Aquel día soleado en la floristería…
—Mi familia no vendrá —informa Katerina, después de colgar el teléfono de la tienda.
—¿Ninguno? —inquiere Gio, mientras limpia una planta.
—No. Mamá es quien está cuidando a papá, porque este ya no se vale por sí mismo. Según Patty, no deja dormir a nadie de noche; al parecer, es cuando más le duele el estómago y ni los analgésicos le hacen efecto. Ese hombre está sufriendo mucho —Katerina suspira.
—¿Ese hombre? —Gio enarca una ceja.
—Mi papá… —Katerina le evade la mirada.
—¿Pero tus hermanos no vendrán? O bien, podemos celebrarla allá.
—No creo que sea prudente, dadas las condiciones de papá. En cuanto a los mellizos, dicen que tienen que estar con mamá en caso de que algo suceda —responde con tristeza.
Gio arruga el rostro y deja lo que está haciendo para acercarse a Katerina.
—No tenemos que hacer ninguna celebración; solo necesitamos el acta y ya —dice, acariciándole el cabello.
—Tienes razón. Pero hubiese sido raro que, por lo menos, no intentara invitarlos.
—Lo sé… —Él la mira a los ojos—. No te preocupes, todo saldrá bien.
Gio le levanta el mentón para besarla, pero los pasos bruscos de Lynda lo interrumpen. Ella observa a Katerina con odio, maquinando cómo acabar con su felicidad y tener de vuelta a Gio.
En esos días, la noticia de que Katerina se va a casar con un muchacho más joven que ella se riega por todo Lilibor, y pronto se convierte en el blanco de los chismes.
Las mujeres de su círculo comienzan a ensañarse contra ella y dejan de invitarla a las actividades importantes; asimismo, la tildan de inescrupulosa, falta de valores e indecente.
Katerina y Gio dejan la floristería a cargo de su empleada para irse de compras.
En cada lugar al que llegan, ella tiene la mala fortuna de coincidir con algún conocido; por consiguiente, está expuesta a las miradas envidiosas, las indirectas malintencionadas y el trato hipócrita, pero lleno de veneno.
Le fastidia tener que lidiar con todo eso que la hace sentir juzgada, avergonzada y rechazada; no obstante, el trato tierno de Gio, su risa contagiosa y su espontaneidad son el entretenimiento perfecto para distraerse del momento incómodo.
—Me gusta este, este y… este —dice Gio, agarrando cuanta ropa ve en la tienda.
—Es demasiado… —refuta ella, cohibida.
—¿Demasiado? Pero si apenas estamos empezando, muñequita.
—Esas ropas son muy bonitas y juveniles; me sentiría rara y ridícula usándolas.
—Perdón, no sabía que había venido con mi abuela. ¿De verdad crees que no eres joven? ¿Quién te metió esa basura en la cabeza? ¿Acaso no te has visto en un espejo? Eres joven, hermosa y estás muy buena, tanto que eres la envidia de muchas y el deseo de otros.
Katerina ríe divertida ante su comentario.
—¿Quién me va a envidiar o desear a mí? —ironiza, con desdén.
—Te puedo hacer una lista, si quieres. ¿Sabes qué es lo que te falta? Sacarte toda esa mierda de la cabeza y disfrutar tu vida con libertad y sin inhibiciones. ¡Manda a todos a la verga y sé feliz! Eso incluye a tu familia, y disculpa que te diga esto, pero ninguno de ellos merece nada de ti.
Katerina suspira con tristeza ante esa realidad, pero es más fácil engañarse a sí misma y aferrarse a un pasado que ya no volverá, que enfrentar el hecho de que no cuenta con nadie.
***
Aquella mañana se presenta soleada, con una temperatura agradable y un cielo azul despejado.
Todos comienzan su rutina como de costumbre: los negocios abren desde temprano, en las cafeterías transitan los primeros clientes y los más chicos van a la escuela. Mas, en una fiscalía civil, un hombre y una mujer deciden unir sus vidas.
—Con el poder que me confiere la ley, los declaro marido y mujer —dicta el oficiante—. Puede besar a la novia.
Ambos se miran sonrojados y tímidos ante aquel mandato.
Gio es quien toma la iniciativa de acortar la distancia entre él y Katerina; acto seguido, le da un beso corto en los labios, le agarra la mano y se la acaricia con el pulgar.
Después de pagarles a los testigos que contrataron —porque no tenían a quién llevar—, salen de la fiscalía.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Katerina mientras observa su vehículo en el estacionamiento.
—Pues nadie aceptó la invitación que enviamos, por lo tanto, no tenemos fiesta de celebración. ¿Siempre es así en este pueblo anticuado de mierda? Lo que hacen se llama discriminación, y también falta de educación y empatía —se queja Gio mientras trata de mantener el cabello en su lugar.
Pese a que se esmeró en peinarlo hacia atrás y amarrarlo en una coleta corta, este insiste en salirse de su sitio.
Ellos habían invitado a varios conocidos a la celebración de su boda, incluyendo a los empleados de la fábrica textil, pero todos rechazaron la invitación influenciados por Tom y los hermanos del difunto Jabor Koch, quienes consideran una ofensa que ella se case y mude a un hombre en la vivienda que fue de él.
—Supongo que iremos a la casa y luego abriremos la tienda —dice Katerina.
—¿Y desperdiciar esta ropa? —Da una vuelta con pose—. Ni loco. Hoy vamos a divertirnos.
Katerina lo observa por enésima vez desde que lo vio vestido con tanta elegancia; le es inevitable no mirarlo, mucho menos babear ante lo lindo que se ve en su traje negro, que se ajusta a la perfección a su cuerpo bien esculpido y le da un porte intimidante, atractivo y muy apuesto.
Siente emoción ante sus palabras, pues ese día sí tiene ganas de salir de la rutina y pasear con él.
Desde que lo conoció, es la primera vez que se siente joven junto a Giovanni, ya que nunca había vestido como él ni se había sentido tan bonita como ahora.
Ya no recordaba la sensación de verse bella y satisfecha frente al espejo; por eso, antes de salir, duró un largo rato apreciando su reflejo.
Por su parte, Gio la mira de soslayo cada vez que tiene la oportunidad.
A él ya le gustaba ella con todo y su rara forma de vestir, pero verla en ese vestido color naranja, corto por encima de las rodillas, ceñido a su cuerpo y resaltando cada curva, lo tiene caliente y con ganas de comérsela por completo.
—Tengo hambre —se queja ella.
—Bien, entonces vamos por una pizza.
Katerina estalla en carcajadas y Gio la mira con confusión.
—¿Esa es tu idea para aprovechar tu vestuario elegante? —Ella vuelve a reír.
—Quiero pizza; perdón por no ser un estirado como los hombres que conoces. Pero, si te apetece ir a comer caviar y esas pendejadas a un restaurante, por mí está bien.
—Prefiero la pizza, no me gusta el caviar —le sigue la corriente.
—¿Ves? Eres como yo. Vamos, esposa —resalta la última palabra con una sonrisita juguetona.
Katerina se pone nerviosa ante esa mención, puesto que, hasta ese momento, no había caído en cuenta de ese hecho: ya son esposos.
En la pizzería, las miradas de los demás se posan sobre ellos y, dados los últimos acontecimientos en torno a ambos, no saben si la razón de aquel escrutinio tiene que ver con la ropa —para nada acorde al lugar— o con el simple hecho de que la viuda de Koch ahora tenga una relación que la sociedad no acepta.
Gio, a quien le importa un carajo las miradas directas y para nada disimuladas, hace su pedido para llevar con total naturalidad.
Una vez les entregan la comida, toma las manos de Katerina con caballerosidad y palabras dulces; acto seguido, se marchan de allí entre sonrisas coquetas y sonrojos.
Casi todas las féminas de la pizzería suspiran aleladas y llenas de envidia por la buena suerte de Katerina, de tener a un hombre tan apuesto que la trata con respeto y amor.
—Yo conduzco ahora —decide Gio, y le quita las llaves a Katerina.
—¿A dónde vamos? —pregunta ella con curiosidad.
—Es una sorpresa —responde, cortante, con una sonrisita maliciosa.
Por más que Katerina insiste, él se niega a decirle. En la carretera, Gio conduce mientras la molesta con sus palabras subidas de tono y frases de doble sentido.

