El gigoló y la viuda – Capítulo 28

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Katerina busca en el armario una bata corta y fresca, la única que no parece de años antiguos. La había comprado tiempo atrás, cuando el aire acondicionado se dañó y los técnicos de mantenimiento se tardaron varios días en arreglarlo.
Mira la batita blanca de seda varias veces y libra una lucha mental porque teme estar muy expuesta ante Gio, pero, al mismo tiempo, le avergüenza usar esa ropa fea.
La prenda no es muy sensual que digamos, pero por lo menos no le tapa todo el cuerpo ni la hace ver como una abuelita.
Ella respira profundo y se apresura al baño para cambiarse.
Por su parte, Gio se encuentra en el balcón de la habitación; desde que entraron, se dirigió allí en silencio, razón por la cual ella presiente que lo hizo para evadirla, comportamiento que la pone nerviosa y triste.
Un rato más tarde, Katerina se acuesta en la cama, y las ansias de que él venga a su lado se tornan insoportables. Sin embargo, él nunca llega.
A la mañana siguiente, ella abre los ojos soñolienta.
Siente decepción al caer en cuenta de que se quedó dormida antes de que él regresara a la habitación. Por un momento, la angustia la invade al pensar que quizá lo soñó todo y que Gio no volvió, pero los movimientos en la cama le confirman que él está allí.
Katerina se incorpora y mira en su dirección.
Giovanni duerme con los brazos extendidos hacia arriba y arropado hasta la cintura. A Katerina se le hace la boca agua al detallar el torso musculoso, de piel bronceada y con tonos rosáceos, de aquel chico que duerme en completa paz.
Sonríe al encontrarse con los rizos dorados y alborotados que caen sobre su frente y casi cubren toda la almohada. Le gusta lo tranquilo que se ve, con su respiración lenta y las pestañas rubias sobresaliendo gracias a que tiene los ojos cerrados.
—Eres tan bello... —susurra. Le pica la mano por las ganas de acariciarle el cabello y rozarle las mejillas con los dedos, pero teme despertarlo.
Observa los labios entreabiertos de él, y un leve recuerdo la visita.
—Ese beso... —Se toca la boca, rememorando la dulzura de los labios carnosos y casi rojos, la destreza de su lengua y el sabor de su néctar.
Le gusta él, ya no tiene dudas. ¿En qué momento sucedió? Le resulta increíble que ni Tom le atrajera tanto ni que le provocara esas emociones tan intensas como lo hace ese chico mal hablado e inmaduro.
Vencida por la tentación de tocarlo, extiende la mano para frotarla contra los rizos, pero un movimiento rápido de parte de él la detiene.
—Ummm... —balbucea aún dormido—. Mami, acurrúcame... —Gio la jala, le tira un brazo encima y recuesta la cabeza en su clavícula—. Mami, no quiero ir a la escuela...
Katerina se queda paralizada y muerta de miedo al sentirse atrapada por él.
—Gio... —Lo mueve con delicadeza, pero, en lugar de soltarse, él se aferra más a ella—. Por favor, suéltame. Gio...
Ella lo empuja con más fuerza, pero él insiste en su agarre y empieza a roncar.
—Estás despierto... —Katerina frunce el ceño y lo sacude con más fuerza—. Quítate, sé que no estás dormido.
—Déjame dormir... —balbucea mientras frota la cabeza contra los pechos de ella, lo que hace que el pulso se le dispare.
—Gio... —Ella lo abraza.
Él se queda quieto, sin saber cómo reaccionar ante eso.
—Eres un desconsiderado. ¿Por qué te despediste de mí con una nota? Ni siquiera me llamaste en dos semanas y solo regresaste para proponerme ese trato. —Ella suspira y deja que las lágrimas resbalen por sus mejillas—. Si no tuvieras que casarte para cobrar tu herencia, jamás habrías regresado.
Gio se queda helado en su lugar, sin saber qué responder. ¿De verdad hubiese sido así?
Después de un largo rato en el que ambos permanecen en silencio y sin moverse, Gio se aparta de ella.
—Lo sé, fui un mal amigo. Quizás más adelante te habría llamado, qué sé yo... —Se rasca la nariz.
Las lágrimas de Katerina se vuelven más abundantes, pero ella no responde.
El silencio se torna incómodo y el espacio se siente pequeño y asfixiante. Gio es el primero en salir de la habitación, dejando a Katerina con el corazón roto.
—Creo que él fue coqueto conmigo como con las demás, después de todo —se lamenta entre sollozos—. Yo fui la única ilusa que se enamoró de una mentira. Vaya, al parecer es un comportamiento recurrente en mí: primero Tom y ahora Giovanni. ¿Por qué soy tan tonta?
Katerina se dirige al baño como un cuerpo sin alma y, bajo la ducha, sus lágrimas se mezclan con el agua.
 
***
 
Después de aquella mañana decepcionante, Katerina toma por costumbre acostarse temprano; asimismo, se marcha antes de que los demás se levanten, con la intención de no tener que lidiar con su hermana ni con Gio.
También procura no permanecer mucho tiempo en la tienda, dejando a este y a Lynda a cargo.
Esa noche, como de costumbre, Katerina se va a dormir en cuanto llega de la calle. En cambio, Gio se sienta en la sala, con el pecho descubierto y los pies descalzos. Sostiene una cerveza de lata en su mano derecha, lleva el cabello revuelto y sus ojos lucen perdidos.
—¿Quién entiende a las mujeres? —Suspira.
La imagen de Katerina llorando en la cama lo tortura, haciéndolo sentir como una mierda. Se cuestiona si ella llora por él o por Tom.
—¿Debería preguntarte? Quizás no te sea indiferente, después de todo. A veces me da la impresión de que me correspondes, pero temo que vuelvas a humillarme. ¿Y si te doy asco por mi pasado? Tal vez no soy lo suficientemente moral para ti.
Gio bebe de la lata y recuesta la cabeza en el espaldar del sofá.
—¿Por qué tan solito, cuñado? —La voz de Patty interrumpe el hilo de sus pensamientos. Él la mira sin ninguna emoción y toma un trago de su cerveza.
—Solo estoy pensando. ¿Y tú?
—No puedo dormir. Es que papá me despertó porque le dolía el estómago, y ahora se me hace imposible conciliar el sueño. ¡Estoy tan estresada! —Se le sienta al lado y lo mira con flirteo.
—El suegro se ve delicado. ¿Su delgadez tiene que ver con su estado de salud o siempre ha sido así?
Ella suspira con tristeza.
—No. Él es un hombre fuerte y corpulento, pero desde que enfermó se ha debilitado mucho. Me duele verlo así, ya que ha sido un buen padre. —Le soba el brazo a Gio y hace un puchero.
—Es bueno que mantengan la esperanza y confíen en que él se mejorará.
—Sí... —Ella se acerca más a él—. Tengo tanto estrés con todo lo que me está sucediendo que necesito un desahogo con urgencia. ¿Entiendes lo que es entregarte por completo a la persona que amas para que luego te traicione? Me dan unas ganas enormes de hacerle lo mismo a él y, de paso, quitarme la ansiedad que me cargo.
Ella lo mira alusiva y provocativa.
Gio se levanta del sofá, se sienta en uno de los sillones frente a este y vuelve a sorber de su cerveza.
—¿Sabes qué me llama la atención? —pregunta él con intriga—. La relación extraña que tienen ustedes con Katerina. ¿Acaso ella no se lleva bien con su padre? Ni siquiera me ha presentado a él como su novio.
» Y lo que más me intriga es que él no ha hecho el intento de hablar conmigo. Porque tonto no es; debe saber que Katerina y yo tenemos una relación. Es raro que se mantenga al margen. Siempre he creído que los padres se preocupan por estas cosas, pero a él parece no importarle.
Patty sonríe ante la oportunidad de poder espetar veneno en contra de su hermana.
—Como te dije, él es un buen padre; me atrevería a decir que el mejor. Lo que sucede es que Katerina se cree superior a todos nosotros porque es rica. Antes de casarse, solía parlotear que no se quedaría en ese pueblo mugroso ni sería como nosotros.
» Katerina me desprecia porque soy del tipo romántica y maternal. Sabes que tengo cuatro hijos y todos están bien cuidados y educados. A mi marido lo trato como a un rey; imagínate, ni siquiera trabaja. Y ni decirte el buen sexo que le doy... No es por alardear, pero conozco unos trucos que atarían y volverían loco a cualquier hombre.
La manera tan coqueta, provocativa y atrevida con que ella dice aquello le provoca rabia a Gio. ¿De verdad esa mujer se le está insinuando al novio de su hermana?
—Me imagino, lo debes tener bien amarrado con tus trucos —dice con sarcasmo y bebe el último trago de su cerveza—. Estoy cansado, me voy a dormir.
Gio se levanta del sillón dispuesto a marcharse, pero ella se incorpora de golpe y lo intercepta.
—Katerina nunca te haría vibrar de placer como lo haría yo. ¡Ella es tan aburrida! Mira cómo viste; de seguro es porque no puede lucir ropa moderna con ese cuerpo tan ñoño que tiene...
Gio aprieta la lata que tiene en la mano y la mira con expresión asesina.
—Te equivocas. Yo he tenido el privilegio de degustar ese manjar y, créeme, ella no tiene nada que envidiarle a otra.
Gio hace una pausa leve, luego agrega:
—Por el contrario, es la mujer más hermosa que mis ojos han visto, y no necesita ningún truco para tenerme atado y loco por ella, porque, con el simple hecho de estar entre mis brazos, desprendiendo su delicioso aroma y regalándome toda su esencia, me hace vibrar como ninguna otra lo ha logrado ni lo hará. Si me disculpas, me retiro.
Gio se aleja de ella, quien se queda allí dolida y consumida por una ira arrasadora al no lograr su objetivo. Le molesta que Katerina tenga todo lo que ella desea, incluyendo a ese hombre tan apuesto.
Después de botar la lata en el zafacón de la cocina, Gio entra a la habitación a hurtadillas para no despertar a Katerina. Se pone delante de ella, que duerme de lado y con el rostro en la orilla de la cama, para poder observarla. Extraña tanto molestarla, conversar con ella y ver su hermoso sonrojo cuando se escandaliza por sus palabras.
—Santita de mi corazón, ¿qué es lo que sucede con tu familia? Tengo un presentimiento feo, y de verdad no quiero ni imaginarme que hayas sido tan infeliz. —Le acaricia el cabello—. Eres tan linda... Si tan solo me amaras a mí en vez de a él. Si yo pudiera ser ese hombre que anhelas y darte todo lo que te mereces. Muñequita, ¿por qué no me tomas en serio? Soy un hombre, no un muchacho como piensas.
—Gio... —balbucea ella con los ojos cerrados. Él se pone pálido y se queda inerte al sentirse descubierto, pero se tranquiliza al ver que ella sigue durmiendo.
—¿Estás soñando conmigo, muñequita? ¿Será un dulce sueño o una pesadilla? —Le acaricia la nariz.
De repente, Katerina empieza a mover la cabeza con brusquedad y su cuerpo es azotado por varios temblores, lo que alarma a Giovanni.
—No..., me duele. Jabor, de verdad me duele... Siempre es así... No...
Gio se aterra al verla hiperventilar y sudar.
—¡Katerina, despierta! —Él la sacude asustado y, después de varios intentos, ella abre los ojos, que emanan lágrimas espesas.
—¡No quiero! ¡No quiero que él me toque, Gio! ¡Por favor, que no me toque! —grita desesperada y se refugia en su torso.
Gio la abraza con fuerza, como si quisiera protegerla del exterior, mientras sisea para calmarla.

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