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Katerina está recostada en el torso de Gio, quien yace en la cama junto a ella y le acaricia el cabello. Ya se encuentra calmada y sumida en sus pensamientos, al igual que él, que analiza una y otra vez la manera en que ella despertó.
—¿Tuviste una pesadilla? —rompe el silencio, después de debatírselo por un largo rato.
Katerina asiente con la cabeza, incapaz de articular palabra.
—¿Algún día podré traspasar tus barreras? —insiste Gio con melancolía y se relame los labios—. Me gustaría ayudarte, Katerina, ¿me lo permites? ¿Podría ser yo tu paño de lágrimas? ¿Me darías la oportunidad de convertirme en tu desahogo y el recipiente para que vomites eso que tanto daño te hace? Quiero salvarte como tú lo hiciste conmigo.
Ella no dice nada, pero sus sollozos silenciosos y las leves sacudidas de su cuerpo le dan a entender a él que sus palabras le hicieron algún efecto.
Giovanni no añade más para no hacerla sentir presionada; en su lugar, la aprieta más contra él y le besa la coronilla de la cabeza.
—Gio... —le habla con titubeos—. ¿De verdad no ibas a regresar? Si para cobrar la herencia no hubieras necesitado casarte, ¿jamás habrías venido a verme? —pregunta al fin, sacándose esa espinita que la ha torturado desde que él regresó.
—No lo sé... —se muerde el labio inferior—. Tuve otras opciones para el matrimonio, pero supongo que necesitaba una excusa para regresar a tu lado.
» No te lo voy a negar, me gustas, por eso me fui. Me dolió mucho verte tan cercana al buitre ese, en especial después de la humillación por la que te hizo pasar. Eres demasiado buena para él y no te mereces que te trate como plato de segunda mesa.
Katerina siente un tirón en el pecho al escuchar su explicación. ¿Ella le gusta a él?
—Perdón por no haber sabido manejar ese asunto, no estaba en mis cabales en ese momento. Y, Gio, yo también tengo sentimientos por ti —dicho esto, ella lo besa.
La sorpresa mantiene a Gio congelado, puesto que no esperaba ese movimiento de su parte. Después de unos segundos de impresión, él le sostiene el rostro con ambas manos e intensifica el beso.
La pasión los embarga y las ansias de comerse el uno al otro aumentan, a medida que sus lenguas juguetean traviesas.
Gio frota los muslos de ella por debajo de la bata y deja de besarla en la boca para atacarle el cuello. Se aparta un poco para apreciarla; sus ojos verdes la observan atentos a su reacción cuando sus dedos rozan su zona genital.
—¿Te sientes cómoda? —pregunta él, preocupado de que ella se sienta presionada.
—Sí... —jadea, ansiosa de más.
Katerina le toma la mano libre y la ubica sobre su seno, incitándolo a que la acaricie como la última vez.
Con una sonrisa de satisfacción y cargada de coquetería, Gio frota con delicadeza mientras le reparte pequeñas mordidas en el cuello.
—Te comeré entera, mamacita; no te imaginas cuánto he fantaseado con este momento. —Gio la roza con la lengua en la oreja mientras le frota su zona sensible, cuya humedad provoca que los dedos se le resbalen.
El cuerpo le tiembla ante la anticipación de escucharla llegar al clímax, y la boca se le hace agua al imaginarse saboreando sus fluidos.
—Gio... —gime ella, en el momento en que siente más profundidad en las caricias de él. Katerina se queja cuando este deja de frotarla y lo mira con ruego y temblores, necesitada de ese placer del que él la está privando.
—Quiero probar tu sabor, mi amor —le explica mientras se lame los labios de manera sugestiva.
Por un momento, Katerina se siente culpable al notar el fuego del deseo en él y su manera atrevida de tratarla. ¿Debe seguirle la corriente y dejarse llevar por la lujuria? ¿Estaría bien si siente placer y lo disfruta?
Gio empieza a desnudar a Katerina mientras se deleita en cada centímetro de su piel, gruñendo por el gusto de chupar sus pezones rosados.
Katerina, por su parte, se remueve en la cama ante la intensidad del placer que él le brinda.
Ella lleva una lucha interna cuando la imagen de Jabor se impone para arruinarle el momento; no obstante, las palabras dulces combinadas con las frases atrevidas de Gio la regresan al presente y le sirven de afrodisíaco para excitarse cada vez más.
—Tienes buenas nalgas, mami —le halaga mientras la mira con atrevimiento, se pasa la lengua por los labios y termina palmeándole los glúteos—. Muñequita, te voy a comer tan delicioso que ya no dudarás más de lo que siento por ti y lo mucho que me calientas...
Gio no termina de hablar porque es interrumpido por toques bruscos en la puerta.
—¡Katerina! —grita Patty desde el otro lado de la puerta—. ¡Corre, que papá se está muriendo! ¡¡Katerina!! —vocifera desesperada y rompe en un sonoro llanto.
El espanto es tal que Katerina y Gio se enredan en la cama al tratar de levantarse al mismo tiempo.
Ella se sacude debajo de él mientras este intenta conseguir el equilibrio para salirse de la cama, pero el atontamiento por la excitación, mezclado con el temor por la información de Patty, los tiene confundidos e incapaces de coordinar bien sus movimientos.
Como resultado de esas emociones encontradas, les toma unos minutos ponerse de pie; aun así, se tambalean.
Katerina todavía siente esa electricidad deliciosa recorrerle la piel, por lo que está sensible a cualquier roce; pese a eso, se las arregla para ponerse la bata y abrir la puerta.
Patty está tan afectada y asustada que no repara en la ropa al revés de Katerina, el cabello desarreglado, la respiración agitada ni la piel colorada.
Por otro lado, Gio busca una remera y sus zapatos mientras lidia con la gran erección que se impone, pese al susto que se han llevado.
Katerina y Patty son las primeras en llegar a la habitación, donde el señor Lauren se encuentra, y segundos después Gio las alcanza.
Este último siente un estremecimiento tenebroso y la piel se le pone de gallina ante la escena con la que se encuentra.
Más que la imagen horrenda del señor vomitando su propia sangre, lo que lo impacta es la expresión escalofriante en el rostro de Katerina, quien observa a su progenitor con ojos brillosos y maravillados, como si disfrutara ser testigo de su infortunio.
