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Capítulo 16

This entry is parte 18 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Aquella noche de luna creciente, bajo un cielo oscuro que contrastaba con los destellos de las estrellas, en la casa de Jimena el ambiente estaba cargado de emoción, incertidumbre y temor a lo nuevo.
Mientras sus hermanas compartían risitas cómplices y alegres, Jimena se moría de los nervios, pues hacía mucho tiempo que no iba a una cita.
—¡Estás hermosa! —chilló Claudia, muy emocionada, mientras sus ojos la recorrían con ufanidad.
—¿Crees que deba llamarlo para cancelar la cita? —fue la respuesta de su hermana menor, quien temblaba y movía las manos con frenesí para evitar morderse las uñas.
—¡Jimena Gutiérrez! —vociferó Claudia con tono reprobador. Luego se puso las manos sobre la cintura—. No te diseñé este hermoso vestido, te peiné y te maquillé para nada.
—Creo que exageraste un poco, Clau. Es solo una cita —replicó Jimena, todavía indecisa.
—No es solo una cita, Jim. ¡Es la cita! —contestó con dramatismo, extendiendo las manos como si dibujara en el aire—. Es el paso a tu nueva vida, el openingde tu renacimiento amoroso. Y, aunque Jack era un perdedor, ahora es todo un papasito. No debes desaprovechar esta oportunidad, Jim.
Jimena respiró resignada. No había forma de librarse de aquello, así que solo restaba calmarse y confiar en que todo saldría bien.
Minutos más tarde, Jack llegó por ella. De repente, Jimena sintió ganas de ir al baño y un extraño cólico que se movía desde su estómago hasta la pelvis. Sabía que se debía a los nervios, por lo que ignoró el pequeño malestar y fue a la puerta para recibir a Jack.
—Estás hermosa… —fue su saludo. Jack la miró de arriba abajo sin disimular sus ganas de comérsela.
—Tú también te ves muy guapo —respondió ella, un poco tímida y cohibida.
El trayecto fue un poco tenso, pues Jimena no era capaz de mantener una conversación con Jack. Él, por más que intentaba charlar de forma fluida, como solían hacer en el gimnasio o por mensaje de texto, solo recibía monosílabos de su parte. Así que, a mitad de camino, se rindió. En lugar de intentar conversar, optó por poner música para drenar la tensión en el ambiente.
Como ella había predicho cuando él la invitó a salir, Jack la llevó a cenar. Pese a la incomodidad inicial, ambos pasaron un momento agradable. Durante la cena, les fue fácil conectar y conversar como en el gimnasio. Jimena se sentía cómoda y contenta, pues Jack era un chico muy caballeroso y educado, siempre gentil y halagador durante toda la velada.
Hacía mucho tiempo que no se sentía atractiva para un hombre ni el objeto de su interés, por lo que experimentarlo con Jack fue renovador y agradable.
—Gracias por aceptar mi invitación al fin —dijo él, dedicándole una hermosa sonrisa. Ya estaban frente a la puerta de la casa de Jimena.
—Gracias a ti por invitarme —contestó con timidez y sonrojo—. La pasé muy bien.
—Yo también la pasé muy bien. —Acarició su mejilla y la miró con flirteo.
—Buenas noches, Jack. —Jimena se apartó.
—Buenas noches, Jim —contestó cabizbajo. Realmente le gustaba, no obstante, Jimena seguía muy cerrada. Él ya la había invitado a salir varias veces, pero ella siempre tenía una excusa para rechazarlo. Quería avanzar a algo más que una amistad, pero temía que lo rechazara.
Jimena se dirigió a la puerta y, cuando estuvo a punto de abrirla, él la jaló por el brazo y la besó. Ella se quedó quieta. Jack era un buen chico, pero por alguna razón no podía corresponderle. Él siguió saboreando sus labios con dulzura, mas Jimena se apartó.
—Lo siento, yo… —Lo miró con pesar.
—Entiendo —la interrumpió, mordiéndose el labio. No quería que sonara a rechazo, no quería matar todas las posibilidades—. Discúlpame, no quiero presionarte. Seamos amigos. No te cierres a mí, dame la oportunidad de conquistarte sin ningún compromiso.
—Seamos amigos. —Jimena extendió su mano y él la apretó con delicadeza.
 
***
 
Aquella mañana, como de costumbre, Jimena fue al gimnasio. Después de su rutina de ejercicios, desayunó con Jack en una cafetería cercana, donde conversaron por un largo rato.
—Adiós, Jim. —Él la besó en la mejilla, aunque deseaba hacerlo en los labios; sin embargo, no quería presionarla.
—Adiós, Jack —se despidió, ondeando una mano.
—¿Lista para esta noche? —inquirió coqueto, con una sonrisa cargada de emociones.
—Sí. —Sonrió sonrojada y se mordió el labio inferior. Había decidido darse una oportunidad con él y esperaba ser más receptiva esta noche.
—Esperaré ansioso —dijo con flirteo. Ella asintió y se marchó.
Por otro lado, Pablo decidió saltarse el trabajo e ir a visitar a su hijo. Frente a la puerta, su corazón latía vehemente por la anticipación de ver a Jimena y a su pequeño. Los extrañaba tanto…
En esos días había estado ausente porque no se sentía capaz de enfrentarlos tras el divorcio, pero era momento de comportarse como un padre para Adrián, aunque su relación con Jimena estuviera rota.
Tras un largo suspiro, tocó el timbre. Marta lo saludó con alegría y el mismo respeto que siempre le había mostrado. Luego, llevó al niño con Pablo, quien, al verlo, saltó de alegría y se le lanzó encima.
—¡Papá! —celebró eufórico mientras se aferraba a los brazos de Pablo. Él lo abrazó con fuerza, como si no quisiera dejar de sentir su delicioso aroma nunca.
—Te extrañé mucho, mi amor. —Besó su tierna y regordeta mejilla—. Perdón por no venir a visitarte antes, papi tuvo algunos problemas.
Pablo se fue con él al patio, donde le mostró los nuevos juguetes que le había comprado. Media hora más tarde, Jimena entró a la casa, ignorante de la visita.
—Hola, Marta —saludó a su empleada, sonriente y llena de energía.
—Hola, señora —le respondió ella—. El niño está jugando en el patio.
—Pero le dije a Katy que viniera hoy. Me pasaré el día con Adrián.
—No está con Katy. —La miró de soslayo.
—¿Ah, no? —preguntó confundida—. ¿Con quién está?
—Está… —La mujer se acercó con tono dramático y pícaro—. Con su papá.
—¿Con mi papá? ¿Mi papá está aquí? —preguntó con gran asombro.
Marta entornó los ojos.
—No el suyo, el del niño.
—¿Pablo está aquí? —Su voz ascendió.
Con temblores incontrolables en sus manos y labios, sudores fríos en la piel y el pecho agitado, Jimena se dirigió al patio. Estaba tan nerviosa que sentía que le daría un colapso, pues tenía mucho tiempo sin verlo.
Le parecía increíble lo mucho que él todavía le afectaba. Justo cuando decide darle una oportunidad a Jack, él aparece en su vida como si nada, desordenándolo todo y acabando con su paz.
Lo observó a una distancia prudente, en silencio, disfrutando de una imagen que le causaba mucha ternura. Nunca se cansaría de verlos jugar. Parecían dos chiquillos revolcándose sobre la grama, entretenidos con los juguetes nuevos que Pablo le había traído a Adrián.
Jimena caminó hacia su hijo y besó su mejilla con ternura. El niño se dejó cargar, pero, al cabo de unos segundos, se lanzó nuevamente sobre su padre. Pablo se sentó sobre la grama con él en sus piernas.
—Hola, Jimena —saludó con nerviosismo—. Disculpa que viniera sin avisar, en especial porque no me toca visita hoy, pero realmente necesitaba verlo. He tenido algunos problemas, por eso no había venido.
—No tienes que disculparte por venir a ver a tu hijo, Pablo. —Ella se sentó junto a él—. No me importan los días de visita, me importa que Adrián pase tiempo contigo. No te preocupes, puedes venir cuando quieras.
—Gracias, Jimena.
Ambos se quedaron en silencio un rato, perdidos en una intensa mirada llena de anhelo y nostalgia. Jimena sintió pesar al verlo tan demacrado. Estaba más delgado, con ojeras marcadas; su cabello lucía más reseco y en su mirada se reflejaba una gran tristeza.
—¿Está todo bien? —preguntó con algo de preocupación.
—Más o menos. —Fingió una sonrisa.
—Te ves… extraño —dijo, buscando una palabra que no sonara ofensiva.
—Demacrado —musitó él con sarcasmo.
—No quise decir eso —negó ella, avergonzada.
—Tal vez no, pero me veo así. He tenido días difíciles, mas espero que mejoren.
—Pues, si necesitas algo, no dudes en buscarme.
Él la miró con intensidad. Sabía bien lo que necesitaba, pero, lamentablemente, ella no iba a dárselo.
Jimena invitó a Pablo a almorzar. Adrián no se le despegó ni un momento a su progenitor; al parecer, lo extrañaba demasiado. Después del almuerzo, se sentaron en la sala a conversar.
—Por lo que veo, retomaste el gimnasio —comentó Pablo, y ella sonrió gloriosa.
—Sí, extrañaba mucho el ambiente. Aunque cambié de gimnasio, hay uno nuevo que es buenísimo. —Sus ojos brillaron de emoción.
—¿En serio? Yo estoy buscando uno. No es lo mismo hacer las rutinas en casa.
—Pues te lo recomiendo.
—Iré entonces. —Sonrió—. Eso me trae recuerdos. Mientras los demás novios iban a citas y cenas románticas, tú y yo íbamos al gimnasio y a correr.
Ambos rieron.
—También íbamos a torneos de artes marciales, eso era muy divertido. ¿Recuerdas la medalla que nos ganamos? —preguntó ella con un entusiasmo que hacía mucho no mostraba.
—Sí… Creo que está en casa de mis padres —respondió él pensativo. Ella sonrió, luego levantó el dedo como si acabara de rememorar algo.
—Pero íbamos al cine también, ¿recuerdas? —dijo con picardía.
—Sí, aunque nunca sabíamos de qué trataba la película, porque no era precisamente a eso a lo que íbamos.
Otra vez rieron.
—¡Oh! Eso me recuerda la doble cita al cine, cuando estábamos en el rancho.
—¡No lo menciones! —expresó Pablo mientras negaba con la cabeza—. Por poco muero ese día. El pobre Kevin no encontraba dónde meterse. No sé en qué estabas pensando cuando invitaste a tu hermanita la acosadora.
—¡No la invité! —negó, entretenida—. Ella lo descubrió y me prometió que, si la llevaba, aceptaría nuestra relación.
—¡Qué bruja! Ni que fuera tu madre.
—Teníamos una extraña relación filial en ese tiempo, pero Claudia ha cambiado muchísimo. Ya no es la bruja ofensiva de antes, al parecer, enseñar le ha sentado bien.
—¡Eso tengo que verlo! Ella le hacía la vida imposible a Laura y a Kevin. Mi primo nunca la soportó.
—Recuerdo eso. Es que ella no aceptaba que Kevin hubiera preferido a Laura.
—¡Su Ojos Melosos! —Ambos rieron—. Ese dramático… No te imaginas todo lo que tuve que soportar ese verano con esos dos. Kevin quedó tragado de Laura. Nunca he visto a un hombre enamorarse de esa forma.
—Sí… —Jimena sonrió con anhelo—. Me gusta verlos juntos, son muy lindos. Esos dos nacieron para estar juntos.
—Así es. Por lo menos Kevin no la dejó ir, aunque estuvo a punto de perderla, el tarado ese.
—Fue un verano muy peculiar, pero inolvidable —dijo ella en un suspiro.
—Sí. Pasaron muchas cosas ese verano —secundo él, nostálgico.
—¿Recuerdas el juego de paintball?
—¡Cómo olvidarlo! —exclamó Pablo, emocionado—. En ese tonto juego te besé por primera vez.
Hubo un silencio incómodo, donde sus miradas se encontraron. La nostalgia, añoranza y la tristeza se hicieron presentes y se manifestaban en las miradas que decían lo que ellos no se atrevieron a expresar en palabras. Definitivamente, recordar ese instante tan significativo fue una mala idea.
Jimena trató de evadir el contacto visual, pero Pablo la observaba de una manera muy intensa.
—¡Ese juego fue muy divertido! —Jimena desvió la conversación—. La tía descargó toda su furia contra el tío Paulo.
Pablo, sintiéndose un tonto, le siguió el juego.
—Ja, ja, ja, ja… —soltó una risa exagerada—. ¡Esos dos parecían adolescentes! Yo sabía que se traían algo.
—Tu tío fue muy atrevido y pasado con mi tía.
—Por cierto, ¿recuerdas cuando los encontramos tragándose? A tu tía casi le da un infarto.
Jimena se encorvó de la risa al recordar aquello. Ella y Pablo estaban a punto de casarse y llegaron a la mansión de los Gutiérrez, pues Jimena aún vivía allí. Subieron las escaleras y se encontraron con tremendo espectáculo.
Pablo y Jimena rieron como locos al recordar las locuras de su familia y las travesuras que hacían cuando eran novios. La tarde se fue volando, por lo que Pablo ya tenía que irse. Una sensación amarga inundó su ser, y la nostalgia de lo que una vez fue su hogar le provocó un nudo en el pecho.
Adrián se durmió en sus brazos, y Jimena lo cargó para acompañar a su ex hasta la puerta. Pablo miró a Adrián con tristeza.
—Nos vemos, pequeño Mars. —Besó su cabecita, que yacía sobre el hombro de Jimena.
Sus rostros se acercaron, y ella empezó a respirar con dificultad al tenerlo tan cerca. Pablo no dejaba de mirar esos hermosos labios que tanto lo enloquecían. Respiró profundo y la besó en la frente con ternura.
—Gracias por lo de hoy, realmente lo necesitaba —le dijo con dulzura.
—Gracias a ti por la visita. —Ella sonrió.
Fue difícil alejarse de la puerta y tomar su camino. Fue difícil dejar atrás a la mujer que amaba y a su hijo.

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