26. Loba solitaria: Alguien que nunca escogen

Clara
Estamos frente a mi cabaña, en medio del jardín, justo en el sendero que lo divide de la entrada. Ambos de pie, en silencio.
Tengo una bolsa en la mano con algo de comida y frutas. Se la paso y él la toma. Sin embargo, no suelta el plástico; al contrario, posa su mano sobre la mía.
Su mirada me busca y yo se la sostengo. Entonces nos observamos durante un momento, queriendo expresar tantas cosas que no nos atrevemos a decir.
—Gracias… por todo —rompe el silencio con un tono amargo—. Por salvarme la vida. Por cuidarme. Por hacer tanto por mí. Gracias por este lindo detalle —agrega, mientras mira la bolsa que le he preparado para el camino.
Bueno, no quiero que pase hambre.
—¿Estás seguro de que puedes irte sin un caballo? —le pregunto, aunque tampoco puedo ofrecerle uno.
—No te preocupes. Ya he enviado una señal a mis hombres. Pronto me encontrarán. Tenemos un punto de reunión y ellos me llevarán a casa.
—Tengo miedo de que te vuelva a pasar algo parecido. Que te embosquen.
—No te preocupes. Sé hacer todo de forma confidencial. Recuerda que soy un guerrero entrenado.
—Lo sé, pero aun así fuiste emboscado.
Él se tensa un poco y permanece así durante un momento, pensativo. Luego sonríe.
—Es bonito que te preocupes por mí. Pero estaré bien. Te lo prometo.
—¿Y cómo lo sabré si no te volveré a ver?
Cuando digo lo último, mi voz se quiebra y mis ojos se llenan de lágrimas. Entonces, un silencio incómodo se instala entre nosotros.
Lo miro a los ojos porque necesito conocer su reacción, y noto que están opacos, tristes.
¿Siente lo mismo que yo? Y, si es así, ¿qué lo detiene? ¿Qué le impide aceptarme, hablarme de nuestro vínculo?
—Debo irme ya —evade mi pregunta.
Esa es la confirmación que necesitaba… y la que me parte el corazón.
Suelto la bolsa, resignada, con el alma herida y mi loba decepcionada.
Pero él no se mueve. Ni un solo músculo. Se queda allí, como si estuviera meditando, como si también le fuera difícil la despedida. Aunque supongo que estoy imaginando cosas, que es solo mi deseo de que se quede, de que me escoja.
—Adiós, entonces —digo, áspera, venenosa y resentida.
Intento no llorar, de verdad lo intento, pero las lágrimas quieren salir a toda costa. Parpadeo varias veces, porque no quiero hacer el ridículo frente a él.
Tampoco estoy dispuesta a mostrar cuánto lo necesito ni lo mucho que me he acostumbrado a su presencia en estos pocos días.
Es estúpido, lo sé, puesto que apenas lo conozco. No puedo enamorarme de alguien solo por un vínculo o porque lo he tenido aquí, en mi casa.
«Oh, ¿sí? Se supone que debemos amarlo porque es nuestro compañero destinado. Porque nacimos para estar juntos, porque es nuestra alma gemela», corrige mi loba. Ella llora. Mi parte humana quiere hacer lo mismo.
—Tienes que irte ahora —señalo, pues quiero encerrarme en mi habitación y desahogarme con libertad.
Sé que tengo que trabajar, vender perfumes, pagar la deuda… pero no quiero hacer nada. Solo deseo dejar que las lágrimas salgan hasta quedarme sin aliento.
—Yo… —balbucea él, pero se calla.
Y ese silencio me desespera, me carcome por dentro.
—Fue un gusto conocerte —le digo a modo de despedida, haciéndole entender que acepto esta distancia, esta separación, o el rompimiento de algo que nunca llegó a concretarse.
Ni siquiera lo mencionamos…
Y eso es más humillante y doloroso.
Me dan unas ganas inmensas de golpearlo, de hacerle daño, de reclamarle, de gritarle, de decirle varias ofensas y palabras hirientes.
Pero me lo trago todo porque soy una cobarde, porque no me atrevo, porque me avergüenza incluso hacerle entender que el lazo me importa, ya que estoy segura de que a él no.
Me muerdo los labios y fuerzo una sonrisa.
—Un gusto conocerte. Gracias por ayudarme —digo, y extiendo mi mano en su dirección—. Y, en cuanto a salvarte la vida, creo que he pagado mi deuda contigo, pues tú me salvaste primero.
Él se queda rígido, mira mi mano y luego asiente, rendido, como si aceptara lo que quiero expresarle de forma indirecta.
Entonces su palma aprieta la mía, y en ese instante siento un corrientazo, una calidez que nunca he sentido al tocar a nadie. Mi corazón late desbocado y el deseo de que se quede aumenta.
—No fue nada. Gracias por todo, de verdad. El que tiene que agradecer soy yo.
—No —lo interrumpo—. Estamos a mano ahora. Yo no te debo nada a ti ni tú no me debes nada a mí. No hay… no tenemos nada de qué arrepentirnos.
Rompo el contacto de forma brusca y me doy la vuelta, ya que ya no soporto verlo más.
—Clara… —me llama, y un estremecimiento me recorre por completo.
Por un leve momento, la esperanza aflora en mí.
Por un instante soy tan ingenua como para creer que quizá va a escogerme, pero muy en el fondo sé que no. Y eso opaca cualquier pequeña alegría que intente animarme.
Él suelta un suspiro antes de decir:
—Ojalá pudieras entenderme.
Así, nada más. Sin ningún otro contexto y sin siquiera reconocer el lazo.
Camino con pasos pesados en dirección a la casa. A medida que avanzo, las lágrimas me mojan las mejillas.
Una vez entro y cierro la puerta detrás de mí, me dejo caer en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas contra la madera.
Y lloro.
Suelto un gran llanto como si me hubiesen arrancado una parte de mí. Lo hago con sacudidas fuertes, sofocada.
Lloro mi dolor, mi desdicha, mi soledad.
Miro a mi alrededor y este lugar se siente vacío.
Fue lindo tener a alguien aquí, con quien conversar, con quien reír.
Ahora enfrento una realidad que he querido disfrazar de independencia.
Estoy sola, frustrada, amargada y derrotada.
No soy nada más que una loba solitaria. Alguien a quien nunca escogen. Alguien que siempre falla en el amor.

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Loba soitaria

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