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Gael
La música típica resuena lejana, como un susurro alegre pero discreto. Cada uno está sumido en su alegría falsa, esa que solo el alcohol brinda por tiempo limitado para luego destruirte de forma dolorosa.
Yo estoy aquí con un objetivo distinto, pero me temo que me iré con las manos vacías, a juzgar por la mirada de lástima que me atina mi última esperanza.
El forastero me observa con preocupación, y su semblante denota mucha aflicción, así que estoy preparado para su respuesta.
—Te ves muy mal, hijo —empieza, antes de soltar lo que ya espero. Quizás soy pesimista, pero es obvio por su manera de observarme… o quizás solo sea mi apariencia decrépita lo que lo tiene mirándome con tanta pena.
—He tenido mejores momentos —bromeo para aligerar el ambiente.
—Ojalá pudiera ayudarte con información valiosa, pero estoy más perdido que tú en todo esto. Te he buscado por más de doce años, Gael. Yo admiraba mucho a tu padre, y poder encontrarte me llena de satisfacción, aunque ya no queda una manada por gobernar, porque somos los únicos sobrevivientes.
» Aun así, podemos empezar una desde cero; sin embargo, verte en esta condición me da impotencia. ¿No recuerdas cómo desapareció el pendiente ese día?
—No... Tengo recuerdos borrosos sobre lo que sucedió —respondo, desanimado.
Este hombre era mi última esperanza, puesto que era uno de los lobos de confianza de mi padre. Cuando supe que era él quien estaba en esta cantina, la ilusión afloró dentro de mí… pero qué rápido se extinguió. No hay de otra que resignarme; de todas formas, ya no me queda mucho tiempo.
—Ve a descansar. Por mi parte, buscaré respuestas para ambos y estaré vigilando los alrededores. Es cuestión de tiempo para que esa bruja dé con tu paradero y quiera aparearse.
Asiento a lo que dice y me dirijo a la casa como puedo; ya hasta caminar me es pesado, y ni siquiera soy capaz de convertirme en lobo. Simplemente, no tengo energía suficiente.
Me estoy muriendo.
Cuando por fin llego, me dirijo a la ducha. El calor es insoportable.
Gia…
Mi bella mate, perdóname. No pude encontrar una solución. Espero que superes mi muerte y te des una oportunidad con un buen hombre.
Vaya, ni siquiera pude resolver el asunto de Natura ni del hijo de Kali. Confío en que Gia podrá hacerse cargo; al fin y al cabo, ella es una loba habilidosa y fuerte.
Después de ponerme un pantalón fresco y holgado, me dispongo a escribir mi despedida, pero la vista se me torna borrosa.
Necesito descansar.
¿Y si muero? ¿Cómo podría dejar de existir sin antes decirle adiós a mi amada mate?
Intento escribir, pero ya no veo bien y el mareo es insoportable, así que decido acostarme. Tal vez no muera hoy y pueda enviar la carta…
Los recuerdos se revuelven en mi mente, torturándome…
«Gael, sabes que no puedes tener una mate», escucho en mi mente de forma vaga, invocando el pasado.
«Lo sé, Alfa», oigo mi propia voz, lejana y cargada de amargura.
«Entiendo que eres diferente a otros niños y que tienes una mentalidad madura para tu edad», continúa él.
«Sí... Alfa, no se preocupe por su hija, nunca le diré que ella es mi mate. Pero déjeme estar a su lado como amigo y protegerla. Es lo único que reclamo, ya que a ella nunca podré», recuerdo ese ruego en específico, y las lágrimas empiezan a humedecer mis mejillas.
«Está bien. Serás como un hermano mayor para Gia», sentencia, y esa condena me perseguiría por muchos años.
Gia...
Me duele la cabeza y siento que se me quema el cuerpo. Pese al calentón de mi piel, estoy temblando. ¿Así se siente morir?
Otra vez el pasado me visita, tan vívido que duele como aquella vez.
«¡Alfa, ayúdeme! No sé si pueda controlarme más. Desde que Gia me besó, no he podido pensar en otra cosa que no sea el sabor de sus labios. Mi lobo la reclama y no sé si pueda soportar las ansias de tomarla».
Eso fue en nuestra adolescencia, cuando ella me dio nuestro primer beso y tuve que fingir que me molestó.
«No es solo el hecho de que ella sea tu mate y de la necesidad que tenemos los licántropos de estar al lado de nuestra pareja destinada. También está la presión de la maldición. Estuve investigando acerca de este tipo de hechizo y descubrí que te aumentará la libido al punto de no poderte contener», me aclara, aumentando mi angustia.
«Alfa, máteme. No quiero hacerle daño a mi mate. La solución es que yo muera. Máteme, por favor».
«¡No digas tonterías! Tengo una solución».
Besar y acariciar a otra mujer me hacía sentir sucio, pero era la calma a mi exagerado deseo sexual. La primera vez me dolió mucho, porque sentí cómo el corazón de Gia se desgarraba por la traición a nuestro vínculo.
Me he sentido como la mierda todos estos años. He tenido que sacrificar tanto y sacar una fuerza de voluntad que desconocía que tenía, todo para que mi amada no fuera maldita.
Gia, necesito que seas feliz y tengas una buena vida.
Es increíble... puedo sentir su olor...
De repente, varios toques en la puerta me espantan. ¿Quién está aquí y por qué?
Con gran dificultad, me levanto y me arrastro en dirección a la puerta. Ese agradable olor se vuelve más intenso. ¿Acaso lo estoy alucinando?
Al abrir, la veo a ella… y mi corazón pareciera detenerse al encontrarme con sus ojos grises, que me escudriñan con angustia.
***
Gia
Desde que regresé de la oficina, me encerré en la habitación. Estoy recogiendo algo de ropa y llenando una mochila. También echo algunos productos de higiene personal.
Espero a que todos se duerman y salgo de la casa en silencio. Me dirijo al bosque que rodea nuestra vivienda y allí me desnudo. Acto seguido, guardo la ropa en la mochila, me transformo en loba, la sujeto con la boca y me echo a correr. Decidí hacerlo de esta forma porque un vehículo llamaría demasiado la atención.
Corro durante una hora, hasta que me encuentro en las afueras de la manada. Entonces lo veo... un camino terroso que me resulta familiar. Lo sigo hasta que desaparece y es reemplazado por un sendero verde entre dos hileras de árboles.
Tal como en mis sueños.
En medio del trayecto, empiezo a aullar de dolor.
Gael está muriendo... puedo sentirlo.
Corro, desesperada, ignorando el sufrimiento que me desgarra por dentro.
Gael, por favor... aguanta un poco más.
Al final del camino, un maravilloso territorio me recibe: árboles coloridos, flores silvestres, y a lo lejos, una casa grande decorada con piedras, una fuente en la entrada y un sendero de cemento rodeado por un jardín espectacular. Las luces exteriores me permiten admirar su belleza y los detalles que la adornan.
Es tan hermosa...
Gael...
Cuando llego frente a la puerta, toco con desesperación. No me molesto en vestirme; no tengo tiempo que perder.
El no recibir respuesta me hiela la sangre. Me preparo para derribar la puerta, pero justo antes de hacerlo, esta se abre... y entonces lo veo.
¡Por Dios!
Gael...
No encuentro las palabras precisas para describir este momento, pero siento que todo a mi alrededor deja de existir; solo estamos él y yo. Mi corazón reacciona al instante, desbocado por la euforia. Mi cuerpo desnudo tiembla, y mis ojos se llenan de lágrimas.
Pero no todo es felicidad. También me embarga una profunda tristeza y una inquietante preocupación al verlo tan... demacrado...
—¿Qué te sucedió? —murmuro mientras reviso su cuerpo, cubierto de manchas negras con forma de raíces, como si le hubiesen tatuado toda la piel. Sus ojos están enrojecidos, con profundas ojeras; su cabello luce seco, y su cuerpo, demasiado delgado.
—¿Qué haces aquí? Debes irte ya —dice, empujándome débilmente hacia fuera, pero yo entro y cierro la puerta detrás de mí.
—No me iré.
—No entiendes. Si no te vas, puedes morir. Mírame... estoy demasiado débil para resistirme al hechizo.
—Por eso estoy aquí.
—¡Vete, por favor!
—¡No te dejaré solo en estas condiciones! —Lo abrazo.
Su piel arde como fuego, pero no me importa. Tanto su torso como el mío está desnudo, y puedo sentir lo tenso que se pone con nuestra cercanía.
—Gia... vete...
Beso su cuello con suavidad, y lo oigo suspirar. Está tan débil que no puede luchar, y eso hará más fácil cumplir mi propósito.
—Gia... no cometas una estupidez...
Mis colmillos emergen. Le doy una última lamida en la piel, luego los clavo cerca de su hombro derecho. El aullido de Gael me sacude por dentro; me excita tanto que succiono con deseo y desesperación, dejándome llevar por el éxtasis que provoca el sabor de su sangre.
Sumida en un goce abrumador, dejo de morder y lamo la zona herida. Cuando su piel se cierra, la marca aparece en todo su esplendor.
—Me marcaste... —balbucea, antes de caer de rodillas al suelo.


