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Después de lo sucedido, el comportamiento del príncipe cambió a frío e indiferente. Por lo tanto, Leela interpretó su arrebato como un sentimiento de lástima y pesar. No quería tener falsas esperanzas ni ilusionarse con un imposible.
Siguieron sus entrenamientos como de costumbre, solo que recuperar la confianza y compañerismo que habían cultivado esos días antes de aquel beso fue muy difícil.
—¡Concéntrate! —Escuchaba la voz del príncipe en algún lugar. Ya hacían varios días que practicaban el mismo entrenamiento y, aunque había mejorado a diferencia del principio, todavía no lo dominaba.
Leela tenía los ojos vendados y estaba vestida con una ropa especial que llevaba el triple de su peso. Al principio, no podía moverse, pero ahora le era fácil utilizar sus técnicas sin perder flexibilidad.
La idea era percibir al enemigo sin ver y esquivar los golpes, no solo de este, también de todos los obstáculos que salían como lluvias de unas máquinas especiales que le lanzaban todo tipo de objetos.
Sí, el príncipe podía ser aterrador cuando se lo proponía, pero aquel entrenamiento la estaba ayudando bastante con sus reflejos y percepción.
—Me uniré a la batalla. Debes adivinar dónde atacarme y esquivar mis golpes —escuchó la voz del príncipe—, todo esto con los objetos que las máquinas lanzarán.
Leela se puso en movimiento sin quejarse. Las máquinas empezaron a lanzar cosas y el príncipe comenzó su ataque.
—¡Concéntrate! —le gritó desde algún lugar al ver que ella no lograba esquivarlo.
Un golpe en la espalda, otro en el estómago, hasta que por fin esquivó el que iba directamente a sus rodillas.
De repente, no lo sintió.
«¡Rayos! ¿Dónde puede estar?», pensó.
Entonces percibió su presencia y una sonrisa se dibujó en sus labios. Esquivó sus rápidos ataques.
No sabía cómo podía moverse tan rápido; pero claro, él le llevaba ventaja, ya que ella tenía el triple de su peso encima y los ojos vendados. Aun así, la forma de desaparecer de su radar y volver a atacarla era increíble, incluso más que la de aquel guerrero en la ciudad Met.
Él la atacaba con los objetos que las máquinas lanzaban y giraba alrededor de sí, pateando todos los obstáculos en dirección a Leela; ella se giraba al igual que él, devolviendo los objetos a su dirección.
Otra vez no lo percibía, él la atacó por detrás y ella lo esquivó tirando un golpe a su pecho, pero él dobló su muñeca, evitando que lo tocase.
Después de media hora de lucha, Jing hizo señas a sus sirvientes para que apagaran las máquinas, avisó a Leela que se quitara la venda y, antes de que ella profiriera su queja, se fijó que él también tenía los ojos cubiertos y que llevaba aquella ropa pesada.
—¡Vaya! —exclamó con decepción.
Él entendió su expresión y se deshizo de la venda que cubría su mirada.
—¡Pero si lo has hecho muy bien! —la elogió—. Has mejorado mucho.
—¿A eso llama bien? —dejó salir un bufido—. No le propiné ni un solo golpe —se lamentó con frustración.
—Siento no dejarte cumplir esa fantasía, pero ¿qué esperaba?; soy el príncipe Jing, uno de los guerreros más poderosos de los cuatro reinos —dijo con orgullo y una sonrisa de satisfacción.
—Se le olvidó mencionar: el príncipe más arrogante y prepotente de todos los reinos de Destello —ironizó con un bufido.
—Dejaré pasar tu insolencia porque estoy satisfecho con tus resultados. Descansarás hoy y mañana. Luego, volveremos al campamento a entrenar con los demás guerreros.
—¡Descansar! —celebró emocionada—. ¡Hasta había olvidado el significado de esa palabra!
***
Después de un baño y dos horas de sueño, se sintió totalmente recuperada de esas dos semanas de tortura a la que el príncipe nombraba entrenamiento. Sintió cómo su estómago rugía. Salió de la habitación y se topó con Jing en el largo pasillo.
—¡Ahí estás, dormilona! —exclamó con una sonrisa divertida, pero Leela dejó salir un bostezo—. Te estaba esperando para cenar.
—Pues, vamos —dijo ella acelerando el paso—. ¡Estoy muriendo de hambre!
Cenaron como si tuvieran varios días sin hacerlo.
—¡Ahora sí me siento bien! —dijo Leela mientras se frotaba el estómago—. ¡Por fin una cena decente!
—¿Insinúas que te he estado alimentando mal estos días? —Él enarcó una ceja, confrontativo.
—Una cena de diez minutos no es muy satisfactoria —se quejó ella e hizo un puchero berrinchudo.
Jing sonrió.
—Creo que voy a extrañar tu compañía —soltó de repente con tono melancólico.
Leela lo miró atolondrada; ese príncipe era tan bipolar que la estaba volviendo loca.
Por instantes, la trataba como a una simple guerrera que debía acatar sus órdenes con indiferencia y frialdad. Otras veces, como una amiga muy cercana; y en algunos pequeños momentos muy sutiles y extraños, podía sentir ciertas insinuaciones que la confundían y amenazaban con crear algún tipo de ilusión o esperanza, de que tal vez ella no le era indiferente y él sintiera, aunque fuera una mínima atracción por ella.
Cada vez que recordaba ese beso se estremecía; la intensidad y conexión que tuvieron fue alucinante. Temía equivocarse, temía que sus instintos la traicionaran y terminara engañada por sus deseos de ser correspondida.
A veces tenía la sensación de que él la necesitaba, pero no sabía de qué forma.
—¿Qué tanto piensas? —Él la sacó de su ensoñación.
—Nada... solo... —suspiró—. ¡Olvídelo!
—Descansa, Leela. —Se levantó de la mesa para marcharse.
—Príncipe —lo llamó, deseando retener un poco más su compañía.
—¿Sí?
—¿Por qué no vive en el palacio con su familia? —Él se volvió a sentar, pues tampoco quería irse.
—Pues... digamos que la reina es un poco intensa y asfixiante. Y sí vivo allá, bueno... me paso algunas semanas en el palacio para que ella no arme un drama, y porque es necesario algunas veces. Pero prefiero mi propio espacio.
—Un chico solitario —comentó—. Mientras que su hermano —un hombre casado— permanece con sus padres, el príncipe soltero decide vivir por su cuenta.
—Sí, así es. —Sonrió—. No sabes el alivio que siento al ser el menor y no tener que llevar la corona. Es por esto por lo que mi padre me puso a cargo de los guerreros y espías. Esa es una de las razones por las que vivo solo; necesito privacidad y un espacio para desarrollar mis responsabilidades como líder de los guerreros. Bueno, doy por terminado el interrogatorio, señorita. Voy a descansar.
—Dulces pesadillas, príncipe —bromeó ella.
—Solo si sueño contigo, Leela.
—Ya quisiera soñar conmigo.
—Yo no soy tú. —Sonrió con malicia.
—¡Ja! —exclamó ofendida—. Yo no sueño con usted ni con ese beso...
«¡¡¡Rayos!!! Leela, piensa antes de hablar», se reclamó a sí misma en sus pensamientos. «¡Estúpido príncipe!», pensó mientras se tapaba la boca aterrada.
Él se quedó inmóvil y con los ojos muy abiertos. Este sería un momento para estallar de la risa hasta más no poder; sin embargo, sintió una sensación melancólica por todo su cuerpo. A Jing le daba tanta ternura su reacción, su carácter inocente y sincero. Lo despistada que era. ¡Cómo deseaba eternizar cada segundo que pasaba con ella!
—¡No quise decir eso! —buscó justificarse—. Yo... no sueño con ese beso… Ni siquiera fue muy bueno. No es que haya sido malo... creo que fue el mejor beso de mi vida... No es que esté besándome por ahí con todo el mundo... ¡Rayos! Mejor me callo. —Bajó el rostro, resignada.
—Ve a descansar —dijo Jing, indiferente—. Creo que me pasé con los entrenamientos —añadió y se marchó.

