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Gia
Un beso tras otro...
Sus labios carnosos aprietan los míos con hambre y deseo, con mucho amor. El sonido que hacen nuestras bocas al fusionarse se une al canto de los grillos, que son los únicos testigos de cuánto nos amamos, de lo mucho que necesitamos esta intimidad.
—Gael...
—Dime, amor...
—Te amo...
—Yo también te amo. —Gael me abraza con fuerza, como si temiera que yo le fuera arrebatada.
Ambos estamos conscientes de que debemos regresar, pero ninguno dice nada ni mueve un músculo. No queremos irnos, no queremos afrontar nuestra realidad, como tampoco tener que fingir indiferencia delante de los demás miembros de la manada.
—Tengo tantas ganas de irme lejos contigo —suelto de repente. Gael y yo nos recostamos en la angosta cosita y nos acomodamos como podemos, entonces descanso mi cabeza en su clavícula mientras él me acaricia el cabello.
—Yo también... ¿Te imaginas tú y yo viajando por diferentes lugares?
—Sería muy divertido. Luego regresaríamos a nuestra casa, prepararíamos comida y haríamos el amor... —De inmediato me sonrojo. Percibo a Gael estremecerse por mi comentario y el silencio se adueña del ambiente, asimismo, la tensión se torna incómoda. ¿Por qué mencioné eso?
Es tan frustrante. Si Gael no tuviera ese problema que no entiendo, estuviéramos copulando y yo sabría lo que es ser reclamada. A veces siento tanta curiosidad por el sexo.
Y deseo.
Sí, mucho deseo.
Mejor pienso en otra cosa, ya me estoy poniendo caliente.
—Es tiempo de regresar. —Gael rompe el silencio. Su voz está tan ronca que se siente más intimidante de lo regular.
Le acaricio el pecho y le beso la mejilla. No me quiero ir.
—Un rato más. —Hago un puchero.
—Ya es tarde. Mañana debo madrugar porque iré con el alfa a una reunión en la manada Rouge.
—¿Qué harán allí?
—Ni idea. El alfa me dijo esta tarde que iremos él, algunos jefes y yo; no añadió más.
—Entiendo...
Atrapo su rostro y lo beso. ¿Si logro que él duerma conmigo se rompe la maldición? Solo es provocarlo hasta que pueda hacerlo, supongo.
«Estás confundida en cuanto a la maldición».
—Deja de meterte en mi mente, Gael.
—Te encuentras muy receptiva hoy.
—No solo de mente, cariño —contesto, seductora.
—Gia, ¿acaso crees que la maldición se trata de que tenga una erección o algo por el estilo?
Muerdo mis labios.
—Si he tenido que contenerme para no comerte toda y embestirte una y otra vez hasta que salga el sol. No tiene nada que ver con lo que piensas, puedo tomarte ahora mismo, el problema es lo que sucederá después.
Suspiro con resignación y un poco decepcionada. Será difícil estar besando y abrazando a Gael y no poder reclamarlo ni marcarlo.
—¿Te puedo marcar por lo menos?
—No.
—Aburrido.
—Desesperada.
—He esperado muchos años por esto, no soy desesperada.
—Vámonos ya, pequeña princesa.
Nos bajamos de la casita del árbol y nos dirigimos a la casa con pasos lentos, como si no quisiéramos llegar.
***
Gael
Me remuevo en la cama porque de momento siento un peso sobre mí. Un reguero de cabello ondulado me cubre el rostro, mientras que unos glúteos firmes se restriegan contra mi entrepierna.
¿Gia?
Me froto los ojos con incredulidad y es inevitable sonreír al verla de espaldas a mí, pero pegada a mi cuerpo. Todo su cabello castaño está regado en mi almohada y sus piernas se encuentran dobladas, quedando sus nalgas gruesas en un lugar que empieza a tomar vida propia.
Tan hermosa, mi mate...
Solo trae una remera larga y ancha que se le ha levantado hasta los glúteos, lo que me hace descubrir su pantaleta rosada. Cómo me gustaría arrancársela con los dientes y comérmela por completo.
—¿Qué haces en mi cama, pequeña princesa? —pregunto cuando ella abre los ojos y bosteza.
—No podía dormir.
—Si quieres, sigue durmiendo aquí, es temprano aún.
—¿Ya te vas?
—Sí. Me daré un baño y me iré.
—¿Puedo ver mientras te bañas? —inquiere ella de forma provocativa.
Esta mujer sí que sabe enloquecerme con una simple frase. Finjo que la ignoro y me levanto de la cama, al tiempo en que evito que mi problema mañanero salga a la vista, aunque he de admitir que mi condición no es solo porque acaba de amanecer.
Una vez me baño y me visto, le beso la frente a mi hermosa pareja, quien se ha quedado dormida otra vez, y salgo de la habitación. Dejo salir un suspiro antes de ir a encontrarme con el alfa; tengo el presentimiento de que esta visita no me va a agradar, debido a que sospecho lo que el alfa se trae entre manos.
Yo solo necesito tiempo.
Pero me temo que es lo que menos poseo, por lo menos espero que este amargor en el pecho sea paranoia de mi parte. No soportaría que mi amada mate sea apartada de mí, una vez más.
***
El alfa ha evitado mirarme en todo el trayecto. No sé si es mi imaginación, pero me da la sensación de que se siente culpable por algo. Prefiero ignorar las alarmas que mi mente me envía y mirar a través del cristal de la ventana para distraerme.
Apreciar el verdor de los árboles en la carretera, de alguna forma me relaja y provoca que me transporte lejos de este vehículo. Debo estar sonriendo como tonto al pensar en los ojos grises de mi amada Gia, esos que brillan cuando me miran con tanto amor.
¿Y qué hay de esa hermosa sonrisa, que es la mejor obra de arte que quiero admirar por toda mi existencia? Su calor, su aroma rica y fresca, su carácter explosivo e inmaduro. Todo de ella me encanta.
—Llegamos. —Ese anuncio me saca de mi trance y hace retornar a ese miedo que he tratado de ignorar en todo el trayecto, ese mal augurio de que esta reunión no traerá nada agradable.
Exhalo un suspiro que me trae un poco de calma antes de bajarme. En el instante en que mis pies pisan tierra firme, me percato de que esta no es cualquier manada. Si antes creía que la manada Luna de fuego era rica y poderosa, ser testigo de este exuberante lugar me hace entender cuán equivocado estaba.
Somos recibidos en una enorme mansión, que más bien parece un palacio, llena de lujos y sirvientes bien vestidos. ¿Quién es el dueño de todo esto?
—Es un placer conocerlo en persona, alfa Mateus. —Un hombre esbelto, de cabellera dorada, ojos pardos y sonrisa de galán saluda con elegancia. Su ropa es lustre y fina, y todo él refleja poder y riqueza.
—Este es mi hijo, Gael. Cabe destacar, que él es quien será el futuro alfa de mi manada. —El alfa me presenta al rubio que no deja de sonreír, dándome la impresión de que su sonrisa es practicada y utilizada de forma mecánica.
—Mucho gusto, Gael. Soy Leoncio, el alfa de la manada Rouge y futuro yerno del alfa Mateus.
Un pitido resuena en mi oído ante la última frase, que se repite de forma cruel en mi mente y que me martiriza el corazón. Ese temor de perderla crece en mi interior como un volcán a punto de hacer erupción, entonces una voz dentro de mí me grita con desesperación que huya y que vaya por ella, que no permita que la separen de mí.

