El gigoló y la viuda – Capítlo 6

This entry is parte 8 de 13 in the series El gigoló y la viuda

Después de recuperarse de aquella paliza, Giovanni busca un empleo para cubrir sus gastos y supuestas deudas, pero nadie lo contrata. Cansado de no obtener resultados, decide aceptar la propuesta de su tío.

—Es la mejor decisión que has podido tomar —celebra Víctor mientras enciende un cigarrillo.

—¿Cuándo empiezo? —pregunta de mala gana.

—La señora Bellone ha estado preguntando por ti. Ha sido difícil complacerla, debido a que no quiere a otro acompañante. Le pediré el doble, estoy seguro de que pagará lo que sea por volver a tenerte entre sus piernas.

Giovanni hace una mueca de asco. Aquella mujer es adicta al sexo oral; sin embargo, la higiene no es algo que la caracterice.

—No quiero a esa cliente —replica él con firmeza, ganando la expresión de desconcierto de su tío.

—¿Ahora escogerás tú a tus clientas? Te acepté que solo fueras el puto de mujeres, pero esto de no querer trabajar con mis mejores usuarias no lo permitiré.

—Entonces no incluiré todos los servicios. Con ella sería solo penetración.

La risa de Víctor lo pone alerta.

—No brindamos servicios a medias, Gio; creí que tenías eso claro. Harás lo que diga la cliente —replica burlesco mientras gira la cabeza en negación.

Gio siente que le arde la sangre.

—Entonces, exígeles a tus putas clientas que se bañen. ¿Sabes qué? Métete tu puto trabajo por donde más te quepa, yo me largo. —Giovanni se levanta de la silla de mal humor.

—Si no me pagas, irás a la cárcel. Tú decides. —Escucha la amenaza detrás de sí, mas la ignora. Giovanni estrella la puerta y sale de la agencia erótica para continuar con su búsqueda de empleos.

Una vez afuera, la brisa caliente le quema el rostro y el olor a ciudad se cuela en sus fosas nasales. Es entonces cuando se calma y sus pensamientos empiezan a señalar su impulso.

—No lo entiendo, antes hacía esas cosas sin problemas y ahora que tanto necesito el dinero, me vuelvo quisquilloso. ¡Con un demonio! ¿Qué acabo de hacer? —gruñe, cargado de frustración.

Arrepentido de su arranque, se gira para regresar a la agencia y pedir disculpas, pero una mano en el hombro lo hace detenerse.

—Giovanni Amato, ¡hasta que por fin te encuentro!

Giovanni se queda en silencio, observando al extraño que viste con un traje de ejecutivo y lleva un maletín en la mano.

—¿Me buscas? ¿Por qué? Además, ¿quién demonios eres? —Lo escudriña como si aquel hombre fuese una cosa rara.

El moreno de ojos azules se cruza de brazos y mira su reloj.

—Solo soy un abogado. Vengo de parte de tu abuelo, ¿sabías que don Amato está en Cinsy?

—¿Cómo voy a saber yo dónde está ese viejo? Ni siquiera lo conozco.

—Pues es momento de que lo hagas, necesito que vengas conmigo. —Gira la cabeza en dirección a una limusina, que se encuentra parqueada frente a la agencia de su tío.

Gio traga pesado al sospechar que puede ser un truco de Víctor y mira al supuesto abogado con recelo.

—No iré contigo ni al infierno —escupe con desafío.

—No te hice una pregunta, chiquillo malcriado. El señor Amato solicitó verte y sus órdenes se cumplen. —Hace un asentimiento leve con la cabeza, y dos tipos se colocan a cada lado del chico.

—Maldito Víctor —masculla entre dientes y se encamina en dirección al vehículo, seguido por el abogado y los dos matones.

***

Tres días después…

Giovanni muerde un palillo mientras hace la fila para entrar al barco que lo llevará a la ciudad de Permis, ubicada en una pequeña isla de aquella región.

Con una mochila enganchada al cuerpo, vestido con pantalón de mezclilla, una camiseta blanca debajo de la chaqueta negra de cuero que hace juego con sus botas, y el cabello ondulado —debido a que el secador así se lo deja cuando mata sus rizos—, mira a su alrededor buscando al hombre que le dará las indicaciones para llegar al lugar de destino; mas este nunca aparece y el barco está a punto de zarpar.

La piel se le pone de gallina cuando vislumbra a dos tipos con apariencia de matones buscar entre las personas. Temiendo ser él a quien buscan, se sale de la fila y explora con los ojos para encontrar un lugar donde esconderse o simplemente escapar de allí.

Los dos hombres notan su presencia y uno de ellos apunta en dirección a él, entonces Gio corre por todo el puerto y es seguido por ellos.

Las personas que observan la persecución miran al chico con lástima; sin embargo, nadie hace nada, debido a que en Cinsy la mafia tiene el control hasta de las autoridades; así que es mejor no meterse con ellos ni intervenir ante una injusticia.

«De seguro él se lo buscó», piensan, como manera de lidiar con la culpa de no ayudar y evadir el remordimiento de la conciencia.

Un disparo provoca pánico entre los presentes y motiva al chico a correr más rápido para salvar su vida. Mientras lo hace, mira a su alrededor buscando un refugio; entonces, un barco que está dejando el puente parece ser una buena salida al problema en el que se encuentra.

Gio corre en dirección a la nave que empieza a alejarse y, después de tomar impulso, se lanza hacia esta.

El grito de las personas es la reacción a la locura del chico, lo que provoca que más disparos resuenen en el puerto.

Gio cae en el muro de la popa y se aferra a este; luego lo escala con rapidez y salta dentro del barco.

En el límite del puerto, los matones le disparan, pero él se queda tirado en el piso del transporte marítimo hasta que están lo suficientemente alejados para que una de esas balas no lo alcance.

—¡¿Qué diablos?! —grita un guardia cuando lo ve allí tirado.

—Le pagaré el boleto, lo juro. —Se levanta y alza las dos manos abiertas en el aire.

—No tenemos espacio para usted aquí, aún puede tirarse al agua y devolverse.

—No puedo, necesito hacer este viaje. Por favor, déjeme quedarme.

—No debo hacer eso… —El guardia deja de hablar cuando Gio saca una pila de billetes y se la pone en la mano. El hombre mira por todos lados y le posa un brazo alrededor del cuello.

—Está bien. Aquí la vigilancia es pésima debido a que es un barco de viajes económicos. Te haré pasar por uno de los empleados, pero dormirás en el baño de los trabajadores.

—No hay problemas, muchas gracias.

—Solo ten cuidado con ese dinero; este barco está lleno de malandros. Sería una pena que, después de que lograras escapar con tu robo, otro se lo quede.

Gio arruga el rostro al escucharlo.

—Se equivoca, no me robé este dinero —refuta, ofendido.

El guardia ríe, mostrando todos sus dientes dañados.

—Sí, claro. Tú no eres un ladrón y yo soy un trabajador honrado. —Estalla en una sonora carcajada.

—Qué gracioso. —Gio hace una mueca—. Por cierto, ¿hacia dónde se dirige este barco?

—El destino es Lilibor.

—¿Lilibor? ¡Rayos! Nunca había escuchado acerca de esa ciudad.

—No se preocupe. Con el dinero que tiene podrá ir a donde desee una vez lleguemos al puerto.

Giovanni asiente y es llevado adentro por el guardia.

«Lilibor… ¡Qué nombre tan raro para una ciudad!», piensa mientras sonríe

con ironía.

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El gigoló y la viuda – Capítulo 5 El gigoló y la viuda – Capítulo 7
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