El gigoló y la viuda – Capítulo 30

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Pasado
—¿Qué haces? —La voz chillona de su hermana la pone alerta.
Como respuesta al momento tenso, la adrenalina corre por todo su sistema, así que se apresura hacia la puerta con la esperanza de lograr su objetivo, aunque haya sido descubierta.
Sin embargo, su hermana corre detrás de ella y, al mismo tiempo, llama a sus padres con algarabía.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Katerina se está escapando de casa! —repite cada palabra entre gritos mientras trata de detenerla.
—¡Suéltame! —reclama Katerina cuando Patty la jala por el cabello—. ¡Patty, suéltame! —advierte por última vez.
Al no obedecerle, Katerina se gira y también le jala el pelo.
Ambas empiezan un forcejeo mientras se hacen daño, pero pronto son reprendidas por su padre, quien sale junto a su esposa de la habitación, alertado por el escándalo que ellas arman.
—¡Muchachas del demonio, ya dejen de pelear! —vocifera el señor Lauren con voz de mando, lo que las hace soltarse de inmediato.
—¡Katerina se va a escapar de la casa, papá! —acusa Patty, con una sonrisa malvada.
—No me digas... —Él la observa con una expresión depravada y llena de maldad, y se acerca a ella como un depredador listo para devorar a su presa—. Entonces, la señorita está pensando en escaparse...
Katerina traga pesado ante la mirada escalofriante de su padre, quien avanza hacia ella con pasos lentos e intimidantes. Una vez está frente a ella, la agarra del antebrazo de forma brusca, presionando fuerte con la intención de hacerle daño.
—Camina, muchachita, que te voy a dar un escarmiento.
—¡No! ¡No me puedes obligar! ¡Ya soy mayor de edad y puedo largarme de aquí cuando quiera!
Una cachetada interrumpe su queja.
—¡Me importa un carajo que seas o no mayor! ¡Eres mi hija y haces lo que te digo! ¿Crees que te crie en balde? No, muchachita. Me debes la vida y ese tamaño, y eso es una inversión a la que tengo que sacarle alguna ganancia.
—¡No soy una mercancía! Soy una persona libre, papá. Yo quiero estudiar y poner mi propio vivero. ¡Quiero ser alguien más que una esposa sumisa que pare hijos! Déjame ir y te prometo que te pagaré cada centavo que invertiste en mí.
Las lágrimas son abundantes en su rostro. Le duele tanto el corazón que siente que se asfixia.
—Vamos a tu habitación... —Él la arrastra a la fuerza mientras Patty disfruta verla rogar entre llantos y pataleos.
Por su parte, la señora Lauren observa todo en silencio, disimulando la tristeza que el sufrimiento de su hija le causa. Se gira a tiempo para que Patty no vea las lágrimas que empiezan a derramarse y se dirige a su habitación.
Desde allí escucha los gritos desesperados de Katerina, causados por los azotes de su esposo.
El llanto es insoportable y la sensación de culpa se torna asfixiante.
¿Por qué es tan cobarde y no va a esa habitación a defender a su hija?
Se imagina su desesperación al querer escaparse, ya que ella sabe que Katerina no es tonta; es obvio que sospecha las razones por las que su padre la obliga a atender a ese señor cuando los visita.
Las lágrimas se tornan más abundantes y el deseo de morir aumenta.
¿Cómo permite que su esposo tome ese poder sobre ella y sus hijos?
Aunque lo mantiene en secreto, ella se siente orgullosa de Katerina, quien le recuerda a esa chica soñadora que fue en el pasado, pero que murió. Y esa muerte ahora alcanzaría a su niña.
—No quiero que corras mi destino, sin embargo, ¿cómo lo evito? —dice entre sollozos mientras su cuerpo se sacude.
Se tapa la boca con la almohada para ahogar el llanto.
Los recuerdos de ella recogiendo plantas en el bosque la visitan de repente.
Ella soñaba con ser médico naturista y se la pasaba recogiendo plantas medicinales. Pero esa tarde su visita al bosque fue su destrucción cuando ese hombre, diez años mayor que ella, la violó y, no conforme con eso, se la llevó a su casa en contra de su voluntad y la proclamó su esposa.
Dado que ya había sido desgraciada, sus padres aceptaron la boda y la dejaron a su suerte en manos de su abusador. Ella solo tenía diecisiete años en ese entonces.
Pese a que su vida se convirtió en un infierno en manos de ese ser humano cruel que la obligaba a intimar a puros golpes, dar a luz a su primera hija fue una anestesia a su dolor, aunque la herida nunca fue sanada.
 
***
 
Presente
Katerina se mantiene inerte, observando al hombre que tanto daño le hizo morirse. No entiende ese trance en el que se encuentra sumida, pero verlo sufrir le provoca satisfacción.
Él le arruinó la vida y, aun así, tuvo que soportar mantenerlo por diez años, a pesar de que lo odia con todas sus fuerzas.
—¡Ayúdame! —le reclama Patty.
Ella se despabila, pero no hace nada. No quiere estar cerca de él y mucho menos tener contacto con su sangre.
—Llamaré a emergencias para que envíen una ambulancia —dice con frialdad, y se apresura a salir de allí.
Gio siente la necesidad de ir tras ella, pero opta por ayudar a Patty a levantar al señor Lauren.
La ambulancia llega, y Patty es quien se va en ella para velar por su padre, mientras Katerina los alcanzaría junto a Gio en el hospital.
—¿Estás bien? —pregunta él, angustiado, al verla tan extraña y callada.
Katerina asiente y se dirige a la habitación para ponerse ropa adecuada y buscar su cartera.
—Yo conduzco —se ofrece Gio, al verla tan desorbitada y decaída.
Ella asiente con la cabeza y le da las llaves; luego ambos se suben al vehículo para irse al hospital. Todo el trayecto lo hacen en silencio, y Gio no puede evitar mirarla a cada momento, preguntándose qué le sucede.
Después de que Katerina realiza el papeleo correspondiente, Gio, Patty y ella se van a la cafetería del hospital.
—Pobre de mi papá... tengo tanto miedo de que nos deje —se lamenta Patty, con tristeza.
—Él estará bien. Ya verás que se mejorará —anima Gio, con una sonrisa que evoca ternura.
Él, más que nadie, entiende ese dolor y el vacío que deja la pérdida de personas tan importantes como un padre. Gio todavía no supera la pérdida de los suyos, y ese sentimiento de desamparo le provoca bajones de ánimo cada cierto tiempo.
Mira a Katerina, quien lleva varios minutos moviendo la cucharilla en el café, ida y en pleno mutismo. Se siente intrigado por su actitud, pero más que eso, preocupado. A simple vista, pareciera que a ella no le importara su padre y que algo lejano a lo sucedido le preocupa.
No obstante, él no puede culparla por ello; es un hecho que no entiende, solo tiene esa sensación en el pecho de que ella lo necesita, de que tiene sus razones para manifestar esa extraña actitud.
«Si tan solo te abrieras a mí, muñequita», piensa melancólico mientras la observa con añoranza.
 
***
 
Una semana después...
El señor Lauren y Patty regresan al pueblo con los resultados de los estudios, y Katerina recupera la tranquilidad que había perdido todo el tiempo que ellos estuvieron en su casa.
—¿Sabes a quién sí extraño y me encantaría traerme a la ciudad, para que vivan conmigo y estudien en una buena universidad? —dice ella animada y sonriente.
Gio la observa con cara de enamorado, satisfecho de verla radiante y alegre.
—¿A quién? —pregunta mientras endulza su té.
—A los mellizos. Son mis hermanos menores; ellos tienen diecisiete años ya y pronto terminarán la preparatoria. Me gustaría que hicieran una carrera.
—Supongo que ellos no son unos venenosos como Patty —comenta él.
—Para nada. Son chicos estudiosos, tranquilos y muy cariñosos. Lloraron mucho cuando me fui del pueblo, y uno de ellos se volvió enemigo de mi padre porque, pese a ser un niño, siempre fue el más intuitivo de todos. Supo que mi ausencia tuvo que ver con... —Katerina deja de hablar, temerosa.
—Supongo que no me querrás contar acerca de eso, aunque yo estoy atando cabos por mi cuenta —dice Gio, con frustración.
—No es necesario hablar de eso...
—Se nota que no lo es. Solo has hecho alusión a ello unas dos veces. No, claro, eso no es para nada importante —ironiza con enojo.
—No lo tomes como falta de confianza —dice ella, y baja la mirada con pena.
—Me encabrona que me trates como a un puto imbécil. ¿No es falta de confianza? Entonces, ¿qué es, Katerina? —Él suspira y trata de calmarse—. Perdón... es tu vida y no soy quién para meterme en ella —se retracta, arrepentido.
—No digas eso. Tienes razón, soy muy cerrada... perdón. Es que no me gusta hablar acerca de mi pasado; tampoco quiero que me veas con lástima. Prefiero que creas que soy fuerte e insensible a que sepas que soy un despojo humano.
Gio la mira sorprendido por la manera tan dura en que ella se expresa de sí misma, y se sienta a su lado. Le toma las dos manos entre las suyas y se las besa; luego la mira con una expresión comprensiva.
—No vuelvas a decir eso, por favor. Primero, no te tengo ni te tendría lástima. Yo solo me preocupo por tu bienestar, y me duele que no estés bien; eso no es lástima, es amor. Segundo, no eres un despojo: eres el ser más maravilloso que he conocido en mi vida. Tú me has enseñado tanto, preciosa.
Katerina no responde, porque la palabra amor se repite en su cabeza una y otra vez.
¿Amor? ¿Puede alguien sentir eso por ella?

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