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Katerina mira a Tom como si este fuese un mutante mientras pestañea varias veces. No puede creer su descaro ni su atrevimiento, tampoco ese aire de superioridad con el que busca minimizarla.
—Eres muy fantasioso, señor hijo de puta —se burla Gio, quien mantiene a Katerina pegada a él, como si estuviera marcando su territorio.
—Yo no voy a perder el tiempo hablando con un tipo sin educación como tú. Solo vine a advertirle a esta mujer —la mira de arriba abajo, con desprecio— que me deje en paz y que no se atreva a armar un espectáculo en mi celebración. Tú no eres suficiente para mí, Katerina. Sin embargo, Aurora es la mujer perfecta y no necesita perder la decencia con un delincuente promiscuo para llamar mi atención.
Cada acusación y ofensa de parte de Tom se siente como una cachetada para Katerina, a quien se le cristalizan los ojos gracias a la rabia que la consume.
La risa de Gio la saca de su ensoñación y la pone alerta, porque reconoce que aquella carcajada nada tiene que ver con diversión. Solo es cuestión de una provocación más para que este le caiga a golpes a su ex.
—¡Eres muy gracioso, maldito cabrón! El único ardido y quien está tratando de llamar la atención de Katerina eres tú. Eres un imbécil de lo peor. Si tanto te interesa mi mujer, ¿por qué no la valoraste y le diste su lugar cuando tuviste la oportunidad? La dejaste ir, como el gran idiota que eres, así que no vengas a joder. Katerina tiene un marido que da la cara por ella y que no permitirá que nadie vuelva a humillarla.
—¡Vaya, marido! —se mofa Tom, dolido por la realidad de haberla perdido, y ese hecho lo tortura todos los días—. ¡Qué bajo has caído, Katerina! Pero ¿qué se puede esperar de una zorra como tú?
Tom es interrumpido por un puñetazo de parte de Gio.
El golpe es dado con tanta tirria que él queda doblado y se tambalea al tratar de recuperar el equilibrio. Aquel ataque capta la atención de todos los presentes, quienes se amontonan, curiosos, y empiezan a murmurar entre ellos mientras observan la bochornosa contienda.
Por su parte, Tom se incorpora y trata de devolverle el golpe a Gio, pero este se le escabulle con facilidad y lo empuja, logrando que caiga al piso.
Todos se ríen de él.
Con el sabor amargo de la humillación, el ego herido y el odio consumiéndolo hasta los tuétanos, Tom se levanta y se limpia el traje.
—¡Eres un salvaje! —lo acusa—. ¡Ni creas que me voy a rebajar a tu nivel! ¡Esto te saldrá muy caro, insolente pela gato! Te pondré una denuncia por agresividad. Pero ¿qué se puede esperar de un marginal como tú? Eres una basura sin valor que, por lo visto, te mereces a la zorra pela viejos que tienes como esposa. Los dos me dan asco.
Esta vez, es Katerina quien lo cachetea, dejando a todos sorprendidos.
—Déjame en paz, Tom. Ya te dije que no quiero nada contigo, que me enamoré de Gio. ¿Por qué te es tan difícil aceptarlo? De todas formas, tú tienes a tu prometida. Sé feliz con ella y no te metas en mi vida —espeta, hastiada.
Gio, en cambio, se ha quedado atónito ante la confesión de ella.
«¿Será verdad o lo dijo para que este cabrón la deje tranquila?», ese pensamiento fugaz lo mortifica.
—Vámonos, Gio. —Ella no espera respuesta, más bien lo agarra por la mano y se lo lleva a rastras lejos de allí.
Caminan por la playa hasta alejarse de los lugares concurridos, en un silencio cómodo.
—Vamos a descansar —dice Gio, deteniéndose.
Katerina se acerca a él con los ojos llorosos y lo abraza.
Deja salir su frustración por medio de las lágrimas, y los sollozos son el medio para drenar su ser. Todo iba tan bien, y ella se sentía tan feliz... ¿por qué tuvo que aparecer él y arruinarlo?
—¡Es tan injusto! —chilla con impotencia y frustración—. Yo no me meto con nadie, siempre trato de ayudar a todo el que me necesite y me mantengo al margen para no molestar. ¿Por qué todo el mundo me odia? ¿Es tan difícil hacer de cuenta que no existo y dejarme ser? Duele tanto que, por más que intento protegerme, siempre estoy expuesta a la maldad de los demás.
—Sssshhh... —sisea él mientras le acaricia la espalda—. Las personas de esta ciudad son una mierda. Tú eres una joya invaluable que los opaca, por eso se meten contigo; mas no les des el gusto de verte derrotada. Katerina, no les des importancia y vive tu vida como te dé la gana, preciosa.
—Es lo que quiero hacer, Gio. —Ella lo aprieta, dejándose llevar por la embriaguez que su perfume le provoca.
—Entonces hazlo, cariño. Es más, te voy a borrar la memoria para que te olvides de ese momento feo que tuvimos.
Ella estalla en carcajadas ante lo ilógico que suena él.
—¡Qué cosas dices! —Le palmea el pecho.
—Vamos a intentarlo; cuando yo te bese, olvidarás al berrinchudo y mierdita de Tom y solo recordarás todo lo lindo que hemos vivido hoy. ¿Le entras?
Ella asiente, juguetona.
Gio se acerca a Katerina un poco nervioso, dado que besarla a ella no es tan fácil como lo era con las demás.
Con Katerina, sus emociones son un caos: el corazón le palpita fuerte y todo su alrededor deja de existir. Con ella, los besos saben distintos e incluyen sentimientos.
Sus labios se rozan y él sonríe al percibir el estremecimiento en Katerina, su respiración agitada y la manera tan linda en que cierra los ojos.
—Me gustas tanto que, a veces, no sé cómo lidiar con eso —susurra él, antes de unir sus bocas.
Dos lágrimas mojan las mejillas de ella al sentir aquel beso tan sublime y exquisito, al punto de lograr que las emociones negativas se esfumen.
«Gio tenía razón, me ha borrado el momento amargo y lo ha reemplazado por uno lindo y dulce», piensa, conmocionada.
—Tengo una idea que te va a quitar todo ese estrés acumulado. Verás lo bien que te sentirás cuando termine.
Las palabras de Gio la ponen nerviosa. ¿A qué se refiere con eso?
Gio no espera a que ella responda, sino que la jala del brazo y corre por toda la playa junto a ella. Regresan al área de los bares y se dirigen a un puesto de postres.
—Quiero un cono de vainilla y menta, por favor —pide él.
Katerina lo mira confundida y un poco decepcionada.
«Con que a eso te referías... Un helado», piensa mientras lo observa ida.
Cuando Gio paga el postre frío, vuelve a tomarla de la mano y se aleja con ella. Busca un lugar solitario y camina en dirección a la orilla de la playa.
Katerina, quien aún está confundida con su proceder, se mantiene en silencio y se entretiene con las luces tenues que están puestas de manera estratégica y embellecedora en toda la playa.
Gio se detiene cuando se ve frente a un conjunto de rocas y se sienta en la arena, oculto detrás de estas.
Katerina lo imita y se le sienta al lado, luego pone su atención en la belleza del mar, que luce casi negro debido a la penumbra de la noche.
—El helado se está derritiendo —dice ella divertida.
Por su parte, Gio empieza a lamer el helado que le cae en la mano mientras la mira de forma sugestiva y sensual, acción que la hace tragar con dificultad.
—Bésame, esposa —comanda con voz seductora.
Katerina obedece y une sus bocas, dejándose llevar por el deseo que ha reprimido por mucho tiempo.
En cuanto a Gio, sonríe sobre los labios de ella y los lame con picardía; esa acción provoca que un volcán estalle dentro de Katerina, quien lo jala por la nuca y lo besa con hambre.
«Qué rico...», piensa él mientras se deja hacer de su mujer, quien toma la iniciativa de invadirle la boca con la lengua.
Gio le sigue el juego y le roza la punta de la lengua con la de él, causando que el huracán de la pasión los envuelva y que el deseo se torne irrefrenable.
—¡Carajo, mujer, ¿acaso quieres que te embista aquí mismo?! —gruñe él, extasiado con tanto goce.
Gio mira el helado que se está derritiendo en su mano y se lo pega en la boca a Katerina, quien disfruta de la combinación de sabores.
Él la vuelve a besar para probar el dulce del helado en la boca de ella, acto seguido, le acaricia el seno derecho con delicadeza, acción que le saca un gemido tenue a Katerina.
Después de besarla y acariciarla por un rato, Gio come del helado y mira a Katerina con expresión atrevida y maliciosa.
—¡Disfrútalo, es tuyo! —la insta, acercando el postre a la boca de ella—. Lo necesitas, estás muy tensa y estresada. ¿Sabías que comer helado estimula zonas en el cerebro que contrarrestan el estrés, aparte de que te da sensación de felicidad y placer? Y si a eso le sumamos la vainilla y la menta, mejor la experiencia, ya que ambos son relajantes. La vainilla relaja los músculos y mejora el estado de ánimo, por eso escogí ese sabor, aparte de que es delicioso.
—Lo es, gracias —Ella come con ganas. Casi se atraganta con el helado cuando las manos de Gio le acarician las piernas hasta llegar a los muslos—. ¿Qué haces? —interpela con voz temblorosa.
—Te ayudo a relajarte... —musita él mientras se muerde el labio inferior de manera seductora y sugestiva.
Gio mete la mano debajo del vestido y le pide a Katerina que continúe comiéndose el helado, mandato que ella obedece sin dejar de ponerle atención a las manos traviesas de él.
Los dedos de él trazan círculos por encima de su ropa interior y de a poco se las arregla para bajarla; no obstante, Katerina aprieta las piernas para evitar que Gio continúe con la tarea de dejarla expuesta ante él y lo mira con vergüenza.
—¿Qué estás haciendo? —cuestiona él con voz suave—. Déjame mimarte, cariño —pide complaciente.
Sin responder con palabras, Katerina afloja y deja que él haga lo que desee.
Para calmar los nervios que la corroen, ella lame el helado con ansias, como intento fallido de no enfocarse en Gio.
Este menea la braga en el aire, como si celebrara alguna victoria y, después de ponerla al lado de ella, empieza a recorrerle las piernas con roces de labios superficiales que le provocan un cosquilleo casi insoportable, por lo que ella se remueve con espasmos.
Una vez él llega a su objetivo, le levanta la falda del vestido hasta la cintura, lo que le da acceso a su monte de Venus y toda su área genital. Gio atrapa entre sus labios los pocos vellos que le adornan la feminidad y juega con ellos, esa acción le provoca un cosquilleo placentero a ella, que chupa el helado para no gemir, porque le da vergüenza que él la escuche.
El delicioso sabor dulce de la vainilla, mezclado con el de la menta, le produce un placer exquisito al paladar, pero esa sensación no se queda allí, se extiende en todo su cuerpo cuando Gio le da un lengüetazo en toda su zona íntima.
Ella se sacude ante el electrizante impacto y lo mira extasiada y maravillada, a la expectativa de más.
Él, reconociendo sus facciones y seguro de que a ella le gustó su estimulación, vuelve a lamerla de arriba hacia abajo. Dura un rato lamiéndole los labios, hasta que decide intensificar su acción.
—No dejes de comerte el helado, mamacita rica —ordena.
Él hunde la cabeza entre las piernas de ella y empieza a saborear con frenesí, embriagado con su olor, sabor y textura, asimismo, satisfecho de todos los gemidos, jadeos y sacudidas que expresa ella.
Por su parte, Katerina se remueve en la arena, recostada de la roca mientras observa el firmamento lleno de estrellas, con una media luna brillante.
Se sume en el sonido de las olas al chocar, la brisa fría que hace que la piel se le erice y el olor a sal mezclado con menta y vainilla. Todos sus sentidos se agudizan y el placer domina a cada uno de estos.
Sin embargo, hay un sonido que la excita cada vez más y la hace sentir desinhibida y atrevida, al punto de dejarse llevar por la emoción que la embarga y moverse al ritmo de la lengua de Gio.
Ese sonido, que la hace perder la vergüenza y encenderse cada vez más, es el que hace Gio al lamer y chupar.
Ella da un respingo que provoca que el helado se le embarre en la cara, cuando este le da una pequeña mordida en la parte donde, según la nula experiencia de ella, se orina.
Gio, deleitado con la imagen de ella casi llegando al clímax, decide jugar un poco más pesado. Razón por la que mete un dedo en su abertura mientras le estimula el centro del placer femenino y, cuando se asegura de que ella se siente cómoda, añade otro dedo.
Katerina gime más fuerte mientras menea la cadera de forma estrambótica, ritmo que le sirve de guía a Gio para intensificar las embestidas y la succión. Katerina se pone tiesa y exhala un largo suspiro, acto seguido, su cuerpo tiembla con espasmos continuos.
Por su parte, Gio lame sus fluidos, lo que provoca que ella tiemble con más fuerza, al estar demasiado sensible como para seguir siendo estimulada.
—¿Q-qué fue eso? —tartamudea sofocada. Todavía siente la electricidad recorrerle la piel, el corazón agitado y el cosquilleo placentero en toda su zona íntima.
—A juzgar por tu reacción, creo que es tu primer orgasmo, muñequita —Él la besa en los labios y la refugia en su pecho.
