El gigoló y la viuda – Capítulo 7

This entry is parte 9 de 13 in the series El gigoló y la viuda

Katerina llega a la actividad que prepara la fábrica textil sin fines de lucro, para colectar las donaciones de los más pudientes destinadas a las obras de caridad.

Después de una tarde llena de música de antaño, con cantantes ya retirados, una gran cena es lo último que se les ofrece a los donadores.

Con porte erguido y vestuario elegante, aunque no adecuado para su edad y forma del cuerpo, Katerina representa a su difunto esposo en dicha actividad.

Como cada año desde su muerte, una persona es encargada de dar un discurso en su honor, resaltando el gran hombre que fue este señor y la falta que les hace a todos los habitantes de Lilibor.

Aburrida y hastiada de la misma cantaleta de cada año, Katerina lucha contra el sueño que dicha actividad le provoca y hace un esfuerzo sobrehumano para prestarle atención a los parloteos de las señoras influyentes del pueblo, que, cabe destacar, son unas amargadas y chismosas.

De forma disimulada, la viuda de Koch observa todas las mesas.

¿Por qué tiene la mala dicha de ser colocada con aquellas señoras? ¿Solo porque es la viuda de un hombre que tenía el triple de su edad? ¿Por eso la encasillan en el grupo de las más mayores y nunca tiene la oportunidad de charlar con las mujeres contemporáneas a ella?

Esboza un suspiro, deseosa de que dicha actividad termine de una vez y por todas.

—¿Supieron la nueva noticia que circula por todo Lilibor? —pregunta Milca, una señora de quien su esposo se había divorciado unos años atrás para casarse con una jovencita.

«Aquí viene el chisme», piensa Katerina, con completa irritación.

Odia cómo estas sacan su frustración y carencias a flote, por medio de la crítica destructiva y el escrutinio de la vida ajena.

—¡¿Y quién no lo ha escuchado?! Es de lo único que se habla —responde Azucena, una mujer de unos cincuenta años, regordeta y de cabellera rizada recogida en un extraño moño.

Todas secundan a Azucena mientras ponen cara de malicia, a excepción de Katerina, quien no tiene ni la más mínima idea de qué están hablando. «Sus amigas» adivinan el significado de su expresión confundida y entornan los ojos al unísono. Es increíble la manera en que sus gestos armonizan.

—Querida, por estar metida en trabajos que no le corresponden a una dama, no te enteras de los acontecimientos importantes de esta ciudad —comenta Milca con una sonrisa llena de maldad.

—¿Cuál es el nuevo acontecimiento? —pregunta ella, evadiendo el reproche anterior.

—¿Recuerdas a Tom Kal, el hijo mayor de los dueños de la constructora Kal?

La mención de aquel hombre que ella conoció tres años atrás provoca que su corazón palpite con fuerza. ¿Cómo no recordar a Tom Kal si ellos estuvieron a punto de formalizar una relación, a los dos años de que ella enviudara?

—¿Q-qué sucede con él? —inquiere con voz entrecortada y notable nerviosismo.

—¡Se va a casar con Aurora Estrada! —canturrean todas juntas.

Katerina siente como si le lanzaran un balde de agua fría. Un leve temblor le recorre el cuerpo y el dolor la atraviesa con crueldad.

Tom Kal ha sido el único hombre por el que ella ha sentido interés y, pese a que han pasado más de dos años desde que él le dijera que no podría cortejarla, en su corazón la desilusión se siente fresca.

—Oh… —Se limita a decir.

Las señoras empiezan a parlotear acerca de la pareja y de lo hermosa y elegante que luce esa señorita, haciendo sentir a Katerina miserable e incómoda.

Después de un largo rato de que estas no paren de hablar del tema, Katerina ya se encuentra demasiado afectada por la venenosa conversación.

—Si me disculpan, debo ir al baño —se excusa antes de levantarse de la silla, tomar su bolso y caminar lejos de aquellas arpías.

Está consciente de que esto lo han hecho a propósito, pues para nadie es un secreto lo sucedido entre ella y el arquitecto, que, aunque nunca fueron más allá de un roce de manos y cenas en restaurantes lujosos, la química entre ellos, además del enamoramiento de parte de Katerina, era muy obvia.

—¡Perdón! —La voz grave la saca de su ensoñación—. ¿Estás bien? —pregunta él mientras la revisa con la mirada.

Por su parte, Katerina asiente, disimulando el dolor que aquel choque le provocó en el brazo.

Pero esa incomodidad no se compara con el terremoto en su interior. Katerina tarda más de lo esperado en responder, pues las palabras no le salen. Está rígida, en la misma posición, y no se atreve a enfrentarlo con la mirada, temiendo la reacción de su cuerpo al volver a verlo.

—Estoy bien, señor Kal —dice ella al fin mientras lo encara con reproche en la mirada, como si su corazón le gritara que le diera una explicación.

¿Se casaría con otra mujer en vez de luchar por ella?

—Katerina… —balbucea él con pesar.

—Tiempo sin verlo, señor Kal. Después de su boda, ¿se quedará a vivir en Lilibor?

Ella lucha con las lágrimas que gritan por salir.

—Es posible que así sea, debo hacerme cargo de la compañía de mi padre —responde él con voz entrecortada.

—Sí, recuerdo que esa empresa es demasiado importante para usted. —Él nota el reclamo en cada palabra.

—Katerina, no hubiese funcionado de todas formas. Estar en la mira de las personas más influyentes de Lilibor es como una maldición —se excusa.

—Ahora resulta que todo es mi culpa. —Katerina se muerde el labio inferior para contener la ira, pues bien sabe que “estar en la mira” se refiere a ella.

—De forma indirecta, sí. Si no fueras la viuda de Jabor Koch, ya estuviéramos casados y lo sabes. Nunca dejé de pensar en ti.

Ella siente que el pecho se le contrae y la respiración se le torna errática.

—Tengo un buen patrimonio y planes. Pudimos vender todo y largarnos de aquí —le responde, al borde del llanto.

Tom Kal suelta un largo suspiro y niega con gestos lastimeros.

—Sabes que no podría defraudar a mi familia y amigos.

Ella asiente y sonríe con ironía.

—Lo sé, yo no fui tan importante. Y créeme, no te reclamo nada. Al final de cuentas, no estabas obligado a cumplir tu palabra de desposarme y enseñarme lo que es casarse por amor. Yo fui la única ingenua que creyó en tus palabras.

Él va a replicar, pero la voz de una mujer pelirroja, de ojos ámbar y cuerpo atlético, ceñido en un vestido con escote en forma de corazón y largo hasta los tobillos, lo hace detenerse.

—¡Aquí estás! —lo aborda Aurora con una sonrisa pícara.

Katerina la detalla con disimulo y, al ver la elegancia y belleza de aquella despampanante mujer, se siente insignificante.

—Hola, Aurora —la saluda con voz firme, dándole a entender que su relación con quien fue su primera y única ilusión no le afecta. O fingiendo que es así.

—¡Cuánto tiempo, Katerina! —Aurora la abraza de forma asfixiante.

—No sabía que habías regresado a Lilibor —comenta la aludida, recelosa.

—Lo hice para anunciar mi compromiso. Es posible que este bombón y yo nos quedemos a vivir en esta ciudad después de la boda.

—Eso me acaba de comentar él. Me alegro por ustedes. ¡Felicidades! —corta la conversación, loca por dejar aquel lugar—. Fue un placer verlos, ya debo irme.

—Pero la actividad aún no termina —replica Aurora con una sonrisa de satisfacción.

—El presidente de la fábrica me disculpará con todos; es que no me siento bien.

Ellos asienten a su predecible excusa y ella se gira para marcharse.

—Katerina, espero que no te moleste el hecho de que Tom y yo nos vamos a casar. Es que sé lo mucho que te gustaba él —le dice Aurora. Ella puede percibir el veneno en su explicación.

Katerina se gira y la encara.

Por su parte, el hombre de gran estatura y de cabellera negra peinada hacia atrás luce pesaroso, a diferencia de su supuesta amiga, que muestra una sonrisa triunfal.

Katerina enfoca la mirada en los orbes azules del hombre que creyó que le daría lo que nunca tuvo y que le prometió tantas cosas. Él no deja de observarla con añoranza y tristeza, pero ella sonríe y mira a Aurora con desafío.

—No te preocupes, él no fue tan importante para mí —dicho esto, Katerina sale del hotel y, una vez entra a su vehículo, las lágrimas ruedan por sus mejillas y el llanto rompe el silencio que le recuerda lo sola que está.

***

Con ojos rojizos y mejillas húmedas, Katerina maneja por la ciudad. No se percata de cuál destino toma porque su mente divaga en aquel hombre que tanto la ilusionó y en el gran anillo que traía en su dedo. Anillo que simbolizaba lo que él una vez le había prometido.

Pero cumplió su promesa en otra mujer.

Sus ojos se tornan borrosos por el llanto así que usa su mano libre para quitarse las lagrimas y frotarse los ojos.

De repente, la imagen de una persona ensangrentada frente a su vehículo la hace frenar.

Katerina siente que el corazón se le va a salir del pecho por la impresión.

Esta persona se le tira encima al carro y luego cae al suelo.

Ella, aterrorizada por lo ocurrido, se debate entre seguir su camino a toda prisa o pararse a socorrer al extraño.

Le gana la conciencia y, con ruegos al cielo de que no sea un truco para asaltarla, sale del vehículo. Casi grita del espanto al descubrir a un hombre joven allí tirado, con la ropa sucia de su propia sangre y el cuerpo magullado por lo que parecen ser golpes.

—Necesito llevarte a un hospital —dice ella mientras trata de levantarlo.

—No, por favor. Debes llevarme a un lugar seguro o me matarán. Ayúdame, no me dejes morir.

Ella agranda los ojos ante su pedido. Un escalofrío la recorre por completo y el miedo la paraliza, pero se da una sacudida mental porque necesita actuar rápido en esa situación. Ya después tocará enfrentarse a las consecuencias del significado de las palabras del joven.

—Necesitas que te vea un doctor, estás malherido —insiste angustiada.

—Ningún lugar público, por favor… —ruega él antes de dejarse caer.

—No, por favor, despierta. —Ella lo sacude y le palmea la cara. El gruñido de él la hace suspirar de alivio.

—Necesito que me ayudes —balbucea el joven.

—No puedo cargarte, eres muy pesado…

Él trata de ponerse de pie, pero se tambalea; entonces ella lo ayuda a subirse al carro.

Katerina conduce en dirección a su casa con manos temblorosas y respiración agitada, cuestionándose por qué rayos se lo lleva allí, en vez de entregarlo a las autoridades o dejarlo en un hospital.

El gigoló y la viuda

El gigoló y la viuda – Capítlo 6 El gidoló y la viuda – Capítulo 8
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