El gigoló y la viuda – Capítulo 26

🔒 Desbloqueando capítulo…

Haz clic en el botón para desbloquear

La acogida que recibe Gio en el Imperio Amato sucede de forma secreta, por lo que se mantiene la incertidumbre acerca de su identidad.
—Un año... —balbucea, ido.
—Te enseñaremos todo lo que necesitas saber para que seas un buen líder, pero debes mantenerte oculto hasta que se cumpla el tiempo establecido. No obstante, tendrás que viajar a esta isla y a los lugares que se te designen cada cierto tiempo. ¿Tienes alguna duda? —inquiere el abogado mientras revisa unos documentos.
Giovanni se queda pensativo un rato y luego lo encara.
—¿Por qué una esposa? —cuestiona. Aquel requisito, del cual le hablaron los jefes de territorios, lo ha tenido inquieto todo el tiempo que ha estado allí.
—Este es un imperio familiar y nuestro señor debe tener a una jefa digna e inteligente, que lo represente y lo ayude con los negocios. Esta es la carta de tu abuelo; ahí él te explica acerca de este asunto. La escribió para ti cuando supo que ya no te vería, dado que tú nunca llegaste.
—Sabes que fui atacado... —Giovanni se cruza de brazos. El hombre frente a él asiente y abre unas carpetas.
—Tenemos varios lugares donde puedes ocultarte y una lista de posibles candidatas para que te cases.
Giovanni arruga el ceño y se queda pensativo por unos segundos. No quiere atarse a una desconocida que, de seguro, lo vigilará, como tampoco le conviene estar rodeado de esos mafiosos, por lo menos no mientras lleva a cabo su plan.
—Yo escojo el lugar y la esposa. Esa es mi condición para aceptar ser su señor y dirigir los negocios del abuelo —sentencia, decidido.
 
***
 
Dos semanas después...
Como todas las mañanas, Katerina prepara el desayuno para todos, para luego ir a abrir la floristería y hacer sus diligencias. Ella le sirve a su padre y le pone el plato enfrente. Sin decirle nada, este cierra el periódico y empieza a comer en silencio.
Ella siente el vacío de la poca comunicación y, solo escuchar el ruido de los artefactos o de sus pasos en la cocina, es una tortura que ya no soporta.
Después de que Gio la acostumbrara a las conversaciones mañaneras, sus chistes malvados y la melodía contagiosa de su risa, aquella tranquilidad le provoca una sensación de vacío. Lo extraña tanto.
Se siente pesarosa ese día, pero quedarse en casa no es una opción, pues no soporta pasar un día entero en el mismo espacio que su progenitor y su hermana.
Además, dado que es obvio que no volverá a ver a Gio, ha decidido ir a pedirle una oportunidad al señor Ramírez para que haga una excepción con ella.
Deja huevos hechos en la sartén para su hermana, quien tiene por costumbre levantarse tarde, y se sienta en el comedor a desayunar. Patty y el señor Lauren llevan allí unos días, debido a que él debe hacerse varios estudios complejos y esperar los resultados.
—¿Cómo me queda este bikini? —pregunta Patty, quien sale del pasillo como si estuviera modelando y se quita la bata de seda que pertenecía a Katerina, pero que esta le regaló porque ella se adueñó de la prenda desde que la vio.
El cuerpo esbelto de su hermana, que, pese a haber parido cuatro veces, se ve espectacular, luce muy sensual ceñido con la diminuta ropa de baño.
—Te queda bien —masculla antes de darle un sorbo a su café.
Le sorprende verla levantada tan temprano, pero tampoco tiene ganas de conversar, así que no le da importancia.
—Lástima que lo luciré dentro de estas cuatro paredes. ¡Ay, Katerina!, deberías llevarme a la playa —dice emotiva mientras camina por la cocina como si fuera la reina del lugar—. ¿Qué hiciste de desayuno? —rebusca en todos lados.
Katerina suspira, incómoda, porque se supone que ella está allí para cuidar a su padre, no para vacacionar ni pretender usarla de sirvienta.
—Hay pan en la tostadora; tienes que ponerlos a tostar —responde, indiferente.
—¿Tengo que hacer el desayuno? Qué egoísta eres, Katerina. Yo cuido a papá todo el día y me encargo de llevarlo a hacerse los estudios esos, y tú ni siquiera el desayuno puedes prepararme.
Katerina aprieta los puños y suspira, tratando de contener las ganas de decirle sus verdades a esa aprovechada. Se levanta y se dirige hacia la tostadora.
—Lo único que tienes que hacer es esto. —Presiona el botón del aparato, busca un plato, echa del huevo que preparó y le sirve jugo en un vaso. Cuando todo está listo, se lo pone delante.
—¡Qué hambre tengo! —Patty empieza a comer—. Oye, me bañaré en la piscina después de desayunar porque necesito relajarme. ¿Puedes llevarte a papá a la tienda?
Katerina la mira con ganas de estrangularla y se cruza de brazos.
—No puedo. Haré varias diligencias y él está enfermo, así que lo mejor es que se quede en casa, tranquilo.
—Puedes dejarlo en la floristería con tu empleada. Katerina, sabes que estoy pasando por un momento muy difícil porque mi relación está a la deriva. Necesito relajarme por lo menos un día. No te imaginas lo dura que es mi vida con un esposo infiel y yo, rodeada de todos esos mocosos molestosos.
—Patty, no puedo dejar a papá con Lynda porque ella tiene que atender a los clientes de la tienda y estará sola toda la mañana. En cuanto a ti, si no podías hacerte cargo de papá, ¿para qué viniste? Debiste dejar que mamá lo trajera, como tenía previsto.
Patty empieza a parlotear sobre lo incapaz que es su madre para esas cosas y lo desconsiderada que Katerina está siendo al no dolerse por su situación.
Katerina la observa en silencio y decide ignorar su ataque.
Ella y sus padres siempre la hacen sentir culpable de los problemas que ellos mismos se buscan, pero ya no se dejará manipular más por personas egoístas y aprovechadas.
 
***
 
Después de intentar convencer al señor Ramírez y a los demás socios de que la acepten en la comunidad, y sin tener ningún éxito, ella regresa a la tienda.
Fue vergonzoso ver la cara de victoria en Tom cuando dijo que había terminado su relación con Giovanni, así que no tendría a un hombre que la representara.
Cabizbaja y con la sensación amarga de la derrota, Katerina llega a la floristería. Cuando aparca el vehículo frente a esta, nota más flujo de lo habitual, pues desde que Gio se marchó, la clientela había disminuido.
Sale del vehículo con una sonrisa, porque al menos para la tienda el panorama está cambiando; no todo está perdido.
—Una flor para otra flor. —Escucha esa voz coqueta que tanto ha extrañado.
Su cuerpo reacciona al instante y el pecho le retumba como tambores por lo rápido que le late el corazón. Se acerca con ansias a él, pero se paraliza cuando sus miradas se encuentran.
Y allí está el causante de sus desvelos, repartiendo flores a las mujeres que pasan por la tienda, con ese carisma que resalta su atractivo y lo hace deseable para los demás.
Su cabello está ondulado, así que ella supone que se lo alisó horas antes, pues esa es la forma que toma cuando deshace sus rizos naturales.
Sus ojos verdes brillan emotivos y, al igual que ella, él se ha quedado congelado y mudo.
—Gracias —dice una mujer a la que él le había pasado una rosa, pero que se quedó con esta en la mano al percatarse de la presencia de Katerina.
Él sale de su trance, gracias a la respuesta de la clienta, y toma una rosa amarilla que extiende hacia la mujer que le partió el corazón.
—Hola, amiga —saluda con un tono forzado que a Katerina no le da buena espina.
—Una rosa amarilla... —pronuncia ella mientras observa la flor. Entiende el mensaje oculto en ese simple gesto, por lo que fuerza una sonrisa.
—Ya sabes, representa la amistad. —Sonríe.
Katerina asiente y su semblante se torna triste, pues percibe una barrera fría entre ellos y una tensión incómoda. ¿Cómo decirle lo que siente si él se muestra tan distante?
—Regresaste... —masculla sonrojada.
—Sí, lo hice. ¿Cómo va todo? Supongo que ya no tienes que casarte para cumplir tu sueño; me imagino que Tom te ayudará. Después de todo, ha logrado su objetivo.
Katerina lo mira confundida por unos segundos, pero cuando cae en cuenta del significado de lo que dice, niega varias veces con la cabeza y muestra un nerviosismo marcado.
—No regresé con Tom, si es a eso a lo que te refieres. En cuanto al terreno y la licencia, todo sigue igual —se lamenta.
—Ya... —Gio trata de disimular la sonrisa que se le quiere dibujar en los labios.
—¿Qué pasó con tu herencia? —contraataca ella para disimular la tensión en la que están sumidos.
—Nada. Debo esperar un año para cobrarla, esa fue la voluntad de mi abuelo —dice, omitiendo información—. Así que, mientras tanto, voy a necesitar un trabajo para sobrevivir.
—Sabes que las puertas de la floristería están abiertas para ti. Mira lo que logras; no sé cómo lo haces —dice maravillada con el flujo de gente.
—Solo es cuestión de tener un poco de creatividad y conocer a tus clientes potenciales —responde ufano. Es la primera vez que hace un trabajo decente, y ser productivo y ver los frutos de su esfuerzo lo pone muy feliz.
—Y de eso tú tienes mucho... —balbucea ella. Recuerda sus locuras, también la manera en que la besaba y la tocaba; esto último la hace sonrojar.
—Gracias... —susurra él, ido—. Te invito al almuerzo para que hablemos de un tema importante y que a ambos nos conviene —dice con tono firme y mirada frívola.
El cambio en su expresión la pone nerviosa.
—¿Un tema que a ambos nos conviene? —pregunta, intrigada.
—Sí… —responde con expresión neutra—. Katerina, si te soy sincero, la única razón de mi regreso es proponerte un trato —dice, y luego la mira a los ojos de una manera que a ella le causa escalofríos.



← Capítulo AnteriorCapítulo Siguiente →
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

📖 El gigoló y la viuda

💬 ¿Necesitas ayuda? Contáctanos