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Después de cenar, ellos se dirigen al lugar donde la fogata se encuentra encendida, mientras varias personas bailan al ritmo de la música folklórica.
Se sientan alrededor del fuego junto a los demás y cantan al unísono con los músicos.
—¡Cantas horrible! —exclama Katerina entre risas.
—¡Claro que no! Si soy todo un artista. Lo que sucede es que tú no sabes valorar el talento innato —se defiende Gio con gestos juguetones.
—Sí, el talento de torturar con tu voz —espeta ella, y luego estalla en carcajadas.
—¡Qué chismosa y envidiosa eres! —exclama él con una mueca—. Ya que no te gusta mi manera de cantar, ¿podemos bailar? —pregunta.
Ella asiente con una gran sonrisa.
Gio se levanta con entusiasmo y le extiende una mano.
Katerina se sostiene de su palma y es jalada por él; como resultado, choca con el pecho firme de su esposo.
Con una carcajada, Katerina se aferra a Gio y cruza los brazos alrededor de su cuello; él, por su parte, le sujeta las caderas con un agarre tan sexy como posesivo.
Ella no se queja de su invasión atrevida; por el contrario, recuesta la cabeza y se mueve al ritmo de la música suave.
Pegaditos, mezclando calor y perfume, ambos se mueven con la intención de rozarse.
La música lenta termina y empieza una movida, entonces Gio menea los hombros y los brazos mientras se muerde los labios. Su manera loca y sensual de bailar causa la risa de Katerina, quien lo observa entretenida y con las mejillas sonrojadas.
Por su parte, Gio sonríe al verla tan feliz y suelta.
Después de analizarlo por unos segundos, Katerina imita el baile de él; entonces ambos terminan bailando entre saltos y risas.
Horas más tarde, cuando han sudado, reído, bailado y dado uno que otro beso alrededor de la fogata, la pareja se dirige a su cuarto.
Katerina es la primera en usar el baño, pero como no tiene ropa, sale solo con la bata del hotel puesta.
—Debiste decirme acerca de tus planes; ahora no tengo qué ponerme —se queja ella con un puchero.
Gio la mira provocativo y sonríe con putería.
—Se supone que era una sorpresa. —Él entrecierra los ojos—. Además, créeme que no la necesitaremos.
Aquella frase la descoloca y la pone nerviosa.
—Deja de hablar así... —masculla con timidez.
—¿Así cómo? Yo te tengo ganas desde que te conocí, y hoy será el día en que me sacie de ti; si tú quieres, claro está. Aunque yo sé que sí. —Sonríe airoso.
—¡Qué creído! —Ella voltea el rostro para ocultar la sonrisa que se le dibuja en los labios.
—Déjame ir a lavar este cuerpecito, para que esté fresco y con buen aroma solo para ti. —Le guiña un ojo y se mete al baño.
Katerina lo observa en silencio hasta que él cierra la puerta, y es cuando suelta el aire que había retenido.
Ella mira sus manos temblorosas y se muerde el labio inferior.
Tiene mucho miedo de revivir su pasado en el momento en que Gio trate de hacerle lo mismo que le hizo Jabor; pero al mismo tiempo, siente curiosidad por cómo la trataría su rubio loco en la cama y si es cierto que se puede sentir placer en ese tipo de intimidad.
De momento recuerda cuando Gio hundió la cabeza entre sus piernas y saboreó su femineidad como si esta fuese un delicioso manjar; como resultado de aquella imagen, un remolino de emociones le recorre el cuerpo, donde el corazón le late agitado, el estómago empieza a dolerle y la pelvis se le contrae con varios espasmos.
—¿Se sentirá así de delicioso lo que me hará ahora? —susurra con voz temblorosa.
La anticipación de lo que pueda ocurrir entre ellos le hace salivar en extremo; asimismo, le da una sensación de bienestar que la hace sonreír.
El corazón le da un salto cuando percibe los pasos de Gio, quien viene en dirección a ella.
Sin entender la razón de su manera inmadura de actuar, aprieta los ojos y los puños con fuerza.
No sabe si siente miedo, vergüenza o demasiada emoción; quizás es una combinación de las tres. Solo es consciente de que tiene ganas de salir corriendo y llorar hasta que no le quede aliento, pero ¿por qué?
—¿Todo bien? —La voz preocupada de Gio hace que ella abra los ojos, entonces se queda alelada cuando repara en él.
—¿Por qué estás vestido así? —interroga mientras apunta en dirección al uniforme de doctor que él lleva puesto. Bueno, en realidad solo es la bata médica y el estetoscopio que le cuelga del cuello, porque debajo de esto se encuentra su semidesnudez.
Gio la mira con una sonrisa traviesa y se agacha a su nivel, dado que ella se encuentra sentada en la cama.
—Porque esta noche seré tu doctor, muñequita. No sé con certeza qué te sucedió en el pasado, pero quiero que sanes con mis caricias; yo también lo haré con las tuyas, porque a mí, al igual que a ti, me dañaron y me robaron la inocencia, lo que pudo ser mi primera ilusión y entrega.
Él suelta un suspiro.
» Pero hoy haremos borrón y cuenta nueva. De la misma manera, espero que cerremos el capítulo de nuestra vida donde no teníamos el control de esta y empecemos una nueva historia, donde solo nosotros seamos los autores. Deseo de todo corazón que podamos marcar un antes y un después en nuestra sexualidad.
Gio le da un beso tierno en los labios, que ella corresponde con los ojos cerrados y la respiración acelerada. Percibir su reacción le hace entender a él lo tensa y nerviosa que ella se encuentra.
—Y dime, ¿qué te trae a consulta con el doctor sexy esta noche? —Gio entra en su papel con voz seductora.
—¡Estás loco! —Katerina ríe ante sus ocurrencias y se tapa la boca.
—¿Esa es la manera de hablarle a tu doctor? —Él arruga el rostro, metido aún en su personaje.
Katerina se pone roja por la risa que la embarga. Gio sonríe, satisfecho de haber logrado su objetivo y verla relajada al fin. —Señora Amato, usted tiene un mal que se cura muy fácil. —Ella lo mira a la expectativa de la tontería que se le ocurrirá—. Pero debo revisarla bien para estar seguros —dice malicioso y se acerca a ella con cara de pervertido.


