8. Lobo feroz: La cita 1

This entry is parte 10 de 31 in the series Lobo feroz

—Hola, eres caperucita roja, ¿cierto?
 —Sí. Tú eres quien me encontraría, ¿me equivoco?
 —No… Eres muy linda, me gustas.
 —Gracias… Tú también eres lindo.
 —¿Quieres jugar?
 —Sí, pero no podemos ahora porque tenemos que estar ocultos hasta que venga mamá. ¿La tuya vendrá por ti también?
 —No… Mi mami se fue al cielo…
 —Y, ¿volverá pronto?
 —No…
 —¿Por qué?
 —Porque se convirtió en una estrella que brilla en el firmamento. Nunca la conocí…

 —Lo siento mucho…

—Gracias… Pero ya no estaré solo; tú y yo estaremos juntos por siempre. Mi papá me dijo que tú y yo estamos destinados.
 
Despierto exaltada y con sudores fríos recorriéndome la piel. Desde que llegué de casa de mi madrina, he tenido un malestar insoportable.  Con un quejido, me levanto de la cama sedienta, mareada y sin fuerzas; acto seguido, me conduzco fuera de la habitación para calmar mi agonía. Por inercia, contemplo el enorme reloj que decora la sala, el cual se me hace familiar y hasta fastidioso de ver, como si me hastiara.
Es increíble la sed que tengo. Por más agua que tomo, no quedo satisfecha.
Respiro…
¿Es normal todo lo que me pasó hoy? En definitiva, no. ¿Estoy tan loca como las personas en este pueblo? Probablemente, sí.
Lloriqueo ante lo absurda y ridícula que me parece esta situación.
Por lo menos encontré a mi madrina.
Con el dinero que me regaló, podré empezar a trabajar y comprar comida. Es vergonzoso y, hasta una locura, que me he estado alimentando con los alimentos que algún generoso está dejando en mi patio. Porque prefiero pensar y convencerme de que es una persona generosa y no una trampa.
Por otro lado, haber visto al lobo aclara algunas dudas: No existe el supuesto asesino, por lo tanto, lo de la canasta puede ser un acto de bondad; asimismo, se evidencia los exagerados que son los pueblerinos de Hadima y que John está errado. A propósito, me parece que los lobos en este lugar son una especie superior, ya que se supone que esos caninos no deben ser tan enormes.
Vuelvo a mirar el reloj. Todavía no ha amanecido y tampoco puedo dormir.  Después de tomarme como cinco vasos de agua, corro al baño y regreso a la habitación para retomar mi descanso. Necesito dormir… Ya me imagino que mañana pareceré una cosa rara con ojeras y se supone que debo lucir hermosa para mi cita.
 
***
 
Estoy nerviosa. Los ejercicios de relajación no me han servido para nada, puesto que sigo temblando como gelatina.
Sólo es una cita, cálmate…
Con una cita empezó mi desafortunada vida al lado de León. Una salida inocente, que se convirtió en varias y luego terminó en una mudanza y relación seria. Recuerdo que me escapé del orfanato cuando cumplí los diecisiete años para irme a vivir con él. Nos mudamos a otra ciudad donde León me puso su apellido. Ambos trabajábamos y estudiábamos. En ese tiempo era feliz, puesto que tuve todo lo que desde niña había anhelado: amor y un hogar.
Limpio las lágrimas de mi rostro. ¡Carajo! Ya me dañé el maquillaje. Después de retocarme, dar vueltas por toda la sala y hacer ejercicios de relajación, escucho toques en la puerta.
Mi corazoncito va a estallar.
Respira…
Casi corro en dirección a la puerta ante las ansias de ver a Arel. No entiendo esta necesidad, pero requiero ver sus ojos plateados.
Antes de abrir, sacudo mi corto vestido rojo de falda ancha y que ajusta bien mis pechos, dándome una apariencia sensual. Sí, quiero impresionar a Arel.
Tras respirar varias veces, le abro.
 —Hola… —arrastra el saludo mientras me observa entre sorprendido y fascinado. Noto cómo detiene su escrutinio en mi pequeño escote. No disimula su impresión, al contrario, pareciera me quisiera comer con la mirada.
Eso me encanta…
 —Hola —saludo con coquetería. La sonrisa ladina de Arel me eriza los vellos. Es como si el peligro brillara en su mirada intensa, que no deja de observarme sin reparo.
 —Estás hermosa…
 —Gracias. ¿Nos vamos?
Arel asiente malicioso. Se dirige a su vieja camioneta y me abre la puerta del copiloto. Entro rápido y trato de disimular los nervios. Todavía se me hace raro estar saliendo con otro hombre, pero la vida sigue. León la escogió a ella —mi mejor amiga, por cierto—, así que es tiempo de superarlo.
Desde que el buen dotado trasero de mi chico plateado toca el asiento, mis ojos se enfocan en él para repararlo sin disimulo. Es cuando descubro que tiene un arete en su oreja derecha.
¿Cómo no lo noté antes?
 —Lo había perdido, pero lo encontré hoy en mi patio. ¿Puedes creer que estuve buscándolo por toda una semana?
Ok, eso fue raro. De verdad, no creo que haya pensado en voz alta.
 —¿Perdón?
 —Eres tan fácil de leer, preciosa. —Me pellizca la nariz con esa sonrisa sensual que me provoca cositas raras.
¿Será que este pueblo tiene alguna cosa en el ambiente que nos vuelve locos a todos?
 —Disculpa, pensé en voz alta —digo, con la intención de que este extraño evento parezca normal.
 —No lo hiciste —refuta él, acabando con la poca cordura que me imagino me queda.
No se me ocurre otra cosa, más que reír con nerviosismo. Arel sólo está bromeando con mi ingenuidad, así que no caeré en su juego tonto.
 —Me gusta tu pendiente. ¿Es de oro de verdad o solo es imitación? —cambio el tema. Lo sé, soy una atrevida.
 —Oro y… —Me mira con seriedad—. Oro —repite, como si se hubiera retractado de añadir otra cosa.
Ummm…
 —¿Tienes familia, Arel?
Su rostro se tensa de repente. Muerde su labio inferior y enciende la camioneta, entonces arranca sin responder a mi pregunta.
No sé si volverlo a interrogar o quedarme en silencio. Me siento incómoda. ¿Cómo es que el momento se tensó de esta manera?
 —Mi madre murió cuando aún estaba en el vientre, así que no, no tengo familia —dice de imprevisto, y sin quitar la mirada de la carretera. Su voz es carente de ánimo, su perfil —que es lo único que puedo apreciar— se muestra triste y absorto en algún lugar.
 —La mía también murió —respondo, evitando decir “lo siento”. Estoy segura de que él ha escuchado esa frase toda su vida.
 —Lo sé… —arrastra las palabras, como si no quisiera terminar su idea. A veces me da la impresión de que las personas me dicen verdades a medias, que ellos me ocultan alguna cosa.
 —Cierto —recito con amargura—, todos la recuerdan menos yo.
 —¿Qué fue lo que te sucedió con exactitud, Aliana? Cuando… —Muerde su labio inferior, de una manera que me hace sentir que se está conteniendo—. ¿Qué recuerdas acerca de tu niñez?
Estoy consciente de que cambió la frase, pero, ¿por qué? A este punto, siento que Arel sabe cosas de mí que yo ignoro, puesto que a veces se comporta como si me conociera desde hace mucho tiempo.
 —Sólo tengo recuerdos desde mis supuestos cinco años y medio. Y digo supuestos, porque fue una suposición de las monjas del orfanato. Dijeron que me encontraron en la calle vagando y que decía incoherencias. Después de que el médico me revisara, ellas me llevaron al orfanato. Me contaron que sólo recordaba mi nombre y que siempre mencionaba a un niño de ojos grises en mis pesadillas.
Arel detiene el vehículo de repente. Sus manos aprietan el guía y sube la cabeza en dirección al techo. Lo veo respirar con dificultad.
Tengo miedo. Su comportamiento es muy extraño.
 —Lamento mucho todo lo que te sucedió, bella Aliana. Por lo menos ya estás en casa. ¿Quién sabe?, tal vez puedas recordar.
Sus palabras me reconfortan. Todos estos años han sido difíciles. No saber quién eres, es como no tener identidad. A veces me siento una persona sin relevancia, alguien que está en este mundo por error. Esta necesidad de recordar mi origen, a mi madre y de encontrar a aquel niño que solo veo en mis sueños, nunca me ha dejado tranquila y ha sido la causa de una ansiedad que me hace comer chocolate de forma abusiva.
No sé si el niño de ojos grises es parte de mi imaginación o de verdad existe; sin embargo, a veces siento que él tiene algún lazo conmigo.
¿Y si tengo un hermano? Quizás esté perdido… ¿Qué hay de mi padre? ¿Estará con vida?

Lobo feroz

7. Lobo Feroz: Madrina 9. Lobo feroz: La cita 2
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *