Laura se sentó con recelo sobre la cama. Sus manos temblaban mientras trataba de que su voz no delatara su miedo. Invitó a Clara a sentarse, pero esta permaneció de pie, cerca de la puerta.
—Laurita —rompió el incómodo silencio—, ¿nunca te has preguntado por qué nadie te ha hablado de tu padre?
—Creí que no lo conocían —respondió con voz débil.
—Pues sí lo conocimos. —Clara cruzó los brazos y su rostro se endureció con una mezcla de dolor y rencor—. Su nombre es Gabriel, si es que aún vive ese desgraciado. —Mencionarlo parecía afectarla más de lo que quería admitir—. Te voy a contar una historia que responderá varias de tus preguntas.
Laura asintió en silencio.
—Tus abuelos siempre fueron personas de negocios, igual que los Castillos. Trabajaron juntos para levantar el negocio familiar. Eran buenos amigos de los padres de Cristian. Cuando eran jóvenes, soñaban con formar una empresa. El padre de Cristian se fue a estudiar al extranjero y comenzó a emprender desde allá. Se casó y tuvo tres hijos: Cristian, Genaro y el ridículo de Paulo.
Clara hizo una pausa, suspiró profundamente y luego retomó su relato:
—Después volvió y se estableció aquí con su familia. Abrió varias compañías, y él y tu abuelo se reencontraron. Hicieron negocios juntos y lograron expandirse con su ayuda. Nosotros crecimos rodeados de comodidades, pero nuestros padres casi nunca estaban presentes. Tu madre, Leonor, fue a estudiar a los Estados Unidos y, claro, hacía de todo allá menos estudiar. Sin embargo, yo siempre fui muy aplicada.
Clara respiró hondo, luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir. Laura notó los temblores involuntarios en su mano y cómo su voz se quebraba por momentos.
—Ella regresó, y mi vida se convirtió en un caos —continuó, su tono cargado de resentimiento—. ¡Eran insoportables las comparaciones! Como era muy atractiva, los chicos siempre la buscaban a ella, y a mí me ignoraban. Ella era el orgullo de mis padres, a pesar de que yo me esforzaba al máximo y sacaba las mejores calificaciones. Siempre la alababan a ella, mientras que a mí me hacían sentir como un cero a la izquierda.
Las lágrimas que había retenido le recorrieron el rostro, liberando la frustración que sentía en ese momento. Laura la escuchaba en silencio, aún sin comprender qué tenía todo aquello que ver con su padre.
—De esa manera llegaron mis años de universidad —continuó, esforzándose por controlar las emociones que los recuerdos dolorosos aún provocaban en su cuerpo—. Yo era la chica rara y estudiosa, esa de quien mis padres nunca se sentían orgullosos. Mientras tanto, Leonor, bellísima y atractiva, acaparaba la atención de todos sin esforzarse en nada. Por eso, nuestra relación nunca fue buena.
Hizo una pausa para tomar aire y añadió:
—Una vez conocí a un chico muy lindo e inteligente en la universidad. Era la primera vez que alguien se fijaba en mí de verdad, y yo me enamoré de él. Empezamos a salir, pero, lamentablemente, llegó el día en que quiso visitarme en casa. Allí conoció a tu madre, y quedó prendado de ella. Gabriel empezó a distanciarse y a tratarme con indiferencia y frialdad. Siempre sospeché que la razón era Leonor.
La mirada de Laura se fijó en ella con interés, al escuchar el nombre de su madre involucrado en un drama que empezaba a sonar turbio.
—Cuando Leonor informó que se iría a estudiar a otra ciudad, sentí un gran alivio —dijo pensativa, como si reviviera aquel momento en su mente—. Lo que no esperaba era que él desaparecería de mi vida por completo. Meses después, me enteré de que Leonor estaba embarazada de él. Mi mundo se derrumbó, y juré que jamás entregaría mi corazón a nadie. Después de ese amargo suceso, nunca pude enamorarme de otro hombre.
Clara respiró profundamente antes de continuar:
—Sé que Paulo esperaba que me olvidara de Gabriel y le diera una oportunidad, pero, si Gabriel, siendo un chico tranquilo y aplicado, se atrevió a traicionarme con mi propia hermana, ¿qué podía esperar del inculto de Paulo? Él nunca fue responsable y solo era un soñador aventurero.
Laura estaba atónita. Las lágrimas le inundaron el rostro; no podía creer que ella misma fuera el fruto de una traición. ¿Cómo pudo su madre hacerle algo así a su propia hermana? Siempre la había admirado, viéndola como una heroína que luchaba por salir adelante a pesar de no contar con el apoyo familiar.
—Laura… —Clara la llamó, mirándola fijamente a los ojos—. ¿Ves por qué te pedí que no te interpusieras en el camino de tu prima?
Laura abrió los ojos con sorpresa. ¡Así que eso era a lo que Clara se refería aquel día de la fiesta, cuando estaban en la cocina!
—Pero… —su voz salió temblorosa—. Kevin y Claudia no tienen ni han tenido nada.
—Nunca le diste la oportunidad —le reprochó Clara, con dureza—. Te interpusiste entre ellos, seguiste los pasos de tu madre. Sabías desde el principio del interés de tu prima por Kevincito, y, aun así, te le metiste por los ojos y hasta empezaste una relación con él. ¡Qué egoísta eres!
—Yo… —balbuceó Laura, incapaz de sostenerle la mirada.
—¡Tú nada, Laura! —la interrumpió, alzando la voz—. ¿Cómo te atreviste a flirtear con el chico que le interesa a tu prima? Dime, ¿acaso no estás pensando solo en tus sentimientos egoístas? No te importó pasarle por encima a Claudia, igual que hizo tu madre conmigo.
Laura sintió una presión en el pecho que le impedía articular palabra. Las lágrimas que había intentado contener finalmente brotaron, desenfrenadas.
—¿Qué pasa, hija bastarda? —Clara escupió las palabras con veneno—. ¿La culpa te carcome? Yo te crie y te di un hogar, a pesar de que eras la hija del hombre que me juró amor y se acostó con mi hermana. A pesar de que verte me recordaba cada día su traición, te di estudios y te conseguí un buen partido para que te casaras. Pero claro, eso nunca fue suficiente. ¡Estoy tan decepcionada de ti!
Clara suspiró profundamente, como si se quitara un peso de encima, y añadió con frialdad:
—Espero que reacciones y hagas lo correcto.
Abrió la puerta y salió al comedor, sintiendo que la tranquilidad volvía a instalarse en su pecho.
Mientras tanto, Laura se quedó en la habitación, con el mundo derrumbándose a su alrededor. Se sentía sucia, avergonzada, como si ella misma fuera un error que nunca debió nacer. Se culpaba por querer amar y ser amada, por haberse dejado llevar por sus sentimientos, por tener el amor de Kevin. La culpa la consumía, aplastándola bajo un peso insoportable.
***
Al cerrar aquella puerta, sintió que su mundo se desmoronaba con ella. La presión en el pecho le dificultaba respirar; el llanto se hizo presente, imparable. ¡Solo necesitaba un tiempo a solas! Necesitaba digerir todo lo que acababa de descubrir. Ver el rostro frío y decepcionado de Kevin le causaba un dolor insoportable. No quería alejarse de él, en realidad lo necesitaba, anhelaba su cercanía.
Le dolía recordar lo dura que había sido con él, cuando él solo estaba preocupado por ella. Pudo haberle explicado, pero no tenía fuerzas ni voluntad para hacerlo. ¿Cómo iba a enfrentarlo? ¿Cómo iba a decirle que lo amaba, si todos pensaban que su amor no era correcto? ¿Por qué los sentimientos de Claudia valían más que los de ella? ¡Claudia no sentía ni la cuarta parte del amor que ella le tenía a Kevin!
Había pasado una semana y Kevin y Laura no se volvieron a ver. Laura apenas salía de su habitación, solo para ir a la cocina a comer, cosa que sucedía muy poco. Kevin pensó en irse antes del tiempo previsto, pero se quedó con la esperanza de poder arreglar las cosas con Laura. Sin embargo, ella no volvió a encender el celular en toda la semana y nunca se dejó ver. Él decidió darle espacio; solo le quedaba esperar a que cambiara de opinión. En realidad, no sabía si aún seguían siendo novios o si todo había terminado. El verano estaba a punto de terminarse, y con él, su relación, una relación que apenas comenzaba.
Laura se paró frente al espejo. Sería la última vez que vería su imagen reflejada allí; en realidad, extrañaría ese lugar. El lugar donde vivió tantas experiencias y sensaciones, donde conoció el amor. Las lágrimas amenazaron con salir, pero decidió relajarse; ya había llorado demasiado durante esa semana. Estaba pálida, más delgada, y las bolsas alrededor de sus ojos delataban la falta de sueño.
Tomó su maleta y mochila, y miró por última vez aquella habitación, testigo de todas las emociones vividas en esos dos meses y medio. Cerró la puerta y se dirigió al parqueo, donde la esperaba su familia. Vio el miniván y a sus primas, a su tío flojo y a su tía amargada. Recordó el primer día que llegaron al principio del verano.
Ella no se imaginaba todo lo que le depararía el futuro. También recordó a ese chico atrevido que la molestaba, ese chico que, sin quererlo, robó su corazón. Dos lágrimas acariciaron sus mejillas. Las limpió rápidamente y se unió al grupo. Pudo ver la cara de satisfacción de Frank, mientras todos los presentes posaban sus miradas sobre ella. Un silencio sepulcral llenó el aire. Miró a su alrededor; solo faltaban Kevin y Pablo.
Todos se despedirían allí, cada uno retomaría su camino a casa. Pero para ella, no sería regresar a su hogar; sería todo lo contrario. Bajó el rostro y guardó su equipaje en el maletero. Una sensación fría la recorrió. Miró hacia la entrada, y ahí estaba él. Kevin estaba entrando junto a Pablo, ambos cargando su equipaje. Kevin aún no se había percatado de su presencia. Pablo se acercó a Cristian.
—Tío, regresaré con Kevin —avisó, y Kevin se acercó a ellos. Abrió su auto y ambos guardaron sus maletas. Pablo se despidió de Jimena con un abrazo tierno.
—Llámame cuando llegues, belleza. —Le dio un beso corto y se despidió de todos. Frotó el hombro de Kevin y se subió al auto.
Kevin miró a su alrededor y sus ojos se encontraron con los de Laura. Esos ojos miel, cansados y tristes, lo miraban sin poder ocultar la angustia. Se quedó inmóvil, observándola, como si el tiempo se hubiera detenido. Todos notaron la tensión del momento, pero nadie dijo nada. Para ellos, esa relación nunca se concretó.
Cristian miró a Kevin con tristeza, sabiendo lo doloroso que era sufrir por amor. Ver a su hijo pasar por esa experiencia le partía el corazón. Entretanto, Laura hizo un gran esfuerzo por retener sus lágrimas. ¡Cómo deseaba refugiarse en sus brazos! No soportaba el hecho de tenerlo tan cerca, pero sentir esa distancia abismal entre ellos.
—¿Es esta la despedida? —preguntó él, con una voz cargada de dolor e impotencia—. ¿Qué? ¿Ya no hablas? —continuó al no obtener respuesta—. ¿Eso es todo entonces?
Dos lágrimas salieron de los ojos de Kevin. Todos se sorprendieron, pues era la primera vez que veían llorar al chico; aunque Laura fue la única testigo de sus lágrimas el día del enfrentamiento.
—Kevin… —balbuceó Laura, sin poder evitar que también comenzaran a caer sus lágrimas.
—Está bien, Laura. —Kevin meneó la cabeza con impotencia—. Dejémoslo así. Solo fue un romance de verano —dijo con frialdad, subió al auto y arrancó.
Ella no apartó la mirada hasta que lo vio desaparecer por el camino.
—Está bien, Kevin —dijo para sí, mientras las lágrimas continuaban cayendo—. Será nuestro amor de verano.
