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Katerina riega las flores en el jardín con una sonrisa de satisfacción. Estar rodeada de las coloridas plantas le sube el ánimo y la saca de su cruda realidad.
En ese momento, la paz que le brinda admirar sus flores le provoca una alegría enorme; asimismo, la calma en la que está sumida la relaja.
—¡Katerina! —Ella se espanta y mira en dirección a la voz. El dueño de esta ya ha salido de la cocina y también se encuentra en el patio.
—¿Por qué gritas? —interpela con el ceño fruncido.
«Adiós, tranquilidad», piensa mientras pone la regadera encima de una mesita que tiene en el patio y se cruza de brazos.
Por su parte, Gio la aborda con entusiasmo y le da unas chocolatinas.
—¡¿Puedes creerlo?! —espeta feliz, bajo la confundida mirada de ella.
—¿Creer qué? —Mira las chocolatinas en sus manos, sin entender nada aún.
—Tenía muchos años que no veía estos chocolates; en realidad, no recuerdo la última vez que los comí. No sé por qué dejaron de venderlos en Cinsy. ¿No es eso maravilloso? Creí que nunca más los degustaría.
Katerina lo mira con extrañeza.
—Me imagino que hay una historia detrás de esto. —Entrecierra los ojos.
—Pues… —Él se rasca la cabeza—. Mamá solía comprarlos y juntos los derretíamos; luego los comíamos con galletas, tostadas, rosquillas o pastel. Era delicioso y divertido —responde con nostalgia y añoranza de un recuerdo que no volverá a vivir.
Katerina lo observa conmovida y, de momento, le da tristeza. Se imagina lo feliz que fue junto a sus padres y lo doloroso que debió ser perderlos de golpe.
Ella suspira para no llorar, debido a que entiende su sentir y vida solitaria.
—Me alegra mucho que los encontraras. Oye, ¿por qué no me enseñas lo que hacías con tu mamá? Compré galletas de leche y me encantaría probar tu mermelada en ellas.
Gio la mira pasmado y los ojos se le cristalizan por la emoción.
—¿De verdad? —pregunta, conmocionado. Como respuesta, Katerina asiente con una sonrisa.
Gio la agarra por la muñeca y se la lleva a rastras para la cocina y, una vez adentro, él rebusca en la despensa, de donde saca leche y vainilla.
—Le pondremos un poco de esto… —Echa varias cucharadas del líquido blanquecino en la sartén y una gota de vainilla; acto seguido, saca las chocolatinas del empaque y las añade a los ingredientes.
—Me imagino lo rico que ha de quedar —dice ella mientras observa el chocolate derretirse.
El delicioso olor inunda la cocina y se mezcla con el cítrico del desinfectante con el que ella siempre limpia la mesa en la mañana.
—¡Te va a encantar! —asegura él con emoción, a la vez que mueve la mezcla. Cuando el chocolate se vuelve un jarabe cremoso, Gio apaga la estufa y lo echa en otro recipiente—. Vamos a esperar a que se enfríe —informa y lo mete al refrigerador.
—Buscaré las galletas —dice Katerina. Se dirige al armario y saca una caja del postre crocante.
—¡Perfecto! —exclama él entusiasmado.
Katerina toma una galleta y la muerde, luego le da de comer a él, quien acepta gustoso. Giovanni se acerca a ella y la carga por la cintura para sentarla encima de la mesa.
—¿Qué haces? —Ella ríe con diversión.
—Creo que ya lo podemos comer —susurra él mientras mira su reloj.
Giovanni busca la mermelada chocolatosa y pone el recipiente encima de la mesa.
—Se ve delicioso. —Katerina le mete el dedo al jarabe y chupa el chocolate que se adhiere a este.
Gio, quien sigue sus acciones con la mirada, le agarra la mano y la mira con picardía.
—Te quedó chocolate aquí. —Señala el dedo que aún se encuentra sucio, sonríe malicioso y luego se lo mete en la boca.
Por su parte, Katerina se queda helada por la impresión.
Sentir los labios de él envolverle el dedo le provoca un escalofrío extraño; asimismo, los latidos de su corazón se tornan rápidos e intensos y la respiración se le acelera.
Gio le chupa el índice y lo saca de la boca de forma lenta. Entonces su lengua lame los otros dedos mientras sus ojos esmeraldas escudriñan la reacción de ella.
—¿Q-qué…? —Katerina no termina la frase, puesto que él se ensucia el dedo con jarabe y se lo mete en la boca.
Katerina saborea el chocolate sin inhibición, lo que le provoca a Gio un cosquilleo placentero en todo el dedo y, como respuesta a esa deliciosa sensación, se muerde el labio inferior.
Ella intenta mantener el ritmo regular de su respiración, pero se le dificulta. No puede controlar las reacciones de su cuerpo, como tampoco apartar la mirada de la expresión sexi que él hace.
Giovanni libera el dedo de la boca de Katerina.
Tras observarla con devoción por unos segundos, él le limpia el chocolate que le queda a ella en la comisura de los labios; luego se chupa la yema que usó para quitarle la mancha, con gestos sensuales.
Katerina se queda alelada, observando esa boca que luce tan apetitosa y deseando que vuelva a besarla como aquella vez.
—Gio… —balbucea con nerviosismo.
Ellos conectan miradas y, a la vez, se relamen los labios, como si ambos desearan exactamente lo mismo.
—Si te beso, ¿te enojarás? —pregunta él con voz temblorosa.
Ella lo observa en silencio, con las mejillas sonrojadas. Después de unos segundos que a él le parecen eternos, ella decide responder:
—No es correcto —dice con tristeza.
—¿Por qué? —inquiere él con voz desesperada.
—Porque estás saliendo con Lynda. —Su expresión se ensombrece.
—No estoy saliendo con ella. Le terminé los derechos hace unos días.
Katerina lo mira con escepticismo.
—Pero eres menor que yo, no es correcto —replica.
—Solo nos llevamos cinco años; eso no es un problema. Katerina, ambos somos adultos y dueños de nuestros actos.
—Soy la viuda de Koch, está mal visto que haga estas cosas con otro hombre —insiste.
—¡A la mierda! Ese señor está tres metros bajo tierra, así que eres una mujer libre y me vale lo que piensen los demás. Dime, Katerina, ¿te queda otra excusa?
—No… —Ella se muerde el labio inferior—. Se me acabaron todas.
—Me alegro. ¿Ya puedo besarte? —Gio no espera una respuesta; más bien, le invade la boca con un beso apasionado y cargado de deseo.
Ella cierra los ojos e imita los movimientos de él de manera torpe y con un deseo que le provoca querer más, puesto que los labios de su enamorado le saben a gloria y la manera tan exquisita de él apropiarse de su boca la está enloqueciendo y haciéndole perder la cordura.
Katerina se deja llevar por la emoción, pero al ser inexperta, sus dientes chocan. Como respuesta al impacto, Gio estalla en carcajadas; luego le acaricia las mejillas y la mira con dulzura.
—Me intrigas tanto… ¿Te confieso algo que no me he atrevido a decirte en todos estos días? —Ella asiente con la cabeza y él continúa—: Descubrí una foto tuya y de tu esposo en una de las cajas que se encuentran en mi habitación. Supongo que es de cuando se casaron porque tenías un raro y feo vestido blanco.
Todo el encanto anterior desaparece de forma brusca.
Katerina siente como si un rayo la atravesara y la hiciera despertar de aquella fantasía. Su cuerpo tiembla y los ojos se le cristalizan.
¿Cómo olvidar aquel día cuando firmó unos papeles de boda a puros golpes?
Recuerda las cachetadas atinadas por su padre, la manera brusca en que le agarraba el cabello y cómo la amenazaba para que firmara aquellos documentos.
—Estuve tan cerca… —balbucea ella; al instante, dos lágrimas le recorren las mejillas.
Recuerda que, si Patty no la hubiera descubierto y acusado, ella se hubiera escapado antes de ser aprisionada.
—¿Qué dijiste? —inquiere él, al no entender su balbuceo.
—¿Piensas que soy una mala persona porque me casé con un señor mucho mayor que yo? —pregunta con temor a la respuesta.
—No eres mala persona, pero sí todo un misterio. Supongo que tuviste tus razones.
Katerina suspira con alivio y baja la mirada.
—Gracias por no juzgarme —le dice ella, y le sonríe.
Gio limpia las lágrimas que se desbordan de sus ojos melosos y junta sus frentes.
—Tú no lo hiciste conmigo; sería un descarado si lo hiciera yo contigo —responde.
—Gio, estoy feliz de que seas parte de mi vida.
Katerina lo abraza.
El contacto es maravilloso. Es una mezcla de deleite, calidez y refugio; un bálsamo a tanto dolor reprimido.
Giovanni la aprieta fuerte y le acaricia la espalda con los dedos.
—A mí también me alegra conocerte; sin embargo, mañana debo viajar a Permis para reclamar mi herencia —confiesa, y sus palabras salen entrecortadas y cargadas de incertidumbre.
Katerina aspira el olor de él y hunde la cabeza en su clavícula, deseando que el tiempo se detenga en ese instante y que ella no tenga que verlo partir.


