Gia
Un aullido retumba en mis oídos mientras unos brazos fuertes sostienen mi cuerpo débil. Todo lo percibo de forma superficial, como si estuviera viviendo un sueño. Solo veo oscuridad y he dejado de sentir de forma repentina.
No sé si estoy flotando o simplemente soy una espectadora omnipresente, pero me siento de ambas maneras en este momento, como si estuviera y al mismo tiempo no. ¡Toda una locura!
De imprevisto siento que voy avanzando, no sé de qué forma o hacia donde me dirijo, solo percibo que me muevo, pero al mismo tiempo no.
De un momento a otro, vislumbro una pequeña luz que, a medida en que avanzo, se extiende frente a mí. Entonces me percato de la presencia de alguien más. La luz que sale de algún lugar, que no logro descifrar, enfoca a una pequeña niña de cabello castaño y peinado en una larga trenza, quien juega con una madera fina y se echa esencia de vainilla sobre sí.
Dejo de avanzar y me quedo observándola con nostalgia y melancolía. ¡La extraño tanto!
—Me gusta el aroma de madera y vainilla; a mi mate, en cambio, le gusta el perfume de las rosas y la frambuesa. ¿Sabías que él sufre por mí? —dice la pequeña, que ahora me observa de una manera que me conmueve. Sus ojos grandes y grises lucen cristalizados, asimismo, denotan una gran tristeza.
—¿Dónde está tu mate? —Es lo único que se me ocurre preguntar.
—Él está atrapado.
—¿Dónde? —cuestiono con desesperación.
—Si supiera lo ayudaría a escapar. —La niña empieza a llorar desconsolada, luego me encara con el rostro mojado y los ojos rojos.
—Si él no despierta, nunca podremos estar juntos y la felicidad jamás tocará nuestras puertas.
Me despierto con exaltación y sudores fríos que me recorren todo el cuerpo. Miro a mi alrededor, pero la oscuridad cubre la habitación donde solo entra una pequeña luz lunar por la ventana. Muy confundida y desorbitada, me levanto de la cama y busco mi mesita porque mi vista de loba se ha ido.
Atiento por los alrededores del cochón y por fin puedo encender la lampara de noche. Esta me brinda una luz tenue y me permite ver con más claridad. Me reviso con desesperación y temor, abrumada por no entender cómo es que estoy en mi habitación, si recuerdo que caí al vacío en el bosque.
Ese olor…
Toqueteo la camisa que tengo en encima —que me queda como si fuera un vestido corto—, y es cuando decido encender la luz de todo el cuarto. Una vez todo aquí toma su forma, me paro frente al espejo para confirmar lo que creí reconocer.
¡Es la camisa de Gael!
Y es lo único que llevo puesto. ¿Qué fue lo que sucedió?
Camino fuera de mi recamara dispuesta a buscar una explicación porque me siento perdida. Una vez estoy frente a la puerta de Gael, me dispongo a pedir entrada, pero me canso de tocar y él no responde. Rendida, me dirijo a la cocina para buscar algo de comer, ¡estoy que muero de hambre!
Empiezo a devorar el sándwich de pollo con queso que he preparado con una rapidez magistral. Al cabo de unos minutos, percibo ese olor que me desquicia.
Gael…
Sigo el rastro del perfume amaderado con esencia de vainilla hasta llegar al patio, es cuando lo visualizo. Un Gael pensativo está sentado en una butaca acolchada, así que camino en su dirección con nerviosismo y timidez, y de momento siento que algo se me escapa.
—¿No puedes dormir? —pregunto después de que me trago el último pedazo de pan.
—¿Estás bien? —Da un salto hasta quedar frente a mí, acto seguido, empieza a examinarme como si temiera que me falte un pedazo o algo similar.
—Estoy bien… ¿Qué te sucede…? —De momento los recuerdos encajan en mi mente como si fueran piezas de un rompecabezas. Todo empieza con los sermones de mamá, yo enojada para luego salir corriendo en forma de loba y… Oh… Recuerdo que Gael estaba embistiendo a Lía en el río…
¡Y yo caí al vacío!
Entonces sí pasó. No fue un sueño, yo caí por el precipicio.
—No, no fue un sueño —confirma Gael, rompiendo el hilo de mis pensamientos—. ¡No te imaginas el susto que me diste!
—¡Maldito infeliz, no te me acerques! ¡Ah! ¿Me pusiste tu camisa después de que te revolcaste con Lía? ¡Qué asco!
—Veo que estás bien —dice este imbécil mientras entorna los ojos. Por mi parte, empiezo a desabotonar la asquerosa camisa para quitármela. ¡No quiero tener esto encima!
—¡¿Por qué me pusiste tu ropa?! Las babas de tu amante deben estar en toda la tela.
—¡¿Qué crees que haces?! —espeta Gael cuando me deshago de la prenda, por lo que quedo frente a él como mi madre me trajo al mundo. Gael me observa embelesado, como si se debatiera en acercarse, alejarse o volver a vestirme. ¡Si se me acerca le rompo las bolas!
—Es increíble cómo es que, lo que creí que era amor, se ha convertido en puro asco. Me has hecho un favor al no corresponderme, me evitaste la tarea de terminarte por lo nauseabundo que me eres. Te odio. Así que te advierto que no me vuelvas a dirigir la palabra, no me llames por sobrenombres ni te me acerques. Tú y yo no somos ni amigos ni hermanos ni nada. Solo dos conocidos que viven bajo el mismo techo.
» De la misma manera en que tú no tienes por qué corresponderme y, estás en tu derecho de cogerte a cuantas zorras se te ofrezcan, yo tampoco tengo ninguna responsabilidad para tratarte ni tener que soportarte.
» Así que, desde hoy, te sacas de la cabeza el papel de hermano mayor y sobreprotector, porque me voy a coger a quien me plazca, cuando me plazca y todas las veces que me venga en gana. Por consiguiente, te advierto que no intentes dártela en hermanito machito, ¡porque no tienes ningún maldito derecho!
Lo sé, he exagerado. Me odio por ser tan débil e impulsiva. Al mostrar este comportamiento inmaduro, solo hago el ridículo delante de él. No obstante, de algo estoy segura, me daré la oportunidad con otros chicos y dejaré de babear por Gael, de una vez y por todas.
Tras mi estallido infantil, corro lejos de él y me adentro a la casa. Una vez cierro la puerta de mi habitación, estallo en un llanto sonoro.




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