19. Loba solitaria: Mientras dure esta ilusión

Clara

La luz del día empieza a molestarme en la vista y doy vueltas antes de despertarme por completo. Me duele la espalda, en realidad todos los músculos, y siento que no he descansado mucho.

Abro los ojos lentamente y suelto varios bostezos; luego extiendo los brazos y las piernas, intentando sacudirme el sueño que me grita que siga durmiendo. Pero recuerdo todas las cosas que tengo que hacer hoy, y eso es suficiente para incorporarme.

Entonces siento que alguien me observa con una intensidad que se me clava en los huesos. Miro en dirección a la cama y lo veo. Mi corazón empieza a palpitar con una inquietud que me deja inmóvil, con la boca abierta y la mirada clavada en él.

—¿Despertaste? —digo por impulso. Luego me tapo la boca, bajo la mirada y me sonrojo—. Es decir, ya despertó, Gamma —me corrijo.

Él se queda en silencio por unos largos segundos que me parecen eternos, observándome, incrédulo, pensativo, como si maquinara algo o tratara de entender su situación.

Me imagino lo confundido que debe estar, pues llegó muy afectado por el veneno y malherido. De seguro ni siquiera recuerda bien por qué está aquí.

Trago pesado e intento levantarme, pero me tambaleo un poco porque me siento mareada. Él se apresura a sujetarme por los brazos y, al instante, se queja de dolor.

—No debería esforzarse —le digo—; la herida todavía no se ha curado y su cuerpo está débil por el acónito.

Termino de levantarme, recojo las frazadas que he tirado al suelo, las doblo y las guardo. En todo momento siento su mirada recorrerme y, de alguna forma, me siento intimidada e inhibida.

—¿Por qué estás durmiendo en el piso? —me pregunta de repente, como si hasta ahora cayera en cuenta o fuera capaz de hablar. Su voz suena arrastrada y quebrada.

Yo lo observo, un poco tímida, y otra vez bajo la mirada, pues me siento extraña compartiendo ese contacto tan profundo.

—Ah, pues no tengo otra cama y usted está en muy mala condición de salud —le explico.

—No, no debes dormir allí. Ese piso está duro. Además, necesitas descansar. No quiero venir a tu casa a incomodarte —me dice.

Que sea tan considerado me derrite el corazón. Me muerdo los labios para no sonreír, porque hasta eso me da vergüenza, y aprieto los puños.

—No se preocupe. Yo estoy bien. Lo importante es que se mejore. Le buscaré algo de comer.

Silencio.

Él no dice nada más, solo se recuesta, un poco débil.

Entonces entiendo que puede estar mareado o sintiéndose mal. Me acerco y pongo mi mano sobre su frente. Noto cómo se tensa. Yo también me estremezco, pero ignoro esa reacción de mi cuerpo, porque lo importante aquí es saber cómo sigue.

Está muy caliente. Así que tomo el paño que utilicé anoche para bajarle la calentura, ya que en la madrugada empezó a delirar y a decir incoherencias en sueños, y fue entonces cuando noté que tenía una fiebre muy alta.

Tras remojar el paño de nuevo con la intención de sacar cualquier inmundicia que se le haya pegado, tomo el envase y boto esa agua. Acto seguido, busco agua más fresca y hundo el paño; entonces empiezo a pasárselo por toda la piel, como un intento desesperado de que la fiebre baje.

Debo estar muy cerca de él para poder pasar los paños, y eso me pone un poco nerviosa. Su mirada no deja de contemplarme con esa intensidad extraña que empeora mi estado de nervios.

—Gracias por todo lo que haces por mí —dice con la voz entrecortada.

De alguna forma eso me conmociona, me conmueve, pues es obvio que todavía está muy afectado por el veneno.

—No tiene que agradecerme —le digo, un poco cortante, porque no sé cómo continuar hablando con él. Me siento demasiado intimidada.

—Perdón por venir a causarte molestias. No sé por qué llegué hasta aquí —me dice.

Me detengo por unos segundos. Me pierdo en su mirada, que luce cabizbaja, ida, un poco confundida. Me humedezco los labios y de inmediato sus ojos se van directo a mi boca. Eso hace que mi corazón dé saltos impetuosos.

—No es ninguna molestia —le respondo, amable, e intento no sonar intimidada—. No tiene que preocuparse ni pensar en eso. Trate de descansar. Ahora mismo le traeré algo de comer. Hice un caldo ayer; se lo voy a calentar. No se preocupe, estará bien —agrego.

Le dejo el paño sobre la frente y salgo de la habitación rápido, como si escapara de su presencia, de lo que me hace sentir.

Tengo que inhalar y exhalar cuando llego a la cocina para recuperar la compostura. Entonces tomo un vaso de agua y me lo bebo rápido.

Cuando tengo más control de mis emociones, saco el caldo del refrigerador y empiezo a encender la estufa para calentarlo. Mientras tanto, voy al baño y me lavo los dientes y la cara.

Regreso a la habitación para buscar mi ropa. Entonces noto que él está adormitando; lo dejo dormir tranquilo, tomo las prendas que vine a buscar y me llevo la toalla.

Me traslado a la ducha, me doy un baño rápido y me cambio allí mismo. Luego regreso a la cocina y apago la estufa.

Vuelvo a suspirar y miro mis manos: están temblando.

No sé cómo lidiar con todo esto, cómo manejarme delante de él sin romperme. No soy capaz de disimular todo lo que me provoca, pero debo hacerlo. Tendré que cuidarlo por unos días, porque es obvio que el veneno saldrá lentamente y apenas sus heridas han empezado a curarse.

Le sirvo el caldo y lo pongo en una bandeja. Antes de ir a la habitación, enciendo la cafetera. Voy de nuevo y coloco la bandeja en la mesita de noche, cerca de la cama.

Acto seguido, me siento a su lado, tomo el paño y lo dejo a un costado. Entonces le tomo la temperatura una vez más. La fiebre ha cedido un poco, pero no del todo.

Agarro el antídoto y agrego un poco al caldo. En ese momento, mi mano roza su hombro desnudo y una corriente me recorre las palmas, pero ignoro esa sensación.

Lo sacudo con suavidad para que despierte.

—Gamma —susurro.

Él abre los ojos lentamente; se nota lo cansado que está.

—Es bueno que coma algo; así su recuperación será más rápida —le explico, cortés.

Tomo la cuchara, la sumerjo en el caldo y luego la acerco a su boca.

Él la abre sin dejar de observarme, atento a cada uno de mis movimientos. Eso me hace sentir un poco incómoda, pues no estoy acostumbrada a ser mirada con tanta intensidad, a ser apreciada, admirada, como si fuera algo interesante, cuando siempre he sentido todo lo contrario.

A mi entender, soy un poco aburrida, ya que nunca encajé en el grupo de amigos cuando estaba en mi manada.

No hay duda de que todos me respetaban y me daban un buen trato, a diferencia de Legna, que a veces se burlaba por culpa de Dylan. Aun así, sentía que eran tan diferentes a mí que normalmente permanecía aislada.

El único que pasaba tiempo conmigo y escuchaba mis conversaciones era Dylan.

Sin embargo, ahora entiendo que su mente estaba en otro lugar. Fingía escucharme, pero sus ojos siempre la buscaban a ella.

Saco ese pensamiento de mi cabeza y vuelvo a introducir la cuchara en el caldo. Se la doy. Él la come como si lo disfrutara mucho.

—Espero que le esté gustando —comento y, a juzgar por su expresión, creo que sí.

—Es el mejor caldo que he tomado en mi vida —me responde, y su mirada se queda fija en mí, lo que me altera por dentro.

Tan lindo…

No puedo evitar sonrojarme ante eso.

Disfruto mucho darle de comer, puesto que siento este momento demasiado íntimo, demasiado especial. Y mi corazón, ingenuo, se ilusiona por unos segundos, por este instante.

Quizás todo esto sea una ilusión vaga, una fantasía que durará poco. Sin embargo, quiero disfrutarla mientras dure.

Puede que nunca podamos ser pareja y que ninguno se atreva a mencionar el lazo en voz alta delante del otro.

No obstante, poder cuidarlo yo misma, asegurarme de que esté bien, conocerlo un poco más, aunque sea en silencio, y estar a su lado, a pesar de que será por corto tiempo, es un regalo.

Y eso me hace feliz, pese a que esa felicidad sea breve y dure poco.

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