¡Mate! – Capítulo 15: Déjame aliviar tu celo

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Gia
Existen momentos en nuestras vidas en los que perdemos el control de nuestras emociones y sucumbimos en la locura; estoy en una de esas situaciones ahora mismo. Si bien es sabido que los licántropos somos muy impulsivos, sé que no debo dejarme llevar por esa impulsividad y, por ende, detenerme; sin embargo, no lo hago.
Tengo una lucha interna, donde batallo conmigo misma. Por una parte, mi loba quiere acabar con su sufrimiento, pero por otra, mi lado humano grita que se detenga.
Corro en dirección al risco e ignoro los gruñidos de Gael, quien también se ha convertido en lobo.
¿Sabrá lo que me propongo? ¿Por qué me sigue si lo sabe?
Él sería libre si muero, puesto que ya no habría más drama en nuestra familia, como tampoco Gael tuviera que verle la cara a la estúpida que proclama ser su mate.
Duele tanto.
Llego al final del camino, por lo que el vacío se muestra frente a mí. El miedo me hace querer tomar el control, pero mi loba no cede.
No quiero morir... No de esta manera tan cobarde.
«¡Gia!»
Caigo al vacío.
«¡¡Nooo!!»
Es lo último que escucho cuando ya no hay superficie debajo de mis pies y el aire se torna asfixiante. En medio del vacío, soy atrapada por un cúmulo de hojas que me suben de vuelta a la superficie con lentitud.
¿Qué? ¿Cómo?
Gael, quien busca con la mirada por los límites del risco, corre en mi dirección con denotada desesperación y angustia.
Aúlla mientras viene a mí y no logro descifrar si me reclama, me pregunta si estoy bien o simplemente celebra aliviado. Vuelvo a mi forma humana y Gael también.
—¡Te has vuelto loca! —Sí, me estaba reclamando—. ¿Qué demonios tienes en la cabeza? ¡Ibas a matarte! Todo mi sacrificio iba a ser en vano gracias a tu maldita imprudencia.
¿Sacrificio? ¿Cuál sacrificio?
—¡Fue mi loba! No podía controlarme —replico llorando—. No sé qué me pasó, pero me asusta. Gael, ayúdame.
Él me mira con amargura y me levanta del soporte de hojas que me salvó la vida. Su cuerpo desnudo se aferra al mío, nuestra piel se roza y nuestras lágrimas se mezclan.
—Gia, no me vuelvas a asustar así, por favor. No hagas esto, preciosa. —Me besa la frente y luego la coronilla de la cabeza—. Vámonos de aquí, el alfa se está acercando. —Gael me carga y se adentra al monte conmigo en brazos. Corre rápido entre los árboles y no tengo idea de a dónde se dirige, solo sé que ha tomado un camino diferente a la manada.
Unos quince minutos más tarde, se sube conmigo encima de un árbol.
Ahora lo recuerdo.
Es nuestra casa del árbol, esa que construimos de niños. Entramos con cuidado de no golpearnos la cabeza y quiero llorar al ver la vieja colcha que solíamos usar.
La nostalgia me embarga y los recuerdos del pasado me transportan a aquel tiempo cuando era feliz con la compañía de Gael. Olores, sonidos y sabores se sienten tan vívidos otra vez. A mi mente regresan esos eventos que había olvidado, junto a risas y lágrimas, y las promesas de un amor inocente que en ese tiempo creí que era filial.
—Ponte la colcha encima —ofrece Gael con sus mejillas sonrojadas. Había olvidado que ambos estamos desnudos. Aquí solos...
No pienses en eso, no pienses en eso…
Gael arranca la pequeña cortina amarilla que cubre la ventana y se la envuelve alrededor de la cintura, luego toma mis manos y las besa, entonces me encara con tristeza y culpa.
—Gia, lo que te ocurrió hoy no es normal. No está bien y temo que empeore. Tengo una leve sospecha de la razón a tu extraño comportamiento y te prometo que buscaré la manera de resolverlo; no importa cuál sea la solución, no dejaré que te haga daño.
—¿Que me haga daño? ¿Quién? —Estoy demasiado confundida—. Gael, yo soy la única culpable de lo que sucedió hoy. Tal vez sea momento de superarte y salir con otros chicos.
Siento la presión en mis manos al Gael apretarlas. Su rostro se ha tornado tenso y su mirada denota enojo.
—¿Otros chicos? —masculla entre dientes.
—Sí, Gael. Es mejor hacerme la idea de que tal vez yo no tengo un mate. Papá y mamá no son mates, pero ellos se aman y son felices. No todos tenemos la dicha de encontrar un compañero destinado. Creo que es mi caso. Yo no tengo un mate.
—Tienes razón —responde él con expresión resignada. Era de esperarse que dijera eso, pero escucharlo duele. Soy una tonta al fantasear que él dijera lo contrario.
Nos quedamos un rato mirándonos a los ojos y con nuestras manos unidas, hasta que Gael me abraza. Su aroma, el calor de su cuerpo desnudo, la manera tan rápida con la que late su corazón, todo eso me hace estremecer.
Mi boca empieza a salivar de más y varios escalofríos me recorren el cuerpo, el cual es atacado por cosquilleos que me hacen tener imágenes donde Gael y yo nos movemos a la par, él adentro de mí.
«Reclámalo», me exige mi loba.
Ay, no. No es momento para excitarte, Gia, no ahora. Me aferro a su cuerpo como manera de calmar mis temblores, pero creo que ya él lo ha notado.
—Tienes un grave problema de celo —descubre Gael mientras me acaricia la espalda.
No hagas eso, Gael.
¿Qué acaso no sabe que estoy al límite? Gracias al cosquilleo placentero del roce superficial de sus dedos, mis temblores aumentan y mi loba gruñe dentro de mí.
Autocontrol...
Miro a Gael con ruego, quien a su vez está más rojo que un tomate y muerde sus labios con fuerza.
¿Se está conteniendo? Pero él no me desea, ¿o sí?
—Gia... —Me levanta el mentón y me besa en los labios.
¿Qué?
Su beso es lento y suave al principio, pero al cabo de unos segundos, puedo sentir su hambre, sus ganas; me parece que ya no se puede controlar más—. Es hora de irnos —susurra sobre mis labios, mas no se aparta.
—T-Tienes razón... —tartamudeo porque se me dificulta el habla. Estoy temblando tanto que temo convulsionar.
—Sí, vámonos... —balbucea, mas no nos apartamos. En realidad, no movemos ni un músculo—. Pero... —Hace una pausa—. Si quieres te ayudo a descargarte... Sería nuestro secreto y solo lo haríamos esta vez.
—¿Qué me estás proponiendo?
—Acuéstate —demanda con voz entrecortada. Obedezco, llena de confusión y a la expectativa. ¿Me hará el amor?
Dejo salir un gemido cuando sus labios me rozan la piel del cuello con una delicadeza que me provoca cosquillas deliciosas. Esta sensación es nueva para mí y me parece contradictoria porque es abrumante, pero fascinante a la vez.
Se siente tan bien…
Gael me besa la piel con un hambre que me quema por dentro y me hace experimentar placeres que desconocía. Él usa sus labios, su lenga y dientes para saborear mi cuello y clavícula, mas cuanto su boca se adueña de mis pechos todo mi cuerpo se sacude y mi pelvis se contrae de una manera insoportable.
Necesito más…
—No puedo aparearme contigo, pero sí aliviarte —me explica con dulzura mientras me acaricia las mejillas con sus nudillos.
Me siento tan decepcionada, ¿por qué no podemos aparearnos?
Me quedo petrificada cuando Gael me abre las piernas y se agacha frente a mi zona íntima. Noto que se lame los labios con deseo, luego me observa como si buscara mi aprobación.
¿Qué es lo que hará?
No me da tiempo a averiguarlo porque el aullido del alfa nos espanta a los dos. Ambos nos miramos con el terror en nuestras facciones y tomamos distancia al instante.
No puede ser…
Estamos muertos.
—¡Es papá, Gael! ¡Es papá! —repito con nerviosismo, al tiempo en que miro por todos lados, como si tratara de encontrar una salida.
—Creo que nos siguió. ¡Demonios! El alfa va a matarme.
—Pero no hicimos nada... Bueno, casi nada... —Estoy toda sonrojada y nerviosa.
—Mejor bajemos y expliquemos todo al alfa, menos la parte de... —Ambos nos sonrojamos, aunque en realidad no llegamos a hacer nada.
Yo, envuelta en la colcha que huele a cítricos, y Gael, con la pequeña cortina envuelta en su cintura, bajamos del árbol. Cuando tocamos tierra firme, pienso cómo es posible que la colcha esté limpia y la casita sin polvo y entera, si teníamos muchos años que no veníamos aquí. Miro a Gael por inercia y las ganas de llorar me son incontenibles, por lo que varias lágrimas me mojan las mejillas.
Él la ha mantenido limpia.
Un lobo negro nos gruñe con reclamo y sé que Gael y yo le tendremos que dar una buena explicación. El alfa nos hace gestos para que lo sigamos sin añadir nada, acción que me asusta más de lo que ya estaba. Me convierto en loba. Gael, por su parte, se tira la colcha sobre él y la pequeña cortina, luego se convierte también.
Llegamos a la casa y cada cual va a vestirse. Entro al baño y me pongo debajo de la ducha con una sonrisa de tonta.
Gael...
¿Qué somos ahora? Celebro debajo del agua porque por fin estaré con mi mate. Sabía que era él, lo sabía. ¡Me siento tan feliz que estoy dispuesta a soportar los reclamos de papá!
Tarareando una canción, me pongo la ropa y me peino. Al mirarme en el espejo, decido colocarme un poco de maquillaje para impresionar a Gael; no obstante, el recuerdo de un evento que pasamos por alto, gracias a la conmoción de aquel momento, me hace detener de lo que hago.
El miedo me abraza y las interrogantes se agrupan en mi cabeza. ¿Cómo fui atrapada por esas hojas y devuelta al risco?

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