¡Mate! – Capítulo final: ¡Mi loba!

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Gia

Gael y yo aún estamos sumidos en la conmoción de nuestra libertad, recuperándonos de tanto sufrimiento, aunque el caos se ha desatado a nuestro alrededor.

—Te amo, mi amor —me dice, mientras me limpia las lágrimas.

—Yo también te amo, Gael. No te imaginas lo mucho que he sufrido por ti. Lo logramos, mi amor; somos libres del veneno y de la maldición.

Gael y yo nos levantamos renovados, entonces caminamos en dirección a los lobos salvajes. Las hadas y nuestros guerreros dejan de pelear y enfocan su atención en nosotros.

Gael y yo nos convertimos en lobos y nuestros pelajes brillan más que antes; él en tono dorado y yo en tono plateado.

—Tú posees el zarcillo dorado porque tienes una parte de mí —dice él de forma audible, pese a que está en su forma lobuna.

—Entonces, tu zarcillo es el plateado porque tú también tienes una parte de mí —añado.

—Sí, mi bella loba. Tú y yo somos uno.

Dicho esto, Gael y yo nos abalanzamos en contra de los intrusos. Nos es fácil arrancarles la cabeza con nuestras garras, todo en cuestión de pocos minutos. Luego de que acabamos con ellos, saltamos en dirección a la gran bruja, quien está venciendo a las hadas, y cada uno le da un cabezazo en conjunto, lo que la hace tambalearse.

Ella nos ataca con sus hechizos, pero estos no tienen ningún efecto contra nosotros, ni siquiera el poder que emana de sus joyas en forma de dagas punzantes; nada.

Gael y yo nos miramos con complicidad y volvemos a saltar en su contra; esta vez, él le muerde el cabello y yo los pies, jalamos con tanta fuerza que el cuero cabelludo se le desgarra, llenando a Gael con la sangre de ella. Él vuelve a saltar en su contra y la ataca con su garra, lo que ocasiona que la cabeza se le divida del cuerpo.

Las partes mutiladas no caen en tierra, porque de la boca de la reina de las hadas sale una llamarada de fuego, que las quema hasta que se convierten en cenizas.

—Ya somos libres de la comunidad de las brujas, asimismo, hemos descubierto quiénes son los alfas supremos. Todos honren a Gael y a Gia, alfas de alfas, nuestros superiores —anuncia la reina.

Tanto los lobos como las hadas nos hacen reverencia, diciendo con ello que nos entregan su lealtad y que se rinden a nuestro gobierno.

Llegamos a la manada convertidos en lobos, y con el cuerpo del alfa Mateus sobre nuestros lomos. Ya el sol se está poniendo, dando comienzo a un nuevo amanecer y simbolizando el cambio de liderazgo en la manada Luna Creciente.

Gael y yo tiramos el cadáver de papá en el centro de la manada, donde nuestros habitantes empiezan a conglomerarse convertidos en lobos.

—¡¡Mateus!! —grita mamá colérica, cuando sus ojos azules ven a su esposo muerto sobre el pavimento. Ella llora en su regazo, mojándole el pecho con sus lágrimas. Puedo percibir su dolor, su incertidumbre, su pérdida…

Mamá…

Me gustaría dejar mi forma lobuna y correr en su dirección para consolarla, pero no debo. Este momento es muy de ella y de papá. Es su despedida.

Una vez todos los habitantes adultos de la manada se nos unen convertidos en lobos, es hora de decirle adiós al antiguo alfa. Al unísono, aullamos desde lo más profundo de nuestro corazón y con alaridos de dolor expresamos:

«Alfa Mateus, adiós».

***

Un mes después...

Los días en la manada han sido fríos desde que regresamos con la victoria sobre las brujas sangrientas… y con el cuerpo del alfa sin vida.

La transición ha sido difícil también. Papá levantó esta manada y fue un alfa respetado por todos, así que tener nuevos líderes de forma brusca ha provocado roces y enfrentamientos. Pero los entiendo. Yo todavía me siento afectada por todo lo que pasó, en especial por esa verdad dolorosa de la que mamá y yo evitamos hablar: la traición de papá.

Pese al luto, el silencio y las realidades que esquivamos porque son difíciles de enfrentar, hemos recibido el apoyo de nuestra gente, y la manada, poco a poco, empieza a florecer.

Gael y yo nos hemos convertido en lobos poderosos, y cada día descubrimos una nueva habilidad. Además, él recuperó los recuerdos perdidos, y me habla de su niñez con los ojos cristalizados y una nostalgia que me conmueve.

Esta tarde, los dos corremos por el campo que está dentro de nuestro territorio, felices y libres.

—¡Te tengo! —exclama él cuando sus brazos me atrapan, pero me remuevo entre risas para liberarme.

Gael se lanza conmigo al río y comienza a hacerme cosquillas.

—¡Basta! —Lucho contra sus manos traviesas y le lanzo agua. Como resultado, él sufre un ataque de tos, lo que me provoca una carcajada.

—¡Oye! —me reclama, y luego me levanta por la cintura y me besa.

Su pasión es demandante, sus labios, habilidosos, y su calor contrasta con el frío del agua de una forma fascinante.

Amo a este hombre con locura.

Nuestro pequeño juego en el río termina en nuestra habitación, donde nos entregamos en cuerpo y alma.

Sus besos recorren cada centímetro de mi piel, sus caricias me hacen suspirar, y sus palabras provocativas aumentan mi deseo por él.

Gael es muy sexy.

—Ah… —gimo yo mientras él besa con hambre mi zona más íntima, con esa habilidad tan suya, haciéndome perder la cordura. Es exquisita esta sensibilidad, este gusto, esta conexión…

Desde que el zarcillo se incrustó en mi oreja, Gael y yo estamos más unidos y nuestro vínculo es más fuerte; pero también el placer es más intenso y nuestras ganas de comernos se han convertido en una necesidad diaria. Pronto, con besos desesperados y palabras sensuales, nuestros cuerpos se unen en placer mutuo.

Jadeo cuando sus embestidas dejan de ser delicadas, tornándose en rudas y salvajes. Me encanta su fiereza, la manera en la que me hala del cabello, me lame y me muerde el cuello y los pechos mientras me toma.

—Sí, Gael, sigue así, cariño… —digo con gemidos escandalosos mientras él da todo de sí para satisfacerme.

Con besos, lamidas y esas deliciosas estocadas, que me hacen ver las estrellas, ambos llegamos al clímax.

—Eso fue genial… —balbuceo, satisfecha.

—Si quieres lo repetimos —dice él con una sonrisa pícara.

—Eres un enfermo. —Estallo en carcajadas y me aferro a su cuerpo sudoroso—. Te amo, tonto.

—Yo te amo más, tonta.

Nos besamos hasta que nos quedamos dormidos.

***

Me levanto más temprano de lo acostumbrado y salgo al patio a recoger naranjas. Una sonrisa se me dibuja en los labios al mirar el horizonte. Gael y yo lo logramos; pudimos romper la maldición y reclamarnos. Aún es pronto para tener un cachorro, pero a su tiempo, queremos formar una familia grande.

Soy tan feliz.

Por supuesto, no todo va muy bien en la manada, debido a que apenas hace un mes de la muerte de papá. Mi mamá está destrozada y ya no ríe como antes. Es por esto por lo que trato de ir a la casa casi todos los días, para que ella no se sienta sola.

Otra que sufre mucho es May, debido a que Jill se cansó de su rechazo y tomó a otra pareja. Lo peor de todo es que fue con Lía con quien se metió. Me dio mucho coraje con Jill, pero es su vida y yo no tengo derecho a reclamarle nada. May trata de disimularlo, pero ella sufre mucho por su mate. Solo espero que ellos dejen el orgullo a un lado y puedan reclamarse.

—¿Recogiendo naranjas tan temprano? —Gael me abraza por detrás y me besa el cuello.

—Es que estoy antojada de un rico jugo.

—Vamos a la cocina para prepararlo.

—Gael, te amo tanto. —Dos lágrimas ruedan por mis mejillas.

—Yo también te amo, mi amor; pero no tienes que llorar. —Él me limpia las mejillas con los dedos.

—Lo sé. Es que ando muy sensible todavía.

—Lo entiendo, mi amor; eso es de esperarse. Ya verás que el tiempo nos curará a todos en la manada y podremos superar todo lo malo que aconteció. Ven, te haré un desayuno delicioso. Eso te subirá el ánimo.

Gael me carga y se dirige conmigo encima hacia la cocina. Este es uno de mis momentos favoritos, puesto que me encanta que él me cocine.

Siempre fue así desde que éramos niños.

***

Final de la historia de amor entre Gia y Gael, pero inicio de la historia de Leoncio y…

Ella camina entre el conglomerado de árboles, huyendo de las demás personas. Ya no soporta el tener que atender a más invitados, tampoco a la humillación de lidiar con quien sería su reemplazo en su propia casa.

—¿Cómo fue que mi vida dejó de ser alegría para convertirse en tristeza? —dice para sí, con la melancolía en su voz.

Sigue su camino sin tener un rumbo fijo, mas se detiene cuando un aroma especial le inunda las fosas nasales. Es tan agradable aquel perfume que no puede evitar olfatear con los ojos cerrados, como si deseara llevarse aquel aroma con ella.

—¿Qué huele tan bien? —musita con una sonrisa. Es la primera vez que lo hace desde que la desgracia cayó en su vida.

Se siente muy bien volver hacerlo de forma genuina.

Nunca un aroma la había conmocionado tanto, solo recuerda que le sucedió una vez y fue cuando…

—No…

«¡Mate!», grita su loba.

—¿Qué? ¿Dónde? —Busca a su alrededor al dueño de aquel olor tan rico, que podría comparar al de la menta y las flores silvestres. Es tan exquisito que su boca ha empezado una salivación excesiva y su olfato exige más de este.

—¡Mía! ¡Mi loba!

Varios escalofríos le recorren el cuerpo cuando escucha aquella voz varonil, ronca y sensual que le estremece todo su interior.

Lo conoce, claro que lo conoce…

Cuando sus orbes azules le confirman sus sospechas, todo el goce anterior es reemplazado por decepción y desconcierto.

—No, esto es un error; tú no puedes ser mi mate —niega con voz desesperada y gran nerviosismo.

El hombre de vestuario elegante, cabellera rubia, abundante y ondulada; con la mirada parda más hermosa y fiera que ella haya visto jamás; la encara con firmeza y ese porte de macho alfa que la excita.

No, no debe excitarse con él.

—Eres mi loba —refuta él sin una pizca de duda.

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