera de recibir apoyo moral—. Lo que no entiendo es en qué les afectaría a ustedes que mi prometido y yo seamos parte de su comunidad.

—¿Tu prometido? —interpela Tom, perdiendo la paciencia—. ¿Te has visto en un espejo? ¡Por favor, Katerina! Este vicioso solo está contigo por tu dinero, en caso de que él sea tu prometido de verdad. Los hombres como este modelito buscan mujeres como tú para vivir de ellas. ¿Qué te puede ofrecer él? ¡Trabaja en tu tienda! ¿Por qué no pones los pies sobre la tierra y aceptas tu realidad?

Gio lo mira con unas ganas inmensas de golpearlo hasta el cansancio, pero opta por rodear los hombros de su jefa y besarla en la frente.

—Según tú, ¿cuál es su realidad? —interviene Gio—. Solo estás dolido porque ella nunca será para ti. ¿Qué esperabas? ¿Que se quedara sola llorando tu poca hombría? Y, en cuanto a mirarse a un espejo, ¿lo has hecho tú?

—A mí no me tutees, malparido. Tampoco hables de lo que no sabes ni te dejes llevar por las apariencias. Una mujer que se case por dinero no se merece que un hombre como yo formalice con ella. Pero tú eres igual; los dos son tal para cual.

Gio va a replicar, pero Katerina lo detiene.

—Debemos irnos, Gio —dice mientras le pone una mano en el hombro. Luego mira al señor Ramírez—. Cuando tengamos el acta de matrimonio, reanudaremos nuestro negocio —sentencia ella, fingiendo no haber sido afectada por las palabras de Tom.

—¿De verdad te vas a casar con ese tipejo? —cuestiona Tom mientras la encara, afligido.

Katerina lo mira con tristeza y luego sonríe.

—Sí, me casaré con Giovanni.

—Él no te quiere a ti, está contigo por dinero —asegura.

—Si está conmigo por dinero o no, es mi asunto. Tú enfócate en tu matrimonio y en la constructora, que es lo que siempre has querido, y a mí déjame en paz. —Dicho esto, Katerina se despide de todos y se marcha.

Giovanni, en cambio, le dedica una sonrisa victoriosa a Tom y le enseña el dedo corazón justo en el momento en que Katerina se gira.

***

El regreso a la casa lo hacen en silencio, puesto que Katerina aún se encuentra afectada por el encuentro con Tom y todo lo que este acarreó. Gio prefiere no molestarla como muestra de respeto hacia su tristeza.

Cuando llegan, ella se dirige directo a la habitación, pero Gio decide seguirla hasta allí.

—¿Qué haces? —interpela ella cuando él cierra la puerta tras de sí.

—¿Necesitas algo? —pregunta, conmovido por las lágrimas que le brotan a su jefa.

—Que me dejes sola... —lloriquea, cansada de ocultar su dolor.

—No quiero —dice con los ojos cristalizados—. Me quedaré aquí contigo.

—¿Por qué? —Ella baja la mirada—. ¿Por qué dijiste que nos casaremos? Me has metido en tremendo lío. ¿Qué haré ahora? Es obvio que no me venderán el terreno. Todo lo que he hecho ha sido para nada —se lamenta.

—No digas eso. Haremos que te vendan ese terreno y les demostrarás que eres mejor que todos esos presuntuosos hijos de puta.

—Giovanni...

—Lo siento, me emocioné. —Él se rasca la cabeza, y ella sonríe ante lo tierno que se ve.

—Gracias, pero no hay forma de hacerlos cambiar de opinión. Tom es muy influyente en la sociedad. Estoy frita si pienso competir contra él.

—Dice un dicho: “Únete al enemigo y vencerás”. Cumple sus requisitos y, una vez adentro, haz de las tuyas.

—El requisito es tener un esposo, tonto.

—Y yo seré tu esposo, tonta.

—¿Te casarías conmigo solo para ayudarme? —Ella agranda los ojos, sorprendida.

—Tú me salvaste la vida, me acogiste en tu casa, me diste techo, comida, ropa y un trabajo, a pesar del peligro que represento. Si has hecho tanto por mí, ¿no puedo yo firmar un papel para ayudarte? Luego nos divorciamos y ya.

Katerina se queda en silencio, meditando las palabras de Gio. Si una vez la casaron sin su consentimiento y por interés, ¿por qué no hacerlo ahora que lo necesita para cumplir su sueño?

—Bien, lo pensaré. —Ella bosteza.

—¿Incluiremos sexo? —pregunta él con una sonrisa socarrona.

—Ni en tus sueños. Además, te dije que lo pensaré.

—Tú siempre de aguafiestas. —Él entorna los ojos—. Por ahora, descansa.

—Es media mañana. Abriré la tienda hoy, después de todo. —Baja la cabeza, decepcionada.

—No vas a abrir ni una mierda. Todos estos días te la has pasado de aquí para allá y trabajando. Es justo que te tomes por lo menos un día para descansar. ¿Sabes qué? Te daré un masaje que te va a dejar rendida. No solo sé complacer a las féminas en lo sexual, tuve que aprender más que hacerlas gemir para mantenerlas contentas.

—Entonces no lo quiero. No soy una de tus clientas —escupe, incomoda y un poco ofendida.

—Obvio que no eres una de ellas. Ojalá yo que todas hubiesen sido como tú; de esa manera, mi trabajo hubiera sido más llevadero. Y ya deja de rechazarme por lo mismo. Que yo use mis habilidades contigo no significa que te vea como a ellas, muñequita.

—Te he dicho que no me llames muñequita. —Ella resopla—. De verdad que no entiendo la razón por la que esas mujeres te pagaban; en sí, no comprendo cuál es el afán de las personas por tener sexo si no es como lo pintan en la televisión o los libros.

—¿De qué rayos hablas? —pregunta Gio, desorientado.

—Que el sexo no es placentero como lo hacen ver. Es desagradable y doloroso.

Giovanni la observa, ensimismado, sin dar crédito a lo que está escuchando.

—El sexo sí es placentero —replica con el ceño fruncido—. Y no debe ser doloroso, a menos que sufras algún trastorno sexual o que no lubriques lo suficiente antes de la penetración. Pero, a juzgar por la vez en la que yo... —Él la mira con temor de que se ofenda y trata de arreglar las palabras para no sonar vulgar—. Cuando te estuve acariciando... allí..., tú estabas muy mojada, así que no creo que tengas problemas con tu excitación, a menos que...

—¿Qué? —interpela ella quejumbrosa, ante la mirada maliciosa de él.

—A menos que tu esposo no haya sabido hacer el trabajo. Me imagino que era de esos hombres sonsos que creen que solo es meterla y ya.

Katerina se sonroja por la vergüenza y este ríe divertido.

—Tú nunca cambias —le reclama mientras hace una mueca de desaprobación.

—¿Cómo se supone que deba decirlo? Deja intentarlo de una manera que no te escandalices: “Tu esposito cogía su palito y ¡pum!, lo metía en el hoyito” —ironiza con voz infantil.

—Eres un tonto... —Ella lo golpea con una almohada.

—¡Auch! Eres una sádica. De seguro te gusta el sadomasoquismo y te haces la inocente.

Ella vuelve a golpearlo.

—¡Ya! —grita él y se le lanza encima, luego le hace cosquillas. Katerina se remueve debajo de él mientras ríe a carcajadas.

—Basta... —Vuelve a reír—. Detente o me haré pipí —ruega con lágrimas en los ojos, causadas por las carcajadas.

Giovanni se detiene y hace contacto visual; entonces ambos se observan en silencio y con el corazón agitado.

—Estoy en lo cierto, ¿verdad? Tu esposo nunca se tomó la delicadeza de hacerte vibrar antes de penetrarte. Ya entiendo tu aversión al sexo y tu exagerada moralidad.

Katerina traga pesado porque su problema es mucho más complejo que eso.

—Eso no te incumbe... —murmura ella con desdén.

—Sí, estoy en lo cierto. ¿Por casualidad conoces la ricura de una buena mamada?

Katerina se torna pálida y su mirada de espanto le da a entender a él lo escandalizada que se siente ante aquella palabra.

—Las personas decentes no hacemos esas cosas —responde con cara de asco.

—Muñequita de porcelana, si yo te como te volverías adicta a mi lengua y tú eres la decencia personificada. ¿Sabes qué? Tengo ganas de ver tu cara mientras tienes un orgasmo y así comprobar que eres un ser humano y no un robot programado para escandalizarte, con todo lo que tiene que ver con la sexualidad —dice, en un tono tan sensual, que Katerina siente que se le ponen los pelos de punta.

—D-deja de hablar vacuidad. Gio, quiero estar sola.

—Pero yo te debo un masaje, no me iré hasta que vea tu cara relajada. ¿Quieres añadirle...? —Saca la lengua y la menea de arriba abajo alusivo.

—¡Ah! ¡Qué indecente! —Ella se remueve debajo de él.

—Si sigues moviéndote así despertarás a Tigris.

—¿Ah? Dijiste que no me coquetearías y mira todas las barbaridades que me estás hablando.

—Pero es que ahora seremos esposos, ya las cosas cambian. —Él le muerde la nariz. Esa acción provoca que ella se quede quieta y le busque la mirada.

Katerina posa su atención en los labios casi rojizos de Gio y se lame los de ella. Él, al notarlo, sonríe victorioso. Entonces, de forma repentina, une sus bocas.

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