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Gael
Camino a través del sendero cubierto por la neblina, que se muestra en tonos blancos y azules, con pasos pesarosos. Miro por todos lados como si me sintiera amenazado; es esa sombra de nuevo que no me deja en paz.
«Trata de recordar y la sombra se irá», escucho la voz de un niño a quien busco por inercia. De repente, este se encuentra frente a mí y me quedo pasmado al reconocerlo.
«Sí... soy Gael de doce años», dice, al notar mi desconcierto.
El frío que hace aquí es insoportable, pero lo que provoca que me abrace a mí mismo es verlo a él, a mi yo del pasado.
«En cuanto a lo que buscas, debes luchar para romper el control mental. Ahora que te has hecho uno con nuestra mate, será más fácil recordar».
«¿Quieres decir que ahora mis recuerdos llegarán completos?», confirmo.
«Sí. También estarás más sensible a tus sentidos y recordarás quién ocultó el zarcillo dorado. Pero debes ser cuidadoso, ya que la bruja está merodeando y esperando ese momento para adueñarse de él».
¿Qué? ¿La bruja?
«La gran bruja. Ella también tiene control sobre ti por medio del veneno; si no logras encontrar el pendiente, nuestra luna morirá».
¿Ah…?
«El culpable no ha sido leal; más bien, se ha dejado envenenar por la ambición, el ego y la envidia», añade.
Voy a preguntar a quién se refiere, pero en ese momento un resplandor me molesta los ojos.
El sueño del pasado se esfuma y regreso a la realidad. Parpadeo varias veces y una emoción cálida revolotea en mi estómago. Aquí está ella, a mi lado. Mi hermosa Gia duerme plácida mientras busca mi calor; todo esto me parece tan irreal que temo despertar del más dulce sueño y que la realidad sea otra.
Le acaricio la mejilla y ella sonríe por instinto. Es inexplicable el calor que siento en el pecho al ver su reacción; por esa sonrisa estaría dispuesto a morir.
Le dejo un beso suave y fugaz en los labios y me apresuro al baño. Después de lavarme los dientes, entro a la ducha. El agua caliente se siente bien en esta mañana fría.
El camino lleno de neblina viene a mi mente junto a mi yo de ocho años. Esta vez el sueño está intacto en mi cabeza y todas las sensaciones que sentí. De repente, imágenes del pasado me visitan y un leve recuerdo me deja pasmado unos minutos.
Una luz dorada se muestra ante mí, luego una mano fuerte que la sostiene, pero no logro descifrar de quién se trata.
«Mira», dice mi lobo.
Abro los ojos y un cuerpo imponente me hace temblar; entonces siento su control sobre mí.
—Gael, ¿estás bien? —Gia me saca del trance en el que me he sumido—. Te estaba llamando y no respondías —dice con preocupación. Ella está envuelta en una sábana cerca de la puerta del baño.
—Sí, estoy bien —respondo para calmarla.
Ella se devuelve a la habitación y regresa sin la sábana, dándome la deliciosa imagen de su cuerpo desnudo. Todo mi ser reacciona ante sus senos erguidos y esa cadera voluptuosa que me vuelve loco. Gia empieza a lavarse los dientes, mientras que yo me quedo ensimismado, contemplando su trasero duro y prominente. Miro mi erección y sonrío; ella está jugando con fuego al entrar aquí desnuda, así que va a quemarse.
Sigo todos sus movimientos.
Cuando termina, Gia guarda el cepillo dental y camina en mi dirección, con esa sonrisa traviesa que me da a entender que quiere jugar.
Oh, sí, pequeña, jugaremos.
Mi bella mate entra a la ducha y, al instante, las gotas de la regadera empiezan a recorrer su piel mestiza. Me divierto viendo el agua juguetear con su cuerpo, que luce brilloso debido al líquido que la moja; luce tan apetecible. Su cabello mojado le cubre los brazos y termina en su espalda baja, dándole una apariencia sublime, hermosa y deseable...
Ella es mi destinada, mi amada, mi esposa, la dueña de mis suspiros.
La miro con diversión cuando empieza a bañarme con la esponja llena de espuma; no puedo evitar sonreír como tonto al sentirme mimado con ese gesto tan íntimo.
Mi respiración se torna errática cuando ella empieza a lavar mi falo con delicadeza, tomándolo con una mano y con la otra acariciándolo con la esponja.
Esto es demasiado tierno y sensual a la vez.
Deja su dulce tortura para lavar mis piernas y pies, mientras que yo me conformo con admirarla.
Pone la esponja en su lugar y pasa su mano por mi torso, como si intentara ayudar a la regadera a quitarme el jabón. Acaricia mi cabello y me sonríe de una forma tan dulce que me dan ganas de comérmela a besos... y eso hago. La beso con fiereza, con deseo.
—Espera... —rompe el contacto de nuestros labios y sonríe de forma pícara; ese gesto hace que me excite más de lo que ya estoy.
—Te necesito, mi bella loba. —Voy a besarla, pero ella se agacha para evitarlo, o eso creo...
—Mierda...
—Oh, pequeña, hoy estás muy traviesa...
La sensación de lamida hace que mi cuerpo se estremezca y que varios cosquilleos recorran mi piel. Su cálida humedad alrededor de mi sensibilidad me hace gemir y gruñir.
Ella me saborea con ganas y, por momentos, me mira maliciosa y me sonríe, lo que aumenta el placer de su estimulación. El simple hecho de verla coqueta y atrevida es el mejor afrodisíaco para que estalle de ganas por ella y hacer de este regalo inesperado la más exquisita explosión de placer.
—Gia... —jadeo mientras golpeo la pared con los brazos, que se mueven frenéticos ante el abrumador placer que su linda boca me brinda—. Me vengo... —trato de alejarla, pero ella no está dispuesta a dejarme ir sin que antes termine.
Sus movimientos se vuelven más rápidos e intensos; por mi parte, ya no soporto tanto placer, así que estallo.
Siento que me he hecho trizas y que mis pedazos flotan en la nada, totalmente relajado, satisfecho y feliz. Sé que sonrío como tonto y que ahora mismo soy el hombre más frágil del mundo.
—¿Te gustó? —Miro en dirección de mi pequeña traviesa, quien espera a la expectativa mi respuesta y, al mismo tiempo, se limpia la boca con el agua que cae de la regadera para deshacerse de mis fluidos.
—Me encantó. —La atraigo hacia mí por la cintura—. Pide lo que quieras y lo haré. —Le beso la frente.
—Quédate conmigo por siempre... —dice ella antes de besarme.
—No tienes que pedirlo. Somos uno, incluso después de la muerte —le aseguro con mi corazón en la mano.
Y… nos besamos.
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