El gigoló y la viuda – Cpítulo 13

This entry is parte 15 de 17 in the series El gigoló y la viuda

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Katerina se levanta y se prepara para ir a la tienda, se mira en el espejo y, por primera vez en muchos años, odia su reflejo.

¿En qué momento se acostumbró a verse así? ¿Por qué no ha hecho nada con respecto a su imagen después de la muerte de su esposo?

Antes de casarse, le gustaba usar vestidos de colores, no muy largos y que le resaltaran la figura; también llevaba un poco de maquillaje y dejaba su cabello suelto. Todo cambió cuando su esposo la empezó a celar hasta por tonterías, entonces debía vestir esas ropas anchas, largas y feas.

Se abraza a sí misma cuando recuerda las palabras de su invitado, a quien apenas conoció el nombre la noche anterior porque ni eso le había dado.

Ella se pasa la mano por el rostro en busca de alguna arruga o imperfección, puesto que, pese a que nunca se había visto vieja, ahora su rostro se percibe diferente.

—Acostarse conmigo sería como acostarse con su madre… —Hace una mueca de disgusto y pasa las manos por el espejo—. ¿En qué momento envejecí? ¿Cómo es que el tiempo ha transcurrido tan rápido? Siento que he perdido mi vida…

Los ojos se le cristalizan y la sensación de vacío le aprieta el pecho.

Katerina mira el reloj y suelta un quejido porque se le está haciendo tarde. Le gustaría quedarse acostada ese día y seguir martirizándose, mas tiene que abrir la floristería y hacer varias diligencias.

—Vamos, eres exitosa y pronto podrás cumplir tu sueño. Todavía te queda mucho por vivir —habla a su reflejo y finge una sonrisa.

—Katerina… —Se exalta al escuchar a Giovanni del otro lado de la puerta. Se siente culpable por ese extraño nerviosismo que la pone a temblar cada vez que él está cerca.

«Él es más joven que tú», dice para sí.

—¿Estás despierta? —Giovanni da varios toques a la puerta.

—¿Qué quieres? —Ella le abre.

—¿Cómo me veo? —pregunta él mientras se gira para mostrar su nuevo atuendo.

Ella lo observa alelada y le presta atención a cada detalle de su figura.

El pantalón negro de mezclilla le queda ajustado, lo que resalta sus piernas trabajadas y combina bien con la chaqueta del mismo color, que le añade sensualidad.

Detiene su escrutinio en el torso, ceñido con una franela blanca que se le pega al cuerpo como segunda piel y muestra lo musculoso y estético que es su torso.

La gargantilla negra con dije en forma de árbol que él traía cuando lo conoció está colocada por encima de la franela. Giovanni lleva un arete en el oído izquierdo y varias pulseras en su muñeca derecha, que ella no sabe si simbolizan algo o son simple decoración.

Su vestimenta le da una vibra elegante pero casual al mismo tiempo, resaltando lo juvenil, fresco, pero sexy que es él.

El calzado que ella le escogió es parecido a los que él llevaba la noche que lo conoció y que ella tiró: unos tenis blancos y sencillos. Ella nota que él trae el cabello rizado y desarreglado, cuya rebeldía le añade salvajismo a su apariencia.

—Te ves… —Katerina se lame el labio inferior y respira hondo—. Te ves muy bien…

«Desde que te conocí», piensa mientras lo mira de arriba a abajo.

Las personas en Lilibor tienden a ser conservadoras y un poco anticuadas. Es raro ver a jóvenes vestidos con ropa moderna, y los pocos que se atreven a salirse de la etiqueta de aquella sociedad son como la miel para las chicas, pero el escándalo para las mayores.

—Gracias. —Sonríe airoso—. Oye, ¿me prestas tu secador?

—Claro, entra. —Se queda congelada al decir lo segundo. ¿Lo está invitando a entrar a su habitación?

Por su parte, Giovanni se abre paso y empieza a rebuscar con la mirada.

—¿Dónde está? —Escanea el tocador y sonríe al verlo allí arriba.

—¿Te vas a deshacer de los rizos? —pregunta cuando este conecta el aparato, toma uno de los cepillos de ella y empieza a lacearse el cabello.

—Sí.

—¿Por qué? —Ella lo observa con curiosidad.

—Porque son un problema. Aunque no quedará lacio porque de una vez se pone ondulado, por lo menos estará más manejable —responde casi terminando su tarea.

—Ummm… Tus rizos son hermosos y se te ven muy bien. Ya quisiera yo que mi cabello se rizara así. —Hace un puchero mientras se agarra un mechón.

—Ya quisiera yo tenerlo tan lacio como tú. Me encanta tu cabello; de seguro es fácil peinarte. —Él se acerca y le acaricia las hebras negras que le llegan por encima de los hombros.

Katerina lo mira a los ojos y se pierde en el verdor de estos. A ella le provoca curiosidad la exótica mirada y no puede evitar tratar de descubrir qué es en sí lo que lo hace tan llamativo.

—¿A dónde irás? —pregunta ella.

—Debo poner la denuncia del robo, quizás pueda conseguir mis documentos y, si ocurre un milagro, recuperar mi dinero. —Trata de pasarse el secador por detrás, pero le es incómodo.

—Déjame ayudarte —ofrece ella y extiende la mano para que él le pase el aparato—. ¿Quién eres en realidad? —interroga, a la vez que pasa el cepillo con delicadeza por el cabello rizado, que poco a poco se va estirando.

—Te lo dije anoche, soy Giovanni —responde con ironía.

—Sí, pero ¿por qué estás en esta ciudad que para nada encaja contigo y por qué tenías todo ese dinero? También recuerdo que me dijiste que no te llevara a ningún lugar público la noche que te rescaté.

Giovanni se queda pensativo, maquinando lo que le respondería. No quiere asustarla porque necesita su ayuda, tampoco tiene mucho qué ocultar, dado que él solo escapa de su esclavitud.

—Es que estaba alterado por el ataque, por eso te pedí que me llevaras contigo. En cuanto al dinero, es el resultado de diez años de trabajo duro. Solo vendí mis pertenencias y saqué mis ahorros del banco.

Katerina continúa laceando el cabello mientras medita las palabras de su invitado.

—¿Trabajas desde los quince años? —calcula.

—Así es.

—Se supone que a esa edad estás estudiando, pero me imagino que hacías ambas cosas. Yo también trabajaba mientras estudiaba; llegué a tener una buena suma de dinero a mis veintes, que tenía previsto usar para ir a la universidad.

—¿Qué estudiaste? —desvía el tema.

—En ese tiempo, nada —contesta con tristeza—. Después de que enviudé, decidí retomar mis sueños. Hace poco me gradué de floricultura.

—Flori… ¿qué? —Frunce el ceño al no entender—. ¿Qué mierda es eso?

—Producción de flores.

—¡Puta mierda! ¿Las flores se producen? No sabía que existía tal cosa —exclama sorprendido.

—¿Es necesario hablar así? Te ves muy lindo hasta que abres la boca —gruñe ella con disgusto.

—Con la boca abierta paso de ser bonito a ser complaciente y placentero. —Sonríe malicioso. Katerina le da un jalón en el cabello, lo que hace que él se queje—. Eres una sádica. Por cierto, me causa curiosidad el asunto de las flores.

—Es un buen negocio. Esa es mi meta: producir flores y exportarlas a otras ciudades y regiones. Incluso ya aparté el terreno —dice ufana.

Giovanni siente un aura diferente en su tono de voz, lo que le da a entender que el asunto de las flores es importante para ella.

—Eso es genial, te deseo éxitos.

—Gracias. Ahora te toca decirme, ¿por qué te has mudado de ciudad y cuál es tu sueño o meta?

Giovanni se queda inerte en su lugar al no tener una respuesta concreta.

—No tengo sueños y mi única meta es tener una vida común y corriente, lejos de donde nací.

—¿Por qué escapas de ese lugar?

—Porque no pertenezco a él. Quiero tener una vida digna como lo hicieron mis padres —responde con melancolía.

—¿Una vida digna? —Katerina siente un escalofrío recorrerla al imaginar varios escenarios en torno a la vida de él.

«¿Y si es un delincuente?», piensa con temor.

Ella pone la secadora encima de la mesita de noche y le pasa el cepillo en el cabello a Giovanni, acción que lo relaja y le ofrece un placer extraño que no recuerda haber sentido antes.

—Katerina, no soy un angelito y a mi edad he tenido experiencias que a ti ni siquiera te pasan por la cabeza. Tampoco soy una buena persona, no tengo moral ni me importan los demás; solo me interesa mi propio bienestar, así que manipulo sin remordimiento y uso las situaciones a mi favor.

Katerina se queda atónita en su lugar sin saber qué decir. La manera de él expresarse le parece turbia y desagradable.

—No me das esa impresión… —susurra con voz temblorosa.

—Tú eres diferente a lo que he conocido en toda mi vida, así que despiertas mi lado noble, si es que tengo, por eso tienes esa impresión de mí. Seré sincero contigo sobre quién soy y debes estar segura de que a ti nunca te haría daño y que tampoco permitiré que otra persona lo haga. Tienes toda mi lealtad.

—¿Por qué hablas de esa manera? Sé que eres un buen chico.

Giovanni sonríe con melancolía.

—Solía ser un buen chico hasta que me hundí en la inmundicia, pero eso ya no importa.

—Tienes razón, eso no importa. Lo que de verdad tiene valor es cómo te conduzcas de ahora en adelante, ya que el pasado no se puede cambiar —secunda con nostalgia—. Por cierto, ¿qué estudiaste tú? —pregunta para cambiar el tema y alivianar la tensión.

—Nada. No tuve tiempo para ir a la universidad porque esta demandaba mucho y me chocaba con el trabajo.

—Entiendo… ¿Y no pudiste conseguir un empleo que te permitiera estudiar?

—No podía cambiar de trabajo, estaba atado a él.

Katerina lo mira confundida y con intriga.

—¿Por qué? ¿Tan difícil es la vida en esa ciudad? ¿Qué trabajo era ese?

Katerina se sonroja al percatarse de que tantas preguntas parecen un interrogatorio, pero es que le causa curiosidad todo en torno a él.

—La vida allí es difícil, pero eso no tiene nada que ver con estar atado a mi trabajo.

—No entiendo. ¿En qué trabajabas? —Era prostituto en una agencia erótica —suelta sin más, ganando la sorpresa de ella.

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