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Capítulo 15

This entry is parte 17 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Aquella mañana, Jimena se levantó llena de energía y entusiasmo, como si la tormenta anterior hubiera terminado y el sol resplandeciera cálido en un nuevo sendero. ¡Tenía tantas ganas de ejercitarse!
Tomó su ropa deportiva, que hacía mucho no usaba, y fue al gimnasio. La sensación del sudor recorriendo su piel, la contracción de sus músculos y la carga de energía y adrenalina le daban una sensación de placer y satisfacción indescriptible. Terminó su rutina y se duchó. A la salida, se encontró con un rostro familiar.
—¿Jack? —preguntó, dudosa de su reconocimiento, mientras lo detallaba con la mirada.
—¡Jimena! —la reconoció emocionado. El hombre se pasó la mano por el cabello rubio y corto, luego se acercó a ella sigiloso, como si quisiera asegurarse de que había acertado. Tras unos segundos de escrutinio, la abrazó con euforia, besó su mejilla y volvió a recorrerla con la mirada, pero esta vez con una intención diferente a la anterior—. ¡Pero qué hermosa estás!
Jimena se sonrojó al instante. No pudo evitar imitar su acción, admirando sin disimulo cada centímetro de su figura. Estaba muy cambiado. Ya no usaba anteojos y no era ese chico flaco y pecoso que recordaba. Si bien no era un tipo musculoso, su cuerpo se veía definido y más amplio. Su cabello rubio estaba mucho más corto y un poco espinoso, lo que resaltaba sus ojos ambarinos.
—Tú te ves muy bien —lo elogió con una sonrisa amigable—. Ya no eres el chiquillo delgado que me ayudaba a hacer las tareas.
—Sí, recuerdo que lo usaba como excusa para verte —contestó, sonrojado.
—¡Qué picarón! —exclamó ella; luego dejó salir una risita—. Yo creí que te gustaba Laura.
—Sí, al principio sí. —Sonrió—. Después me gustaste tú, pero no eras el tipo de chica que se fijaría en un chico como yo.
Jimena recordó aquel tiempo. Tenía dieciséis años cuando él se mudó cerca de su casa. Ya había pasado un año de su frustrada relación con su vecino, por lo que ella y Claudia jugaban con los sentimientos de los chicos. Y, claro, a su círculo solo podían acceder los muchachos lindos y populares. Recordó que aprovechaba que Jack visitaba a Laura para que él le hiciera su tarea.
—Sí, era muy superficial en ese tiempo. —Bajó el rostro, avergonzada—. Disculpa cualquier cosa que te haya hecho o dicho. Tuve una adolescencia difícil.
—No te preocupes, lo entiendo. —Sonrió—. Por cierto, ¿cómo está Laura? No volví a verla después de que tu tía me lo prohibió. Poco tiempo después de eso, mis padres y yo nos mudamos a los Estados Unidos.
—Sí, mi tía no permitía que Laura tuviera amigos. Pero ella está muy bien, se casó con un guapo artista plástico y músico. Trabajan juntos; él tiene una galería de arte, un estudio de música y otro de fotografía. Laura se convirtió en una fotógrafa muy cotizada y aclamada.
—¡Vaya! Laura cumplió su sueño. Me alegra mucho y me gustaría verla.
—Creo que a ella le gustaría verte también.
—¿Y qué hay de ti? ¿Tú también te casaste?
—Sí. —Bajó el rostro y luego lo miró con una sonrisa—. Pero nos divorciamos. Tengo un hijo con él; es lo único que nos une ahora.
—Lo siento. —Palpó su hombro.
—Está bien. Fue lo mejor para los dos, simplemente no estábamos listos para casarnos.
—Entiendo, pero déjame decirte que tu ex fue un tonto. Yo, de una esposa como tú, no me separo ni loco. Pero eso abre las posibilidades para quienes sí te podrían valorar. —Sonrió con flirteo.
La expresión de ánimo de Jimena cambió por una sombría, cargada de recuerdos dolorosos e inseguridad. Luego, fingió una sonrisa que se pareció a una mueca amarga.
—No creo que esté lista para una relación ahora —comentó con la voz apagada.
—Tal vez no. Sin embargo, eso no quiere decir que no conozcas personas y te diviertas —le respondió.
—Tengo un hijo ahora, no es que tenga mucho tiempo libre. Fue un placer volver a verte. —Decidió cortar la charla, pues se estaba tornando incómoda.
—Créeme, el placer fue mío. —Tomó su mano y dejó un casto beso sobre ella. Su mirada ambarina se conectó con la de Jimena, quien se sintió extraña al ser observada con tanta intensidad y… ¿deseo? Casi sacudió la cabeza ante esa interpretación que le pareció muy fantasiosa y ridícula.
Sin contestarle, Jimena le sonrió y continuó su camino. Estaba saliendo del gimnasio cuando él la llamó mientras corría tras ella. Jimena se volteó y lo miró, divertida, cuando él se le paró enfrente con la respiración agitada.
—¿Calentando? —le preguntó con sorna.
—¡Ja, ja! ¡Qué graciosa! —contestó él con sarcasmo—. Solo quiero tu número, sería divertido que Laura, tú y yo nos reuniéramos algún día.
Jimena y Jack intercambiaron sus contactos, y él entró al edificio. Cuando ella llegó a casa, recibió una notificación:
Jack (11:30 a. m.): Hola, Jim. De verdad me encantó verte hoy. Espero que suceda más a menudo, pues me encanta deleitarme con tu bella sonrisa.
Jimena sonrió y cerró el aparato.
 
***
 
Pablo llegó tarde al trabajo y con ojeras. Después del divorcio, no dormía ni comía bien, e incluso había empezado a ingerir bebidas alcohólicas, algo que nunca había hecho, pues sus padres lo criaron de manera estricta en cuanto a vicios.
Por esos días, Ariadna se terminó de mudar al apartamento de él y, además, buscaba la manera de meterse en su cama, cosa que aún no había logrado. Ella fue quien le dio el primer trago de alcohol para que se relajara y dejara su amargura; después de ese trago, no dejó de consumir todo tipo de bebidas intoxicantes que llegaban a sus manos.
—Pablo, estoy muy preocupado por tu comportamiento. Llegas tarde, te vas a la hora que quieras, no cumples con las reuniones y ya no eres tan productivo en tu trabajo como antes. Mírate, te ves horrible. —Cristian le regañó.
—Estoy bien, tío. Te prometo que no volveré a llegar tarde ni a faltar a las reuniones y bla, bla, bla. —contestó ido y desganado—. ¿Eso era todo? Porque tengo mucho trabajo.
Cristian lo miró con decepción y preocupación.
—Espero que sepas manejar lo de tu divorcio y no te dejes hundir. Yo entiendo tu dolor y comprendo cómo te sientes. Cuando Lillian se separó de mí, sentí que mi mundo se iba con ella.
—No es lo mismo, tío. ¿Sabes? Jimena no me dejó, ¡demonios!, yo la dejé a ella. —Las lágrimas salieron con facilidad, como si ya estuvieran acostumbradas a hacer ese recorrido—. Yo la humillé y la rechacé muchas veces. La hice sentirse mal con ella misma y pisoteé su autoestima. Yo me interesé en otra mujer y le pedí el divorcio por idiota y cobarde. No es lo mismo, tío. Yo mismo cavé mi propia tumba.
—Pablo, debes superarlo. No lograrás nada con lamentos. Debes seguir adelante por tu hijo, no cometas el mismo error que yo. Me encerré en mi dolor y frustración y le hice mucho daño a Kevin. Adrián necesita un buen ejemplo a seguir y tú no se lo estás dando.
Pablo sabía que su tío tenía razón, que se estaba hundiendo. No era el mejor ejemplo de padre y su vida se le escurría entre las manos cada vez que ingería alcohol. Lo sabía. Sin embargo, no tenía fuerzas para levantarse.
Movido por las palabras confrontativas de su tío, Pablo acunó su rostro entre sus manos y comenzó a llorar.
 
***
 
Claudia y Cecilia estaban en casa de Jimena, sentadas encima de una alfombra blanca que había en la sala. Todas se encontraban descalzas y en pijamas. Claudia se levantó a buscar un yogurt en la cocina. Cuando regresó, Jimena le palmó el trasero y la miró con picardía.
—¿Acaso estás yendo al gimnasio? Tu trasero está más grande y lleno.
—Sí, Clau. —secundó Cecilia—. Estás más llenita y bonita. Ya no te ves toda pálida y flacuchenta.
—Estoy comiendo mejor, eso es todo. —Las miró con indiferencia—. Bueno, y me estoy ejercitando en el gimnasio de la universidad.
—¡No! —Jimena exclamó con gran asombro y luego se palmó la frente como si ella estuviera enferma—. ¿Qué dijiste? ¿Tú qué? Claudia Gutiérrez… ¡En un gimnasio! Pero si odias todo lo que te haga sudar.
—Pues ya no —respondió de mala gana.
—Claudia, estoy atónita, ¡has cambiado demasiado! ¿Hay algún culpable?
—¿Qué culpable? ¿Acaso no puedo decidir ejercitarme por mi cuenta? Me cansé de pasar hambre para mantenerme en forma —contestó mientras saboreaba su yogurt.
En ese momento, Jimena recibió una notificación. Sus ojos brillaron y sonrió como tonta mientras leía el mensaje. Cecilia le arrebató el teléfono y leyó su contenido. Dejó escapar un chillido, mientras Jimena intentaba quitarle el aparato, furiosa.
—¡Dile que sí! —gritó Cecilia, y le lanzó el celular a Claudia. Esta leyó el mensaje y saltó emocionada.
—¡Por supuesto que le dirá que sí! —dicho esto, empezó a teclear.
—¡Claudia, no te atrevas! —Jimena gritó y corrió tras ella. Cecilia la agarró, pero Jimena era muy ágil y se zafó de su agarre. Claudia corría por toda la casa entre risas, mientras su hermana menor la seguía.
Jimena se lanzó sobre ella y ambas cayeron en el mueble. Ella recuperó su teléfono y lanzó un grito al ver la respuesta del mensaje.
—¡Te voy a matar! —Miró a Claudia fulminante, quien corrió a la habitación y se encerró hasta que Jimena se calmara.
—¿Qué voy a hacer? —dijo nerviosa mientras daba vueltas por toda la sala—. ¿Qué tal si le respondo que me equivoqué de chat?
—¡Claro que no, Jimena! Casi pierdo mi vida al responderle, y eso no va a ser en vano. —refutó Claudia, sacando la cabeza de la habitación, pero sin atreverse a salir por completo. Jimena la miró con ganas de matarla, aún estaba enojada con ella por su atrevimiento.
—Jimena… —Cecilia se acercó a ella y la miró con dulzura—. ¿Por qué no le das una oportunidad a Jack? No me vas a negar que te gusta, porque te la pasas chateando con él y siempre se ven en el gimnasio. Solo es una cita, no es que te vayas a casar con él.
Jimena respiró. Aunque Jack no le era indiferente, aún no dejaba de amar a Pablo. Pero, tal vez no sería mala idea empezar a conocer a Jack.
—Está bien. Iré a la dichosa cita —dijo rendida, y exhaló un largo resoplido. Sus hermanas, en cambio, saltaron emocionadas entre gritos eufóricos.

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