Hay momentos en la vida en los que recuerdas experiencias y tonterías que creías olvidadas. Ríes sola, lloras o simplemente suspiras como lo hago yo ahora. Estoy sentada frente a la ventana de cristal de mi habitación, admirando caer las gotitas del grisáceo cielo y mezclarse con el agua de la piscina que está en el patio de Scott. Río sola al recordar cuando ellos la construyeron. En ese entonces, no le hablaba a Scott porque era raro y los niños se burlaban de él, y yo no quería ser otra perdedora.
Todo cambió cuando construyeron la dichosa piscina y me hice amiga de Scott solo para poder bañarme en ella. Creo que teníamos ocho años. Desde ese día Scott socializó con los demás vecinos, quienes también se le acercaron por la misma razón que lo hice yo.
Me burlaba de él porque veía novelas y hasta las leía, yo las odio. No soporto lo cursi, el color rosa ni las cosas brillantes, también odio el cliché de la chica sufrida y sin dignidad ni amor propio, que se emperra con el odioso y posesivo Adonis, quien además es un patán que la hace sufrir.
Scott y yo somos diferentes; él es el chico sensible y cursi, mientras que yo…, pues, trato de sobrevivir. El caso es que Scott me era de todo, menos atractivo. Tenemos nuestra extraña historia, pero nunca le di importancia.
Cuando cumplí quince años, mi papá y yo dejamos esta pequeña ciudad, después de tres años regresamos y me encuentro con un Scott puto y muy solicitado. ¡Es como si hubiera regresado a una realidad paralela!
Lo odio por fastidiarme la vida y de repente el muy estúpido me besa. No lo entiendo, ¿por qué no puedo olvidar ese beso? Cabe destacar que fui besada por un chico muy apuesto el mismo día; sin embargo, con Scott sentí cositas diferentes.
Me levanto hastiada de mirar al patio del niño especial, y decido tomarme un café con té de limón.
***
Hoy es un nuevo día. Me levanto con sentimientos bipolares y me doy un baño, salgo a la cocina y tapo mis ojos ante la imagen con la que me encuentro. ¡Rayos! No sabía que los viejos lo tuvieran así.
—¿Por qué mi abuelo corre por la casa desnudo? —Me siento junto a mi padre, quien tiene su atención puesta en las ofertas de empleo del periódico. Minerva me pone un plato con tocinos y tostada enfrente y me regala una gran sonrisa; yo miro en dirección a mi pobre abue que está persiguiendo a don Fulgencio con una toalla para cubrirlo. Está cada vez más loco, el pobre.
—Pues la mala maña le subió de nivel y ya el stripper hace striptease. —Me carcajeo por los ademanes y bailes sensuales de esta divertida doña y empiezo a devorar mi desayuno.
Mi abue se sienta en la mesa, agitada, y con el corazón en la boca.
—Entonces tu hija adolescente y estudiante encontró trabajo, pero un adulto graduado y con experiencia como tú, aún está desempleado —ironiza, remeneando la boca, en cambio mi progenitor pasa la página del periódico sin decir nada.
—Deja al niño tranquilo, él que se concentre en buscarse a una mujer y así nos vamos los cuatro de parranda. —Mi abuelo abraza a mi padre, solo que como mi progenitor está sentado, su rostro queda cerca de su pelvis. Papá salta de la impresión al percatarse de que mi abuelo se encuentra desnudo.
—¡Papá! ¡Deja de ser tan sin vergüenza y ponte ropa! ¡Qué horror! Madison te está viendo, respeta a tu nieta.
—No estoy viendo. —Me cubro los ojos y escucho a mi abue resoplar; creo que está cansada de esta situación.
—¡Nos vemos en la tarde! —Salgo corriendo de allí antes de que el abuelo empiece con su discurso de que mi padre se está perdiendo los mejores años de su vida con su soltería, y bla, bla, bla.
Miro por todos lados al sentir la paz y tranquilidad a mi alrededor, eso solo significa que Scott no está. Camino despacio, esperando su sonoro y molestoso saludo, pero nada, él no aparece a fastidiar.
Me encojo de hombros y apresuro el paso en dirección al autobús; hoy empezarán mis clases y sé que será un caos. Me siento en la ventanilla y resoplo con decepción; es más, no me importa. No quiero ver a Scott o ¿sí? El autobús emprende la marcha y hago un mohín, creo que siento un amargor en mi pecho o algo parecido… Debo pensar bien las cosas, solo fue un beso, nada especial… ¡A quién engaño! Creo que me gusta Scott. No, eso no. Mentira, mentira, mentira.
¡Rayos!
Siento un peso a mi lado y me echo haciéndole espacio al extraño sin mirarlo, ya que no estoy de humor ni para saludar. Mis sentidos se deleitan con la deliciosa colonia de mi vecino de asiento… Miro por inercia al reconocer ese perfume y un Scott con cara de perro me observa en silencio.
¡Joder!
Mis emociones están locas y patas arriba. Mi corazoncito golpetea mi pecho y mis manos sudan y tiemblan. ¡Vaya! Espero ansiosa su chiste de mal gusto o su comentario pretencioso, pero el muy anormal no dice nada, solo levanta su mano con indiferencia y la ondea en forma de saludo. ¿Es en serio?
Hago lo mismo, pues si a él no le afecta a mí tampoco; es así como regreso mi mirada al cristal e ignoro a Mr. Importante. Pasan los minutos y al imbécil parece que los ratones le comieron la lengua. Di algo, Madison…
—Scott… —balbuceo entre dientes y pareciera que tiene oídos ultrasónicos, puesto que posa sus ojos oscuros sobre mí a la expectativa. Tomo una bocanada de aire y le voy a introducir… (mente sana come manzana). Obviando mi pensamiento insano, le voy a introducir el tema; no obstante, él me detiene cuando levanta sus dedos al aire, debido a que ha recibido una llamada.
—¿Sí? Está bien, Jessica. —Sonríe como puto y algo dentro de mí se prende—. Claro que sí, está bien. Te lo prometí, yo siempre cumplo lo que prometo.
¿Qué le prometió? Presto atención a cada palabra, pues sí, estoy husmeando en conversiones ajenas. En mi defensa, ese chico me está empezando a gustar y esa tal Jessica se lo quiere degustar con jarabe de chocolate… Bueno, tal vez esa sea yo, pero el caso es que a ella le sonríe, aunque no lo esté viendo, y a mí solo me ondeó una mano.
Scott termina su llamada, conecta sus auriculares en el celular y luego los pone en sus oídos. Al parecer, se olvidó que estábamos conversando.
***
Bien, llegamos a la selva.
Veo a los nuevos correr de aquí para allá y preguntar por materias y aulas. Me abrazo a mí misma, adivinando lo que me espera, puesto que no conozco cómo funcionan las cosas en este lugar. Miro a Scott, quien me ha estado evitando desde el autobús hasta aquí, y siento unas ganas inmensas de golpearlo. Me alejo enojada y un grito eufórico me espanta: es el alarido de Patty. Soy arrastrada hacia un gran mural y trago pesado al entender que el caos ha empezado.
¡Qué día! Patty y yo hemos pasado la mañana corriendo de aquí para allá, pero hemos sobrevivido.
Después de almorzar me despido de ella, dado que no concordamos en una de las materias, gracias a que seleccioné una que ella no. Lo siento, tenía que librarme de Ms. Intensidad por lo menos dos horas. Hoy me toca uni hasta las cuatro, por suerte no tengo que trabajar los martes. Camino en busca de los baños y empiezo a correr, pues creo que ese almuerzo me cayó mal. Me encierro con prisa y lo dejo salir…
Ah… ¡Qué agradable!
Después de evacuar hasta el alma, le doy a la palanquita que se lleva una parte de mí, pero cuando voy a salir escucho voces.
Lo sé, es normal escuchar voces en un baño público; sin embargo, este es un baño de chicas y la voz que percibo pertenece a un chico.
—Estás loca, no debo entrar al baño de mujeres… —Su voz se apaga de repente y, a juzgar por los sonidos que hacen, deduzco que se están besando… ¡Oh, Dios! ¡Voy a presenciar un revolcón! Perfecto, mi día no puede empeorar más…
¡No!
Conozco esa voz…
—¡Ay sí, Daniel! Tú sí sabes lo que me gusta…
No…
Los jadeos y sonidos bruscos inundan el lugar…
Me lo puedo imaginar…
Él la toca y ella se remueve de placer, ambos sudan y gimen… Ambos disfrutan hacerlo con violencia y entrega…
Seco mis lágrimas porque al parecer me ha caído una pajita en ambos ojos y estos no paran de emanar líquido. ¡Llorones!
Escucho como él la regaña por gritar tan fuerte y ella se carcajea. ¡Lo está disfrutando! La rabia nubla mis sentidos y me dan deseos de interrumpirlos y arruinarles el momento… Pero eso no estaría bien, ¿cierto? ¡Qué rayos! Ellos son los que no deben estar haciendo sus cochinadas en el baño público de una universidad. Yo no tengo por qué ocultarme.
Abro la puerta y me dirijo en silencio al lavamanos. Tomo jabón, abro el grifo y empiezo a lavar en silencio.
¿Les he dicho que ellos se despegaron del susto? Eso solo me recuerda cuando el perro de las gemelas se le pegó a una perrita que tenía Scott, y como no se despegaban, le tiramos agua. ¡Eso fue cruel! Scott se sube los pantalones con nerviosismo y la perra…, perdón; Camile se arregla su ropa cara y me mira con reclamo, pero como ellos saben que yo no hice nada malo, no dicen ni una palabra. Paso en medio de ellos y miro a Scott a los ojos, contengo las ganas de llorar y creo que él ha entendido mi mirada de decepción. Me apresuro a salir del baño y, una vez me encuentro en el exterior, las lágrimas salen con libertad.

