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Katerina no puede evitar mirarlo y quedarse hipnotizada con sus ojos esmeralda. Ahora que lo analiza sin prejuicios, le es posible ver la dulzura en ellos, la transparencia de su alma y lo bello que es su corazón.
¿Cómo se atrevió a pensar que él provenía del mal? ¿Por qué creyó que su encanto era una trampa diabólica que terminaría destruyéndola?
La realidad es que, con él, recordó lo que es la verdadera alegría, una risa libre y con ganas, y la calidez de sentirse especial para alguien.
—¿No vas a comer? —pregunta él al notar que ella no ha probado bocado.
—Sí... —balbucea, mientras juega con el contenido de su plato.
Desea preguntarle tantas cosas, pero la actitud distante e indiferente de él la detiene.
Ella prueba la comida para que Gio no la cuestione, pero el sabor le parece insípido debido a la ansiedad y la tristeza que la consumen.
—Bien... —Gio la mira de soslayo y estudia cada uno de sus movimientos. Le atrae la delicadeza y elegancia que Katerina transmite, su prudencia, lo que calla y el misterio de lo que ella piensa.
—Gio, ¿a qué te referiste con que viniste a proponerme un trato? —rompe el silencio extraño que ha surgido entre ellos.
—Pues vine a tirar la aventura, puesto que creí que habías perdonado a tu ex; pero, dado que no es así, podemos ayudarnos mutuamente.
Katerina lo observa atenta.
—¿Cuál es tu propuesta, Gio?
—Cásate conmigo, Katerina —suelta sin más, como si le estuviera preguntando sobre el clima.
Debido a la impresión, ella deja caer el tenedor, y el sonido sordo del choque contra la mesa la despabila, por lo que vuelve a agarrar el cubierto deprisa.
Su cuerpo tiembla con sacudidas sutiles, pues, pese a la incomodidad entre ellos, escuchar esa proposición le provoca una emoción indescriptible.
Y, aunque sabe que lo dice como una solución a un problema, no puede evitar que su corazón salte emocionado ni esos sudores fríos que sus manos segregan.
—¿En qué te beneficia eso a ti? —Trata de que la voz no se le entrecorte.
—Pues... —Gio se rasca la cabeza—. Es un poco complicado y no puedo darte muchos detalles, pero debo casarme para reclamar la herencia y, no solo eso, deberé esperar un año completo mientras estudio y soy entrenado.
Suelta un suspiro leve y se relame los labios, que de repente se le sienten demasiado resecos.
—Eso significa que estaré viajando cada cierto tiempo; también debe ser un secreto que pertenezco a los Amato millonarios —añade.
Katerina tiene un mal presentimiento sobre lo que Gio le cuenta, y de alguna manera le molesta que él no le dé todos los detalles; sin embargo, comprende que tiene el derecho de reservarse lo que crea conveniente.
—Lo que me estás diciendo es... ¿que debemos durar casados todo un año? —pregunta, perpleja.
—Quizás un poco más... —Gio se muerde el labio inferior.
Katerina se queda pensativa por unos segundos.
—Está bien, Gio, acepto tu trato —responde con una sonrisa que denota alivio y esperanza.
Saber que puede cumplir su sueño le cambia el ánimo y hasta le devuelve el apetito; por tal razón, empieza a comer gustosa.
—Me alegra que aceptes —dice Gio, aliviado—. ¿Cuándo crees que sea un buen momento para hacerlo? Por mi parte, no tengo prisa, pero supongo que tú sí.
—La verdad es que sí me urge, porque ya quiero tener lo mío propio, sin ataduras —le contesta—. He ahorrado por cinco años para este negocio, dado que las ganancias de la fábrica textil debo repartirlas con los hermanos de Jabor, y mi parte la comparto con mi familia. Por eso puse la floristería, porque con ella puedo cubrir mis gastos y el mantenimiento de la casa.
—¿Tu esposo les heredó la fábrica a todos ustedes o ellos tienen acciones? —pregunta, intrigado, mientras llena su cubierto con arroz.
—No —niega, y sacude la cabeza para acentuar el monosílabo—. El único que tiene acciones es el administrador, porque Jabor no incluyó más socios, a excepción de él. De a poco, Jabor levantó la fábrica él mismo junto a sus empleados.
—Entonces los agregó en el testamento —asume Gio.
Katerina suspira y se muerde el labio inferior.
—No, de hecho, Jabor dejó todo a mi nombre.
Gio nota la tensión en el ceño fruncido de ella, la manera en que aprieta los labios y cómo otra vez está jugando con la comida.
—Mi cuñado despidió al contable cuando mi esposo enfermó y se hizo cargo de la contabilidad —continúa—. Como es su hermano, no me atrevo a despedirlo. La hermana de Jabor exigió que compartiéramos las ganancias de la empresa y me amenazó con dejarme en la calle, e incluso con enviarme a la cárcel si yo actuaba por mi cuenta.
Gio la mira con los ojos entrecerrados, tratando de entender su explicación.
—¿Por qué te meterían en la cárcel?
—Según ella, yo provoqué que él se enfermara para quedarme con su dinero. Sé que es una estupidez, pero sabe que yo no me quería casar. Dijo que mi matrimonio no es válido porque firmé obligada.
—¿Lo hiciste? ¿Firmaste obligada? —A medida que Gio indaga, los labios le tiemblan.
—Demasiadas preguntas, ¿acaso me estás interrogando? —Ella ríe con nerviosismo al comprender que ha hablado de más.
Trata de disimular sus temblores con un apetito exagerado y unas ganas fingidas de comerse todo de un bocado.
No obstante, Gio la observa con escepticismo y un poco de indignación.
Él tiene el deseo de maldecir y decirle lo tonta que es, pero se reprime, porque sospecha que ese asunto es más delicado de lo que parece y no quiere cagarla más de lo que ya lo ha hecho con ella.
Tras discutir el tema de interés de ambos de forma minuciosa, se ponen de acuerdo en casarse dentro de un mes. Así dan tiempo a que las personas asimilen su relación y nadie sospeche que solo se trata de un trato, donde ambos saldrán beneficiados.
***
Katerina regresa a la casa junto a Gio.
—¿Quién es él? —pregunta Patty, con los ojos agrandados, mientras recorre a Gio de arriba a abajo con coquetería.
—Él es Giovanni, mi novio. —Decir aquello le estremece todo el cuerpo, aunque sea solo una fachada.
—Tú... ¡¿Qué?! —Ella no disimula su impresión y abre la boca de manera exagerada.
—Mucho gusto, cuñada —saluda él con carismática sonrisa falsa. Le sostiene la mano con gestos tan encantadores que la ponen caliente.
—¿Me están jodiendo? Katerina, ¿te compraste un novio? —Se tapa la boca con dramatismo.
Ese comentario le molesta a Gio debido a su pasado.
—Qué bromista me salió la cuñada —masculla entre dientes, fingiendo una sonrisa.
—Entonces, es en serio... ¡Qué suerte tienen las mujeres ricas! —exclama Patty, cargada de envidia—. Yo, con tu dinero, tendría un novio así también, porque obvio ese es el amor que él siente: amor al dinero.
Ella mira a Gio con complicidad y una confianza que lo incomoda.
—Pero no te preocupes, cuñado, a mí eso no me importa —continúa, maliciosa—. Tú estás con ella por su dinero y ella por tu aspecto. Es un buen negocio.
La rabia que inunda a Katerina la hace apretar los puños con fuerza. Las ganas de cachetearla aumentan con cada parloteo imprudente y venenoso de Patty. No la soporta. Pero lo que más le duele es su incredulidad ante los sentimientos genuinos de Giovanni.
¿Por qué todos asumen que un hombre como él no puede interesarse en ella?
Eso la quema y desgarra por dentro.
—Vaya, cariño, tu hermana te ama —ironiza Gio—. ¿Acaso eres adoptada? Es que tú luces tan delicada y con clase; sin embargo, tu hermanita se ve imprudente, maleducada y venenosa.
—¿Perdón? —Patty lo interrumpe con cara de ofendida—. Ojalá Katerina tuviera mi encanto. A mí me llueven los pretendientes y yo sí me casé por amor. Pero ella se tuvo que vender a un viejo para que le hiciera el favor y, aparte, la mantenga. —Ríe con gestos exagerados—. Es increíble: tú te casaste con el vejete por dinero, y ahora te lo harán a ti.
Katerina aprieta los puños y los ojos, como si reprimiera la ola de emociones que le provoca el recuerdo de su pasado.
No quiere tener una crisis ni actuar con violencia, así que trata de inhibir, con todas sus fuerzas, el impulso de estallar y vomitar eso que ha guardado durante diez largos años y que la tortura a diario.
—No estoy con ella por lo que dices. Y qué bueno que conseguiste el amor; me imagino que es recíproco y él te trata como a una reina. —El comentario de Gio emana sarcasmo.
—No creo —interviene Katerina con nerviosismo, debido a que es la primera vez que se dará el gusto de devolverle el ataque a su hermana—. Patty está separada de él porque este le fue infiel... otra vez.
La sonrisa de satisfacción de Katerina le provoca una sensación amarga a Patty, puesto que es la primera vez que su hermana se defiende; además, le duelen sus palabras.
—Y no lo culpo. —Gio la mira de arriba a abajo con ironía y sonríe malicioso.
—¡Qué grosero es tu novio! —espeta ella, ofendida.
—Nah... Solo bromeo. Y me imagino que tú también. Fue un placer conocerte, Patty. —Gio le sonríe con hipocresía. Le sostiene la mano a Katerina y se dirige a ella—: Por cierto, amor, ¿no me piensas presentar al suegro?
La tensión llena se instala entre ellos con un silencio asfixiante. Katerina baja el rostro con desagrado y trata de disimular su incomodidad.
—Él debe estar dormido, mañana lo hago —responde con timidez.
—Bien. Buenas noches, cuñada. —Gio se despide de Patty y se encamina en dirección al pasillo.
Katerina lo detiene frente a su cuarto, con las mejillas sonrojadas.
—Gio, se me olvidó decirte que le di la habitación que estabas ocupando a mi padre, y Patty tomó la otra de huéspedes. Tengo tus cosas en la mía.
—No hay problema. Tomo otra.
—Es que... —Katerina juega con el cabello—. Esas no tienen camas y están llenas de polvo. Pertenecieron a las empleadas domésticas, hace cuatro años, y como nunca necesité usarlas, vendí los muebles.
—Entonces..., ¿quieres que duerma con tu padre? Eso sería raro, dado que no lo conozco.
—No creo que sea buena idea... —Se sonroja.
Gio la mira con sospecha y disimula la sonrisita que se le dibuja en los labios.
—¿Qué harás conmigo? Porque me hubieras dicho antes de venir para acá, así me habría quedado en un motel.
—Te dije que se me olvidó... —Ella baja la mirada, avergonzada—. En ese caso, te tocará dormir en mi habitación. —Se pone tan roja que a él le dan unas inmensas ganas de reír, pero como sigue enojado con ella, opta por hacerse el moralista.
—¿En tu habitación? Pero eso estaría mal visto. Para tu hermana y tu padre —aunque este aún no lo sabe— somos novios, no esposos. Además, sabes que estamos fingiendo; sería incómodo dormir en la misma cama que tú. —Lo último se lo susurra al oído, para que nadie escuche.
El roce del aliento de Gio sobre la piel de Katerina le provoca que los vellos se le ericen. Entonces, los recuerdos de él encima de ella inundan su mente.
Siente un leve estremecimiento al revivir la manera en que él le besaba los pechos y lo rico que se sintió todo lo que le hizo aquella vez.
—Lo sé... —Traga saliva, porque la boca se le hace agua—. Es solo por hoy, luego buscamos una solución. Además, Patty y papá no durarán mucho en la ciudad.
—Por mí está bien —contesta con indiferencia.
Katerina abre la puerta con nerviosismo, y una emoción extraña le embarga el pecho. Tiene la esperanza de que, cuando estén a solas en la cama, Gio vuelva a ser el mismo chico loco, atrevido y cariñoso que le ponía su mundo de cabeza.
