Isabella
Todo es caótico, confuso, aterrador. Miro a mi alrededor y el fuego arde por doquier. Hay explosiones, gritos, un olor a sangre y a humo. El polvo me ensucia la piel, pero eso es lo que menos me preocupa ahora.
La angustia me pone a temblar y a buscar desesperada a mi alrededor.
¿Dónde están mis padres? ¿Dónde está él, mi mate?
Las lágrimas resbalan por mis mejillas y corro en medio de los heridos, de los muertos, de los que pelean; en medio del peligro, del mismo infierno…
Con un grito, despierto y me incorporo en la cama, nerviosa, con sudores fríos recorriéndome todo el cuerpo. Me levanto, agitada, y camino de un lado a otro.
Estoy cansada de tener estas pesadillas, o más bien estos recuerdos.
—No debería afectarme; yo no soy una debilucha que se queda a llorar sus desgracias —me increpo a mí misma—. Esto ya es pasado. Ahora lo importante es mi futuro.
Me sirvo un poco de agua y me la bebo. Luego salgo de la habitación, camino por el pasillo y bajo las escaleras.
Vine a este lugar a relajarme, a lidiar con mi presente, a prepararme para lo que me espera.
Sonrío, victoriosa, porque el rey ya está haciendo pública su decisión y pronto será un decreto.
Salgo a tomar el aire fresco de la noche, que siempre me relaja. Observo las montañas que nos rodean, esas que son famosas para los retiros espirituales, para escapar de la rutina diaria.
La brisa nocturna me recibe y hace que mis vellos se ericen con su contacto. Entonces cierro el camisón de seda que llevo encima de la bata de dormir y miro a mi alrededor. Luego aspiro el aire de aquí. Es tan fresco, tan puro, tan diferente al de la manada.
—¿No puede dormir? —me pregunta Ezrael, quien sale de la nada.
Me volteo para encararlo, y ahí está él, con su armadura todavía puesta. Listo para defenderme, siempre detrás de mí, como un perro guardián.
Pero esta vez me intriga por qué se ha acercado más, por qué ha insistido en convertirse en mi escolta, si su ambición siempre ha estado en la batalla, en ser el mejor; incluso, aunque no lo diga en voz alta, en superar a su primo.
—A veces me gusta observar el cielo cuando está en plena oscuridad. No sé, se siente relajante —le respondo.
Él sonríe y sus ojos adquieren un brillo particular que llama mi atención. Hay algo en su trato que me vuelve suspicaz, algo que me halaga y me hace sentir especial.
Sin embargo, no me interesa como hombre; nunca lo hará. No importa cuánto rango tenga ni cuántas batallas haya ganado, ni lo cerca que esté del rey.
Aun así, me encanta su dedicación, también su lealtad, y podría usarlas a mi favor. Seguirle un poco el juego no me haría daño. Aunque mi interés está en otro lado y pronto ese hombre será mío.
Se acerca un poco más. Luego se sonroja al verme en estas fachas y baja el rostro con respeto. Se disculpa.
—No debería estar aquí. Sin embargo, es mi deber cuidarla y no debería estar sola fuera de las instalaciones.
Le sonrío y, con mi dedo índice, levanto su mentón para que me mire.
—No te preocupes, estoy bien. Nadie me haría daño aquí. Y no te inquietes, entiendo que tu deber, tu trabajo, es cuidarme. No seas tímido. Tampoco estoy desnuda.
Le sonrío de forma coqueta y él me devuelve la sonrisa.
—Buenas noches, Ezrael —le digo, y me encamino hacia la entrada.
Él me acompaña hacia el interior, pero se queda debajo de las escaleras, observándome.
Yo, en cambio, entro a mi habitación y me acuesto en la cama. Necesito dormir; no quiero tener ojeras al día siguiente, cuando regrese al palacio.
Antes de que el sueño me venza, hago un cálculo mental de lo que haré a mi regreso. Después de descansar en el palacio, le pediré al rey que me permita viajar hasta la mansión de su gran amiga… o, mejor dicho, de mi futura suegra. Necesito hablar con ella y afinar nuestra relación, crear lazos.
Quiero que todos empiecen a murmurar, a enterarse; que nadie codicie a mi hombre. Que todas las que piensan que pueden tener una oportunidad con él se mueran de envidia. Yo seré su compañera, y él me marcará a mí.
Mi sonrisa se extiende y suelto un suspiro de enamorada. Estoy ilusionada con todo lo que acontecerá cuando el decreto se haga público, ansiosa por tener el derecho de tocarlo, de besarlo y llamarlo amorcito.
Deseo con todas mis fuerzas que llegue ese momento en que él será completamente mío.
Lo he deseado por mucho tiempo y pronto se hará realidad, como debe ser, pues yo siempre obtengo lo que quiero.
—Ay, amado —musito, emocionada—. Seremos la pareja perfecta, la sensación de todo Kal y los más envidiados.
Él es el amor escogido de mi vida.
Incluso me gustó mucho antes de encontrarme con mi mate. Por supuesto, olvidé esa ilusión cuando mi compañero me reclamó como suya. Pero él ya no está, así que puedo rehacer mi vida.
Y qué mejor persona que el hombre que he amado en secreto durante tanto tiempo, aquel que he deseado con locura, quien ha protagonizado mis sueños más sucios.
Me relamo los labios y sonrío.
Él es mío y de nadie más. Y pronto todos serán testigos de nuestra unión, de que nos pertenecemos.



